Archivo diario: noviembre 23, 2011

A State of Trance*

Cuando tenía 15 años vivía sola, literalmente. Mi papá había venido para los Estados Unidos, mi mamá vivía con su marido y mi abuelita tenía su casa en La Víbora, 10 de Octubre. Cada uno a su manera, se ocupaba de mi. Mi papá me mandaba dinero, mi mamá me veía de vez en cuando y mi abuelita desafiaba el transporte cada día para velar por mí. No me quejo, no era feliz pero se que hubo muchos adolescentes que la pasaron peor.

Esta introducción es para llegar a que, inevitablemente, no pude ser una joven en el completo sentido de la palabra. Fui a mi primera fiesta con 15 años – la mía, obviamente -, pues antes de eso, mi papá no me dejaba salir a ninguna parte. Al irse él y quedarme sin la constante supervisión de un adulto, comencé a encontrarme furtivamente con el baile.

Cuando pequeña tomé clases de “baile español” y más tarde, cuando aun era una “chamaca escuincle”, es decir, cuando era un ‘pestillo’ practiqué ballet /para los no cubanos y por tanto no familiarizados con la jerga popular que nos caracteriza, ‘pestillo’ es en Cuba la persona – dígase hembra o varón -, que es flaca(o) y no tiene carnita por donde morderlo, jejejeje! /Yo era muy delgadita cuando niña y por eso pude practicar ballet por un tiempo, hasta que mis caderas se convirtieron en un impedimento y la profesora osó decirme, mientras intentaba probarme un leotard para una presentación y ante la imposibilidad de subírmelo hasta la cintura, que tenía que hacer ejercicios para perder esas caderas indignas de una bailarina. JAAAAAAAAAA! eso mismo día mandé el ballet al demonio y me enamoré de mi femineidad.

Lo que intento decir es que, siempre llevé el baile en la sangre pero mis intentos de practicarlo profesionalmente fueron frustrados en mi niñez. Clandestinamente y en las fiestecitas del día del maestro en la primaria, aprendí a bailar merengue, bien pegados. Pero no fue hasta que comencé a salir con 15 que aprendí a bailar reggea que era lo que se usaba en mi tiempo, antes del advenimiento del regetón como el último y más aclamado fenómeno social.

Recuerdo que en ese tiempo, como vivía sola y no tenía que pedir permiso para salir, estaba en la calle todos los viernes y sábado para las 9 pm. Siempre regresaba entre 12 y 1 am. Vale destacar que jamás bebí, ni una gota de alcohol; tampoco fumé cigarrillos y en ese tiempo, no si era yo muy despistada o aun conservábamos algo de inocencia los jóvenes pero nunca estuve de frente con la droga. Conocí el olor de a marihuana en Estados Unidos, en uno de los mejores lugares de Miami: la cuidad de Coral Gables. Es una ciudadela de estilo muy colonial y calles de nombres hispanos que los gringos mal-pronuncian a diario y ni siquiera entienden el significado real de las palabras que representan el lugar donde viven, pero bueno, la vida es así. En este barrio de gente millonaria, donde trabajé haciendo sandwiches en un mercadito por azares del destino, es muy normal que lleguen a diario y a cualquier hora, los universitarios ricos, hijos de mamá y papá, prendidos hasta la médula y con los ojos rojos, destilando el asqueroso olor a hierva quemada. Pero esa es otra historia, sigamos.

Les decía que a pesar de ser una adolescente y andar en la calle sola, nunca practiqué ningún vicio pues no me interesaba. Yo salía para bailar, para mezclarme con la gente; me imagino que la razón real detrás de todo era mi perenne necesidad de calor humano. Por aquellos tiempos bailé mucho. Se usaba el bailar los 15 de las muchachas y yo tuve la dicha de formar parte del cuerpo de baile de 4 o 5 de estos magníficos festejos. Así aprendí a bailar casino, no como una estrella pero si para dejarme llevar por un buen bailador, en parejas y en ruedas.

Luego, entre la escuela que nunca descuidé amén de seguir viviendo sola, y mi largo noviazgo de 5 años, con un muchacho que ni canta ni come fruta (menos aun baila), me alejé de las pistas de baile y de la música. Mi alma experimentó un largo período de silencio espiritual y corporal.

La última vez que fui a bailar en Cuba fue en el 2008 a los Jardines de la Tropical. Esa noche hubo rock, techno, trance, casino; bailé de todo. Tuve que ponerme al día en los nuevos pasos de baile, que no perdonan a nadie y se auto-innovan a diario, pero lo disfruté.

Ahora mismo escucho el delicioso * A State of Trance de Armin Van Buuren (que supe era, o fue, el mejor DJ del mundo, no estoy actualizada) y me doy cuenta de que hay muchas etapas de mi vida que no pude vivir a plenitud. Tengo 23 años y por avatares del destino tuve que dejar mi niñez inconclusa, pasar vertiginosamente por mi adolescencia y caer de ‘flai’ en una adultez que no siento me pertenezca. Trabajo para pagarme el techo y comer desde los 20 que llegué a este país mientras estudio para regalarme un mejor futuro. Añoro las etapas que ‘quemé’ y no tienen vuelta atrás.

Aun cierro los ojos mientras escucho la música y me imagino en una disco o nightclub, bailando y sudando con la despreocupación del que no tiene responsabilidades. Me desnudo de esta vida que me tocó vivir y con la que no me identifico ni conformo. Soy libre por momentos en mi mente y le baile me transporta a un lugar mejor.

Solo espero el poder darle a mis hijos todo lo que yo nunca tuve, para que no tengan que darse dosis de Trance de vez en cuando para rememorar lo que no vivieron. Espero que ellos puedan bailar libremente y ser niños, adolescentes, jóvenes y adultos, a su debido tiempo, pero siempre bajo mi ala protectora y por qué no… cómplice.