Una niñita en La Víbora – III

La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.
Mario Benedetti

6to – 36, un aula “interesante”.

El grupo 34, ahora de sexto grado, fue dividido y los alumnos fuimos distribuidos por los tres restantes grupos, 33, 35 y 36. El aula 33 era la de la profe Maritza, el aula de las niñas más bonitas, desarrolladas y ‘pícaras’ de 6to grado. Para allá fueron Thais y Paola: la primera vivía al doblar de mi casa y nos conocimos en una de mis temporadas en la Víbora por allá por 4to grado, la segunda era la chica más popular del 5to – 34, quien siguió siendo popular y se unió al club de las bellas-pícaras.  Emilia era la profesora del 35 y para allá se fue Yulima (la muchacha de facebook) que no la pasó tan mal pues allí estaba Olga, una antigua amiguita de años anteriores. El 36 era el peor grupo, el más rezagado, el de los alumnos menos “convencionales”; allí caí yo O.O

Recuerdo que por 5to grado yo tuve mi primer enamoramiento furtivo y lo confieso, fue con el chico más popular de la escuela. Abdel Ávila Castillo no era nada del otro mundo, analizándolo ahora. Era más bajito que yo, su nariz era horrible y su voz me daba dolor de cabeza pero, yo nunca me había enamorado y supongo que su personalidad de precoz casanova me llamó la atención. Recuerdo que me mandó a decir “si o no” – popular manera de pedir noviazgo que se usaba en mi época, no sé si habrá cambiado – y le dije que si, emocionada. El muy perro me hizo pasar una pena a los 20 minutos, vociferando desde la puerta del aula un “ya no quiero estar más contigo” y se hizo noviecito de Paola; ella si besaba.

No crean que cuento esto con rencor, de hecho me estoy riendo porque las cosas de los niños son tan graciosas y hermosas. Paola era una de esas niñas encantadoras por su personalidad revoltosa aunque no era bonita. Tenía el pelo muy largo y lacio y era muy delgada, la menos desarrollada de todas nosotras pero era coqueta y siempre sobresalía; su rasgo característico: unos labios prominentes pero muy prominentes. Las demás niñas y los varones que no sucumbían a sus encantos nos referíamos a “la bemba de Paola” con desdén, envidia y hasta roña, jajaja! Ella se quedó con Abdel y se corrieron rumores de los besos que se daban y yo… yo lo superé.

En mi nueva aula estaba sola en materia de ‘amiguitas’ y allí conocí a Yaima, una santiaguera que había estado en la escuela años antes y conocía a todo el mundo – menos a mi que estaba allí desde 5to, el año en que ella estuvo por stgo – y era muy sociable y muy buena muchachita. Solo pasaron conmigo algunos varones del aula, casi parecía una broma del destino todo aquello.

El 6to – 36 era un aula interesante, como les dije, por sus alumnos. Además de ser los más brutos de todo sexto, estaban los varones más revoltosos y barulleros y otro grupito de hembras-estrellas aunque eras subordinadas de las del aula de Maritza. Además de todo esto, en mi nueva aula habían varios jimaguas pero no eran jimaguas comunes y corrientes, era jimaguas “interesantes”. Había dos muchachas, una pequeñita y la otra muy alta que eran igualitas, solo con la diferencia de la sustancial desproporción en tamaño de todo; recuerdo que tenían algún problema con la dentadura pues una de ellas (o ambas, no recuerdo bien) usaba una especie de corrector que más bien parecía un bozal mezclado con casco, que le hacía fuerza en los dientes superiores. Eran muy buenas pero eran raras, eso si. Otro par eran los dos negritos del aula y con ellos se repetía la ecuación: uno muy alto y el otro pequeñito y cabezón. Estos dos no eran igualitos y el pequeño era el cerebro ya que el grande apenas hablaba, tenía alguna especie de retraso. Y finalmente, mis dos jimaguas preferidos: Daniel y Danilo Castro González.

Danilo era el típico jimagua revoltoso, descuidado, pendenciero – y no es que Daniel fuera muy bueno, ambos eran la candela, pero Danilo iba más allá de todo – y más desorganizado. No se parecían tanto y Danilo tenía un diente partido que lo diferenciaba por completo de su hermano, de dientes perfectos y hermosos. Ellos dos eran la llama y la pólvora, juntos armaban una revolución en aquella aula.

Recuerdo que un día en el receso una de mis amiguitas (no recuerdo quien pues nos reuníamos las que habíamos sido separadas a merendar juntas) me preguntó quién era el varón que me gustaba y yo respondí que ninguno; era cierto. Todas se confesaron y no aceptaron un “no” por respuesta así que dije que pensaba que el jimagua era lindo, recuerdo que ni siquiera sabía su nombre por aquel entonces. Como todo, el rumor llegó a oídos de Daniel quien, súbitamente, se interesó en mí.

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