Un cuento para mí…

Un regalo, un cumplido, un cuento… para mi.

Los silencios de Onán.

No conserva registro alguno de la tesitura de su voz, ni siquiera la imagina. Tampoco consta en sus recuerdos memoria referente a los sentidos del gusto, tacto u olfato. Así, no sabe de salivas mezcladas ni fluidos canjeados en el mercado de la carne, ignora las temperaturas que acompañan el proceso de abrirse paso entre humedades y por ende, desconoce el sentido en que se mueven en el espacio las partículas revueltas de las hormonas de ella. No sabe cuánto de fugaz o tercos pueden ser los olores atrapados en un cuarto ni del efecto morning after, ni desayunos o alientos, despedidas o exclamaciones.

Sin embargo posee sus palabras, las exactas, las suficientes, las reveladoras. Palabras que Onán acaricia y moldea, distribuye, posiciona y vuelve a visitar.

Palabras de senos pequeños y aureolas color de las moras salvajes, de nalgas tersas que sustentan las creencias de una nueva religión, discursos reptantes entre zapatos y muslos de diosa meretriz ofrecida y a la vez venerada. Palabras escritas en altares de conchas y entradas al Averno, espetadas, demostradas, innegables. Arengas de estatua impúdica y curvas de regreso al ombligo, palabras con ranuras postradas, rajas, grietas y el mapa estelar, salidas de labios profanos, invitados a ser mancillados. Palabras donde la turgencia es una constante y el verbo, obligadamente, se convierte en latido.

Palabras que profesan Soy el camino, Soy la verdad y esta es la desnudez de mi entrepierna, que no os baste con contemplar mi Capilla Sixtina, levántense y anden. Estos son los pilares que sustentan mi templo, depositen su ofrenda de semillas y mis piernas-puertas siempre estarán abiertas.
Onán el incrédulo, sin el asidero de una fé constante y abrumado por tanta teología, prefiere callar, renegando así del credo y la aparición celestial y en un intento oportunista de salvarse, a medio camino entre cielo e infierno, se condena y purifica derramando en la tierra cada palabra de ella. Sólo después de este acto, Onán el pecador, se levanta en silencio dispuesto a tirar la primera piedra.

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