¿Y qué hacer con el silencio?

El que no entiende tu silencio, probablemente no comprenda tus palabras.

Elbert Hubbard

Lo sabía, lo supe siempre, lo he sabido. Hace dos días le decía a alguien creyente que yo no creo en dios por muchas razones, pero entre ellas, porque se supone que Dios lo hizo todo de a dos, en pareja, femenino y masculino, hombre y mujer y yo siento que el macho de mi “especie” no existe, jajajaja! Es un juego de palabras algo cínico y derrotista pero viene porque hay un don – o maldición, no sé – que poseo y a veces resulta doloroso para mi aunque provechoso para los que me rodean.

Yo comprendo a la gente. No sé explicarlo, no sé definir qué es lo que sucede en mi cerebro pero entiendo, comprendo a la gente. Soy una mujer exclusivista en materias de aceptar a la gente y dejar entrar a alguien en mi “burbuja”. No me muestro comunicativa generalmente, no soy sociable, no voy por el mundo regalando calor, al contrario, me muestro bien fría y distante en la mayoría de mis interacciones sociales. Esa manera de comportarme hace que la gente a mi alrededor reaccione de dos maneras muy diferentes en pos mío: me odian a muerte o me aman con devoción.

Si, cuando entro en una habitación, sin siquiera decir una palabra me doy cuenta de que caigo mal o simplemente, me aceptan como una más de su manada. Conmigo no hay medias tintas y lo odio pues preferiría pasar desapercibida, precisamente por eso soy reservada, silenciosa y distante. Esta “condición” ha evolucionado en un fenómeno algo gratificante aunque molesto a la vez: la gente confía en mi. Si, me ha sucedido que una persona con la que no he cruzado más de un “buenos días” viene a mi a compartirme un cualquier secreto de carácter muy privado y lo único que puedo hacer es escuchar y callar o dar un pequeño e impersonal consejo si es requerido.

Eso me hace sentir bien como persona pues alimenta mi humanidad y realmente, es gratificante ver la cara de alivio cuando alguien suelta eso que le quema la garganta. Lo que me molesta no es guardar el secreto. Mi afición por el silencio me hace fácil el trabajo y realmente esos secretos pasan a un archivo olvidado en el fondo de mi memoria que casi siempre olvido parcialmente o deshecho por completo al poco tiempo. Lo que me duele – si, esa es la palabra, dolor – es no encontrar esa persona que me inspire a mi el confesarme y abrirme, soltar todos mis demonios en sus manos y dejar a mi alma otra vez en blanco.

Si, me declaro egoísta. A veces me duele no tener a quien hablarle y saber que me comprenden, de veras, sin necesidad de pasar por mi misma situación. A veces necesito decir algo y que mis palabras no me devuelvan un gesto de interrogación, una expresión de asombro, una mirada de desconcierto. A veces solo necesito un oráculo, un ente etéreo que no me juzgue, que solo recepcione lo que dejo brotar y que después me regale la respuesta que busco. Pero eso no sucede y sigo coleccionando secretos ajenos, historias asombrosas y lejanas que no me pertenecen y me regalan casi a diario. Y me ahogo, me asfixio entre tantos pensamientos y la necesidad de abrir un hoyo en la tierra y gritar como el rey Midas, que tengo orejas de burro…

¿Quién dijo que la vida es fácil?

Escucha, serás sabio; el comienzo de la sabiduría es el silencio.

Pitágoras

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