Archivo diario: noviembre 30, 2017

Olas…

– ¡Eres tan linda! – le dijo, casi como un reclamo y la besó en los labios con ternura, sin morbo, sin lengua. Solo depositó sus labios en los de ella, tibios y suaves. Al apartarse los ojitos de ella permanecían cerrados. Los abrió y su carita de niña se transmutó en una mueca de asombro y felicidad. Sonrió con los ojos y con los labios.

– ¡ TÚ eres tan lindo!

Entonces él se dio cuenta de cuánto y por cuánto tiempo la había amado. Se dio cuenta de que nunca había dejado de hacerlo. Solamente había guardado sus sentimientos, celosamente y a pena de sucumbir ante ellos. Sabía que en el momento que le dieran un minuto a sus sentimientos, saldrían desbocados.

Más tarde esa noche ella se inclinó ante él mientras dormitaba y le dio otro beso tibio en los labios. Él la besaba en sueños. Rememoraba cómo había sido el tacto de su piel luego de tantos años, hacía apenas un par de horas cuando la memorizó nuevamente con las yemas de sus dedos, listo para dejarla ir una vez más.

– Te amo -, susurró ella y lo miró por unos minutos. Luego se abrazó a su cuello y se apartó, dejándolo dormir en paz.

Ella sentía que su amor era cómo olas, que se apartaban pero volvían siempre, una y otra vez, a desembocar en la tibia orilla. Él era su orilla y ella era esas olas coquetas, malhumoradas incluso, juguetonas, incapaces de irse muy lejos sin que su propia naturaleza la hicieran volver a romperse entre sus brazos.

Y él seguía allí y no pensaba dejarla. Había prometido navegar en el “Nueva Fidelidad” hasta donde llegara el “río” que compartían, en los tiempos aciagos, los de felicidad, en la ausencia ñ, en la pérdida. Siempre iba a estar allí.