Tejiendo en la distancia – 4. De uvas y jazmines.

Previamente:

Tejiendo en la distancia – 3. Una apuesta arriesgada  El Café de Nicanor

***

De uvas y jazmines.

En la mañana salieron Amalia y Clara a recorrer el mercado del pueblo en busca de especias y manjares que serían servidos en la cena de esa tarde. Amalia tuvo que ser casi arrastrada por su sirvienta pues no quería levantarse de la cama, el llanto podía más que ella. Clara le habló fuerte. La convenció de seguir adelante, nadie podría enterarse jamás de lo sucedido y si seguía actuando así, finalmente alguien lo descubriría.

Amalia hizo su mayor esfuerzo y se propuso disponer una cena a la altura de Ernesto Iznaga, su prometido e invitado de esa tarde. Recorrieron todos los puestos, compraron muchísimo y Amalia casi recuperó un poco el color en las mejillas por el bochorno de la caminata entre esclavos, señoras y hasta perros vagabundos. No estaba acostumbrada a ver tanta gente junta pues vivía en el campo con su tía y primas y nunca había visitado un mercado, allá en el pueblito de Matanzas se pedían los útiles y los sirvientes eran quienes los traían.

Se sintió acalorada por un momento y se detuvo frente a un puesto de frutas, se le hizo agua la boca al mirar las tajadas de mango, las rodajas de piña, las naranjas peladas y listas para beber su jugo. Recuperando el aliento pidió un agua de coco, pensó que con eso sería suficiente para seguir camino y terminar las compras.

– Debió probar las uvas, no las hay como las de esta región – escuchó una voz detrás de si. Se volteó y vio a un mozo, algo despeinado y sudoroso que la miraba divertido.

– Estoy apurada, las uvas son complicadas y demasiado glamorosas para mi gusto rural – respondió y saludando con la cabeza siguió camino.

– Pruebe una, por favor – volvió a decirle el joven, extendiéndole una uva inmensa, roja y suculenta entre sus dedos. – No tienen semillas.

Ella se sonrojó, evidentemente no podría desembarazarse del muchacho hasta que tomara la dichosa uva y la degustara. Se detuvo y la tomó con los dedos, la puso en su boca y la partio a la mitad de una suave mordida. La sensación fue increíble, realmente era jugosa, deliciosa y se sintió avergonzada.

– Gracias pero debo marcharme -, dijo apurando el paso.

– ¿Me dirá su nombre al menos? – preguntó el muchacho tomándola de la mano con suave firmeza. Ella se estremeció, la última vez que sintió el contacto con la piel de un hombre fue… se quedó turbada, de piedra, recordando. Sus mejillas se tornaron rojas encendidas y el ceño se frunció.

– No puedo -, dijo y salió corriendo. El joven se quedó de pie entre la multitud, mirando el camino por donde se había perdido Amalia. Se llevó los dedos a la nariz y olió la dulce acidez de la uva con una pizca de colonia de jazmines.

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