Más historias de abuelitas – 2

Toda esa cuenta la saco yo ahora, ayer solo pensé que estaba lejos y se lo dije: “pero usted ha caminado todo ese tramo? está muy lejos de casa, debe estar muy cansada!” y me explicó la adorabe ancianita que había salido en la mañana para ir al médico y que estaba regresando ya. Evidentemente, cuando salió del médico, tomó la dirección equivocada e iba caminando completamente opuesta a su destino. Le habría agarrado la lluvia o la noche caminando sin encontrar nunca su casa.

Me contó también que “Las 3 Torres” – como le llamaba ella y haciendo referencia a la arquitectura del lugar -, es un hogar de ancianos. Allí vive pues sus hijos están en Huston, Texas. Le pregunté si era cubana y me dijo que sí, “de las Villas”. “Usted tiene teléfono?”, le pregunté pues en caso de que esa no fuera la dirección tendríamos que llamar al lugar para que me dijeran como llegar. Qué problema! Me parecía tan extraño que anduviera tan lejos… incluso llegué a pensar que al llegar a esa dirección no encontraría lo que buscábamos. Tal vez eran la 18 y la 29 del West de Hialeah… pero no, ella me recalcó varias veces, “del Northwest” y yo le creí.

Seguía lloviznando. No quise hacerle muchas preguntas, se veía tan cansada. Su olor a piel viejita y mojada inundaba el ambiente y su respiración era entrecortada. Me recordó tanto a mi abuelita Águeda…

Tomé calles y calles, evitando el tráfico de las 5:30 pm. “Uyy! tengo que apurarme”, me decía por dentro. Tenía que estar en la escuela a las 8; tenía mucho tiempo pero temía que se complicaran las cosas… no podía perder esa clase pues tenía un trabajo que exponer en equipo y llevábamos 2 semanas preparándolo. Tenía que llegar a bañarme y lavarme la cabeza, comer algo. Tendría que estar en la escuela hasta las 10:55 pm que terminaba el turno y con las presentaciones, la idea de salir un poco más temprano se había esfumado. “No importa! no podía dejarla en la calle, sola, perdida y con la lluvia que amenazaba con arreciar”, pensé.

Ya llegando al sitio, las vi. Por encima de los árboles estaban “Las 3 Torres”. Eran 3 edificios en forma de cilindro de unos 10 pisos. “Allí están!”, le dije con mucha alegría y un poco de remordimiento. Al fin y al cabo ella estaba en lo cierto y yo temiendo que no supiera ni adonde iba. Me avergoncé de mi misma en silencio y respiré profundo. “Por aquí se entra”, me dijo señalando una reja de hierro. Doblé y entré hasta detenerme en frente de la verja cerrada. “Y cómo entramos?”, le pregunté y me dijo algo como que la abrían desde dentro pero no vi a nadie, ni siquiera una garita. Detrás de mi llegó otro carro. Comencé a preocuparme porque no quería una cola de carros detrás nuestro. “Está segura de que abren desde dentro?”, le pregunté con cara de perdida. “Aquí tengo una llave”, me dijo sacando de entre su blusa una tarjeta magnética colgada a su cuello con un cordel. Me la dio, estaba sudado el cordelito. Sonreí pues me recordó que todas las abuelitas guardan las cosas importantes en “ese bolsillo”. Recordé a mi abuelita Águeda otra vez. Salí del carro y no sabía qué hacer con la tarjeta y el anciano del carro de atrás ya me miraba con cara de reproche. Caminé hasta su carro y me dirigí a él.

“Señor, tengo a una ancianita que encontré perdida esperando en el carro, me puede decir cómo funciona la tarjeta para abrir la puerta?” y me respondió con mejor semblante que la flecha dibujada en la tarjeta iba para arriba. “Muchas gracias!”, le dije al comprender. Así lo hice; puse la tarjeta en una superficie de metal con la forma específica y una lucesita verde brillante se encendió y el sonido de los motores eléctricos moviendo la reja me avisaron que ya todo estaba bien. Volví al carro y arranqué. La señora vive en la primera de las 3 y en la puerta la dejé. Me dijo su nombre y su apartamento y me invitó a visitarla si algún día andaba por aquella zona. Me indicó la salida y me dio las gracias. “Cuídese mucho!”, le dije y lo sentí en lo más profundo de mi ser. Sentí que había hecho una proeza, que había salvado al mundo o al menos a la abuelita. Me sentí tan grande, tan poderosa, tan agradecida…! sentí que había hecho un bien y la satisfacción era increíble. Sentí ganas de llorar.

Regresé entonces, por calles largas, entre muchos carros, acompañada de la lluvia que al fin apareció, arrolladora y de mal humor. A cada rato miraba el asiento vacío o me llegaba el aroma de antigua humedad. No dejaba de pensar cómo aquella delicada y casi efímera ancianita había recorrido un camino tan largo… y así se fueron desvaneciendo la tarde, el olor y el recuerdo de la abuelita en mi mente. Comenzó a hacer frío y a oscurecer. Y llegué al fin a mi casa, bajo la lluvia… ya aquella aventura casi había desaparecido de mi mente… y sentí que no recordaría nada… o que quizás, había sido solo un sueño.

Anuncios

Acerca de izmatopia

Everything about me was, is or will be written... you just have to wait and read. Ver todas las entradas de izmatopia

7 responses to “Más historias de abuelitas – 2

Tus notas a pie de página...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: