El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es un rosa la boca:
Lentamente taconea.
José Martí – Versos Sencillos – X
Incongruencias
IV
El sábado Ana llegó temprano a casa y, después de limpiar, recoger su cuarto, hacer los mandados con su abuelita, ir a la peluquería de al lado de su casa con su mamá a ponerse los rolos y amoldarse el pelo, de pintarse las uñas de un rojo vino espectacularmente sensual y otro montón de cosas más que hacen las mujeres los fines de semana, se bañó con agua bien caliente y se empabezó de crema hidratante desde los pies hasta la sombra. Comió temprano y comenzó a vestirse a eso de las 7 pm. Michel estaría allí de 8 a 8:30.
Esta vez escogió un vestido rojo de escote en V y espalda descubierta, ceñido hasta la cintura y falda amplia, por las rodillas; especialmente diseñado por ella y hecho por su abuelita que era costurera de años. El vestido era sensual y perfecto para bailar. Zapatos de tacón no muy alto, para poder dominarlo toda la noche sin torturar sus pies, rojos a tono. Estola negra como la pequeña carterita de mano. No sabía a dónde irían pero su abuela le enseñó que las damas siempre se visten para la mejor ocasión aunque vayan al parque, “de la casa hay que salir regia, no importa si se regresa hecha un desastre, al final nadie te ve cuando la fiesta terminó”.
Michel llegó a las 7:55 pm y, por supuesto, ella no había terminado. “Insoportablemente puntual, debí imaginarlo”, se dijo riendo, recordando lo molesto que podía resultar “ese chiquito”. Se acomodó el pelo como pudo y quedó bien gracias a los rolos, se maquilló tenuemente las pestañas y los labios y se perfumó. Ya estaba lista.
– Buenas noches Michel –, lo saludó ella, besando su mejilla.
– Buenas noches muñequita, hoy vamos a acabar con El Turquino –, dijo él y tomándola de la mano, salieron de la casa. El viaje fue rápido; tomaron un taxi hasta la Habana Vieja y de ahí al Vedado, caminaron unas cuadras hasta llegar al Habana Libre.
Era temprano y no había muchos bailadores aún pero a ellos no les importó. Nuestra pareja se llegó a la pista de baile, algo apenados, cohibidos, pero comenzaron a bailar. Los acordes electrónicos de dos canciones seguidas los vencieron y decidieron volver a la mesa. Supongo que el primer encuentro no podía ser diferente; fue una especie de pre-calentamiento. Él bajó un trago de Bacardí a la roca y ella se envalentonó por primera vez con una deliciosa y salada Margarita. Y sonaron los metales de una contagiosa salsa. Cruzaron miradas y hubo magia.
Corrieron a la pista, que soltó chispas al contacto con los tacones plateados de ella y brilló con los pasos altaneros de él. Para este entonces ya había varias parejas bailando una salsa desabrida y sin sabor. Ellos llegaron a bautizar el linóleo con el casino natal de su tierra mulata. Y así bailaron.
Él le tendió la mano con caballerosidad y ella, con el cuello erguido y movimientos sensuales, la tomó mientras daba unos pasitos, como reverenciando el sacro suelo que se disponían a profanar con sus mundanos movimientos. Entonces la atrajo hacia sí y la apretó suavemente del talle con su mano derecha y dejando descansar en la otra, la de ella, adoptaron la clásica posición de baile de parejas. Todo esto ocurrió en fracciones de segundos pero el paroxismo del momento lo hizo sentir sexy, eternamente tibio y el rubor pudoroso fue sustituido del rostro de ella por una sonrisa pícara y una pose coqueta.
Y comenzaron. Primero fue el paseo cadencioso, sin dejar la posición anterior; 1, 2, 3… 5, 6, 7, caminando la pista, mirándose a los ojos. Y otra vez: 1, 2, 3… 5, 6, 7, mirando a los demás. Y comenzó entonces a pasearla a su alrededor, soltando una u otra mano a una vez. Él marcando el paso discretamente, como acostumbran a hacer los hombres al principio; ella contoneando las caderas y sacudiendo la cabellera al aire.
Y se olvidaron de todo y de todos y comenzaron las vueltas. Los brazos enredados entre sí, los giros circenses y las improvisaciones. EL ritmo subiendo y las piernas jugueteando a diestra y siniestra, provocándose las unas a las otras. Sígueme! Y ella comenzó a menear los hombros, incitándolo a él a dar salticos y a romper los tiempos de la música con sus tranques de hombros. Gozaron el momento y dejaron su sello cincelado a golpes de tacón.
Se acabó la salsa y llegó la música electrónica otra vez para relajar los músculos y siguieron rompiendo reglas y moviendo sus cuerpos libremente. Él tomó otro Bacardí y ella fue a por su segunda Margarita; el rubor esta vez azotaba sus mejillas pero ahora más que rubor era un bochornoso calor el que la hacía respirar a bocanadas.
Siguieron probando ritmos que el DJ entrelazó magistralmente. Lambada: ella recordó su infancia de saya de vuelos y se dejó estrechar a él. Y bailaron y dieron vueltas y mostraron una lambada de primer nivel. Regetón: todos comenzaron a moverse provocativamente y las faldas comenzaron a flotar y las chaquetas adornaron el espaldar de muchas sillas.
Entonces sonaron los tambores; ¡qué sublime mezcla borinqueña! La salsa que desemboca en el más puro guaguancó. Y ella se dejó alcanzar. Y comenzó entonces la danza erótica y seductora. Ella, convulsa y recatada, cubriéndose con las manos pero sin decir “no”. Él, buscándola con sus manos y su pelvis, cortejándola y atacándola, pañuelo en mano. Ella mesó su pelo, él santiguó su cuerpo con el pañuelo blanco y ocurrió el vacunao. Pero la celebración fue en grande. El pañuelo voló en el aire y calló a los pies de ella, que con las manos en la cara, expresando vergüenza y derrota, se preparó a recibir a su amante. Él, raudo y ágil, se tiró en plancha al suelo, y agarró el pañuelo con los dientes, mostrando su poder masculino y se levantó con presteza. La abrazó y fue vitoreado.
Entre los aplausos y felicitaciones de las demás parejas, amén de la música estruendosa y del ambiente opresivo de tumulto, ellos se sumieron en un silencio total, contagioso y reconfortante. Él la apretó del talle y la incrustó a su cuerpo con firmeza, dejándole saber de su excitación y dureza. Ella se clavó en sus ojos y suspiró, ladeando la cabeza y dejando su cuello indefenso ante los labios de él que, raudo, lo besó sin piedad.
– ¡Qué ganas tengo! – le dijo él mientras le clavaba los caninos en la piel canela. Ella asintió con un gemido.


