Ana y el mancebo imberbe…

Muchacho loco: cuando me miras con disimulo de arriba a abajo
siento que arrancas tiras y tiras de mi refajo…

Muchacho cuerdo: cuando me tocas como al descuido la mano, a veces,
siento que creces y que en la carne te sobran bocas.

Muchacho loco – Carilda Oliver Labra

Pensándote…

Al mirar tus escasas fotografías, escuchar las canciones que me has regalado, al pensar en ti, no puedo evitar pensarte con morbo. Es insoportable reprimir las ganas de hacer tantas cosas. Al menos en letras haré realidad mis deseos.

 *****

Estoy en tu cuarto, otra vez, somos descargas eléctricas de nuestros cerebros, recuerdos que aun no son, pensamientos surrealistas de lo que será. Estás frente a mí, tus mejillas sonrojadas, tus manos nerviosas, tus ojos inquietos. Tiemblas. Has esperado muchísimo por este momento, pero tu cuerpo y tu mente no están preparados para lo que sucederá. Yo tampoco, a pesar de ser mayor que tu siempre he necesitado ser guiada la primera vez. La candidez se me activa completa y más al saberte tan joven, tierno, frágil. Solo atino a alargar el brazo y acariciar tu mejilla encendida. Te estremeces como hoja seca que cae en un torbellino de viento y polvo. Te miro como quien mira a un ángel caído y mi mano comienza a palpar tu piel de criaturita. Es suave al tacto, divina, digna de pleitesías, de alabanzas, de ofrendas carnales. Todo mi cuerpo siente la calidez de tu ser a través de mi mano, que se deleita en disfrutar de este roce imperceptible pero celestial.

Con ella rodeo tu nuca y tiro suavemente de ti hacia mi cuerpo, que te espera, suave y mullido. Te abrazo. Respiro tu fragancia suave y pura, la fragancia de un niño, el aroma de quien no ha pervertido sus carnes ni su espíritu en brazos similares a los que ahora te poseen. Estoy en medio de un campo de trigo, una pequeña zorra corretea a mi alrededor, y tu yaces acostado, mirando las nubes, divertido, inocente. Tu olor me transporta a lugares recónditos de mi corazón como ese donde habita la zorra juguetona. Te atreves al fin a rodear mi espalda con tus brazos, entre los cuales quedo exacta, a la medida, somos dos engranajes que se complementan, que fueron hechos para encajar perfectamente el uno en el otro. Tus dedos se hunden en mi carne, hasta que duelen, pero te dejo aferrarte a mí sin medir tus fuerzas, pues también me fundiría contigo si aun corriera por mis venas la vehemencia de tus escasos 18 años. Pero te abrazo como quien abraza un tesoro, con el miedo intrínseco de hacerte daño, con la bondad del jardinero que corta la rosa amada, luego de haberle prodigado todo tipo de cuidados.

Mis dedos se enredan en tu abundante pelo, siempre desordenado e irreverente. Acaricio tu cabeza, tu cuello, tu rostro infantil, entre suspiros. Solo disfrutamos del calor de nuestros cuerpos unidos, que se acoplan a las formas del otro, entre la sinfonía de nuestros latidos acelerados. Pero el deseo es irrefrenable ya, tomo tu rostro entre mis dos manos, y me acerco a ti, para posar mis labios en tu mejilla, muy cerquita de la comisura de tu boca. Te dejo un beso tierno, suave, caliente, preludio de otros más invasivos. Ladeas tu carita suavemente, buscando la fuente de tan deliciosa sensación. Tus labios rojos rozan los míos, que tiemblan al contacto. Realmente no esperaba tal osadía, me impacta tu comportamiento, he quedado anonadada y perdida por tan dulce muestra de que estás vivo, de que también me deseas.

Aprovechas mi desconcierto para tomar el control, hasta donde te lo permiten tu valor y tu experiencia. Ahora tú has puesto tus manos, esas que tantas veces desataron marejadas de sensaciones prohibidas en mi mente impúdica y sagaz, en mis mejillas. Me besas de lleno, sin medir tu pasión, me dejas degustar tu sabor divino y embriagador. Tus labios son tan suaves como la pulpa deliciosa de frutas tropicales, tan dulces como la miel y tan deleitantes como la misma ambrosía. Me es imposible procesar la subyugante calidez del contacto, la humedad de tu lengua que busca la mía entre gemidos entrecortados que salen de mis entrañas y la firmeza de tu juventud en mi vientre, apuñalando. Me siento desvanecer entre tus brazos, ambos nos estremecemos como niños, pero no te dejas amilanar, sigues en tu búsqueda, tu lengua exploradora prosigue investigando mi interior. Tus manos se deslizan despacio por mi silueta, desembocan en mi cintura, que aprietan para acercarme más a tu cuerpo, si es posible aun. Me sonrojo al sentirte de lleno fragante y enardecido en mi pelvis, gimo, te retuerces.

Me tomas de la mano y me recuestas en tu cama de sábanas blancas, te apoyas en el costado y me miras, nervioso e indeciso. Tus manos juguetean con mis cabellos revueltos y esparcidos por la almohada. Me miras y sé que te parezco hermosa, tal vez demasiado, tal vez sea demasiado. Sigo acariciando tu rostro infantil, mis dedos recorren tus labios, de sedosa textura, de un precioso color escarlata tenue, pero seductor. Los besas, tomando mi mano con la tuya, acariciando mi palma con tu pulgar mientras continúas besando toda la mano. Veo ansiedad y pánico en tus ojitos de cervatillo, veo que se acabó la osadía, solo queda una ternura infinita en tu mirada triste. Me levanto un poco y te dejo yacer a ti ahora, pequeño, ingenuo, delicado y mío. Ahora soy yo quien te mira, quien te descubre en cada aspirar e inspirar, todo nervioso, tembloroso, encantadoramente púber. Me inclino sobre ti y te beso, esta vez con la cadencia de mi edad, de mi relajada manera de disfrutarte, la cadencia que me define en el amor, la cadencia de la sensualidad.

Mi mano busca a la tuya y la estrecha, entrelazo mis dedos a los tuyos, los aprietas instintivamente, estás aterrado. “No temas”, te susurro al oído y beso tu cuello precioso, apetecible. No puedo resistir los deseos de saborear tu piel, de bojear con mis labios tus contornos y comienzo allí, en tu cuello de alabastro. La textura aterciopelada en mi boca es increíble, todo tú eres increíble. Una maravilla de la naturaleza inexplorada, virgen, rica. Prosigo en el descubrimiento de tierras desconocidas, desandando por tu pecho firme, que comienza a definir los músculos firmes, duros, que se tensan al sentir la humedad de mi lengua. Mientras tanto alzo la vista, sin dejar de hacer, para mirarte, como cierras los ojos y te dejas llevar por la corriente de mis aguas, que te arrullan y te transportan a dimensiones siderales. Me acomodo a tu lado, sentada, y acaricio tu abdomen con mis dedos, se siente tan bien que no puedo resistir los deseos de reposar sobre tu cuerpo. Me acunas en tu brazo y me abrazas, acaricias mi brazo con la punta de tus dedos, mientras acaricio tus piernas con las mías. Nos miramos, nos entendemos, estás deseoso, yo también lo estoy.

“Te amo”, te digo mientras comienzo a desvanecer entre tus brazos y vas quedando solo en la penumbra de tu habitación. El calor de nuestros cuerpos se ha fundido en uno y descansamos juntos, yo en tus brazos, ya casi imperceptible, luego de besar tu abdomen, sin traspasar esos límites que pensabas transgredir, pero que te guardo para el momento en que seamos más que descargas eléctricas de nuestros cerebros, recuerdos que aun no son, pensamientos surrealistas de lo que será.  

para Ale

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14 responses to “Ana y el mancebo imberbe…

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