Archivo diario: marzo 26, 2012

Al fin un parque…

Considera en cada placer no cómo comienza, sino cómo termina.

Marco Tulio Cicerón

Si me permiten… un poco de hedonismo.

Hablando de hedonismo, hay placeres en la vida que son simples pero para mi, completamente enviciantes.

Llevo 3 años en los Estados Unidos y nunca había visto un parque. Para nosotros un parque es un espacio – donde generalmente antes hubo un edificio que se derrumbó, jajaja! – que casi siempre tiene áreas verdes, sea césped, árboles o alguna que otra decrépita matica. Nuestros parques se caracterizan también por tener farolas o postes de luz – que los vándalos desbaratan para beneplácito de nuestros enamorados locales -, alguna estatua, lo mismo de un mártir de la patria que de un local que hizo algo o cualquier bobería que se lo ocurrió a alguien poner. Pero lo fundamental de nuestros parques ‘caballero’ (forma del lenguaje cubano para referirse a dos o más personas que hacen de escuchas cuando uno habla) son los bancos – que faltan en muchos pues la creciente pasión por el diseño interior de nuestras amas de casa hacen de nuestros hombres unos bandidos que, segueta en mano, se llevan lo que sea de donde sea para poner en el patio interior de la doña -, de hierro con tablones de madera.

Si se fijan usé la palabra parque sombreada con negrita para referirme a los nuestros. En este país un parque es una reserva como el parque Amelia, un parque de diversiones comoo los de Disney World o un parque temático como el Santa’s Enchanted Forest que se hace aquí para las navidades. Los parques de nosotros aquí no se ven, al menos no en Miami.

Ayer estuve caminando por una parte del Downtown con una amiga, buscando algún lugar para que ella bebiera – yo no tenía el día para Margarita – y contarnos todos los chismes atrasados. Encontramos un lugar muy placentero y allí nos quedamos. Era una parcela de hierva inmensa, atravesada por un caminito de ladrillos para caminantes y en uno de los costados tenía banquitos y farolas, a lo cubano. Por supuesto, renunciamos a la bebida por el aire libre.

Nos sentamos allí y yo reposé mi cabeza mientras escuchaba los sonidos de la tranquila tarde de ciudad y miraba a mi alrededor, recordando mi Cuba y sus parques. El viento me despeinaba y yo miraba al cielo. La gente paseaba a sus bebés – niños en coches o perritos con arneses – y se sentía el olor a comida de todos los restaurantes que nos rodeaban. Era como estar en la cima del mundo.

Me sentí bien, esa zona es súper chic pero a la vez muy tranquila. Hay muchos comercios y restaurantes con swing, no como los cuchitriles de otras zonas de Miami y Hialeah. Eso allí es América y lo disfruté. Puede parecer una sencillez pero para mí, el lugar influye en el ánimo y si estoy en un sitio que me transporta a mi Habana, pues me siento bien.

No sé por qué, pero me imaginé con mi cabeza en su hombro, allá en aquel parque que fue nuestro por una tarde, entre vendedores, artesanos y libros. Estuve en mi Cuba otra vez por una tarde.