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Acerca de izmatopia

Everything about me was, is or will be written... you just have to wait and read.

Regalo…

Cada mañana trae una imprecisa sensación de sorpresa y esperanza, cierto placer latente que crece a medida que nuestros ojos se van abriendo. La luz que se escurre a través de la ventana, aquella que se proyecta suavemente sobre mi rostro, me avisa que un nuevo día nace lleno de probabilidades y emociones nuevas. Tocan a la puerta, lo siento lejano y ajeno, a medida que me voy acostumbrando a la realidad, aumenta la intensidad de los toques. Siento el vacío a mi costado, un vacío casi innatural o impropio, como si faltase sonido o sobrase espacio; no estabas. Vuelven los toques, y esta vez respondo con un “ya va”. No era nadie, nadie importante, en este momento nada es relevante, solo tu ausencia.

Tomé el pulóver que colgaba de la silla y me dirigí a la cocina.

Allí estaba el arsenal de lo cotidiano, cada elemento al estilo de los grandes puntillistas

Puse la cafetera, sobreviviente de miles de inquisiciones, sobre el fogón y mientras se calentaba corté el pan en pequeñas rodajas y los cubrí con mantequilla.

Esa sensación no me abandona, esa sensación de desarraigo, de orfandad. Hace unos días, no era así, la luz matutina que conmocionaba mi resucitada alma,era en efecto, placentera, pero dicha experiencia quedaba completamente eclipsada por la suave textura de tu piel y el perfume de tu cabello. Sí, allí estabas, rodeada por mis brazos, acurrucada, cubierta de una mística aura de inocencia y belleza, una deidad terrenal que bendecía mi lecho con su presencia. Yo, maldito egoísta, robándote el tiempo, pidiendo unos minutos más de tu presencia, de tu calor, de tus besos. Tú, con poca convicción, tratando de liberarte de mis brazos, de la cárcel de mis deseos y tentaciones. Ese era el movimiento secreto del todo, las causas y efectos de nuestra naturaleza, las noches de introspección y los amaneceres de posibilidades.

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Olas…

– ¡Eres tan linda! – le dijo, casi como un reclamo y la besó en los labios con ternura, sin morbo, sin lengua. Solo depositó sus labios en los de ella, tibios y suaves. Al apartarse los ojitos de ella permanecían cerrados. Los abrió y su carita de niña se transmutó en una mueca de asombro y felicidad. Sonrió con los ojos y con los labios.

– ¡ TÚ eres tan lindo!

Entonces él se dio cuenta de cuánto y por cuánto tiempo la había amado. Se dio cuenta de que nunca había dejado de hacerlo. Solamente había guardado sus sentimientos, celosamente y a pena de sucumbir ante ellos. Sabía que en el momento que le dieran un minuto a sus sentimientos, saldrían desbocados.

Más tarde esa noche ella se inclinó ante él mientras dormitaba y le dio otro beso tibio en los labios. Él la besaba en sueños. Rememoraba cómo había sido el tacto de su piel luego de tantos años, hacía apenas un par de horas cuando la memorizó nuevamente con las yemas de sus dedos, listo para dejarla ir una vez más.

– Te amo -, susurró ella y lo miró por unos minutos. Luego se abrazó a su cuello y se apartó, dejándolo dormir en paz.

Ella sentía que su amor era cómo olas, que se apartaban pero volvían siempre, una y otra vez, a desembocar en la tibia orilla. Él era su orilla y ella era esas olas coquetas, malhumoradas incluso, juguetonas, incapaces de irse muy lejos sin que su propia naturaleza la hicieran volver a romperse entre sus brazos.

Y él seguía allí y no pensaba dejarla. Había prometido navegar en el “Nueva Fidelidad” hasta donde llegara el “río” que compartían, en los tiempos aciagos, los de felicidad, en la ausencia ñ, en la pérdida. Siempre iba a estar allí.


Poema 6…

6

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en
calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.


Imprevistos…

Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
Marguerite Yourcenar

Habían planeado aquella salida con dos semanas de antelación. Él era el tipo de hombre que intentaba contabilizar, racionalmente, cada minuto de su vida. Y digo “intentaba” porque la Magia que lo rodeaba no reparaba en lo que él quisiera cumplir o terminar o lograr en cualquier día dado. No. La Magia que habitaba en él era una Magia atolondrada, irritantemente desorganizada e inoportuna. Era la que causaba aquellos aguaceros torrenciales donde quiera que él estuviera cuando le dolía el corazón en el pecho y no se permitía llorar. Esa misma era la que hacía florecer los cerezos en cualquier época del año también, cada vez que sus labios la besaban.

Ella amaba sus besos y amaba también que se le llenara el pelo de pétalos cuando él la tomaba de la mano. Por eso no se quejaba de la parte majadera de la Magia que venía con él. Por esa razón, faltando una hora para la cita que él se había empecinado en concertar, siempre incapaz de retirarse de una pelea contra su Magia, ella yacía en el sofá, hojeando, desenfadadamente, el libro de turno, sin el más mínimo apuro, sin un ápice de urgencia. Él, ansioso y controlador, caminaba del cuarto a la cocina, sin saber si comerse un bocado o ponerse la camisa. Ella de pronto se salía de la historia de su libro y lo observaba por encima de las letras, divertida y enamorada.

“Vamos a llegar tarde, ¿por qué no te vas vistiendo, cosita?” le reclamaba, siempre amoroso y dulce, pero con ojos de loco. “Ya voy, amor, aún hay tiempo”, le respondía ella con certeza de bruja, pasando la página. Esa certeza de bruja era la que la mantenía siempre serena, calmada, aguda e insoportablemente lúcida. Él amaba esas cualidades de ella pero la resentía un poquito cuando las usaba en su contra. Entonces la besaba con mordidas dolorosas y en esos momentos todos los rosales cercanos se llenaban de espinas.

Ya habían pasado quince minutos y él seguía sin comer, aunque ya había preparado una merienda, pero se había distraído con un mensaje de un amigo y aún buscaba una camisa. “Amorcito, vamos a estar tarde y sabes que no me gusta estar tarde”, volvió a reclamarle, acercándose y besando su tobillo, de rodillas. “¿Ya comiste? ¿Qué camisa te vas a poner?” respondió ella, acariciando su mano pero sin dejar de leer.

Esa parsimonia de ella lo incomodaba. Ese desdén por la inmediatez, por el leve y casi imperceptible control que él intentaba ejercer sobre ella en esos momentos  de urgencia, lo hacían sentir impotente. En esos momentos sentía que ella retaba su autoridad un poco. También lo mortificaba la actitud impertérrita de su mujer cuando él quería ser complacido con sus mañas y necesitaba que ella fuera su aliada contra la Magia y su irreverencia. Pero ella no le hacía caso ni a él ni a la Magia y seguía existiendo, allá, en aquella galaxia a la que se le escabullía de pronto cuando leía. Y eso era lo que más rabioso lo ponía: el no poder agarrarla del pelo, como a él le gustaba, y fijar su cara para que no pudiera evitar mirarlo a los ojos mientras le comía la boca. En esos momentos sabía que todo su encanto no le funcionaría para retenerla porque cuando ella arrancaba por el trillo, no volvía hasta que le daba la gana. Y le molestaba no poder poseerla absolutamente en todas y cada una de las bocanadas de aire que ella tomaba. Le aterraba la idea de que era suya, pero solo cuando ella quería dársele.

Pero, testarudo al fin, no se dejaba amilanar por la Magia ni por su mujer y a ella también intentaba adivinarla, persuadirla. “Ven acá, dame un beso con lengua”, le decía entonces, mientras le quitaba el libro de las manos y se inclinaba sobre su rostro impenetrable aunque dulce. Ella cedía entonces, más por piedad que por otra cosa. Lo compadecía porque sabía que la Magia lo torturaba bastante y no le daba tregua. Entonces volvía y se metía por sus pupilas y correteaba hasta llegar a un columpio en el medio de su corazón donde se balanceaba, riendo a carcajadas. Y se dejaba besar mucho, se dejaba besar todo lo que él necesitara besarla. Se dejaba besar hasta que él se sentía de nuevo en control, empoderado, dueño de la situación. Se dejaba porque amaba ser besada por él y porque sabía que él amaba besarla. Se dejaba besar porque sabía que besándola, él se fortalecía y era feliz. Y ella también era feliz cuando él la besaba.

Ya habían consumido media hora y ella, ya dispuesta a curarle la angustia a él, se levantó del sofá y tomándolo de la mano lo llevó al armario. “Ésta porque cuando te la pones enseguida quiero arrancártela con los dientes”, él sonrió con ojos de fiera. Ella la sacó del perchero y se la dio, con instrucciones explícitas en el gesto para que se la pusiera de inmediato. Él obedeció. Entonces ella comenzó a abrochar los botones, mirándolo a los ojos. Comunicándose con él sin hablar. Transmitiéndole esa calma milenaria que le habían heredado las mujeres de su familia, generación tras generación. Él se dejó calmar con la sabia de aquellos ojos grandes donde había naufragado una noche de tormenta y de donde no quiso ser rescatado jamás. Ella depositó un beso tierno en su barbilla mientras abrochaba el último botón.

Lo volvió a tomar de la mano y lo llevó a la mesa de comedor y él se sentó sin que tuviera que indicárselo esta vez. Ella le trajo la merienda y le puso el primer bocado en la boca. Con una sonrisa le convenció de no levantarse hasta haber terminado. Lo besó en la frente y le mesó el pelo, para luego desaparecer rumbo al cuarto. Quedaban quince minutos para tener que salir. Él no pudo evitar distraerse nuevamente, pero al menos no dejó la mesa hasta que hubo comido. Cuando regresaba de fregar el plato, la vio. Llevaba el pelo suelto y un vestido casual, sandalias, carmín en los labios y en las mejillas. La encontró radiante, hermosa, perfecta. Aún quedaban cinco minutos para salir.

Se le acercó y la abrazó por la cintura, metiendo su cara en la cabellera de ella, en sus senos, para respirarla toda. Ella le echó los brazos al cuello y se dejó reconocer. El teléfono sonó.

Cinco minutos más tarde, ella estaba acostada en el sofá de nuevo, libro en mano, mientras él se preguntaba cómo se le rompían todos los planes y le acariciaba las pantorrillas a su mujer, que lo había besado tiernamente cuando le dijo que se cancelaban los planes, sin el más mínimo asombro, porque sabía que la Magia iba a derrotar a su hombre amado, como siempre lo hacía. Entonces le atrajo hacia sí con su pie, porque sabía que él necesitaba una victoria en aquel momento. “Hazme el amor, ven”, porque cuando hacían el amor él brotaba de sus cenizas y era feliz y ella también era feliz porque hacer el amor con él era la galaxia a donde siempre prefería escaparse y se les llenaba la casa de luz y de brisas de verano. Y el amor nunca lo planeaban, nunca, y eso sí era mágico.


Quiéreme hoy…

Hoy

Tócame hoy que he guardado las espinas

Que mi cuerpo lleva suavidad de nubes

Siénteme hoy, que te permito las caricias

Y todos tus besos quedarán impunes.

Tómame hoy en tu mano, siempre experta

Ven y hazme deshacer entre quejidos

Quiéreme toda, ven, que hoy estoy dispuesta

Hoy la respuesta es sí a tus pedidos.


El hombre perfecto I…

El hombre perfecto te dice que no. Te dice que no mientras ruegas, lloras y pataleas. Te dice que no mientras enloqueces y te hablas el pelo.

El hombre perfecto espera a que dejes de pedirlo, a que te resignes a que “no es no”, a que aprendas quién manda y a quien debes respetar por encima de todo. Entonces, solo entonces…

… te lo da.


No estés lejos de mí…

15. No estés lejos de mí

Pablo Neruda

No estés lejos de mí un sólo día, porque cómo,

porque, no sé decírtelo, es largo el día,

y te estaré esperando como en las estaciones

cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

No te vayas por una hora porque entonces

en esa hora se juntan las gotas del desvelo

y tal vez todo el humo que anda buscando casa

venga a matar aún mi corazón perdido.

Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,

ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:

no te vayas por un minuto, bienamado,

porque en ese minuto te habrás ido tan lejos

que yo cruzaré toda la tierra preguntando

si volverás o si me dejarás muriendo.


Pertenencia…

Tenía ese algo, indescifrable y misterioso, que lo hacía deseable pero completamente inaccesible. Se le notaba en el pelo, cuidadosamente despeinado. Se le descubría en el extraño movimiento de los dedos. Era evidente que su piel había sido bautizada ya. No cabía dudas de que sus ojos miraban y veían imágenes distintas. No se podía negar que el timbre de su voz no pertenecía a ese momento.

Él existía, prestado, en un universo al que no pertenecía. Habitaba, de cuerpo presente, pero como un cascarón vacío. Por donde caminaba, sus plantas no dejaban huellas. Su aroma no se quedaba en las cosas que tocaba.

Él era, únicamente, un amasijo de carne, huesos y sangre, deambulando en la penumbra de un lugar equivocado. Todo su ser olía a que no era de ellos.

Él era mío, aunque se los hubiera prestado para admirarlo y desearlo. No podían tocarlo ni detenerlo, no podían sujetarlo ni quedárselo…

Porque era irremediablemente mío.