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Los secretos de Ana.

Los secretos de Ana. 

Entonces Ana creció y conoció el deseo.

Ana está dormida y sueña, recrea imágenes en su mente que la estremecen aunque dormida.

- Buenos días -, dice el muchacho de ojos… de qué color son los ojos? Ana no ha sido capaz de descifrar el color; nunca ha podido mirarlo directamente, aunque si sabe que su piel es rosada. También sabe que es suave aunque nunca la ha rozado siquiera. Si no es capaz de mirarlo a los ojos, cómo podría atreverse a tocar su piel – pero lo desea en silencio -. Cada vez que él la mira siente como si le ardieran las mejillas y sus labios se entreabren y sus ojos se desorbitan; entonces sale corriendo y se escabulle para no mostrar su nerviosismo de adolescente inexperta. Él la tortura de una forma agridulce y le guiña un ojo picarezcamente… él es muy joven, como ella, pero debe ser menos inexperto cuando logra mantener siempre el control de la situación. Ana le dice “te deseo” con la mirada escondida al chico rubio de ojos indescifrables y sus labios callan. Ana es solo una niña.

Ana sigue creciendo y el deseo la consume. Ahora escribe cartas de amor, versos, dibuja el cuerpo humano, lee. Ana piensa y sigue escribiendo; escribe cosas prohibidas y el mulato feo y alto de 29 años le responde en inglés. Ya no es tan niña pero aun conserva un poco de miedo, esta vez escondido detrás de unos senos pequeños e irreverentes que espadean a la vida y a los machos que no la dejan tranquila. Ana es selectiva y difícil de complacer pero las palabras de aquel joven flaco y pestañas larguísimas no dejan que su cuerpo frágil se enfríe. Ana lo desea, esta vez en voz alta; pero Ana lo rechaza y sigue su camino de femme fatale.

Pero Ana no solo rechaza, de vez en cuando hace concesiones y acepta algún beso clandestino antes de que su padre llegue del trabajo. Aquel muchacho de piel canela y cabellos en el rostro le besó los pies, literalmente, y degustó el sabor de su piel entre caricias y jadeos. Era tan bello aquel chico y su sonrisa podía traer al sol de donde estuviese escondido. Y Ana lo dejó besarla de punta a cabo, con la ropa puesta y el cabello revuelto, con olor a jabón de baño y pijama de dormir. Solo conservó la rosa roja y lo despidió también sin más concesiones que las ya mencionadas… pero lo deseó.

Ana no juega a las muñecas, Ana es ya una mujer; por eso entró a un cuarto con aquel hombre, aquel que le dejó su olor para siempre fundido en lo más hondo de sus recuerdos. Ana ha perdido el pudor y no le importa quien espera en la sala, quien conversa en el comedor, quien espía en el pasillo; Ana se ha entregado a la música y dejado que los dedos tatuados recorran sus líneas. Este hombre de ideas y de acciones la ha llevado al cielo y la ha depositado en la tierra otra vez, santificada y desnuda. Ana ha conocido el amor… pero no ha dejado de desear.

Alguno no se ha dejado seducir por Ana; ese de espejuelos y palabras bonitas resbala pero no cae. Ana no consigue todo lo que quiere y eso la molesta, pero sigue deseando. El de los espejuelos juega con ella y las palabras danzan: café, azul, haiku, jazz… preguntas, respuestas. Y este le hace el amor a una mujer imaginaria en el medio del Vedado para luego matarla con una katana japonesa, al más crudo estilo Kill Bill. Ana se aburre fácilmente. Ana desea pero no espera.

Ya Ana se ha aplicado en las artes de la seducción y ahora es capaz de enamorar a un hombre mayor, a un hombre hecho y derecho que no la ha visto pero no puede evitar pensar en ella. Y este escucha trova y mientras visualiza el vino escarlata recorriendo su espina, ella se contorsiona en el suelo y hace malabares que lo descontrolan. Entonces él besa los senos altaneros a la altura de su rostro mientras suben y bajan, mientras sudan y danzan. Ana no es la única que sueña, también protagoniza los sueños de otros.

Ana ostenta orgullosa delante del espejo una marca violácea en su pecho. Inaugura una gruta, el portal de su casa, la sagrada cama de los suegros. Ana tiene sexo todos los días y no se cansa. Sus orgasmos la alimentan y la dejan hambrienta. Y el chico rubio de labios carnosos, jugosos, deliciosos… la besa en los pies antes de irse al trabajo. Ana lo espera, como una leona en celo y le salta encima entre gritos solapados. Ana lo desea y lo tiene.

Ana sigue creciendo, envejeciendo con 20 años. Desea todo lo que tiene pero no tiene todo lo que desea. Ana prueba muchos labios en una noche y acaricia unos senos que no son suyos mientras unos colmillos se clavan en su cintura y una barba sensibiliza su piel. Tantas manos se deslizan sobre Ana mientras ella descubre con los ojos vendados. Lenguas saboreando; suspiros, jadeos, gemidos, lágrimas. El sabor de algún cigarro ajeno se queda en su memoria pero se esfuma de su paladar.

Ana es muy joven y sueña. Ana desea, tiene, espera, rechaza, juega.

Ella no sabe muchas cosas pero si atesora algunos secretos; sabidurías de la carne y de la mente clandestina. Ana no conoce todos los misterios pero si sabe que hay deseos que anhelan convertirse en historias y que hay historias que podrían ser realidades.


Diario de un… cigarrillo.

Como que ya era hora de dejarles otro cuento. Este no fue inspirado en nadie, no va dedicado a nadie. Solo recuerdo que lo escribí por una conversación con Karasu sobre lo sexy de la escena: una mujer hermosa y desnuda, fumando un cigarrillo… a pesar de que ambos detestamos el cigarro, la idea nos pareció atractiva. Así surgió el cuento y creo – aunque peque de arrogante -, que es bastante bueno :)

Smoke.

Siempre la misma rutina. Enciendo un cigarrillo y fumo tranquilamente después de hacerte el amor. Lo que más me excita es que no toleras que lo haga. Disfruto de la clandestinidad que me brinda tu sueño inofensivo. ¡Qué placer divino! Sexo, tabaco y sigilo. Cada vez que te despiertas sientes la esencia de la nicotina a tu alrededor y te molestas grandemente. “¡Esta maldita puta, qué taimada!” Y juras reprenderme la próxima vez, pero es inútil. Cuando me vuelves a ver en esa esquina putrefacta y perdida en el tiempo, solo piensas en nadar hacia las profundidades de mi averno. Por eso te quiero, por ser reincidente y cariñoso, por tratarme como a una inocente colegiala. ¡Qué maravilla de hombre! Varias veces has tratado de sacarme de este mundo pero yo no te dejo. Es como que me seduce la mala vida. Soy como un perro apaleado que ya perdió la fe en la humanidad. No quiero ser tentada por unas sobras suculentas y terminar en el fondo de la bahía.

¡Eres tan hermoso cuando duermes! Me vuelve loca tu piel de marfil pulido. Suavemente acaricio tu cabellera negra y sedosa, a riesgo de que despiertes y me agarres in fraganti. El olor a mi sexo levita sobre ti, aumentando mi morbo, pero no. Ya tengo que irme, hoy es jueves y tengo cita a las 6 con Xavier. No puedo delegar responsabilidades. Es verdad que podría enamorarme de ti, pero no. A pesar de ser el único cliente con quien nunca he fingido un orgasmo, no puedo saltar al vacío sin paracaídas. Es demasiado riesgoso.

Escucho tu respiración mientras disfruto de las últimas bocanadas de humo. Eres tan dulce que siento un vacío inmenso cuando tengo que partir. Ahora quien sabe cuando te volveré a ver. ¡Qué trágica soy! Yo sé que saldrás a recorrer los antros en busca de mi cuca antes de que se enfríe mi calor en tu piel. Me da una pena ver como me he convertido en tu adicción y ya no puedes sacarme de tus entrañas. Sé que me amas, me lo dices entre jadeos y sollozos cada vez que me aprisionas entre tus brazos y me posees; con rabia la primera vez. Lo haces con furia, como si me estuvieras lavando los pecados. Me estrujas contra tu pecho y me liberas de las cadenas que me atan a esta vida de mierda que llevamos. Ya después me levantas en peso como delicada cerámica, soy tan pequeña entre tus brazos, y me llevas a la ducha. Allí me bañas delicadamente, ya sin rencores ni ira, como si fuera una niñita de parvulario que se ha manchado comiendo caramelos. Entonces haces una espuma muy blanca y densa, sabes que me encanta jugar con la espuma, y santificas cada rincón de mi cuerpo con la esponja. Cuando ya estoy purificada en cuerpo y alma me besas, primero los labios, luego el cuello y así vas bajando lentamente hasta llegar… ¡Qué tonto eres! Yo nunca hago nada el día que me secuestras. Es raro pero siempre sé cuando vas a venir, ese día me despierto húmeda. Es como si pudieras oler mis ganas de ti desde la lejanía. Y entonces me paro en aquella esquina y tú arribas y me encierras en el coche y casi volamos hacia tu casa. Me dices que soy la única que has llevado a tu casa y te creo. Casi me ves como una novia, eso me gusta, pero no.

Tu lengua experimentada llega a cada grieta de mi anatomía y libas toda la miel que hallas a tu paso. No sé cómo pero se te da tan bien el complacerme que a veces pienso que soy yo la que debería pagar por tus servicios. Pero ya es un ritual. Nos pasamos la tarde haciendo el amor, caes rendido y yo me fumo un cigarro antes de escabullirme de mi propia cobardía. Luego despiertas y recoges la única prueba de mi presencia, la colilla que delata mi vicio mundano. Y sonríes luego de maldecirme, porque me amas, porque no te importa que fume pero no tienes los huevos para decirlo. Necesitas conservar algo de tipo duro para que yo te respete o eso crees tú. A mi no me importa, yo también te a… ¡no! ¡Ves! ¡Ya me estás barrenando la coraza! No puedo estar sintiendo estas cosas, tengo que salir de aquí antes de que me asfixie este terror a volverme vulnerable ante ti.

Busco mi ropa a toda carrera y me la pongo con frenesí. Los zapatos… ¿Dónde coño están los zapatos? Ya no aguanto más, salgo corriendo descalza y con los cabellos en desorden, bajo las escaleras a todo correr, abro la puerta del edificio con esfuerzo sobrehumano y me lanzo a la calle en mi desenfreno. Un grito te despierta, el cigarro aún encendido en la mesita de noche te dice que algo anda mal. Te pones el pantalón mientras escuchas los lamentos de los transeúntes a través de la ventana. Bajas las escaleras y te encuentras la escena que jamás hubieras querido presenciar. Logras ver cuando los curiosos se disipan. Un automóvil detenido y a unos metros tendida en el suelo una mujer a medio vestir.

Abro los ojos lentamente y una luz hiere mis pupilas. ¿Qué es este dolor? La imagen ante mis ojos se va tornando más visible a medida que logro incorporarme. Ya se qué es lo que me duele, eres tu que estás tendido sobre mi pecho y me impides respirar. Sientes mi movimiento y te levantas de mi regazo. “Yo sabía que algún día sería tú la que se iba a quedar dormida”. “Por favor, cásate conmigo”. En tus manos sostienes una diminuta cajita con un anillo de brillantes que fulgura ante mi vista y me dice: “Vive”.


Diario… de una que murió y vio a Dios.

Esto no clasifica siquiera dentro de “cuento” y jamás ha sido editado. Lo conservo de casualidad, gracias a quien me dio el pie forzado para escribirlo, que respondió al correo. Perdí todos mis enviados así que de no haber respondido él, todos mis contactos tendrían mi “cuento” sin tenerlo yo…

Se los dejo, encabezado con lo que escribí en aquel correo de enero, 2010.

***

un buen amigo gusta de ponerme situaciones y hacerme preguntas… (…) una de esas preguntas fue “Mueres, y eres arrastrada por una fuerza (de los que venden meriendas de 1 cuc en Cuba) que se hace llamar SanPedro…. que le dices???”

Para José Javier Señaris Carballo (Pepe)

Morí y vi a Dios.

Por qué me preguntas qué le diría al tal San Pedro?? argh! eso es demasiado! morirse para verle la cara al gran hijo de puta??? se  supone que SP es dios… no?? bueno… asumo que sip…

Me daría seguramente un ataque de risa… por la gran ironía de la  vida… y luego de secar mis lágrimas me asomaría y comenzaría a gritar “ESTABA EQUIVOCADA!!! EL HIJO DE PUTA SI EXISTE!!!”… luego voltearía hacia él y le diría “bueno… ya viste… ese hijo de puta vendrías siendo tu” y si dios tiene el mismo sentido del humor (y  negro que tengo yo) me diría “si… lo se” y sonreiría tristemente…

“Tomas café?” me diría brindándome un asiento… “ah! eres dios y no lo sabes??” (típco… surruraría)… “te escuché… y no… no puedo saberlo todo de ti”… “ah… ok… entonces dime… cuántas personas mueren cada segundo?? y cómo tienes tiempo de brindarles café a todas… o es que tengo un VIP por atea?? O.O”… “jajaja” sonreiría… al final le caigo bien al mutherfucker… “soy dios… no?”… me daría esta obvia respuesta esperando que, OBVIAMENTE lo comprendiera… “la vida es complicada… eres dios… esa es tu respuesta… vamos! acabas de decirme que no lo sabes todo… pero si tienes completo control sobre el espacio-tiempo?? raro funcionamiento el de este lugar”… “olvídalo… demasiado complicado… y es cierto… soy un tipo complicado”… “ah! complicado? uhmm… qué bien! y qué haces brindándome café… que de hecho… no bebo… solo cuando tengo sueño… y supongo que acá… o a donde quiera que vaya no voy a dormir más… así que…”… “digamos que todo el mundo debe rendirle cuentas a dios… el café es una cortesía… técnicamente esto es igual que allá… créeme que vas a seguir durmiendo… comiendo… esos cuentos de la biblia… un embuste por cierto… no son confiables… pudiera hacer algo al respecto… pero me divierte ver a los creyentes… son tan hipócritas!!!!”… mi cara O.O…

“Ves por qué siempre te llevé tan mal?? eres un cínico! y perdóname que te lo diga… pero es la pura verdad… pudiste ayudarme en mi punto… no crees??”… “jajaja… jamás necesitaste de mi ayuda para defender nada… llegaste al mundo con la suficiente hostilidad como para defenderte tu sola”… “eso quiere decir que no tienes nada que ver con los nacimientos ni nada de eso??”… “claro que no… no creé al hombre… siempre he estado acá… o supongo que surgí cuando todo surgió… ni recuerdo… demasiado tiempo… ustedes siempre hacen las cosas como quieren… yo nada tengo que ver… solo observo… y es cierto que pudiera hacer algunos cambios… pero sinceramente no me gustan los daños colaterales del efecto mariposa… viste esa peli Bruce almighty?? genial eh?? ese es el punto”… “JA! siempre sospeché que si dios existía sería un tipo bien simpático… ves las pelis y todo! bestial!”… “algo he de hacer para no aburrirme… no??”… ”supongo” silencio…

“siempre he tenido tantas preguntas…”,pienso… “adelante”… “ah! me puedes leer la mente?”… “no realmente… pero todos preguntan y alguien tan curioso como tu… no puede ser la excepción”… “smart!” le digo… “bueno… qué bolá con el hambre en África?” lo miro con ojos acusadores… “no es mi jurisdicción… no es mi culpa… y realmente no puedo hacer nada… ustedes los hombres… los ateos… y los no fanáticos hacen muy buen trabajo en la tierra… no me necesitan… además… debe existir balance para que no surja el caos”… “el calentamiento global? las guerras? la desertificación y la sequía? los cataclismos??”… “debe haber balance”… “típico!”… “continúa”… “Adán y Eva… ya ya… se que la biblia es un cuento de caminos… pero de alguna manera ha de haber surgido el hombre”… “Evolución… selección natural… Darwin fue un genio… faltaron detalles… aun les faltan muchos detalles a los hombres por descubrir… detalles que ni yo mismo conozco realmente… pero ya te dije… lo hacen muy bien sin mi”…

“joder! siempre estuve en lo cierto! y tu qué pintas entonces??”… “jajaja… bueno… ahora estás muerta y estamos teniendo esta conversación… alguien tiene que mediar porque el balance prevalezca… ese soy yo”… “y qué sentido tiene esta conversación? ya me morí”… “cierto… pero algunas personas merecen respuestas… no es justo quedarse sin saber… lo que siempre me gustó de ti fue tu avidez por el conocimiento… digamos que… a pesar de todo… me caes bien”… “JA! te caigo bien?? a pesar de todo??”… “claro! me achacaste muchas culpas que no tengo”… “hey! siempre dije… ‘si existiera’… además… yo nunca te eché la culpa… simplemente cuestioné tu omnipotencia… y al parecer… no estaba tan errada”… “siempre difícil discutir contigo”… “por algo me invitaste a un café”… “y siempre creída”… ”misma respuesta”… reímos ambos… “entonces… qué? hay una puerta o algo?? la vida eterna esa que le llamaban?? qué viene ahora??”… ”ya lo verás”… “bah! es una comunidad o algo?? cómo los organizas?? por regiones?? por idiomas?? por tipo de muerte??”… “a quiénes?? no no! no hay nadie más”… “para colmo tengo que pasar la maldita eternidad sola??? si te caigo bien deberías saber que adoro conversar… me aburriría eternamente y comenzaría a comer flores sagradas… y a caminar en 4 patas por todo el paraíso… así se llama?? eres cruel!”…

“jajajaja… no estás muerta… yo no existo… es decir… dios solo existe en la cabeza de cada persona… si existo… pero soy uno solo para cual… cada quien tiene su versión… la tuya soy yo… como no crees en mi… si existiera… hipótesis a la que siempre le dejas un margen… casi nulo pero real… pudieras estar equivocada… no?? esta es la imagen que tienes de mi”… “oh! interesante… todo el mundo tiene una cita contigo cuando se muere??”… “no… y no estás muerta”… “supongo… ya me extrañaba no recordarlo… siempre tuve buena memoria”… “cierto”… pensativos… “YA! déjame adivinar… dios es mi consciencia! eh???” le digo moviendo las cejas y dando brinquitos… “EXACTO!”…


Diario de… un “Violonchelo”.

“Acariciaba violentamente el pie maloliente.
Lidiaba con la espina y se inventaba excusas con las rosas.
La tierra seca es triste, pensaba,
Y da escalofríos verse hundido en un oasis oportuno, más salva las ganas.
Aquí van las musas locas;
Se pelean entre sí buscando el orgasmo intenso de sus desmedidas.
Se acarician los sueños, susurran las pasiones de su éxtasis.
Increíble tanta perseverancia viviendo en prisión de sus antojos reales;
Abren la puerta. Se quedan allí.”

Dayanis Tamayo Preval

***

12 de junio de 2009.

Violonchelo…

 

Llegó el verano. La temperatura es alta; el aire está muy denso, caliente. “Es molesto ensayar así”, piensa Isabela mientras se escurre las gotas de sudor de su frente mojada y prosigue en su apasionada lucha de notas arremolinadas. La música triste que sale por la ventana se escucha por todo el vecindario. Desde el patio, Laura la observa, sentada en la hamaca del naranjo. Sus piececitos desnudos no llegan al suelo, es pequeña para su edad. Se balancea suavemente mientras chupa una naranja. Sus labios rojos se oscurecen por la presión en la fruta, ya casi seca.

Laura tiene 16 años. Es rubia natural y su piel es rosada, parece una muñeca. Isabela es morena, su piel es blanca, pero el cabello es muy negro. El contraste llega a ser chocante a veces. Ahora sus mejillas están sonrojadas por el calor sofocante y el esfuerzo de su lírica vespertina. Su cabellera le cae por los hombros sudados, se le pega en la frente y el cuello. No se puede concentrar, hace demasiado calor. Deja el chelo a un lado por un momento y con una peineta recoge todo su cabello en un amasijo, bien alto en su cabeza. Quedan al desnudo sus hombros y cuello; desliza su mano recogiendo el sudor, que limpia en el vestido y vuelve a la carga, no se rinde. “Esta pieza es fácil, pronto la dominaré”, se dice mientras esgrime el arco sobre las cuerdas adoloridas del violonchelo, que llora su lamento al contacto.

Laura deja la hamaca, camina descalza sobre el sendero de grava. Sus pies acostumbrados a él no se quejan de la aridez de la piedra caliente. No soporta ponerse zapatos, siempre anda descalza, con el cabello revuelto. “Es una niña salvaje”, dice su madre cada vez que la ve trepada en el naranjo. Se acerca despacio a la ventana, sin hacer ruido; lánguida, ausente, mirando a Isabela interpretar ese “réquiem en re menor” de Mozart, que la tiene sumida desde la mañana. Isabela está sentada en su banqueta, con el chelo entre las piernas, el vestido remangado, descalza también.

Laura se apoya en el alféizar de la ventana, mientras lame sus dedos pegoteados por el jugo seco de la naranja. No deja de mirar a Isabela, que contorsiona su cuerpo al ritmo de la música. Mira su nuca esbelta, llena de pequeños vellos, que bajan por su espalda en una delgada línea, hasta perderse en el escote del vestido. Ahora sus ojos recorren sus caderas, y sus piernas desnudas y abiertas, su espalda arqueada, el suave vaivén de sus nalgas en el asiento. Sigue degustando sus deditos aunque ya están limpios. Una mano traviesa recorre su muslo sobre la falda, despacio, despreocupadamente. Del muslo sube al vientre, pasa por el abdomen, luego a las costillas, hasta llegar a los pequeños senos. Sus dedos dibujan círculos por sobre la fina tela, alrededor del pezón.

Isabela juega con las cuerdas y el arco, sus dedos desandan el brazo del chelo. Con los ojos cerrados escucha sus propias notas, se acerca el preludio del fin. La interpretación se vuelve delirante, convulsa, desenfrenada. Su movimiento se vuelve febril, su cuerpo es la música. La peineta que recoge sus bucles se afloja con el paroxismo de expresión corporal y sus cabellos caen por el rostro y la espalda, en cascada.

Laura apoya las manitas en el alféizar y salta suavemente, subiendo para cruzar la ventana. Se sienta y cruza las piernas hacia dentro de la habitación. Todo esto lo hace despacio, en silencio, para no interrumpir el arte de Isabela. Pone sus pies en el mármol frío del suelo, camina lentamente, sonriente, hacia la banqueta. Isabela danza con su música, su cabello revuelto perfuma la habitación, su olor de hembra sudada flota en el aire.

Laura camina hasta estar parada tras ella, y la observa, excitada, con una sonrisa en los labios y los ojos perdidos, pero no deja de mirarla sin ver. La música llega al desenlace, entre convulsiones y alaridos, cesa. Isabela queda exhausta, sus dedos adoloridos, su cuerpo cansado, su frente sudada. Laura levanta sus brazos y la abraza por la espalda, poniendo sus manitas sobre los senos redondos de Isabela.  Ella se queda inmóvil, solo respira y se deja abrazar, deja que los deditos comiencen a moverse por sobre la suave tela que cubre su busto. Laura le besa el cuello, huele sus cabellos y roza sus pezones erectos, suavemente, con la espalda sudada de la otra.

Isabela suelta el chelo y toma las manitos pequeñas con las suyas y despacio, las separa de sí. Se levanta de la banqueta y mira a Laura a los ojos, seria, insondable, distante. La contempla por un rato y la atrae hacia sí, para abrazarla contra su pecho. Isabela tiene 20 años, es alta, esbelta, es una mujer, con cuerpo de mujer. Laura en sus brazos parece una niña, pues es menuda, lánguida, pequeña.

“Quiero jugar Bella”, dice Laura, con su rostro apoyado en los senos de Isabela, así le dice de cariño. La morena toma su rostro entre sus blancas manos y la mira a los ojos directamente, escrutando, muy seria aun. Sus pupilas dilatas y perdidas, su respiración algo alterada. En sus labios rojos se dibuja una sonrisa maliciosa pero fría, su lengua recorre sus propios labios; gesto sensual y peligroso. Se acerca despacio a la carita de Laura, respirando el aliento cítrico de la jovencita. Su nariz roza la mejilla, sus labios besan la comisura de la otra boca. Se separa de nuevo, lentamente, mirando nuevamente en la profundidad de los ojos azules. Laura transpira y tiembla. Isabela vuelve a acercarse, hasta acariciar los labios con los propios, pero solo los roza, en un juego macabro, que acelera la respiración de Laura. Isabela deja salir su lengua y recorre lentamente los labios de Laura que se deja hacer, tranquila, inerte. Los entreabre y deja que la lengua de Isabela los saboree.

Isabela ejerce presión en las mejillas de Laura y esta abre más la boca. Al fin se besan, en un reguero de labios, lenguas, saliva y gemidos. Las lenguas salen de las bocas y se relamen y acarician, mientras se miran a los ojos. Isabela se detiene, mira a su alrededor y se sienta en la banqueta, atrayendo hacia sí a Laura, que ya está perdida, insana. La hace sentarse a horcajadas sobre sí, remangando el vestido y dejando al desnudo las piernas de niña. Deja que las mangas del vestido corran por los hombros, dejando al descubierto los senos pequeños y puntiagudos de la pequeña, que le quedan a la altura de la cara. Se sumerge en la piel de Laura, la olfatea, la roza, la toca, la lame, la saborea. Sus manos recorren los bracitos diminutos, los hombros desnudos, mientras su boca juguetea con los senos pequeños y excitados. Degusta los diminutos pezones, los engulle, los muerde, sacando un lamento adolorido de los labios de Laura.

Isabela deja los suyos al desnudo también. ¡Qué contraste! Los senos de Laura son pequeños, de pezones rozados, los de Isabela son grandes, redondos, los pezones marcados y carmelitas. Se pega a Laura y restriega sus senos con los de ella, los agarra con sus manos y los une, disfrutando la sensación de seda que la enloquece. Ahora es Laura la que se encorva y saca su lengua temblorosa y recorre la redondez de las bellas tetas de Isabela. Chupa por todos lados, dejando un rastro de saliva a su paso, mientras los amasa con sus manitas nerviosas.

Una mano de Isabela se desliza por su vientre y va a dar a su propio sexo, que palpita a centímetros de distancia del de Laura. Lo acaricia, por encima de la ropa interior húmeda, “mhh”, gime. Ese roce en su pubis y la boca de Laura en sus pezones la excitan sobremanera. Del suyo pasa al de Laurita, que se retuerce cuando los dedos apartan el blúmer e irrumpen en su vagina mojada ya. Se queda quieta, su lengua ya no se mueve, ni sus manos, apenas respira. Solo disfruta del esfuerzo que hacen los dedos virtuosos por entrar; su vagina se resiste un poco, pero al fin, cede. Su cuerpo se tensa completo, pero poco a poco se deja llevar y comienza a moverse, poco a poco. Sus nalgas buscan acomodarse de manera que la penetración sea absoluta y profunda. Isabela la mira mientras se menea sobre sus muslos y sonríe, con la misma sonrisa cínica y macabra. Disfruta subyugar a Laurita ante su poder, lo disfruta tanto que arremete con sus dedos, con fuerza, una y otra vez en la vagina de la joven. Laura gime desesperada, se contorsiona.

Isabela saca sus dedos embarrados de fluidos y los ofrece a Laura, que los saborea, ávida, desquiciada. Se levantan de la silla y Laura se tiende en el suelo, Isabela entre sus piernas, levanta el vestido y se deshace de la prenda interior mojada, la lanza a un rincón y aprieta sus senos contra el pubis de Laurita, que cierra los ojos al contacto. Se acomoda y vuelve a tocarla, esta vez despacio, por fuera, acaricia con sus dedos la vagina suave y mojada de Laura. La huele, la observa con detenimiento, como quien mira un tesoro. Se acerca y deja que su nariz se hunda entre los labios, que la reciben con un saltico que da Laura. Separa los labios con los dedos y saca su lengua, y recorre toda la vagina, de abajo a arriba. Laura se retuerce de nuevo, agarra el vestido entre sus manos, apretando, con los ojos cerrados y mordiendo sus labios. Isabela sigue recorriendo con su lengua, y chupando por todas partes. Abre la boca y trata de abarcar todo en un beso, pues esto es lo que hace realmente, besar la vagina mojada y palpitante de Laura, que ya está ausente. Isabela chupa, lame, succiona, muerde los labios de Laurita. Introduce un dedo sin parar su labor y baja su otra mano a su sexo, y comienza a acariciarse, en la piel viva, haciendo círculos sobre su diminuto botón.

Sigue lamiendo y moviendo el dedo dentro de Laura, deja que el segundo entre también y sigue el movimiento. No deja de tocarse ni de lamer, sigue besando todo y tocándose a sí misma. Las dos gimen, se mueven al compás de sus sexos; tiemblan, sofocan gritos. Cada vez es más rápido el ritmo, cada vez entran más profundos los dedos en la vagina penetrada, cada vez más rápido el movimiento de los dedos en el clítoris erecto, cada vez más intenso el beso de los labios sobre los labios. Se acerca el preludio del fin, y es tan convulso o más que la interpretación de la pieza en el chelo. Las carnes son las protagonistas de este concierto que se acerca al final, que entre notas agudas y repetidas está llegando a su cúspide gloriosa. Laurita es la primera que sucumbe, y se muerde la palma de la mano mientras su cuerpo intenta desprenderse de las ataduras de su carne; ella vuela, dentro de sí, vuela en una descarga eléctrica que le recorre todo el cuerpo, y su cuerpo no resiste tanto placer. Estalla.

Isabela sigue en su afán, sin darse cuenta de que ya Laura no siente, no piensa, solo yace inerte y al borde de la enajenación absoluta. Sigue tocándose, acariciándose, entre gemidos y sudor, también su pieza se acerca al fin, y acelera el roce de sus dedos en su pubis febril. Sus senos desnudos saltan, abre más las piernas, se encorva y se retuerce, ya no hay vuelta atrás. Un gemido rasga el silencio de la habitación con una acústica digna de conservatorio. Su cuerpo se tensa completo y solo se siguen moviendo sus dedos en su sexo. Convulsiona una y otra vez, primero con furia y más despacio ya, dejándose llevar solo por el impulso de sus vaivenes. Sobreviene la paz.

Ambas yacen en el suelo de mármol frío, una junto a la otra, con las ropas a medio quitar, los cabellos revueltos y las mejillas sonrojadas. Respiran suavemente, con los ojos cerrados, disfrutando del descanso, bien merecido. Así transcurren unos minutos hasta que Isabela se levanta, arregla sus ropas y toma de la mano a Laurita. Las dos se miran, ya vestidas otra vez, se besan tiernamente, se miran. Isabela toma el chelo y se sienta en la banqueta, Laura se para en la ventana, las notas tristes vuelven a fluir.

Isabela interpreta “Réquiem en re menor” de Mozart mientras Laura la mira desde la ventana y ríe, primero entre dientes, luego en voz alta, hasta que rompe en carcajadas. Se abre la puerta de la habitación y entra la madre de Laura. “Niña, deja a tu hermana practicar en paz”, le dice, mientras Laura sigue riendo como una obsesa e Isabela interpreta su melodía como los mismísimos dioses.


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