Rara conexión…

Hay sólo un niño bello en el mundo, y cada madre lo tiene.

José Martí

El sábado después de renunciar al blog me fui a la playa. Luego de un día muy atareado, fuimos mi tuti y yo a comprarnos una pelota de voleibol para jugar un rato y allá nos fuimos. Desde aquella ocasión en que no llevé trusa y terminé bañándome en vestido por lo linda que estaba la playa, me he quedado con deseos de volver. Yo nunca he sido amante del sola, la arena o el agua salada, debo admitirlo, pero ese día la playa estaba tan bella, el agua tan plácida, los colores tan vivos y el ambiente tan rico que me quedé con deseos de otra probadita de mar.

Desde el viernes anunciaron lluvias para todo el fin de semana y ese sábado en la mañana algunas goticas amenazaban pero realmente nunca llovió. Llegamos como a las 7 de la tarde y aunque estaba perfectamente claro, ya no había ni un poquito de sol. Ya dije que no soy amante a rostizarme pero quería un poquito. El mar estaba muy picado y gris pues había mucho aire y el cielo estaba algo nublado. Decidimos no bañarnos pero si jugamos voleibol.

Es increíble como el cuerpo recuerda y poco a poco uno domina más el balón aunque al poco rato comienzan a doler todos los músculos. Mi tuti se lanzó de rodillas a salvas una pelota difícil y se ralló la piel, pobrecito! Aún así nos divertimos y hasta la filmación de un video musical presenciamos. Había mucha gente en la playa, incluso a esa hora y había un grupo de jóvenes jugando fútbol americano. Nos quedamos observando pero nunca entendimos de qué iba.

Luego nos tendimos en la arena a mirar el cielo y le canté dos canciones a mi amor. Era inmensa la tranquilidad aunque la arena seguía igual de molesta que siempre. Conversamos un poquito y al rato decidimos volver. Recogimos nuestras cosas y caminamos por la arena, de regreso. Más adelante, sentado en la arena, completamente vestido y hasta con una mochila a la espalda, un muchacho joven jugaba con un bebé que tendría apenas un añito pues caminaba dando tumbos.

El infante vestía un monito rojo gracias al cual lo divisamos en la distancia y tenía una pelotica que manejaba con destreza amén de ser un bebito. Nos fuimos acercando y les pasamos por al lado y el niño (o niña pues nunca supimos) se me quedó mirando y comenzó a reirse y a hacernos gracias. Arian me dijo “mira tuti como te mira” y le hice señas con la mano. Me respondió con una carcajada y también dijo adiós. El muchacho miraba al bebé y sonreía también.

Así caminamos durante un rato y cuando ya no mirábamos hacia atrás, escuché un gorgeo, un llamado en lengua bebé y me viré de nuevo. El pequeñín me miraba desde lejos y seguía llamándome. Me dio mucha gracia y recordé que tengo sangre para los niños. Donde quiera que voy y hay uno, les llamo la atención y siempre quieren jugar conmigo o que los cargue. Se lo dije a Arian y además agregué que a mi me gustan pero no tanto como yo a ellos y él se rió. Él si que los adora.

Seguimos caminando y finalmente salimos de la arena. Aunque el bebito se quedó allá lejos, no se me olvidó su carita redonde de cachetes colorados y labios pequeñitos. También recuerdo su vocecita y sus griticos tan graciosos. Me pareció un bebé precioso y muy ágil, inteligente. Aunque no dije nada más, aún lo recuerdo, no sé por qué…

Tal vez ya va siendo hora de que le ponga a mi vida esa música que es la risa de un hijito.

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