I’ll never love again, can I say that to you, will you run away if I try to be true, Cherry blossom girl.
*Cherry Blossom Girl – Air
La muchacha capullo de cereza
Ella era una muchacha muy hermosa. Su piel era rosada como los capullos de cereza al igual que sus cabellos, el iris de los ojos almendrados y los labios esponjosos y húmedos. Habitaba un lago muy claro donde siempre era primavera y las aguas del lago – su hogar – se llenaban de pétalos rosáceos.
Algunos pensaban que era una náyade y otros que era un hada pero nadie se atrevía a acercarse al lugar, le temían. Ella se paseaba desnuda y serena entre los cerezos y nadaba en las aguas diáfanas. No tenía una edad definida pero lucía muy joven, casi púber. Su cuerpo era hermoso y aguitarrado, los senos pequeños y las caderas amplias. Era bella y lucía niña aún, pero no lo era.
Le cantaba a los pájaros que habitaban sus árboles y jugaba entre las hojas secas, revolcándose por el suelo naranja verdoso, entre liebres y ardillas. Hacía coronas de flores que adornaban su cabellera hermosa y rosada, llevaba pendientes y collares de piedras preciosas.

Una mañana de tantas, cuando soplaba un viento distinto, le llegó un aroma peculiar. Estaba acostada entre pilas de hojas que agrupaba para luego regarlas a modo de lluvia seca. Se levantó despacio – aún estaba somnolienta – y aguzó la vista entre los árboles. Una silueta extraña y oscura se acercaba con paso firme y contante.
El forajido se le dibujaba alto, delgado y esbelto. La piel era muy trigueña, tostada, como si se hubiera untado barro del fondo del lago y el cabello, muy lacio, era negro como el carbón. Vestía ropas ajadas y holgadamente frescas. Un bulto anidaba en su espalda, fuerte, robusta y recta.
Nuestra joven florecida se emocionó al ver a alguien por su tierra encantada y quiso darle la bienvenida. Se escondió entre los árboles y esperó impaciente. El hombre de barro, es decir, de piel de barro, mejor dicho, de piel como el barro, se detuvo justo entre dos árboles al escuchar el crujir de una ramita seca. Del bulto en la espalda agarró un cuchillo largo y afilado que brilló al tocar un rayo de sol.
Se hizo un silencio absoluto y él aguzó sus sentidos de cazador, intentando descubrir a quien lo acechaba. Cayeron algunas hojas verdes y otras naranjas, el viento sopló y cantaron los pájaros otra vez. Un agudo aroma a cerezas invadió su olfato. Se dio vuelta.

Frente a él, mirándolo curiosamente, estaba de pie y esplénidamente desnuda nuestra chica cereza. Los cabellos rosados ondeaban al viento y bajaban por sus curvas hasta los muslos, también rosados. El forajido se quedó de piedra al ver tan hermosa criatura delante de sus ojos y se echó al suelo, reverenciándola.
Ella se acercó despacio y comenzó a caminar a su alrededor.
— You’re not from here — dijo en un susurro.
— No, I’m not, beautiful naiad — respondió él levantando los ojos y mirándola himnotizado.
— Are you afraid of me?
— Yes, I am. Wise men say you’re mesmerizing creatures who bewitch good men and make them your slaves — respondió el hombre con cautela.
— Oh, that’s not true. I would never hurt you. You’re so exotic and beautifully dark. I can’t stop looking at you — dijo ella acercando sus dedos pero sin atreverse a tocarlo.
— I also find you quite interesting my queen, I could bite your flesh and I´d assure it would taste like the juiciest fruit ever — dijo él mordiendo sus labios, reprimiendo el deseo que su aroma a cerezas maduras le inspiraba.
— Touch me stranger, paint my pink skin with your earthy brown color, please! — suplicó la ninfa arrodillándose frente al bello joven.
— Will do my love — dijo él y acercó sus dedos morenos al rostro rosáceo de la criatura.
Su mano recorrió desde el nacimiento del pelo en la frente, pasando por la nariz asalmonada y fría, acariciando los suaves y delicados labios, bojeando la curvatura de la barbilla y bajando por el cuello en llamas hasta desembocar entre los senos ardientes. La mítica criatura gimió y su aliento dulce y floral empapó el bosque y los sentidos del cazador que la apretó entre sus brazos de Hércules. Permanecieron abrazados y juntos por horas, tendidos en el suelo verde y mullido. El muchacho acariciaba los rosados cabellos de la ninfa y ella inspeccionaba una de sus manos grandes de dedos alargados y oscuros.
— Do you come from the earth? — preguntó ella.
— No my dear, I´m just a man.
— Now you touched me I must confess a terrible secret to you, the reason why so many men fear of me — dijo ella bajito, como si no quisiera ser escuchada.
— Tell me darling, I´m here to listen — dijo él besando la frente nacarada.
— Once a male touches a naiad’s skin he can leave her alone for more than one day or she’ll vanish. We have made a spiritual and carnal bond that can’t be broken or I´ll be gone forever — dijo ella con tristeza.
— I love you. I will never leave you — dijo él y se entregó a la caricia de sus ojos. Ella sucumbió en los marrones de él y se hundió en ellos, viendo en lo más profundo del negro interior. Su alma era tan oscura como su piel y eso la asustó pero no pudo dejar de sumergirse en esos ojos de animal salvaje.
Por primera vez rozaron sus labios y el cielo los bautizó con su sabia bendita. Mientras se besaron estuvo lloviendo y a medida que las caricias se tornaban íntimas arreciaba el agua redentora. Con cada gemido el cielo se surcaba de relámpagos rosas y cuando al fin se entregaron el uno al otro, los truenos marcaron el ritmo de sus cuerpos danzantes.
Eran una acuarela surrealista y contrastante. Manos carmelitas en rosada cintura, cabellos rosas sobre el pecho marrón, labios encarnados en labios grisáceos, lengua escarlata en senos rosáceos, pelvis oscura entre muslos rosa. Eran un estallido de color.
Con la calma de amor también los cielos descansaron y los amantes encontraron refugio en la tibia carne del otro. Así durmieron el sueño de la plenitud y a la mañana siguiente, cuando nuestra rosada criatura abrió los ojos, estaba completamente sola. Se preguntó dónde estaría su cazador y lo buscó entre los árboles, en el agua clara del lago, entre las pilas de hojas naranjas. No apareció.
La atacó un llanto agudo que hirió al bosque entero. Se sentó a la orilla del lago y sus lágrimas alimentaron sus aguas por horas; lágrimas rosadas y eternas. Así llorando la encontró el alba y nada la hizo dejar de verter su rosado dolor que coloreaba la laguna. El fin se acercaba y el cazador no cumpliría su promesa de amor.
A media mañana, a un día exacto de haber tocado por primera vez a su amante humano, el cielo comenzó a tornarse rosa a medida que la cara de nuestra ninfa perdía su hermoso color de capullo de cerezo y su suavidad de pétalo mientras se tornaba carmelita y arenosamente reseca. Primero la frente, la nariz, los labios, el cuello y los senos. Siguió transformándose lentamente, perdiendo su rosácea frescura en cada pedazo de piel que el cazador tocó con sus manos, su cuerpo, su boca. A medida que ella se tornaba carmelita el bosque iba absorbiendo su color y así los árboles, las hojas, los frutos, la hierba y el agua de la laguna que ya no era agua común si no sus rosadas lágrimas.
Ya solo quedaba una de sus manos en su forma natural cuando llegó corriendo el cazador, envuelto en lágrimas y en sangre de su presa. La sostuvo de la mano y entre sollozos le pidió perdón.
— Oh my love, what have I done to you? Forgive me, my queen, forgive this silly man who left you alone! — suplicó besando los aún rosáceos dedos.
— Don’t cry my love. You made me the happiest creature in the world for one day. I’ll be always watching over you — le dijo ella, mientras su mano se tornaba arenisca entre los dedos de él. El viento comenzó a soplar y el rostro hermoso de ella comenzó a desprenderse, en forma de arena arrullada por la brisa. Poco a poco se deshizo y no quedó de ella más que su voz musical entre los árboles, resonando en el agua rosada.
— What am I going to do without you, oh, my Cherry Blossom Girl? — preguntó el hombre destrozado.
— I gave you a gift. You’ll never die and I’ll live forever among this trees: I’ll be the spirit of my forest and you will always return to me — dijo ella y su voz calló.
Y así la ninfa se volvió arena y el cazador inmortal y este se enamoró del bosque que le legó su amada. El paisaje trascendió en el tiempo siendo rosa por siempre, desde el lago hasta ese pedacito de cielo. La voz de ella permaneció en cada sonido del bosque y él jamás la abandonó otra vez.
Fin.


