La insoportable levedad del ser…

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El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores.

Milan Kundera

Se fumó el último cigarrillo antes de subir al bus que lo llevaría a su casa, luego de una larga jornada de trabajo. Se sentó en el último asiento de la derecha, junto a la ventana. Tenía sueño, estaba cansado. No había dormido nada pensando en su humillación de aquella madrugada.

Hacía más de un año que quería follársela pero el tiempo, la distancia y el karma de casanova sin remedio se la ponían difícil. Era un admirador semi-secreto de su trabajo y no se perdía nada de lo que ella hacía. El invierno no era tan helado cuando ella aparecía pero las últimas nieves no habían sido disipadas con su cálido toque esta vez. Debía admitirlo: la extrañaba. Llevaba días pensándola cuando de pronto le entró un mensaje.

“Te espero”, decía. O algo así. Se puso tan frenético que trastocó la hora y el lugar y solo porque ella era un poco bruja y le dejó algunos hilos tendidos logró llegarle a tiempo, con santo y seña incluidos y finalmente coincidieron en espacio y tiempo. Era tarde y a la mañana siguiente trabajaba temprano pero su espíritu exaltado y su ego de viejo cazador le decían que aquella moza de morros rojos no iba a sacarle un susto a él; no aquella noche de aullarle a la luna.

Sin mucho preámbulo ni parafernalia fetichista se le descubrió diosa y señora, azucarada y aguda, como siempre, solo cubierta con unas bragas de rayas jorobadas. Los pezones del color de las moras salvajes, erectos, desafiantes y acusadores, redonditos y tiernos, tan nuevos le dolieron en las pupilas. La melena se le escurría, irreverente y coqueta por los hombros de canela. Los labios entreabiertos le susurraron “tócate” al oído con un vaho dulzón de cerezas que le llegó al alma, lo zarandeó, lo subió a la azotea y lo arrastró por el suelo, a sus pies.

Él se despojó de sus prendas sin dejar de mirarla. ¿Cómo hacerlo? Era como una aparición, un jeroglífico, un volcán en erupción manando delante de sus ojos y el aire era tan denso que no podía respirar sin doblarse. Se sentó a la orilla de la cama y ella se acostó a su lado. Él se escupió la palma de la diestra y se acarició el miembro. Ella subió un brazo por encima de la cabeza y el seno se tensó, redondeándose más. La otra mano llevó un dedo a su boca mientras le guiñaba un ojo. Él intentó agarrarle la pierna con la mano desocupada pero ella la separó, abriéndose como un compás y cerrándolas de nuevo. “A mí no”. Él musitó un “puta” entre dientes y ella gimió.

No podía creer que tuviera a aquella princesa persa, a aquel ángel caído al alcance de un cuerpo y que estuviera pajeándose, tristemente y a sus órdenes pero no pudo detenerse. “Al menos quítate las bragas”, suplicó. Ella dijo no con el dedo ensalivado que sacó de su boca y echó la cabeza hacia atrás, riendo. Los ojos de él se clavaron en el hoyo de su cuello y quiso follarla por allí mismo, entre sus huesudas clavículas, sin piedad. Se mordió los labios y sin moverse de su mustia esquina de la cama sintió el calor de la piel felina en la punta de su glande hinchado. Y así siguió, sobando su pene por cada parte del cuerpo vibrante que se le resistía a pataditas, lubricado con sus propios fluidos seminales que manaban; agonizante.

“Tienes 5 minutos para venirte”, le ordenó la Afrodita de hiedo ardiente al otro lado del colchón. “No soy de los que se dejan dar órdenes”, dijo él deteniéndose. “No podemos parar el tiempo ahora y te quiero líquido”, suavizó ella pero sin dejar de presionarle el muslo con los dedos de su pie, la única parte de su cuerpo a la que le daba un mínimo acceso. “Ayúdame”, volvió a suplicar él con ojos de condenado a muerte. Ella le reviró los ojos y le dio una mueca de desdén que le latió en el escroto pero reanudó el masaje. Ya era demasiado tarde para retirarse, ya estaba diluido y las sábanas se manchaban de su sudor vejado.

“Imagina que mi ombligo es mi coño y que te dejo lamerme toda”, dijo ella trayendo sus dedos empapados hasta el vientre. Comenzó a acariciar los bordes y a respirar entrecortadamente. Él se clavó en su bósforo abrupto y bordeado de vellitos erizados con ojos y falo. Se apretó más fuerte y se rastrilló con demencia. Ella siguió masturbando su ombligo con dos dedos y el meneo de sus nalgas en el colchón lo terminó de volver loco de deseos y al primer gemido de ella se le abalanzó al cuello, sin dejar de tocarse. La agarró a mordidas y chupetes y le atrapó la boca, besándole hasta el apellido. Ella lo asió de los hombros y lo apartó suavemente pero con suficiente firmeza como para hacerlo retroceder. “Báñame con tu lluvia de hijos”, le dijo e hincó los codos en la cama, flexionando el abdomen para dejar un camino directo desde el cuello hasta el vientre.

Y no pudo más, se le escapó la vida en dos o tres gatillazos convulsos y rápidos. El primer chorro de semen le bañó el cuello y las tetas. Rasgó su garganta un aullido de lobo estepario y se llevó el prepucio completamente hacia atrás para recoger las últimas gotas acumuladas en la uretra y, aún temblando, dejó caer lo que le quedaba de hombre justo encima del obligo. Se dejó caer, demoledoramente vencido. La gravedad hizo el resto. El ombligo se llenó del semen acuoso y blanquecino.

Ella soltó una carcajada de placer, de placer triunfal. Él la odió más que nunca.

Se bajó del bus y encendió otro cigarrillo. 15 minutos de viaje le habían parecido eternos. Estaba rabioso y marcó el número en el móvil. Del otro lado una voz conocida le dijo que si y en 4 zancadas subió las escaleras, abrió la puerta de un empujón, le arrancó la bata de dormir a aquella mujer de matar calenturas ajenas y la atrincheró contra la espalda del sofá, en un polvo malagradecido y urgente que lo dejó más jodido que antes.

Y se fue, con su rabo de perro viejo entre las piernas, sabiéndose derrotado por un ombligo y aún preguntándose cuál sería el sabor del coño de un súcubo.

Nunca lo sabría.

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