Archivo mensual: abril 2013

Autocomplacencias…

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Deja en su musgo errar mis dedos, ahí donde brilla el botón de rosa: déjame, entre la hierba clara, beber las gotas de rocío, ahí donde la tierna flor está rociada; para que el placer, amada mía, ilumine tu frente cándida como, al alba, el azul tímido.

 Paul Verlaine

Hoy no quiero saber de nadie.

No quiero saber de hombres, no quiero saber de otras mujeres.

Hoy solo yo y mi cama existimos.

No quiero saber de labios ni de ojos.

Me bastan mis sábanas para acariciarme.

 

Hoy solo existe un yo y solo existe un eso.

 

A un metro del piso, a las puertas del cielo,

en un rectángulo de espuma yazgo, diva y señora.

Todo huele a mí y me excita, me abrazo a mi almohada.

Los dedos bailan en la carne, solo la tela es testigo.

Las paredes recogen los suspiros y se los beben de a una.

 

Hoy nada cuenta más que  mi deseo de mí.

 

El rostro distorsionado en una mueca suplicante.

Los ojos se cierran, encendidos en un fuego que no cesa,

Las piernas contraídas, los músculos tensados.

El centro que palpita con cada bamboleo.

Una explosión tras otra que lo consume todo.

 

Hoy se pueden ir todos al carajo en fila.

 

El rito es preparado y llevado a cabo por mí.

Hoy me venero y me ofrezco pleitesías a mí misma.

Me descubro, me encuentro, me repaso, me siento.

Me tiendo en una bandeja, rociada de mieles y jugos

Para devorarme toda, para comerme viva.


Poema narcisista…

el rapto de las mulatas

Todo lo bueno es de piel morena.

Anónimo?

Mis labios de melao de caña con una pizca de aniz. Mis ojos como avellanas, respingada la nariz.

Mis manos saben el arte y las mañas de acariciar. Mis caderas cadenciosas no pueden dejar de bailar.

Mi aroma de fruta fresca brota intenso de la raiz de mi cabellera rebelde como tuza de maiz.

Mis piernas de amazona se prenden del suelo al andar pero el paso es muy ligero, como gacela al saltar.

Mi cuerpo esconde montañas, riveras y laberintos y en él puedes encontrar tesoros que nunca has visto.

Y guardo una caracola que canta al ritmo del mar. Soy el Caribe. Cuidado! No te debes enamorar!


Titiriteras…

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Yo soy el titiritero en la obra del destino, no el títere en el escenario del tiempo.

Jose Luis Rangel

Él la vio desde el otro extremo del parque. Ella ya lo había visto antes, cuando se le cayó el helado en la camisa.

Él entró a la librería detrás de ella para abordarla en un ambiente más íntimo. Ella entró a la biblioteca al verle los lentes de miope y la carpeta llena de hojas.

Él se le acercó en la sección de poesía y le citó a Villena, comenzando el cortejo. Ella se dirigió a esa sección para propiciar el primer contacto y facilitarle el pie forzado.

Él la invitó al cine pues la adivinó cinéfila. Ella le dejó pistas y le sugirió casi imperceptiblemente que amaba el 7mo Arte para lograr la primera cita.

Él le echó el brazo por encima y le dijo “no llores” cuando murió la heroína. Ella se sabía la peli de memoria de tanto verla pero fingió el llanto para lucir vulnerable.

Él la besó en la puerta en un arranque de ímpetu, esperando una bofetada. Ella se quedó en la puerta al llegar y lo miró de lado con ojos de luna, enviándole señales para ser besada.

Él la despojó de su vestido blanco y le hizo el amor como a una flor de loto. Ella transpiró feromonas para él hasta sudar su deseo por los poros.

Él le pidió matrimonio y le engendró dos hijos. Ella lo enamoró y lo hizo necesitarla hasta no querer perderla.

Él, eventualmente, dejó de verla como su novia de siempre y comenzó a alejarse. Ella se aburrió de él y sus defectos y dejó de comportarse como su novia de siempre.

Él comenzó a buscar en otros lares lo que en su hogar ya no recibía. Ella dejó de amarlo, de atenderlo y hasta de tocarlo, buscando que la odiara.

Él no pudo con el cargo de consciencia y lo confesó todo en una tarde de domingo. Ella comenzó a acosarlo, sabiéndolo culpable, hasta que logró una confesión.

Él se fue de la casa, le dio el divorcio y le dejó a los niños y una  pensión. Ella fue, finalmente libre y siguió con su vida otra vez.

Moraleja: Cuando los hombres creen que llevan la iniciativa en todo, generalmente somos las mujeres que estamos halando de sus hilos invisibles, haciéndolos hacer lo que queremos y esperamos. No se crean tan innovadores 😀


A salvo dentro de mí…

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De todas las aberraciones sexuales, quizá la mas peculiar sea la castidad.  

Remy de Gourmont

Ella tiene una mente pródiga, encerrada en las mazmorras de sus sienes. No puede salir de allí, se auto-confina en las barracas de sus sueños. Solo entre las paredes mullidas del pensamiento se permite aquello que muchos asocian con el azul del cielo y llaman libertad. 

Allí dentro puede permitirse licencias que nadie comprende pero ella añora. Entre cortinas de ideas puede maquinar un mundo a su favor donde nunca es día o de noche y el clima bochornoso. Allí todo huele dulce como las frutas a punto de explotar de maduras, casi fermentadas de calor. Allí las superficies se sobran pero son inciertas; no hay camas ni mesetas, no hay hierva o grava. Todo está diseñado para dejar brotar el libre albedrío, todo es acción y reacción.

De vez en cuando se permite invitados con la única condición de dejar sus miedos en el umbral de la puerta. Pueden disfrutar de la algarabía de su hábitat por unos instantes, saborear el vino amargo que regurgita en sus gargantas sedientas. Y entonces les arma fiestas, les dedica todo su encanto de anfitriona centenaria y se llena de mañas para satisfacer caprichos escondidos y fantasías que distorsiona con el opio de sus besos.

Y aquel cae a sus pies, seducido por su boca que no se deja robar y queda embelesado con cada movimiento. El otro no sacia sus deseos reprimidos y se va a los bosques y ríos a violar ninfas y náyades con el único objetivo de descubrir en sus mágicas carnes el sabor que ella esconde detrás de tantas millas náuticas. Y esa, la de los ojos marinos viene a veces de visita y aunque no dice nada, aprieta sus dedos crispados para no agarrarse de sus senos a saciar su hambre de dudas. 

En su mente todos somos sexuales y libidinosos. En el interior de su fuerte no entran los prejuicios ni se permiten celos. Dentro de ella hay habitaciones suficientes para albergar a un regimiento de soldados abstinentes y siempre habrá suficiente amor para todo el menesteroso que venga a pedir. No se hacen concesiones, todos se merecen la misma pasión. No hay tratos especiales y no se aceptan pagas pero si orgasmos regalados. Los gemidos suenan a jazz embotellado y hacen eco cuando se logran escapar. 

En ese selecto club se celebran orgías y se reciben amantes solitarios pero también se cierran sus puertas y solo ella disfruta de sí misma. Entonces se le ve callada pero sus ojos reflejan el clímax de un interior satisfecho y palpitante. Aunque luego de cada etapa de egoísmo se queda con ganas de más y vuelve a recibir al que quiera entrar. Y los fornica sin bulla y sin prisa, de uno en uno, de dos en dos. Se transforma en súcubo e íncubo y destruye mitos a cabalgatas y en su interior se ahogan fuegos y tormentas sin las complicaciones del quedar enamorados. 

Allí no hay sentimientos, solo sensaciones y por eso no hay lágrimas ni bostezos.

Allí se nace, se vive y se muere en una fruición sin fin. 


El verano siempre vuelve..

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Porque tú eres la espuma de ese río que nace en tus llanuras de verano y muere en mis crepúsculos de frío.

Laura Victoria

Hoy conversaba con una amiga y entre confesiones y casi lágrimas se me fue una frase que me gustó mucho. A veces uno escribe frases que parecen tejidas con seda y resbalan de los dedos al papel con tanta gracia que no pueden dejarse escapar así como así. Cuba me inspira esas letras a veces.

Le dije: “Yo era tan caliente allá, era como el clima, húmeda, sofocante. Este país de mierda vuelve autómata a la gente.”

Me gustó pues para mí es una verdad como un templo. En Cuba yo era un huracán alimentada de aguas tibias. En Cuba era libre, profana, llena de infiernos y dichas. En Cuba era feliz.

No existía el sueño, nada me cansaba, la energía desbordaba por mis poros de adolescente y me coronaba diosa del sexo en cualquier tarde de jueves, traspasando gemidos por debajo de las puertas, por cornizas y ventanas.

En Cuba siempre era verano para mis miembros inermes envueltos en semen y sábanas. Mi pelo siempre andaba enredado entre dedos de Adonis; también mis labios de Venus.

Allá todo era rapsodia, catarsis, orgasmos. La ciudad se me descubría multisexual, putona, decrépita, con su maquillaje del siglo pasado, luciendo toda sucia y marginada pero venerablemente sabia.

Y yo corría, bailaba, gritaba al viento, soltaba lágrimas saladas, me retorcía de gozo. La vida era un carnaval y yo era feliz así, profana, impía, libertina hasta los huesos. Los días me dolían solo en la memoria porque se escabullían sin ruido, como amantes viejos.

Ahora que cambié mi carta náutica, que mi domicilio no concuerda con mis sueños, amén de seguir en el caribe el hielo me persigue por estas tierras sin dueño. Ahora me lleno de telarañas y de polvo como muñeca gastada cuando en alguna época fui una marioneta de lujo, de una novedad aterradora.

El presente se me estanca en charcos dentro del corazón, se me adormece el espírito; soy fiera… domada. Las angustias se me juntan y construyen un muro entre yo y mi verdad. Poco a poco desaparezco, dejo de ser y me convierto en versos ajados por la melancolía del olvido y el recuerdo.

Aunque a veces mis muslos se tensan y mis senos se yerguen. A veces mi interior explota al beberme un trago. Y entonces comienzo a sentir nuevamente la sed felina, el deseo corrupto, la ilegalidad de estar aun viva.

A veces, solo a veces el verano vuelve a mí con su rocío pegajoso y me regala el clímax de una sonrisa de sudor.


Las manos de la esperanza

Las manos de la esperanza.

Un texto del camarero. Ahora entenderán su ausencia.


La insoportable levedad del ser…

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El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores.

Milan Kundera

Se fumó el último cigarrillo antes de subir al bus que lo llevaría a su casa, luego de una larga jornada de trabajo. Se sentó en el último asiento de la derecha, junto a la ventana. Tenía sueño, estaba cansado. No había dormido nada pensando en su humillación de aquella madrugada.

Hacía más de un año que quería follársela pero el tiempo, la distancia y el karma de casanova sin remedio se la ponían difícil. Era un admirador semi-secreto de su trabajo y no se perdía nada de lo que ella hacía. El invierno no era tan helado cuando ella aparecía pero las últimas nieves no habían sido disipadas con su cálido toque esta vez. Debía admitirlo: la extrañaba. Llevaba días pensándola cuando de pronto le entró un mensaje.

“Te espero”, decía. O algo así. Se puso tan frenético que trastocó la hora y el lugar y solo porque ella era un poco bruja y le dejó algunos hilos tendidos logró llegarle a tiempo, con santo y seña incluidos y finalmente coincidieron en espacio y tiempo. Era tarde y a la mañana siguiente trabajaba temprano pero su espíritu exaltado y su ego de viejo cazador le decían que aquella moza de morros rojos no iba a sacarle un susto a él; no aquella noche de aullarle a la luna.

Sin mucho preámbulo ni parafernalia fetichista se le descubrió diosa y señora, azucarada y aguda, como siempre, solo cubierta con unas bragas de rayas jorobadas. Los pezones del color de las moras salvajes, erectos, desafiantes y acusadores, redonditos y tiernos, tan nuevos le dolieron en las pupilas. La melena se le escurría, irreverente y coqueta por los hombros de canela. Los labios entreabiertos le susurraron “tócate” al oído con un vaho dulzón de cerezas que le llegó al alma, lo zarandeó, lo subió a la azotea y lo arrastró por el suelo, a sus pies.

Él se despojó de sus prendas sin dejar de mirarla. ¿Cómo hacerlo? Era como una aparición, un jeroglífico, un volcán en erupción manando delante de sus ojos y el aire era tan denso que no podía respirar sin doblarse. Se sentó a la orilla de la cama y ella se acostó a su lado. Él se escupió la palma de la diestra y se acarició el miembro. Ella subió un brazo por encima de la cabeza y el seno se tensó, redondeándose más. La otra mano llevó un dedo a su boca mientras le guiñaba un ojo. Él intentó agarrarle la pierna con la mano desocupada pero ella la separó, abriéndose como un compás y cerrándolas de nuevo. “A mí no”. Él musitó un “puta” entre dientes y ella gimió.

No podía creer que tuviera a aquella princesa persa, a aquel ángel caído al alcance de un cuerpo y que estuviera pajeándose, tristemente y a sus órdenes pero no pudo detenerse. “Al menos quítate las bragas”, suplicó. Ella dijo no con el dedo ensalivado que sacó de su boca y echó la cabeza hacia atrás, riendo. Los ojos de él se clavaron en el hoyo de su cuello y quiso follarla por allí mismo, entre sus huesudas clavículas, sin piedad. Se mordió los labios y sin moverse de su mustia esquina de la cama sintió el calor de la piel felina en la punta de su glande hinchado. Y así siguió, sobando su pene por cada parte del cuerpo vibrante que se le resistía a pataditas, lubricado con sus propios fluidos seminales que manaban; agonizante.

“Tienes 5 minutos para venirte”, le ordenó la Afrodita de hiedo ardiente al otro lado del colchón. “No soy de los que se dejan dar órdenes”, dijo él deteniéndose. “No podemos parar el tiempo ahora y te quiero líquido”, suavizó ella pero sin dejar de presionarle el muslo con los dedos de su pie, la única parte de su cuerpo a la que le daba un mínimo acceso. “Ayúdame”, volvió a suplicar él con ojos de condenado a muerte. Ella le reviró los ojos y le dio una mueca de desdén que le latió en el escroto pero reanudó el masaje. Ya era demasiado tarde para retirarse, ya estaba diluido y las sábanas se manchaban de su sudor vejado.

“Imagina que mi ombligo es mi coño y que te dejo lamerme toda”, dijo ella trayendo sus dedos empapados hasta el vientre. Comenzó a acariciar los bordes y a respirar entrecortadamente. Él se clavó en su bósforo abrupto y bordeado de vellitos erizados con ojos y falo. Se apretó más fuerte y se rastrilló con demencia. Ella siguió masturbando su ombligo con dos dedos y el meneo de sus nalgas en el colchón lo terminó de volver loco de deseos y al primer gemido de ella se le abalanzó al cuello, sin dejar de tocarse. La agarró a mordidas y chupetes y le atrapó la boca, besándole hasta el apellido. Ella lo asió de los hombros y lo apartó suavemente pero con suficiente firmeza como para hacerlo retroceder. “Báñame con tu lluvia de hijos”, le dijo e hincó los codos en la cama, flexionando el abdomen para dejar un camino directo desde el cuello hasta el vientre.

Y no pudo más, se le escapó la vida en dos o tres gatillazos convulsos y rápidos. El primer chorro de semen le bañó el cuello y las tetas. Rasgó su garganta un aullido de lobo estepario y se llevó el prepucio completamente hacia atrás para recoger las últimas gotas acumuladas en la uretra y, aún temblando, dejó caer lo que le quedaba de hombre justo encima del obligo. Se dejó caer, demoledoramente vencido. La gravedad hizo el resto. El ombligo se llenó del semen acuoso y blanquecino.

Ella soltó una carcajada de placer, de placer triunfal. Él la odió más que nunca.

Se bajó del bus y encendió otro cigarrillo. 15 minutos de viaje le habían parecido eternos. Estaba rabioso y marcó el número en el móvil. Del otro lado una voz conocida le dijo que si y en 4 zancadas subió las escaleras, abrió la puerta de un empujón, le arrancó la bata de dormir a aquella mujer de matar calenturas ajenas y la atrincheró contra la espalda del sofá, en un polvo malagradecido y urgente que lo dejó más jodido que antes.

Y se fue, con su rabo de perro viejo entre las piernas, sabiéndose derrotado por un ombligo y aún preguntándose cuál sería el sabor del coño de un súcubo.

Nunca lo sabría.