Archivo mensual: mayo 2013

Cuarto de siglo…

25 birthday monument

La vida está llena de fechas importantes. El primer año, el primer día de escuela, la graduación de 9no grado, los 15, el día de la boda, ect. Bueno, pues para mí el cumplir 25 años, llegar al cuarto de siglo, es muy importante. Siempre lo he esperado como algo especial. Cada vez que lo recuerdo le digo a mi tuti “cuando cumpla 25 me empiezo a echar cremas para no ponerme vieja”, jajaja!

Pues este cumple me lo pasaré en Cuba con mi familia. Desafortunadamente mi amor no está. Tampoco mi camarero, ni Maday ni Kike. Tendré solo a mi abue y mi mami pues los demás, por un motivo u otro no pueden llegarse a San Francisco el 23 de mayo.

Como ahora que me leen estoy en Cuba, no podré contarles cómo fue todo hasta este fin de semana pues las vacaciones me duran hasta el viernes.

De todas formas, aprovecho para mandarle felicitaciones a Rodo y al Carlos Luis de Ley. Los tres compartimos fecha 🙂

Un beso grande y espero encontrar esto lleno de felicitaciones cuando regrese o me pongo BRAVA!!!

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El demonio en el espejo…

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 Los únicos demonios en este mundo son los que corren por nuestros propios corazones. Es allí donde se tiene que librar la batalla.

Mahatma Ghandi

Hasta hoy no había hablado nunca de cómo era yo hace 4 o 5 años atrás. He hablado mucho de mi pasado pero hasta ahora no había mencionado lo que les contaré a continuación pues no me había dado cuenta de quién era yo hasta que me vi reflejada en otros.

Si me han leído antes, sobre todo en el Diario de una niñita, sabrán que mi niñez fue un poco cabrona y que, amén de dejarme muchas cosas buenas y ayudar a desarrollar mi personalidad, también me deformó un poco, convirtiéndome en un ser bastante antisocial y con relaciones interpersonales muy básicas, casi nulas. Pasaron unos cuantos años en los que no tuve amigos y mi vida se limitaba al estudio, la lectura, la música y mi única compañía era mi abuela y algunas de sus amigas ancianitas. Luego llegué al tecnológico y en esos 4 años fue que conocí a Maday y gracias a ella a mis otros amigos del alma.

En ese entonces, llegando a las confesiones que les traigo hoy, me abrí a ellos y los acogí como a otros miembros de mi especie pero, lastimada y dañada como estaba, mi personalidad no se sanó del todo y me volví un pequeño monstruo al que asimilaban solo esos otros monstricos que me rodeaban. Admito que yo era la peor de todos. Esa fue la época de la autosuficiencia, la intransigencia, el absolutismo y muchos defectos más que solo de nombrar me causan nauseas.

Me busqué un novio culto, me rodeé de mis amigos cultos y comenzamos a codearnos solo con personas cultas – entiéndase por culto el haber leído, escuchado música y visto cine un poco más que la media de nuestros escasos 19 años. En ese entonces si me preguntaban cuál era la mejor cualidad que puede poseer un hombre yo decía que era la inteligencia y mi objetivo en la vida era aprender todo lo que pudiera. Por esos objetivos y pensamientos no aceptaba en mi medio a nadie que no estuviera al menos cerca de mi nivel educacional e intelectual. No! Simplemente no resistía estar cerca de gente que no fuera tan brillante, tan genial… tan estúpida como yo.

Pero como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y la yerba que está pa’ uno no hay chivo que se la coma, decidí y tuve la posibilidad de emigrar a los Estados Unidos y, 4 años y un poco después, heme aquí, autoanalizando a la niña de 19 años que fui.

Y todo esto viene a colación ahora pues hace par de días mi amor y yo nos topamos con uno de esos personajes de hace años que, sin ser uno de mis amigos es amigo de ellos así que me toca por la libreta el tropezármelo de pascuas a San Juan. Este tipo – y tengo que admitirlo sin modestia alguna – se llevó el premio pues de todos nosotros siempre fue el más cretino e insoportable, desde mucho antes del tecnológico. Pues, mientras yo me iba civilizando y aprendía a convivir en sociedad este muchacho no hizo más que desarrollar sus cualidades de inadaptado social y todo lo que tenía de inmetible se duplicó.

No sé explicarme si es que yo conocí el verdadero tesoro del que un hombre debe sentirse orgulloso y es simplemente el ser bueno o tal vez el relacionarme con otras personas más humildes, menos “brillantes” me volvió más humana pero estar en presencia de esta sombra de mi pasado me hizo sentir miserable. Y lo más jodido es que no fue solo él. Recuerden que les dije que cuando somos así, andamos en manadas pues necesitamos rodearnos de otros fenómenos que nos acepten y nos sigan y nos aplaudan todas las gracias y pendejadas que hacemos y decimos. Pues mi Némesis venía acompañado por otro que ya debía haber rebasado todas esas etapas pues por tiempo está vencido ya.

Este nuevo personaje me odió desde que me vio y comenzó a probarme. Me sentí, literalmente, como la fiera nueva que se encuentra con la manada y debe soportar provocaciones de toda índole. Dentelladas, retos, duelos, gritos, sangre. Me sentí acorralada, como si tuviera que que pasar ciertas pruebas para ser aceptada en el nuevo nido de animalejos.

Supongo que mi naturaleza guerrerista se sintió tentada al principio y alguna resistencia hice, respondí, repliqué, discustí… hasta que me di cuenta de lo vano y futil de todo aquello, además de mi superioridad espiritual y comprendí que todo aquel drama solo me daba dolor de cabeza y me retiré. Al salir de su presencia miré a mi amor a los ojos y le pedí perdón por haber sido de aquella manera cuando nos conocimos y le agradecía por haberme dado la oportunidad de evolucionar. Lo amé por ayudarme a crecer y por convertirme en una mejor persona.

Esa noche me acosté agotada, luego de una batalla sangrienta y a muerte en la que, finalmente salí victoriosa y maté a mis fantasmas. Derroté a un demonio que hacía mucho no veía reflejado en el espejo. Ya no está ahí cuando me miro.

 


El canto…

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Cantar es una forma de escapar. Es otro mundo.

Edith Piaf

Cierra los ojos y a la melodía se entrega.

La guitarra se rasga en un aullido detrás de sus ojos.

Mueve la cabeza, siguiendo el ritmo imaginario.

Y entonces fluyen todos los milagros del universo

en una cascada de voz.


El poder de la sangre…

El ser humano viene programado genéticamente para desarrollar sentimientos de afecto por aquellos que lo rodean. Cada ser humano tiene una madre y un padre – que pueden no ser los biológicos, pero ese no es el caso ahora. Cada uno de nosotros tiene abuelos. Muchos tienen la dicha de tener hermanos, tíos, primos y así. Familias pequeñas, familias grandes, familias unidas, familias dispersas. El caso es que todos tenemos una historia y esa historia nos hace quienes somos.

No todos somos iguales, no todos expresamos nuestros sentimientos del mismo modo. Ni siquiera somos todos apegados a los nuestros. Entonces los vínculos de cariño no son siempre igual de fuertes ni se desarrollan con las mismas personas.

Pero por ley, a alguien – o álguienes – amamos en esta vida y por esos damos hasta lo que somos. Por esos sufrimos, lloramos. A esos necesitamos en los momentos de dicha y en los de dolor.

Por eso es que amar dividido es una condena. Cuando todo lo que amas no puede convivir en el mismo espacio tiempo. Cuando incluso esos que amas no pueden seguir en tu vida, por tu opción, la de ellos o la del destino. Cuando ya amar no es suficiente y tu corazón desea no sentir más – aunque calladamente.

Peor aún es no poder dejar de amar a alguno para complacer al otro. Peor es tener que escuchar palabras duras, no pensadas… que duelen como balas. Es ahí cuando algo se rompe, es ahí cuando algo comienza a morirse.

Ser un ser humano y amar es la tarea más difícil de esta tierra. 


Materia de poesía…

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La carne es incompatible con la caridad: el orgasmo transformaría a un santo en un lobo.
Emil Cioran

Materia de Poesía

Qué importan los versos que escribiré después
ahora
cierra los ojos y bésame
carne de madrigal
deja que palpe el relámpago de tus piernas
para cuando tenga que evocarlas en el papel
cruza entera por mi garganta
entrégame tus gritos voraces
tus sueños carniceros
Qué importan los versos donde fluirás intacta
cuando partas
ahora dame la húmeda certeza de que estamos vivos
ahora
posa intensamente desnuda
para el madrigal donde sin falta
florecerás mañana.

Wichy Nogueras

***

Soneto

Te vi de pie, desnuda y orgullosa
y bebiendo en tus labios el aliento,
quise turbar con infantil intento
tu inexorable majestad de diosa.

Me prosternó a tus plantas el desvío
y entre tus piernas de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.

Suspiró tu mutismo brevemente,
cuando en la sed del vértigo ascendente
precipité el final de mi delirio;
y del placer al huracán tremendo,
se doblegó tu cuerpo como un lirio
y sucumbió tu majestad gimiendo.

Rubén Martínez Villena


Violonchelo…

violonchello

Tu sexo me sabe a naranja
a campo
a miel

Me sabe a volcán que se alza
a leyenda
a raíz que se prende a su ser
a puño cerrado
a patria
a ti

Tu sexo me sabe a mujer.

Tus sabores – Rosa Maria Roffiel

Violonchelo…

Llegó el verano. La temperatura es alta; el aire está muy denso, caliente. “Es molesto ensayar así”, piensa Isabela mientras se escurre las gotas de sudor de su frente mojada y prosigue en su apasionada lucha de notas arremolinadas. La música triste que sale por la ventana se escucha por todo el vecindario. Desde el patio, Laura la observa, sentada en la hamaca del naranjo. Sus piececitos desnudos no llegan al suelo, es pequeña para su edad. Se balancea suavemente mientras chupa una naranja. Sus labios rojos se oscurecen por la presión en la fruta, ya casi seca.

Laura tiene 16 años. Es rubia natural y su piel es rosada, parece una muñeca. Isabela es morena, su piel es blanca, pero el cabello es muy negro. El contraste llega a ser chocante a veces. Ahora sus mejillas están sonrojadas por el calor sofocante y el esfuerzo de su lírica vespertina. Su cabellera le cae por los hombros sudados, se le pega en la frente y el cuello. No se puede concentrar, hace demasiado calor. Deja el chelo a un lado por un momento y con una peineta recoge todo su cabello en un amasijo, bien alto en su cabeza. Quedan al desnudo sus hombros y cuello; desliza su mano recogiendo el sudor, que limpia en el vestido y vuelve a la carga, no se rinde. “Esta pieza es fácil, pronto la dominaré”, se dice mientras esgrime el arco sobre las cuerdas adoloridas del violonchelo, que llora su lamento al contacto.

Laura deja la hamaca, camina descalza sobre el sendero de grava. Sus pies acostumbrados a él no se quejan de la aridez de la piedra caliente. No soporta ponerse zapatos, siempre anda descalza, con el cabello revuelto. “Es una niña salvaje”, dice su madre cada vez que la ve trepada en el naranjo. Se acerca despacio a la ventana, sin hacer ruido; lánguida, ausente, mirando a Isabela interpretar ese “réquiem en re menor” de Mozart, que la tiene sumida desde la mañana. Isabela está sentada en su banqueta, con el chelo entre las piernas, el vestido remangado, descalza también.

Laura se apoya en el alféizar de la ventana, mientras lame sus dedos pegoteados por el jugo seco de la naranja. No deja de mirar a Isabela, que contorsiona su cuerpo al ritmo de la música. Mira su nuca esbelta, llena de pequeños vellos, que bajan por su espalda en una delgada línea, hasta perderse en el escote del vestido. Ahora sus ojos recorren sus caderas, y sus piernas desnudas y abiertas, su espalda arqueada, el suave vaivén de sus nalgas en el asiento. Sigue degustando sus deditos aunque ya están limpios. Una mano traviesa recorre su muslo sobre la falda, despacio, despreocupadamente. Del muslo sube al vientre, pasa por el abdomen, luego a las costillas, hasta llegar a los pequeños senos. Sus dedos dibujan círculos por sobre la fina tela, alrededor del pezón.

Isabela juega con las cuerdas y el arco, sus dedos desandan el brazo del chelo. Con los ojos cerrados escucha sus propias notas, se acerca el preludio del fin. La interpretación se vuelve delirante, convulsa, desenfrenada. Su movimiento se vuelve febril, su cuerpo es la música. La peineta que recoge sus bucles se afloja con el paroxismo de expresión corporal y sus cabellos caen por el rostro y la espalda, en cascada.

Laura apoya las manitas en el alféizar y salta suavemente, subiendo para cruzar la ventana. Se sienta y cruza las piernas hacia dentro de la habitación. Todo esto lo hace despacio, en silencio, para no interrumpir el arte de Isabela. Pone sus pies en el mármol frío del suelo, camina lentamente, sonriente, hacia la banqueta. Isabela danza con su música, su cabello revuelto perfuma la habitación, su olor de hembra sudada flota en el aire.

Laura camina hasta estar parada tras ella, y la observa, excitada, con una sonrisa en los labios y los ojos perdidos, pero no deja de mirarla sin ver. La música llega al desenlace, entre convulsiones y alaridos, cesa. Isabela queda exhausta, sus dedos adoloridos, su cuerpo cansado, su frente sudada. Laura levanta sus brazos y la abraza por la espalda, poniendo sus manitas sobre los senos redondos de Isabela.  Ella se queda inmóvil, solo respira y se deja abrazar, deja que los deditos comiencen a moverse por sobre la suave tela que cubre su busto. Laura le besa el cuello, huele sus cabellos y roza sus pezones erectos, suavemente, con la espalda sudada de la otra.

Isabela suelta el chelo y toma las manitos pequeñas con las suyas y despacio, las separa de sí. Se levanta de la banqueta y mira a Laura a los ojos, seria, insondable, distante. La contempla por un rato y la atrae hacia sí, para abrazarla contra su pecho. Isabela tiene 20 años, es alta, esbelta, es una mujer, con cuerpo de mujer. Laura en sus brazos parece una niña, pues es menuda, lánguida, pequeña.

“Quiero jugar Bella”, dice Laura, con su rostro apoyado en los senos de Isabela, así le dice de cariño. La morena toma su rostro entre sus blancas manos y la mira a los ojos directamente, escrutando, muy seria aun. Sus pupilas dilatas y perdidas, su respiración algo alterada. En sus labios rojos se dibuja una sonrisa maliciosa pero fría, su lengua recorre sus propios labios; gesto sensual y peligroso. Se acerca despacio a la carita de Laura, respirando el aliento cítrico de la jovencita. Su nariz roza la mejilla, sus labios besan la comisura de la otra boca. Se separa de nuevo, lentamente, mirando de nuevo en la profundidad de los ojos azules. Laura transpira y tiembla. Isabela vuelve a acercarse, hasta acariciar los labios con los propios, pero solo los roza, en un juego macabro, que acelera la respiración de Laura. Isabela deja salir su lengua y recorre lentamente los labios de Laura que se deja hacer, tranquila, inerte. Los entreabre y deja que la lengua de Isabela los saboree.

Isabela ejerce presión en las mejillas de Laura y esta abre más la boca. Al fin se besan, en un reguero de labios, lenguas, saliva y gemidos. Las lenguas salen de las bocas y se relamen y acarician, mientras se miran a los ojos. Isabela se detiene, mira a su alrededor y se sienta en la banqueta, atrayendo hacia sí a Laura, que ya está perdida, insana. La hace sentarse a horcajadas sobre sí, remangando el vestido y dejando al desnudo las piernas de niña. Deja que las mangas del vestido corran por los hombros, dejando al descubierto los senos pequeños y puntiagudos de la pequeña, que le quedan a la altura de la cara. Se sumerge en la piel de Laura, la olfatea, la roza, la toca, la lame, la saborea. Sus manos recorren los bracitos diminutos, los hombros desnudos, mientras su boca juguetea con los senos pequeños y excitados. Degusta los diminutos pezones, los engulle, los muerde, sacando un lamento adolorido de los labios de Laura.

Isabela deja los suyos al desnudo también. ¡Qué contraste! Los senos de Laura son pequeños, de pezones rozados, los de Isabela son grandes, redondos, los pezones marcados y carmelitas. Se pega a Laura y restriega sus senos con los de ella, los agarra con sus manos y los une, disfrutando la sensación de seda que la enloquece. Ahora es Laura la que se encorva y saca su lengua temblorosa y recorre la redondez de las bellas tetas de Isabela. Chupa por todos lados, dejando un rastro de saliva a su paso, mientras los amasa con sus manitas nerviosas.

Una mano de Isabela se desliza por su vientre y va a dar a su propio sexo, que palpita a centímetros de distancia del de Laura. Lo acaricia, por encima de la ropa interior húmeda, “mhh”, gime. Ese roce en su pubis y la boca de Laura en sus pezones la excitan sobremanera. Del suyo pasa al de Laurita, que se retuerce cuando los dedos apartan el blúmer e irrumpen en su vagina mojada ya. Se queda quieta, su lengua ya no se mueve, ni sus manos, apenas respira. Solo disfruta del esfuerzo que hacen los dedos virtuosos por entrar; su vagina se resiste un poco, pero al fin, cede. Su cuerpo se tensa completo, pero poco a poco se deja llevar y comienza a moverse, poco a poco. Sus nalgas buscan acomodarse de manera que la penetración sea absoluta y profunda. Isabela la mira mientras se menea sobre sus muslos y sonríe, con la misma sonrisa cínica y macabra. Disfruta subyugar a Laurita ante su poder, lo disfruta tanto que arremete con sus dedos, con fuerza, una y otra vez en la vagina de la joven. Laura gime desesperada, se contorsiona.

Isabela saca sus dedos embarrados de fluidos y los ofrece a Laura, que los saborea, ávida, desquiciada. Se levantan de la silla y Laura se tiende en el suelo, Isabela entre sus piernas, levanta el vestido y se deshace de la prenda interior mojada, la lanza a un rincón y aprieta sus senos contra el pubis de Laurita, que cierra los ojos al contacto. Se acomoda y vuelve a tocarla, esta vez despacio, por fuera, acaricia con sus dedos la vagina suave y mojada de Laura. La huele, la observa con detenimiento, como quien mira un tesoro. Se acerca y deja que su nariz se hunda entre los labios, que la reciben con un saltico que da Laura. Separa los labios con los dedos y saca su lengua, y recorre toda la vagina, de abajo a arriba. Laura se retuerce de nuevo, agarra el vestido entre sus manos, apretando, con los ojos cerrados y mordiendo sus labios. Isabela sigue recorriendo con su lengua, y chupando por todas partes. Abre la boca y trata de abarcar todo en un beso, pues esto es lo que hace realmente, besar la vagina mojada y palpitante de Laura, que ya está ausente. Isabela chupa, lame, succiona, muerde los labios de Laurita. Introduce un dedo sin parar su labor y baja su otra mano a su sexo, y comienza a acariciarse, en la piel viva, haciendo círculos sobre su diminuto botón.

Sigue lamiendo y moviendo el dedo dentro de Laura, deja que el segundo entre también y sigue el movimiento. No deja de tocarse ni de lamer, sigue besando todo y tocándose a sí misma. Las dos gimen, se mueven al compás de sus sexos; tiemblan, sofocan gritos. Cada vez es más rápido el ritmo, cada vez entran más profundos los dedos en la vagina penetrada, cada vez más rápido el movimiento de los dedos en el clítoris erecto, cada vez más intenso el beso de los labios sobre los labios. Se acerca el preludio del fin, y es tan convulso o más que la interpretación de la pieza en el chelo. Las carnes son las protagonistas de este concierto que se acerca al final, que entre notas agudas y repetidas está llegando a su cúspide gloriosa. Laurita es la primera que sucumbe, y se muerde la palma de la mano mientras su cuerpo intenta desprenderse de las ataduras de su carne; ella vuela, dentro de sí, vuela en una descarga eléctrica que le recorre todo el cuerpo, y su cuerpo no resiste tanto placer. Estalla.

Isabela sigue en su afán, sin darse cuenta de que ya Laura no siente, no piensa, solo yace inerte y al borde de la enajenación absoluta. Sigue tocándose, acariciándose, entre gemidos y sudor, también su pieza se acerca al fin, y acelera el roce de sus dedos en su pubis febril. Sus senos desnudos saltan, abre más las piernas, se encorva y se retuerce, ya no hay vuelta atrás. Un gemido rasga el silencio de la habitación con una acústica digna de conservatorio. Su cuerpo se tensa completo y solo se siguen moviendo sus dedos en su sexo. Convulsiona una y otra vez, primero con furia y más despacio ya, dejándose llevar solo por el impulso de sus vaivenes. Sobreviene la paz.

Ambas yacen en el suelo de mármol frío, una junto a la otra, con las ropas a medio quitar, los cabellos revueltos y las mejillas sonrojadas. Respiran suavemente, con los ojos cerrados, disfrutando del descanso, bien merecido. Así transcurren unos minutos hasta que Isabela se levanta, arregla sus ropas y toma de la mano a Laurita. Las dos se miran, ya vestidas otra vez, se besan tiernamente, se miran. Isabela toma el chelo y se sienta en la banqueta, Laura se para en la ventana, las notas tristes vuelven a fluir.

Isabela interpreta “Réquiem en re menor” de Mozart mientras Laura la mira desde la ventana y ríe, primero entre dientes, luego en voz alta, hasta que rompe en carcajadas. Se abre la puerta de la habitación y entra la madre de Laura. “Niña, deja a tu hermana practicar en paz”, le dice, mientras Laura sigue riendo como una obsesa e Isabela interpreta su melodía como los mismísimos dioses.


Gata de nadie…

FEZ

Se le reprocha al gato su gusto por estar a sus anchas y por los muebles más mullidos: igual que los hombres. De acechar a los enemigos más débiles para comérselos: igual que los hombres. De ser reacio a todas las obligaciones: igual que los hombres una vez más. 

Jean Baptiste Say

-Si quieres algo conmigo ha de ser en mis términos.

Soy una gata de calle, de noche y de nadie. No intentes domesticarme porque solo acepto caricias de ocasión. No intentes poseerme pues no me doy completa. Soy de la noche y de otros gatos callejeros, como yo. Soy del viento y las alturas y de tan lista ni siquiera los sueños pueden atraparme.

– Si quieres seducirme deberás esforzarte.

Estoy hecha de frutas, nací de una semilla de mango pero si me muerdes te sabré a tamarindo. Te rechinarán los dientes y te llenarás de saliva, odiándome por ácida y deseándome por adictiva. Pero como las frutas, no saciaré nunca todo tu apetito, te dejaré pidiendo más.

– Si quieres deVorarme tiene que ser con V y en MAYÚSCULAS.

No me prometas nada, no hables, no te anuncies. Solo llega y muérdeme los labios y hazme un nudo de marinero entre sábanas. No me digas que me enseñarás cosas nuevas, estoy muy vieja para esos cuentos de camino. Solo mátame y déjame en pedazos agonizantes de placer.

– Si quieres que vuelva, procura no aburrirme.

Regálame un circo, invéntame un mundo solo para mí, lléname el patio de sombrillas de colores, regálame alas que vuelen con verbos y adjetivos, dime que soy un grano de arena, dibújame un camino de tiza que llegue al cielo, cómprame un helado de vainilla y bésame en la palma de la mano para que pueda agarrar el beso.

Pero si quieres que me quede contigo, debiste haber nacido otro hombre porque nunca te podré pertenecer.