Archivo mensual: junio 2016

Crímen…

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“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora.”
Mathilde – Anäis Nin
Poderosas imágenes rondaban su cabeza. Se sorprendía a cada rato, perdido en ellas.
Las pupilas, dilatadas, los ojos sin pestañear. Las manos que no tiemblan, suaves al tacto siempre. Los dientecitos, deliciosamente dolorosos en la piel y los labios carnosos alrededor de estos. La saliva líquida en el pequeño hematoma. No dejaba de pensar en la calidez y el sabor de aquella saliva en su piel. El abrazo tierno, la negativa, el recuerdo de una bragas muy mojadas y él soñando con el olor de esa miel. Los besos tenues y húmedos en el cuello de gacela. El temblor de su voz y los jadeos, gemidos que querían decir “no”. La silueta semidesnuda al sol. Las caderas como olas, la cintura estrecha, los muslos de diosa. Las nalgas de potra y las piernas fuertes de andar en tacones. El pelo en los ojos, los labios rojos, el aroma a mujer.
Toda ella era símbolo de tortura. Cada palabra le dolía en las sienes. Cada roce le dolía en la ingle. Solamente podría deshacerse del suplicio si le quitaba la vida y así lo hizo.
Un día, ya loco de furia, la tomó del brazo y la apretó con fuerza. La retuvo con sus brazos de titán y la subyugó hasta que no pudo moverse. Así, reducida a nada, apretó sus labios a los de ella y la besó por primera y última vez, mientras cerraba sus dedos largos en torno al cuello de cervatillo. Ella se retorció con todas sus fuerzas y él le clavó los dientes en los labios hasta hacerla sangrar. Los gritos se fueron sofocando y convirtiendo en jadeos guturales, hasta que el sonido de huesos rompiéndose y el peso de ella en sus brazos le confirmaron que estaba muerta.
Cuando la depositó en el suelo se dio cuenta de que había eyaculado pero aún estaba muy excitado. Le rompió el vestido y hurgó entre sus muslos, aún calientes. Estaba húmeda. La penetró con furia hasta que no pudo más y tuvo otro orgasmo. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre el cadáver de la mujer que amaba y acababa de asesinar. Comenzó a sollozar como un niño y por fin entendió que hay amores que mueren y hay amores que matan.
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