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Jeune fille qui s’enfuit…

El amor es un crimen que no puede realizarse sin cómplice.

Charles Baudelaire

La doncella que huía

Ella entró en el salón lleno de personas y se detuvo en lo alto de la escalera dorada. Miró a su alrededor y dudó encontrar a alguien conocido así que se decidió a bajar de una vez. Con pasos lentos pero seguros fue bajando, uno a uno, los interminables peldaños de mármol blanco. Cuando iba a la mitad de su camino se dio cuenta de que unos ojos luchaban por clavarse en los propios y les hizo frente. A través de una máscara completamente blanca y muy sencilla, aquellos ojos ambarinos se adueñaron de los suyos.

El poseedor de tan atrevidos ojos era un caballero muy alto, delgado y esbelto en traje negro, sencillo pero de un gusto exquisito. Desde su cuello una capa, igualmente negra con el forro interior blanco como la máscara de satín, cubría sus hombros y toda su espalda. Ella no se detuvo pero antes de llegar abajo ya había descubierto una nariz aguileña y unos labios finos y rojos que completaban el rostro a medias. El caballero le tendió el brazo que ella aceptó con gracia y caminaron juntos hasta el medio del salón donde el baile nacía.

El hombre de piel blanca y cabellos negros hizo una reverencia y pronunció:

- ¿Me concederíais esta pieza, bella dama?

- Con gusto – dijo ella y tomó la mano enguantada en blanco. Él la guió entonces y comenzaron el basse danse, dando dos pasos a la izquierda y luego dos a la derecha.

- Sois tan bella que no he podido dejar de miraros desde que veníais por la escalera. Perdonad mi impertinencia pero me postro a vuestros pies desde hoy. Encontraría un subyugante placer en ser vuestro lacayo a vuestra dulce merced, mi señora – confesó el caballero con ojos brillantes mientras ambos se inclinaban hacia adelante, lentamente y luego hacia atrás. Las mejillas femeninas se llenaron de rubor y toda ella se tornó roja: el vestido de vuelos y cintas abundantes, el cabello como sangre recogido en bucles detrás de la oreja nacarada, los labios jugosos y encarnados.

- Sois muy osado caballero – fueron las únicas palabras que salieron de su boca mientras daban otro paso a la izquierda, inclinándose nuevamente al compás de las flautas. Entonces él soltó la mano femenina y ella danzó quedando frente a él y ambos hicieron una reverencia. Ella quedó completamente arrodillada en el suelo y su vestido hizo una gran ola que la dibujó como una flor escarlata y salvaje. Él se inclinó y casi rozó el suelo con sus dedos, llevando su brazo al costado.

El aplauso y las ovaciones atronaron a una en el gran salón y las demás parejas se saludaron y se esparcieron. Ella se levantó y corriendo se escabulló por una puerta al costado de la sala. Él la perdió de vista por instante nada más pero divisó la puerta cerrándose y supo que por allí escapaba su presa. Raudo se abrió paso entre la multitud y salió por la puerta, quedando solo en otra habitación ricamente decorada pero mucho más pequeña, una especie de biblioteca. No tuvo mucho tiempo pues otra puerta al final de la habitación oscilaba al paso de la dama fugitiva.

Nuestro caballero enmascarado la siguió persiguiendo por varias habitaciones del castillo y así, corriendo, sin perderla de vista, se encontró en un corredor mohoso y frío, húmedo y alumbrado solamente por teas humeantes. Se detuvo al verla, de pie y esperándolo al otro lado del corredor y ver una sonrisa bermellón le incitó a correr con más ansias. Y así hizo, corrió detrás de ella hasta bajar unas escaleras que lo llevaron al foso que bordeaba los muros impenetrables del castillo, impenetrables como la voluntad de aquella dama escurridiza.

- Os gusta jugar – le dijo al verla de pie a unos metros de distancia, estaba quitándose lentamente los guantes de seda negra que cubrían desde sus dedos hasta encima de sus codos. Cuando se despojó de ambos los enrolló y se los lanzó al caballero en una carcajada. Él los atrapó y se los llevó a la cara, embriagándose con el perfume de vainilla que ya antes había olido en su pelo al bailar. Ella entonces dio la espalda y se adentró en el bosque, él la siguió sin dudarlo.

Él corría despacio, no quería alcanzarla… aún. Ella revoloteaba entre los árboles como una mariposa juguetona. Reía a carcajadas al descubrirlo más cerca de ella y apretaba el paso o se detenía para que a su vez él se detuviera también. Y así llegaron a un claro del bosque y ella se detuvo otra vez pero qué sorpresa, él no estaba detrás de ella. Estaba sola en el medio del bosque y aunque dio muchas vueltas mirando hacia todos lados, buscando a su perseguidor, no lo encontró. Sintió temor por primera vez desde que dejaron el castillo.

Se quedó quieta, escuchando el viento y sintiéndolo en su piel, recorriendo sus cabellos, su cuello, su rostro como si de dedos se tratase. Y allí estaba él, abrazándola de nuevo por la espalda esta vez, para luego darle vuelta y encontrarse cara a cara con su doncella extraviada.

- Si que os gusta jugar – le dijo y tomándola de la cintura llevó su otra mano a la roja cabeza, desatando los rizos abundantes y dejándolos caer en cascada por el cuello y hombros desnudos. Entrelazó los dedos en el cabello y sin dejarla ir comenzó a danzar, dando vueltas y vueltas y ella se dejó llevar. Solo los árboles y la luna fueron testigos de esta nueva pieza de baile que compartieron con pasión, entre risas y suspiros.

Cuando al fin se detuvieron ambos sudaban copiosamente Entre la fuga mitad persecución y los dos bailes, agregando todas las ropas que llevaban ambos encima, era imposible evitar el bochorno. Él la soltó por un momento para desatar su pesada capa y deshacerse de los guantes blancos para sentir la piel de ella en la suya propia. Pero ese instante ella lo aprovechó para volver a escapar.

Esta vez no corrieron mucho, él estaba determinado a hacerla suya y ya habían jugado demasiado a la presa y el cazador. Ella se levantaba el pesado vestido hasta las rodillas y corría entre los árboles, él la veía cada vez que pasaba bajo un as de luz y destellos rojos de su pelo lo guiaban hacia ella. Cada vez estaba más cerca. Aceleró el paso y rodeó a toda velocidad un grupo de árboles y ella no lo sintió más detrás de si. No dejó de correr, mirando hacia atrás, buscándolo aún con la vista.

- ¡Sois mía! – exclamó él, atrapándola entre sus brazos al aparecer en su camino. Ella intentó escapar pero él la dominó como a una bestia salvaje.

- ¡Soltadme, os lo ordeno! – gritó ella e intentó morderlo, patearlo, deshacerse de su abrazo mortal. Él le llevó ambos brazos atrás y la inmovilizó, agarrando ambas muñecas entre los fuertes dedos de una sola de sus manos.

- ¡Sois peor que una potranca salvaje mujer, dejad de luchar por el amor de dios! – le dijo atrapando su cuello esbelto, sin dejar de sujetarla con fuerza de las muñecas en su espalda. Sabía que era doloroso pero no podía dejarla escapar de nuevo o correrían hasta el amanecer. Tal era el ímpetu de la damita de rojo.

La pegó más a sí y subió sus dedos por el rostro, enmascarado también. La forma de una mariposa perfilada en piedras de rubí cubría los ojazos marrones, expectantes, esquivos y parte de la boca colorada, temblorosa e irreverente al lado de una de las alas dramáticamente contorsionada de modo que cubrieran un hemisferio del rostro. Del otro lado tres plumas negras brillantes cubrían la oreja, adornando el pelo. Con los dedos él buscó y la despojó de la prenda que la escondía.

- Sois tan bella –  le dijo y soltó sus muñecas, asiéndola suavemente de la cintura diminuta. Ella estiró los adoloridos brazos e hizo un puchero con los labios en carmín. Se mesó los cabellos con ambas manos y este le corrió por el rostro infantil y acalorado. Las gotas de sudor corrían por su cuello y desembocaban en la comisura de los senos, apretados y rebosantes bajo en rojo corsé. Suspiró fatigada y sin dejar de mirar a su captor a los ojos, lo despojó también de su máscara blanca.

- ¿Cómo sabíais que era yo? – le preguntó echando sus bracillos al rededor del cuello masculino e inclinándose hacia atrás un poco, a manera de dócil ofrenda.

- Siempre sé que sois vos amada mía,  ¿cómo no saberlo? – dijo él y sonrió de lado, picarezcamente. Ella sonrió con descaro también y se mordió los labios, sacudiendo la cabellera lentamente, muy coqueta y echando su cabeza hacia atrás, dejando el cuello y el pecho al descubierto. Él se acercó entonces y posando sus labios en la piel salada, cerró los dientes justo bajo la clavícula, encima del provocativo seno y succionó. Un gemido atravesó la noche.

Más tarde esa misma noche nuestro caballero, sentado en el borde del lecho matrimonial, observa a nuestra dama, quien yace dormida y adornando las blancas sábanas con su hermosa desnudez. Sus cabellos rojos dispersos sobre la almohada, una mano en su rostro en posición de trágico dramatismo, “hasta cuando dormís jugáis pequeña” se dice él. Las piernas entre abiertas, los muslos abundantes y descarados, el triángulo en su pelvis, casi expuesto. Los senos arteros, subiendo y bajando al compás de la respiración, ligeramente agitada. Y allí, allí justo debajo de su clavícula el estigma de amor, de contorno violáceo el anillo púrpura, la marca de su amado en forma de beso.


Aquí se vale to’ si tú te atreves!

Esto con eso - Calle 13

♪ Este es calle 13 mamita, esto es para ti.  

Tiembla la timba, timba tintin.
Tiembla la timba, timba tintin.  

Ay ay ay, tu tienes la culpa,
ay ay ay, de que yo baile asi,
ay ay ay, estoy en tu planeta.  

Oye, bailando como poseida,
como si fuera el ultimo dia de tu vida, querida.  

Deja que te explique en palabras sencillas para que entiendas,
llego el dueño de la tienda, el q tiene todo super controlado,
friamente calculado.
El que pone a la cultura latina a mover esos gluteos
como terremoto en China.  

Hoy, tu vas a ser mi novia,
vamos a pegarnos hasta que nos de claustrofobia,
los dos felices como dos lombrices,
mi amor, vamos a olernos las narices,
yo estoy caliente, derritiendo nieve.
Aqui se vale to’ si tu te atreves.  

Lo mas que me gusta de ti son las partes blandas,
yo quiero bacalao con viandas.
La mision mia en este mundo, es recitarte poemas
y que se te olviden los problemas.  

Moviendo la cajuela con un movimiento bruto,
que paresca que no fuiste a la escuela.
Esto es facil, con elemental sencillo,
facil, como comerse un bocadillo  

Yo me pego a tu espalda y tu rescuesta el fondillo,
y cocinamos arroz con picadillo,
bailando como chimpance hasta que te salga un callo en el
dedo gordo del pie.  

Ay ay ay, tu tienes la culpa,
ay ay ay, de que yo baile asi,
ay ay ay, estoy en tu planeta.  

Oye, bailando como poseida,
como si fuera el ultimo dia de tu vida, querida.  

Cuando te veo un cantito del cuerpo desnudo,
me pongo tarta-tarta-tartamudo.  ?
No te tapes que tu no eres musulmana,
aqui llego adan a morderte la manzana  

Si tiene manchas en las nalgas no te atibules,
en la discoteca se te ve las nalgas azules.
Puedes ser desfigurada y no me doy cuenta,
sino puedo ver tu cara este hombre se la inventa.
Todo lo estoy viendo en camara lenta,
yo soy el principe azul y tu la cenicienta,
contigo quiero envejecer…
MENTIRA! Despues de esta noche no te vuelvo a ver!!!  

Tiembla la timba, timba tintin.
Tiembla la timba, timba tintin.
Tiembla el budin, tiembla el cojin.
Tiembla la timba, timba tintin.  

Tu me gustas como quiera,
tu como seas me gustas, yo soy la cura de tus penas,
yo soy la sangre de tus venas.  

Deja que la musica te estimule,
haciendo que la sangre circule,
Te veo concentrada dando vueltas,
como los trapesistas chinos en las olimpiadas.
Me gusta q seas ruda, tambien me gusta cuando sudas,
porque hueles a carne cruda.
Cada vez que te mueves, mamá,
se te ve la raya larga, como el canal de Panamá.  

Ay ay ay, tu tienes la culpa,
ay ay ay, de que yo baile asi,
ay ay ay, estoy en tu planeta.  

Bailando como poseida,
como si fuera el ultimo dia de tu vida, querida.  

Oye!  

Ay ay ay, tu tienes la culpa,
ay ay ay, de que yo baile asi,
ay ay ay, estoy en tu planeta.  

Bailando como poseida,
como si fuera el ultimo dia de tu vida, querida.  

Tiembla la timba, timba tintin.
Tiembla la timba, timba tintin.
Tiembla el budin, tiembla el cojin.
Tiembla la timba, timba tintin. ♫ 


Un vestido rojo en el Turquino…

El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es un rosa la boca:
Lentamente taconea.

José Martí – Versos Sencillos – X

Incongruencias

IV

El sábado Ana llegó temprano a casa y, después de limpiar, recoger su cuarto, hacer los mandados con su abuelita, ir a la peluquería de al lado de su casa con su mamá a ponerse los rolos y amoldarse el pelo, de pintarse las uñas de un rojo vino espectacularmente sensual y otro montón de cosas más que hacen las mujeres los fines de semana, se bañó con agua bien caliente y se empabezó de crema hidratante desde los pies hasta la sombra. Comió temprano y comenzó a vestirse a eso de las 7 pm. Michel estaría allí de 8 a 8:30.

Esta vez escogió un vestido rojo de escote en V y espalda descubierta, ceñido hasta la cintura y falda amplia, por las rodillas; especialmente diseñado por ella y hecho por su abuelita que era costurera de años. El vestido era sensual y perfecto para bailar. Zapatos de tacón no muy alto, para poder dominarlo toda la noche sin torturar sus pies, rojos a tono. Estola negra como la pequeña carterita de mano. No sabía a dónde irían pero su abuela le enseñó que las damas siempre se visten para la mejor ocasión aunque vayan al parque, “de la casa hay que salir regia, no importa si se regresa hecha un desastre, al final nadie te ve cuando la fiesta terminó”.

Michel llegó a las 7:55 pm y, por supuesto, ella no había terminado. “Insoportablemente puntual, debí imaginarlo”, se dijo riendo, recordando lo molesto que podía resultar “ese chiquito”. Se acomodó el pelo como pudo y quedó bien gracias a los rolos, se maquilló tenuemente las pestañas y los labios y se perfumó. Ya estaba lista.

– Buenas noches Michel –, lo saludó ella, besando su mejilla.

– Buenas noches muñequita, hoy vamos a acabar con El Turquino –, dijo él y tomándola de la mano, salieron de la casa. El viaje fue rápido; tomaron un taxi hasta la Habana Vieja y de ahí al Vedado, caminaron unas cuadras hasta llegar al Habana Libre.

Era temprano y no había muchos bailadores aún pero a ellos no les importó. Nuestra pareja se llegó a la pista de baile, algo apenados, cohibidos, pero comenzaron a bailar. Los acordes electrónicos de dos canciones seguidas los vencieron y decidieron volver a la mesa. Supongo que el primer encuentro no podía ser diferente; fue una especie de pre-calentamiento. Él bajó un trago de Bacardí a la roca y ella se envalentonó por primera vez con una deliciosa y salada Margarita. Y sonaron los metales de una contagiosa salsa. Cruzaron miradas y hubo magia.

Corrieron a la pista, que soltó chispas al contacto con los tacones plateados de ella y brilló con los pasos altaneros de él. Para este entonces ya había varias parejas bailando una salsa desabrida y sin sabor. Ellos llegaron a bautizar el linóleo con el casino natal de su tierra mulata. Y así bailaron.

Él le tendió la mano con caballerosidad y ella, con el cuello erguido y movimientos sensuales, la tomó mientras daba unos pasitos, como reverenciando el sacro suelo que se disponían a profanar con sus mundanos movimientos. Entonces la atrajo hacia sí y la apretó suavemente del talle con su mano derecha y dejando descansar en la otra, la de ella, adoptaron la clásica posición de baile de parejas. Todo esto ocurrió en fracciones de segundos pero el paroxismo del momento lo hizo sentir sexy, eternamente tibio y el rubor pudoroso fue sustituido del rostro de ella por una sonrisa pícara y una pose coqueta.

Y comenzaron. Primero fue el paseo cadencioso, sin dejar la posición anterior; 1, 2, 3… 5, 6, 7, caminando la pista, mirándose a los ojos. Y otra vez: 1, 2, 3… 5, 6, 7, mirando a los demás. Y comenzó entonces a pasearla a su alrededor, soltando una u otra mano a una vez. Él marcando el paso discretamente, como acostumbran a hacer los hombres al principio; ella contoneando las caderas y sacudiendo la cabellera al aire.

Y se olvidaron de todo y de todos y comenzaron las vueltas. Los brazos enredados entre sí, los giros circenses y las improvisaciones. EL ritmo subiendo y las piernas jugueteando a diestra y siniestra, provocándose las unas a las otras. Sígueme! Y ella comenzó a menear los hombros, incitándolo a él a dar salticos y a romper los tiempos de la música con sus tranques de hombros.  Gozaron el momento y dejaron su sello cincelado a golpes de tacón.

Se acabó la salsa y llegó la música electrónica otra vez para relajar los músculos y siguieron rompiendo reglas y moviendo sus cuerpos libremente. Él tomó otro Bacardí y ella fue a por su segunda Margarita; el rubor esta vez azotaba sus mejillas pero ahora más que rubor era un bochornoso calor el que la hacía respirar a bocanadas.

Siguieron probando ritmos que el DJ entrelazó magistralmente. Lambada: ella recordó su infancia de saya de vuelos y se dejó estrechar a él. Y bailaron y dieron vueltas y mostraron una lambada de primer nivel. Regetón: todos comenzaron a moverse provocativamente y las faldas comenzaron a flotar y las chaquetas adornaron el espaldar de muchas sillas.

Entonces sonaron los tambores; ¡qué sublime mezcla borinqueña! La salsa que desemboca en el más puro guaguancó. Y ella se dejó alcanzar. Y comenzó entonces la danza erótica y seductora. Ella, convulsa y recatada, cubriéndose con las manos pero sin decir “no”. Él, buscándola con sus manos y su pelvis, cortejándola y atacándola, pañuelo en mano. Ella mesó su pelo, él santiguó su cuerpo con el pañuelo blanco y ocurrió el vacunao. Pero la celebración fue en grande. El pañuelo voló en el aire y calló a los pies de ella, que con las manos en la cara, expresando vergüenza y derrota, se preparó a recibir a su amante. Él, raudo y ágil, se tiró en plancha al suelo, y agarró el pañuelo con los dientes, mostrando su poder masculino y se levantó con presteza. La abrazó y fue vitoreado.

Entre los aplausos y felicitaciones de las demás parejas, amén de la música estruendosa y del ambiente opresivo de tumulto, ellos se sumieron en un silencio total, contagioso y reconfortante. Él la apretó del talle y la incrustó a su cuerpo con firmeza, dejándole saber de su excitación y dureza. Ella se clavó en sus ojos y suspiró, ladeando la cabeza y dejando su cuello indefenso ante los labios de él que, raudo, lo besó sin piedad.

– ¡Qué ganas tengo! – le dijo él mientras le clavaba los caninos en la piel canela. Ella asintió con un gemido.


La otra cara de la moneda…

Tu historia y mi honor desnudos en la feria, bailaron su danza de horror, sin compasión…
Enrique Santos Discépolo

Incongruencias

II

Justo ese mismo día en la tarde, Ana fue a un “toque” a Changó en el barrio de Belén. Iba vestida de blanco pero no por los santos sino, porque le gustaba bailar vestida de blanco y ser el centro de atención mientras se transformaba. Fue con Carmen y Patricia, las dos chicas a las que les contaba el incidente en la guagua. Venían juntas del IPVC y eran algo así como amigas pero sin llegar a ser íntimas, aunque si compartían algunas afinidades. La mejor amiga de Ana era María y no tenía nada que ver ni con los “toques de santos” ni con la filología.

Justo en el patio, al fondo de la casa a la que fueron, había un gimnasio clandestino de esos que montan los muchachos con cuanto hierro encuentran y a aquella hora, 6:00 pm, estaba lleno de jóvenes de cuerpos sensuales y sudorosos. Ana, bromeando, les dijo a sus amigas que si hubiera sabido que la Calvin Klein estaba haciendo casting justo detrás de la casa de Concha, hubiera invitado a algunos chicos de la Facultad de Comunicación para que hicieran un reportaje. Las muchachas se rieron a carcajadas, llamando la atención de los hombres al otro lado de la cerca.

“¡Vaya, cosa rica!”, “¡Qué lindas!”, “Mamita ven acá, si tu, la de la saya blanca”, fueron algunos de los piropos que escucharon por encima de la cerca pero no hicieron caso y se dedicaron a disfrutar de la música. Ana miró por encima de su hombro y un chico rubio, de cuerpo hermoso y ojos azules le guiñó un ojo pícaro. Ella sonrió y volteó la espalda. Los tambores anunciaron el comienzo del bembé.

Todos comenzaron a bailar y Ana solo se movía en el lugar, reprimiendo su criollez pues aun no se sentía lo suficientemente desinhibida como para romper un guaguancó. Carmen y Patricia no eran muy bailadoras pero si eran creyentes, de hecho, estaban allí porque Carmen era la ahijada de Concha, la anfitriona y “Madrina”. Ellas seguían mirando para el gimnasio de vez en vez, coqueteando con los forzudos y riéndose de lo lindo. Ana no prestaba mucha atención, solo miró después de muchos “preciosura” y solamente porque quería volver a ver al rubio ese que le guiñó el ojo descaradamente. Ya no estaba.

Al darse cuenta de que el muchacho se había marchado, perdió el poco interés que le quedaba por los “Adonis” del otro lado de la cerca y decidió ir a buscar un poco de ponche de frutas. – Nenas, ¿van a querer? – les preguntó pero ellas estaban tan absortas en sus “zorrerías” con los pesistas que ni caso le hicieron. Dio la espalda y se fue. Se dio su traguito y se acercó al baile, despacio y serena, disfrutando de los expertos bailadores y de sus sensuales y provocativos movimientos.

Entre una cosa y otra, terminó moviendo las caderas y meneando los hombros. Uno de los bailadores la tomó de la muñeca y la haló al medio del círculo; no se pudo negar. Comenzó a bailar, primero despacio, un poco apenada y trancada pero poco a poco se dejó invadir por las notas tristes del “quinto”. Comenzó a dar vueltas y a perder la cordura, sumida en el baile, sudorosa e insana y entre vueltas terminó, literalmente, en los brazos de alguien.

– Lo siento, perdí la noción –, se disculpó separándose de los fuertes brazos que la atraparon y no la dejaron caer al suelo.

– No hay problema chica, pero… –, dijo el muchacho, guiñándole un ojo azul profundo – me has dado un pisotón que nada más me lo puedes pagar con un baile.

¡Ay, qué pena! Era el chico del gimnasio, el que le había hecho la señita y al que se había quedado con ganas de “vacilar”. “Y yo que no creo en nada, ¿será posible?”, se dijo y balbuceó alguna excusa entre dientes mientras intentaba salirse del círculo.

– Dale vieja, no seas fula –, le dijo él y ella siguió negando. – Bah! La princesita es tímida, ¿tienes miedo mamita? Anda, te voy a llevar suave.

“¡Ah, pero este tipo que se ha pensado, tu!”, se dijo al ver la cara de sorna del muchacho, que la pinchaba para que aceptara bailar con él.

– ¡Dale! –, le dijo y con su mano en el pecho de él lo empujó dentro del círculo nuevamente.

Los presentes, bailadores y espectadores, comenzaron a chiflar y a vitorear a la pareja que comenzó a bailar un guaguancó de competencia. Ella se cubría, él se lanzaba, ella daba vueltas, él se santiguaba. Él, pañuelo en mano, la buscaba, recorriendo sus pasos y rodeándola, intentando el vacunao. Ella, coqueta y esquiva, se alejaba y lo repelía con sus movimientos intrigantes. Así bailaron mucho tiempo, él atacándola y ella defendiéndose; pero, ¡oh! el impío pañuelo. Ese mismo pañuelo fue el que la hirió, en su pelvis y en su orgullo.

– Perdiste mamita –, le dijo él riendo y ella lo miró con rabia y le respondió:

– ¡Estúpido! – y salió corriendo, dejando atrás a Carmen y a Patricia.  Corrió hasta el Parque de la Fraternidad y se sentó en un banco a esperar el “P7”, con una ira tan grande o mayor que la de por la mañana. Estaba molesta consigo misma por aceptar bailar con aquel petulante y más aun por dejarse vencer. Era una buena perdedora pero, ¡le dio tanta rabia que se lo restregara en la cara el cretino ese!

– Oye, mira que caminas rápido nena.

El chico rubio estaba parado frente a ella, mirándola con su eterna sonrisa. Ella se quedó inmóvil, le había dicho estúpido delante de todo el mundo y lo había dejado plantado en medio de la fiesta y allí estaba, sonriente y de pie frente a ella, bromeando. ¡Increíble!

– ¿Qué quieres, seguir restregándome tu victoria? – le preguntó con rencor.

– No mi chiquitica, si fue solo una broma. Estás escapa’ bailando guaguancó. Conchita es mi madrina también; no te había visto nuca por aquí –, le dijo él, sentándose a su lado.

– Concha no es mi madrina, soy atea –, le respondió ella, separándose.

– ¿Atea? – dijo él e hizo una mueca de no entender la palabra aunque tampoco le importaba mucho. – Pues yo pensé que si porque metiste tremenda rumba, pa’ que sepas. Bueno, ¿qué, cuándo lo repetimos? Dime donde te recojo y nos vamos a farandulear este sábado, anda.

Ana no salía de su estupor. ¿Acaso él no comprendía la aversión que ella sentía por él en ese preciso instante?

– Mira mijito, yo no voy a salir contigo a ninguna parte, ¿entendiste? – escupió las palabras como si le quemaran la garganta.

– ¡Oye pero que trancá’ eres chamaca! No te hagas la dura que tu sabes que tu y yo partimos la pista. Dime, ¿de dónde tú eres? ¿Pa’ dónde vas?

– Yo soy de San Miguel, voy para San Francisco y no soy ninguna chamaca –, dijo ella, enrojeciéndose.

– Mira chica, no te pongas en fase, deja eso ya y déjame acompañarte a tu casa, dale. Así ya sé dónde es y te recojo el sábado.

– ¡Que no!

– A que si, ¿va? – dijo él, retándola otra vez.

Ella le echó una mirada asesina e hizo ademán por levantarse pero, él fue más rápido y, tomándola de la muñeca, con firmeza pero sin hacerle daño, la hizo sentar nuevamente.

– ¡Suéltame! – chilló ella.

– ¿De verdad eso es lo que quieres? – preguntó él acercándola a sí y penetrándola con esos profundos ojos azules y ella se ahogó en aquel océano. Él dejó libre su muñeca y le acarició el pelo suelto y sudado. La acercó aún más y la beso, sin preámbulos y sin pedir permiso, pero con una pasión tenue que la volvió loca.

Ambos abordaron el P7 y no hubo más besos ni más discusiones, solo conversaron del Panteón Yoruba y de qué quería decir “el ateo ese”.


Baila conmigo – 2

Siguieron probando ritmos que el DJ entrelazó magistralmente. Lambada: ella recordó su infancia de saya de vuelos y se dejó estrechar a él. Y bailaron y dieron vueltas y mostraron una lambada de nivel. Regetón: todos comenzaron a moverse provocativamente y las faldas comenzaron a flotar y las chaquetas de los trajes y las corbatas adornaron el espaldar de muchas sillas.

Y llegó el momento de la salsa otra vez y ellos dieron otro bello espectáculo, pero fueron interrumpidos. “Can I come in?”, le preguntó su jefa; puertorriqueña pero ‘gringa wanna-be’. “Sure! Be my guest!”, le respondió ella y se apartó, dejándole el camino libre a la cincuentona, pero le guiñó un ojo al marido cómplice y con una sexy vuelta, retomó el paso. Ahora le tocaba bailar sola.

Lo disfrutó tanto! Sin separarse mucho de su esposo usurpado y de la vieja arpía, siguió mostrando su herencia cubana y torturó los suelos con el repiqueteo de sus tacones. Danzó suelta, libre, moviendo todo su cuerpo como no podía hacerlo siendo guiada por otros brazos. Su cabello se regó en su cara, sudó, llevó al límite los músculos de sus piernas en rápidas sucesiones de pasos combinados e improvisados al calor del momento. Sus brazos juguetearon con el aire y la gravedad y su cintura tentó el límite de lo ‘no apropiado’ formando figuras: geometría del espacio.

El marido por su parte y como quien no quiere la cosa, arreció el paso y presionó los límites también, dándole vueltas y zarandeos a la señora hasta que llamó a nuestra bailadora para pedirle auxilio. Y ella acudió, con una sonrisa triunfal al rescate y para coronar la afrenta, le pasó de largo a ambos, sin dejar de marcar el ritmo ni de mover las caderas y cuando estuvo un poco alejada, se dio la vuelta y con la mano extendida, llamó al esposo con una seña de su dedo índice. Él que la conoce muy bien, entendió el código y agarró el pasillo, siguiéndola y bailando a la vez.

Y se recrearon, como si la pista fuera de ambos, bailando, haciendo un círculo alrededor de las demás mustias parejas. Ella lidereando, huyendo, provocando, dándole la espalda y el frente a él y coqueteando mientras no se dejaba poseer. Él, obediente y desesperado, danzando su camino tras los sensuales pasos de la dama anhelada, dando vueltas también, demostrando su inconformidad e impaciencia con una mímica de gestos actuados, enojados y burlescos.

Entonces sonaron los tambores; qué sublime mezcla borinqueña! La salsa que desemboca en el más puro guaguancó. Y ella se dejó alcanzar. Y comenzó entonces la danza erótica y seductora. Ella, convulsa y recatada, cubriéndose con las manos pero sin decir “no”. Él, buscándola con sus manos y su pelvis, cortejándola y atacándola, pañuelo en mano. Ella mesó su pelo, él santiguó su cuerpo con el pañuelo blanco y ocurrió el vacunao. Pero la celebración fue en grande. El pañuelo voló en el aire y calló a los pies de ella, que con las manos en la cara, expresando vergüenza y derrota, se preparó a recibir a su amante. Él, raudo y ágil, se tiró en plancha al suelo, y agarró el pañuelo con los dientes, mostrando su poder masculino y se levantó con presteza. La abrazó y fue vitoreado.

Ya por último, sonó una samba y ella quiso resarcirse de su anterior derrota. Se arriesgó pues sus movimientos brasileños no estaban perfeccionados pero sus caderas flexibles y sus fuertes piernas la ayudaron y mostró una samba digna de una cubana. Él la miró asombrado pues estos pasos no los había compartido con él; entonces le concedió el empate.

La noche fue fértil, el Bacardí desinhibió sin restar capacidades. La música duró en sus cabezas hasta la mañana siguiente, que despertaron adoloridos y con los pies hinchados pero con una satisfacción inmensa que mitigó el cansancio y la resaca.


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