Limón partido (hay para todas)

Naranja Dulce, Lee Mompartido, dame un abrazo que yo te pido.

Mi amiga Lilliana comienza su blog para contarnos sobre su embarazo, parto y su nueva vida con su bellísima hija Isla ❤️

Lee Mompartio

En inglés, o en español? Todas las semanas o una vez al mes? Encontraré momentos para escribir? Inspirará a alguien? Tendré tiempo para contestar sus preguntas, ayudarles? Y en todo caso, quien soy para considerarme con derecho a dar consejo al respecto? Todas estas preguntas y muchas más vinieron a mi mente cuando mi mamá en sana intención de cooperar con mi inspiración y constante búsqueda en casi todas las ramas del arte, me sugirió que comenzara un blog. Hace solo 4 meses que he dado a luz a mi bebé, Isla; y dedicada a su cuidado exclusivamente, me sobra poquísimo tiempo para hacer canciones, escribir poemas, pintar y el resto de las muchas pequeñas cosas que desde niña me han inquietado.

Mi madre hasta tenía un nombre pensado, (ella piensa en todo). Cantamos de pequeños la canción “Naranja Dulce , limón partido, dame un abrazo que yo te…

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Regalo…

Cada mañana trae una imprecisa sensación de sorpresa y esperanza, cierto placer latente que crece a medida que nuestros ojos se van abriendo. La luz que se escurre a través de la ventana, aquella que se proyecta suavemente sobre mi rostro, me avisa que un nuevo día nace lleno de probabilidades y emociones nuevas. Tocan a la puerta, lo siento lejano y ajeno, a medida que me voy acostumbrando a la realidad, aumenta la intensidad de los toques. Siento el vacío a mi costado, un vacío casi innatural o impropio, como si faltase sonido o sobrase espacio; no estabas. Vuelven los toques, y esta vez respondo con un “ya va”. No era nadie, nadie importante, en este momento nada es relevante, solo tu ausencia.

Tomé el pulóver que colgaba de la silla y me dirigí a la cocina.

Allí estaba el arsenal de lo cotidiano, cada elemento al estilo de los grandes puntillistas

Puse la cafetera, sobreviviente de miles de inquisiciones, sobre el fogón y mientras se calentaba corté el pan en pequeñas rodajas y los cubrí con mantequilla.

Esa sensación no me abandona, esa sensación de desarraigo, de orfandad. Hace unos días, no era así, la luz matutina que conmocionaba mi resucitada alma,era en efecto, placentera, pero dicha experiencia quedaba completamente eclipsada por la suave textura de tu piel y el perfume de tu cabello. Sí, allí estabas, rodeada por mis brazos, acurrucada, cubierta de una mística aura de inocencia y belleza, una deidad terrenal que bendecía mi lecho con su presencia. Yo, maldito egoísta, robándote el tiempo, pidiendo unos minutos más de tu presencia, de tu calor, de tus besos. Tú, con poca convicción, tratando de liberarte de mis brazos, de la cárcel de mis deseos y tentaciones. Ese era el movimiento secreto del todo, las causas y efectos de nuestra naturaleza, las noches de introspección y los amaneceres de posibilidades.


Olas…

– ¡Eres tan linda! – le dijo, casi como un reclamo y la besó en los labios con ternura, sin morbo, sin lengua. Solo depositó sus labios en los de ella, tibios y suaves. Al apartarse los ojitos de ella permanecían cerrados. Los abrió y su carita de niña se transmutó en una mueca de asombro y felicidad. Sonrió con los ojos y con los labios.

– ¡ TÚ eres tan lindo!

Entonces él se dio cuenta de cuánto y por cuánto tiempo la había amado. Se dio cuenta de que nunca había dejado de hacerlo. Solamente había guardado sus sentimientos, celosamente y a pena de sucumbir ante ellos. Sabía que en el momento que le dieran un minuto a sus sentimientos, saldrían desbocados.

Más tarde esa noche ella se inclinó ante él mientras dormitaba y le dio otro beso tibio en los labios. Él la besaba en sueños. Rememoraba cómo había sido el tacto de su piel luego de tantos años, hacía apenas un par de horas cuando la memorizó nuevamente con las yemas de sus dedos, listo para dejarla ir una vez más.

– Te amo -, susurró ella y lo miró por unos minutos. Luego se abrazó a su cuello y se apartó, dejándolo dormir en paz.

Ella sentía que su amor era cómo olas, que se apartaban pero volvían siempre, una y otra vez, a desembocar en la tibia orilla. Él era su orilla y ella era esas olas coquetas, malhumoradas incluso, juguetonas, incapaces de irse muy lejos sin que su propia naturaleza la hicieran volver a romperse entre sus brazos.

Y él seguía allí y no pensaba dejarla. Había prometido navegar en el “Nueva Fidelidad” hasta donde llegara el “río” que compartían, en los tiempos aciagos, los de felicidad, en la ausencia ñ, en la pérdida. Siempre iba a estar allí.


Poema 6…

6

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en
calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


Quiéreme hoy…

Hoy

Tócame hoy que he guardado las espinas

Que mi cuerpo lleva suavidad de nubes

Siénteme hoy, que te permito las caricias

Y todos tus besos quedarán impunes.

Tómame hoy en tu mano, siempre experta

Ven y hazme deshacer entre quejidos

Quiéreme toda, ven, que hoy estoy dispuesta

Hoy la respuesta es sí a tus pedidos.


El hombre perfecto I…

El hombre perfecto te dice que no. Te dice que no mientras ruegas, lloras y pataleas. Te dice que no mientras enloqueces y te hablas el pelo.

El hombre perfecto espera a que dejes de pedirlo, a que te resignes a que “no es no”, a que aprendas quién manda y a quien debes respetar por encima de todo. Entonces, solo entonces…

… te lo da.


No estés lejos de mí…

15. No estés lejos de mí

Pablo Neruda

No estés lejos de mí un sólo día, porque cómo,

porque, no sé decírtelo, es largo el día,

y te estaré esperando como en las estaciones

cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

No te vayas por una hora porque entonces

en esa hora se juntan las gotas del desvelo

y tal vez todo el humo que anda buscando casa

venga a matar aún mi corazón perdido.

Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,

ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:

no te vayas por un minuto, bienamado,

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos

que yo cruzaré toda la tierra preguntando

si volverás o si me dejarás muriendo.


Pertenencia…

Tenía ese algo, indescifrable y misterioso, que lo hacía deseable pero completamente inaccesible. Se le notaba en el pelo, cuidadosamente despeinado. Se le descubría en el extraño movimiento de los dedos. Era evidente que su piel había sido bautizada ya. No cabía dudas de que sus ojos miraban y veían imágenes distintas. No se podía negar que el timbre de su voz no pertenecía a ese momento.

Él existía, prestado, en un universo al que no pertenecía. Habitaba, de cuerpo presente, pero como un cascarón vacío. Por donde caminaba, sus plantas no dejaban huellas. Su aroma no se quedaba en las cosas que tocaba.

Él era, únicamente, un amasijo de carne, huesos y sangre, deambulando en la penumbra de un lugar equivocado. Todo su ser olía a que no era de ellos.

Él era mío, aunque se los hubiera prestado para admirarlo y desearlo. No podían tocarlo ni detenerlo, no podían sujetarlo ni quedárselo…

Porque era irremediablemente mío.