Fonética…

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar.

Me gusta cuando habla y como habla. Me encantan los sonidos que producen sus cuerdas vocales. Me derrito escuchando su timbre suave, delicioso, con esa cadencia ni de aquí ni de allá, pero llena de ritmo.

Me gusta escuchar sus “emes”, sus “enes”, sus “eres” y sus “eses” e imaginar cómo se posicionan sus labios al pronunciarlas. Memorizar el tenue movimiento de su lengua entre sus labios y sus dientes.

Me erizo toda. Me eriza toda.


Phoebe’s birthday…


It’s Phoebe’s birthday and Joey is not there. He’s with Ursula. 

And I just wanna cry…


Pídemelo…


She laid, limbs lifeless, beneath sheets, soaked
Inviting death just one more time
Come!

La Petite Mort – Nicole L.

Pídemelo…

Me dijo: Dámela, dámela toda. Grita. Muerde. Aprieta. 

Y me vino a buscar la pequeña muerte y me  tomó de la mano y me fui gustosa con ella, dejándole a él un hueco en el pecho que solo podría llenar con mis gemidos. 


Qué quieres tú conmigo…


¿Qué quieres tú conmigo?

Tú que no has sentido mariposas en la panza

Ni fabricas aleteos de gorriones con tu boca

Tú que congelas todo lo que tocas 

Aunque derrites todo lo que abrazas

¿Qué quieres tú conmigo?

Tú, que no regalarías ni flores ni versos

Y todas mis lágrimas se te hacen insípidas 

Aunque las causes con la ausencia tus besos 

Y con ese existir, todo distante y sin prisas

¿Qué quieres tú conmigo?

Si sabes que mi alma te desea con apuro

Pero se te hace imposible proponer la tregua

Cuando llevo el pecho abierto y sin escudo

A expensas del filo peligroso de tu lengua 

¿Qué quieres tú conmigo?

Cuando nunca has sostenido entre tus manos 

Un corazón sincero y vulnerable 

¿Qué quieres, si le llamas no haber amado

A tu ancestral miedo a enamorarte?


Puertas…


(…) cuando uno conoce a alguien sabe si hay una puerta al enamoramiento. Algunas personas tienen esa puerta y otras no. Uno escoge si cruza el umbral o no. Yo sabía desde que te conocí que había una puerta muy obvia, muy incitadora al enamoramiento contigo y jugué mucho y me acerqué y miré por una rendija y olfateé el aroma que venía de adentro y agucé el oído para escuchar la música de tu amor, pero me contuve por muchos años y nunca la crucé. Nunca la crucé hasta que me sorprendí del otro lado un día, de visita en un mundo nuevo y maravilloso. Cada persona tiene un mundo detrás de esa puerta y no es el mismo mundo ni la misma puerta para todo el mundo. Es decir, yo tengo muchas puertas y muchos mundos dentro de mí y cada una le pertenece a alguien sin nombre. Supongo que habrá quien ni siquiera aparezca nunca a reclamar su puerta y algunos mundos se extingan o se desvanezcan en el tiempo por falta de visitantes. Pero tú tienes tus propias puertas y tus propios mundos y cada uno es distinto de los demás. Tu puerta y tú mundo, los que visité, no se parecen a ningún otro porque ese mundo se ve afectado y modificado solamente por mi sola existencia. Nadie más existe dentro de esa puerta ni en ese mundo; sólo yo. Y cuando crucé la puerta, ese mundo de amor por mí, que había sido de una manera antes de que yo, finalmente, entrara, porque me amabas sin razones, comenzó a cambiar. Tu mundo estaba basado y diseñado a la imagen y semejanza de la idea que tenías de mí. Al cruzar el umbral, tu mundo comenzó a tomar los colores de mi verdadera personalidad, los aromas de mi piel, las curvas de mi cuerpo. Ese mundo siempre fue real pero al yo entrar, tu mundo se alimentó de mí y se hizo tan mío como tuyo. Entonces mis colores se mezclaron con los tuyos y el mundo se pintó con nuestros matices, únicos. Lo mismo sucedió con los olores y sabores y sonidos. Todo pasó de ser tuyo a ser mío, y luego nuestro. Y entonces ese mundo al que entré, dentro de ti, tomó vida propia, alimentándose de ambos. Lo mismo pasó dentro de mí cuando cruzaste el umbral de mi puerta y te adueñaste de mi mundo. 


Un mar de hombres para mí…

Fingers Cave
Sutil llama arde en tu corazón,
y aniquilas con el roce de otro cuerpos,
inertes portadores de infortunios.
No prolongues tu naufragio en mudas bocas;
unge tu alma con la savia de tu sangre.
Es el ave y no medusa tu amuleto.

Cecila Solis

Anoche tuve un sueño. Soñé que caminaba entre hombres. Había hombres altos, delgados, atléticos. Había hombres blancos, hombres morenos, hombres azules. Algunos tenía la piel blanca y perfecta, como de cera. Otros tenían labios rojos, como las mujeres. Había par de ellos con ojos grises como gatos y mirada indescifrable. Abundaban los ojos marrones y las cejas tupidas. No faltaban los que tenían el cabello como el trigo o las zanahorias.

Eran cientos y yo deambulaba entre todos ellos. Me escondía detrás de este, correteaba frente a aquel, le susurraba algo al oído a algún otro. Todos me seguían con la mirada, todos, con sus pupilas dilatadas. Y todos eran diferentes pero iguales. Ninguno llevaba ropa. Yo tampoco.

Y era como si yo fuera la maestra de ceremonias de una orquesta perfecta. Yo levantaba las manos y ondeaba el pelo y ellos me seguían con sus falos. Sus instrumentos todos apuntaban a mis senos, a mis nalgas, a mi pubis. Y yo daba volteretas, bailaba al compás de la melodía que tejían sus jadeos. Y todos, ellos, yo, sudábamos. Y yo reía, reía a carcajadas, como loca, mientras ellos me comían toda…


Definición de miedo…

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Atea, diabólica o católica.
No importa todas gritan igual como sinfónica.

Suave – Calle 13

 

La pregunta que más miedo me provoca:
“¿Quieres que te la saque?”


Demonios internos…


“Ella había traído consigo los vientos favorables de un
mundo enorme, y resultaba extrañamente cautivador.”

Yo antes de ti – Jojo Moyes

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VI

Luego de depositarla en la cama, Alex, descalzo pero aún vestido con su pantalón, retrocedió y volvió a su copa de vino. Se dedicó a observar a los hermanos mientras se ahogaba en la bebida. Vio como Richard se acercaba y le susurraba cosas al oído a Dolores mientras tocaba sus labios rojos y señalaba aquí y allá, como explicándole de qué estaban hechos los besos. Dolores temblaba de placer.

Alex tenía cuarenta años ya y, por supuesto, esta no era la primera vez que compartía una mujer aunque sí era la primera vez que sus hermanos estaban inmiscuidos, pero esta no era la parte que lo tenía incómodo. Sus hermanos eran par de niños y no había nada que pudieran enseñarle a estas alturas. ¿O sí?

Frunció el ceño cuando vio a Richard besando a Dolores y usando sus dedos como parte del beso. Evidentemente la estaba volviendo loca. ¿Cómo no había pensado en eso en sus cuarenta años? Tal vez no era tan creativo como pensaba. Se bebió la mitad de la copa de vino de un  solo trago y se sirvió lo que quedaba en la botella. Abrió otra y la dejó respirar, mientras bebía.

Dolores se veía indefensa, reducida y hasta un poco inocente. Cuando la vio desde el otro lado de la habitación, sintió como un llamado ancestral. No podía explicárselo pero era como si necesitara interactuar con aquella alma. Él no era un científico como sus hermanos, la ciencia dura no era su campo, pero sí la psicología. En sus años de militar, había conducido muchas investigaciones y entrevistas a soldados, antes, durante y luego de participar en una batalla, y se había convencido de que la mente humana es algo maravilloso. Comprendía lo que le pasaba con aquella mujer, aunque no sabía el por qué.

Sus padres habían muerto cuando sus hermanos eran muy jóvenes y él, siendo aún un adolescente, tuvo que hacerse cargo de su crianza y educación. Con lo poco que le dejaron sus padres pudo enviar a sus hermanos a estudiar y él se enlistó en el ejército y poco a poco, entre los tres, se hicieron de una fortuna considerable. Se sentía orgulloso de lo que había logrado. Sus hermanos eran ambos hombres de bien, educados y cultos. Él, no se había casado ni tenía hijos porque había dedicado su vida a ellos. Por eso no dijo que no cuando le pidieron visitar la casa de Madame Lafevbvre con él.

Él era el único padre que habían conocido y le tocó a él formarlos como hombres y educarlos para que fueran hombres de bien y siempre trataran a una mujer, cualquier mujer, como a una dama. Nunca se sintió superior por ser hombre. Se podría decir que tenía una mente muy adelantada para su época, aunque era casi imposible saberlo. Alex era un hombre muy reservado, de esos que cuando hablan es para decir las palabras correctas, exactas. Incluso sus hermanos no podían hacerlo hablar a pierna suelta, de ningún tema. Siempre fue muy preciso a la hora de pronunciar palabra y sus hermanos lo atribuían, a falta de más explicaciones, a los traumas vividos en el ejército. Él nunca les admitió ni negó nada. Uno de los beneficios de ser la figura paterna era el respeto que le profesaban ambos hermanos.

Mientras más bebía, más deseos sentía de estar a solas con Dolores, de meterse en su mente y comprender. Solamente sabía de ella que era muy joven y que era viuda e independiente. Sus ojos estaban llenos de dudas, sin embargo, su manera de proyectarse, de conducirse por el mundo, eran los de una dama centenaria en cuanto al dominio de sí misma y la experiencia y control que irradiaba. Le parecía enigmático el haberla conocido en aquel lugar. La admiraba por tomar el control de su vida y buscar lo que deseaba de la vida, sobre todo en una época en la que las mujeres eran meros objetos decorativos, relegadas a tener hijos y hacerse cargo del hogar.

Alex vio como Richard besaba a Dolores en los labios por mucho tiempo. También vio como George se sumó y comenzó a besarla por todo el cuerpo. Dolores gemía y se retorcía, indefensa y plena. Alex sintió envidia. Estaba a unos escasos metros de Dolores y podía simplemente tomarla cuando quisiera, sin embargo, volvió a vaciar la copa de vino en su garganta y siguió observando como la boca de la mujer se perdía en un amasijo de piel.

… continuará.