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Sueños de adolescentes…

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La adolescencia representa una conmoción emocional interna , una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro.

Louise J. Kaplan

Yo conocí a mi primer novio cuando éramos niños. Él era un rubito muy lindo de esos que todas las niñas aman en secreto. Vivía al doblar de mi casa y lo veía ir para la escuela todos los días. Nos hicimos novios cuando cumplí 15 años y duramos juntos hasta mis 20. La relación nunca fue nada gratificante pero supongo que cuando uno no conoce nada más cree que tiene lo mejor. Él siguió siendo un muchacho bonitillo pero por la personalidad estaba frito. Era muy penoso e introvertido además de ser muy complejista y encartonado. Del padre aprendió el machismo y de la madre la sumisión.

A pesar de todo eso me gustaba. Tenía los labios carnosos y olía a sol de mediodía. Su piel era de color caramelo y sus mejillas se sonrojaban al más mínimo esfuerzo. Tenía los brazos fuertes y firmes, las manos duras, el aliento fresco. Tenía el pene más bello que he visto en mi vida (o tal vez es solo la memoria emotiva pues ni siquiera fue el mejor sexo de mi vida, solo el primer sexo) y aunque no era muy open minded ni vanguardista en temas de cama, lo disfruté bastante mientras lo tuve.

El noviazgo lo pasamos mientras yo estudiaba el Técnico medio y muchas veces me vi tentada a serle infiel. Había en mi aula un muchacho aún más bonito que mi novio, trigueño, alto, con unos labios de Barbie que me derretían. Había otro muchacho, un tercero, también alto pero este era fuerte, un hombrón para sus 16 años, metrosexual pero machote. Era una cosa indefinible de sexy el condenado. Al primero lo llamaremos J y al segundo F pues no quiero divulgar sus nombres.

J era el niño lindo del aula, ya les dije que era bello. También era galante, simpático, con una dentadura y sonrisa perfectas. A mi me gustaba mucho y flirteaba a diario con él. Recuerdo que un día en segundo año, en una tarde lluviosa de laboratorio a alguien se le ocurrió poner un hentai en una de las computadoras (oh! ya recuerdo cuando choqué con el hentai por primera vez) y mientras casi todas las chicas del aula pusieron el grito en el cielo entre protestas y niñerías, mis dos amigas y yo nos plantamos delante del monitor a disfrutar del más fino porno que existe – en mi humilde opinión.

No sé si fue el hentai o el flirteo constante que se vivía en ese tiempo de adolescencia y hormonas pero comencé la jodedera con J y supongo que me calenté. Me calenté tanto que lo tomé suavemente de la nuca y lo miré con los ojos llenos de sexo, me acercé a su oreja y casi le maullé un “me gustas mucho” que jamás he dicho de nuevo con tanta sensualidad. Él se tornó todo rojo, se quedó atónito porque, aunque no lo dije, expresé tal madurez, tanta disposición a hacer lo que fuera con aquellas tres palabras que él no fue capaz de asimilar. Mucho menos fue capaz de reaccionar y sus palabras se le atragantaron en la garganta.

No fue hasta tercer año, en otra tarde lluviosa en que terminaron las clases y el tecnológico completo estaba varado en aquel edificio bajo un aguacero de perros en el fin de mundo donde estudiábamos, inundados, con frío y obligados a amontonarnos en los pasillos, esperando a que la lluvia cejara para podernos marchar a casa cuando J se me acercó y me dijo algo como que nunca había olvidado aquello que le dije y que yo también le gustaba a él. Fue muy simpático y tierno pero me imagino que su demora olímpica me hizo perder el interés y lo rechacé con mucho tacto, dándole un abrazo amistoso para que pudiera apretar mi cintura, oler mi pelo y sentir mis tetas en su pecho. No encontré otra manera para reparar su ego herido que dándole alguna imagen para sus noches de auto-complacencias.

Con F era diferente. Amén de ser un seductor empedernido yo simplemente no lo soportaba. En primer año le hice pasar una gran vergüenza delante de toda el aula y creo que decidió intentar agradarme antes que seguir una guerra que no podía vencer contra una vagina con cerebro. Muchos años más tarde me confesó que estaba muerto conmigo y que se pasó cuatro años haciendo de todo por encajar en mi grupo de amistadas solo para pasar tiempo conmigo pero como yo era tan malvada y cínica nunca se atrevió a hacer nada para conquistarme.

Es cierto que yo era muy mala pero solo con él pues es el tipo de persona que me saca la leche rápido, simplemente tiene esa propiedad para molestarme con lo más mínimo. Supongo que por eso me gustaba tanto; me suponía un reto el estar cerca de él y no abofetearlo.

Ya por tercer año éramos lo más cercano a dos amigos que íbamos a ser nunca y él, siempre liado en problemas de faldas, venía a mí a pedir consejo. Yo le decía en voz alta lo que tenía que hacer mientras rezaba porque me estrechara entre sus enormes brazos de titán de 18 años y me apresara contra aquel puto muro del balcón del cuarto piso y me mordiera los labios y metiera su lengua hasta mi garganta. Jamás lo hizo. Solo amagaba con darme un beso de vez en cuando y yo amagaba con quitarme o con golpearlo pero en esos breves instantes gozábamos de la proximidad, de la clandestinidad que suponía tocarnos de refilón. Me gustaba tanto su olor y la manera en la que me miraba y el notarlo erecto en cualquier momento, sonrojado pero como si nada estuviera sucediendo. Él me describía en atuendos sexys y me decía cochinadas cada vez que le daba la gana y yo lo llamaba estúpido con ganas de irle arriba y destrozarlo.

Pero el tiempo pasó y mi primer novio se quedó en el camino, también J y F quedaron atrás. Yo dejé de ser una adolescente para convertirme en una joven adulta. Puse mar de por medio con ellos e incluso cuando J cruzó el charco y lo vi, no sentí la fiebre de antaño. Ellos dejaron de ser personas reales para mi pues el recuerdo, la fantasía que suponen todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida, son más gratos que la realidad.

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De primera mano…

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Este es el carro del cabrón. Si lo ven por ahí, evítenlo o mátenlo

Términos como “leyes”, “política” o “justicia” fueron solo creados para un mantenernos engañados en un mundo fantástico e idealista donde todo es bueno y no hay problemas. La justicia es otra utopía que los hombres nos creamos para creer en algo más allá de nosotros mismos, como la religión pero es simple e igualmente un fraude.

Aquellos que viven en una gran urbe y que para trasladarse de un lugar a otro tienen la dicha o desgracia de manejar sabrán de lo que hablaré a continuación. Los que tienen la más grande dicha de disponer de otros medios de transportación como el metro, etc, al menos se informarán un poco con esta pequeña historia.

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Crónicas de mi abuelita – 3

abuelaMi abuelita y yo – Mayo 2013

¿Leones? Esas son cosas de tu abuela!

El abuelo Pepe

Mi abuelita es lo más lindo que yo tengo en la vida; creo que ya lo he dicho antes. Una de las razones, entre muchas, es que mi abuela siempre fue muy creativa conmigo. Gracias a mi abuela yo puedo decir que crecí llena de historias, de fantasías y personajes mágicos. Ella, con su dulce hacer, formó a la mujer sensible e imaginativa que soy.

Cualquier madre o abuela, cuando los niños no quieren comer, le dicen que la cuchara es un avioncito y cosas así. Mi abuela me regaló dos gigantes que viven en un castillo; uno que come monedas y otro que no se llena nunca. Ella nos llevaba a mi primo Raulito y a mi al Museo de Ciencias Naturales, cuando estaba en el ala oeste del Capitolio y nos decía que no tocáramos nada y yo, chiquitica y del mamey, cuando apenas comenzaba a caminar y hablar, le decía a mi primo, muy seria: “Agüito, manito atrá”. También nos llevaba caminando desde la Virgen del Camino hasta la casa en San Francisco pues siempre ha sido una caminante incansable.

Mi abuelita estaba casada con el abuelo Pepe cuando yo nací. El abuelo Pepe no era mi abuelo, mi verdadero abuelo murió cuando mi mamá era pequeña pero el abuelo Pepe llegó después de muchos años. Lo recuerdo vagamente pero sé que era un mulato de cara dulce y cabello cano – siempre tuvo canas, en mi recuerdo nació siendo viejo. Era muy bueno y yo lo quería mucho pero eventualmente la relación terminó y el abuelo Pepe se fue.

Yo tenía como 3 o 4 años solamente pero lo extrañaba mucho y me resultaba muy raro que mi abuelo no estuviera más. Todos los días le preguntaba a mi abuela “¿y el abuelo Pepe?” y mi abuela me inventaba excusas simples de abuelas simples pero yo no me quedaba convencida. Así le preguntaba casi a diario, dos y tres veces por día y mi abuela seguía dándome respuestas que todas las demás abuelas usaban para tranquilizar a sus nietos y yo seguía, insistente.

Un día mi abuela me llevó al zoológico y justo en frente del foso de los leones regresó la pregunta, “abuela, ¿dónde está el abuelo Pepe?” y supongo que le colmé la paciencia pues mi abuela siempre dulce me soltó un “¡No me preguntes más por el abuelo Pepe, niña! ¡Mira, al abuelo Pepe se lo comieron los leones!” que me dejó de piedra. En ese momento comencé a llorar y la tomé con un león flaco y mudo que descansaba. “León malo, ¿por qué te comiste a mi abuelo Pepe?” pero no se habló más del tema.

Supongo que aquella respuesta, digna de mi abuelita, satisfizo mi curiosidad y como niña al fin, nunca más pregunté por el abuelo Pepe pues mi abuela me convenció. Tampoco lo lloré más pues los niños olvidan rápido y nunca se me ocurrió que aquello fuera algo malo.

Entonces un día, a mis catorce años, golpearon la puerta en mi casita de San Francisco de Paula. Ya mi papá se había ido y mi abuela vivía en La Víbora. Cuando abrí la puerta, un anciano mulato de cara dulce y cabello cano que me resultó muy familiar me miró con una sonrisa amplia en los labios. Mi mamá que estaba conmigo lo saludó efusiva y luego de besos y abrazos me dijo, “niña, es el abuelo Pepe” y yo, automáticamente y como si destapara un corcho apretado le dije: “¿el abuelo Pepe? ¡Pero si a ti te comieron los leones!”

El abuelo Pepe se echó a reír a carcajadas y me dijo: “¿Leones? Esas son cosas de tu abuela.”

Ese día hablamos mucho y fue muy lindo. Desafortunadamente el abuelo Pepe estaba enfermo de cáncer y murió poco después; nunca lo vi después de aquel día.

Ya mi abuelita no es la misma. A sus 73 años es mucho lo que recuerda pero también lo que olvida o confunde y hace las mismas historias una y otra vez como si ya no las supiéramos. Pero esa viejita de piel de pasa y ojos húmedos es lo más lindo que tengo y gracias a esas cosas suyas siempre tendré historias que hacerles a mis niños, cuando lleguen.

Por eso, si a algo debo agradecer este día de gringos es a mi abuela y a la vida por regalármela. No todo el mundo tiene una abuelita dueña de gigantes que hacen a los niños comerse toda papa y de leones que se comen a los abuelos cuando se portan mal.


Tragedia…

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Quien vive sin disciplina, muere sin honor.

Provervio irlandés

(juro que lo habría matado con gusto)

Qué hace usted cuando, una vez por semana llega a su casa y hay un carro – de sabe quién coño! – y usted tiene que ponerse a esa hora a buscar al susodicho HIJODEPUTA que se encarna en SU parqueo de tantos disponibles y NO DISPONIBLES. Entonces, como no queda de otra, uno comienza a tocar la corneta del auto a ver si el MALNACIDO sale a moverse.

Para colmo de males, el vecino sale vociferando porque si le despierto a niño. Y yo me río y me muerdo la lengua para no decirle que su niño lleva el día durmiendo mientras mi marido y yo llevamos desde las 5am despiertos y trabajando, que me importa un carajo si su niño duerme y mucho menos que no lo eduque para dormir en una ciudad donde no puede haber silencio absoluto. Y lo mejor de todo, ese mismo vecino ha sido en otras ocasiones el HIJODESUMADRE que se parquea en mi parqueo, aunque hoy no haya sido él así que mejor se vaya para el soberano cuerno y mientras yo lo ignoro.

Luego de mucha indignación y mucho tiempo aparece un bendito, zarrapastroso y desaliñado, fumando un cigarro y con cara de sueño que si el carro es suyo y es la primera vez que pasa. Y yo que si, que siempre es el mismo carro negro y él que no, que no conoce a nadie aquí y yo que si no conoce a nadie qué mierda hace en mi condominio y en mi parqueo. El tipo que si estoy haciendo que se moleste y yo que pierdo la paciencia y el glamour y le grito que de los nervios estoy yo y que mueva el carro y no me joda. El tipo que se calla y que se mete en el carro.

Y como toda tragedia tiene un poco de comedia, el muy RECOMEPINGA no tiene batería y tengo que darle un cablazo para que se vaya pa’l carajo.

Y me da las gracias y me desea una buena noche y yo me muerdo la lengua musitando: que te parta un rayo, cabrón!


Una niñita en La Víbora – VIIII (FIN)

El primer beso que supo a beso y fue para mis labios niños como la lluvia fresca.

Federico García Lorca

Despidiéndome de La Víbora.

La escuela al campo fue divertida y me sentí muy bien, fue la primera vez que probé la independencia y adoré ser libre. No es que hiciera nada del otro mundo, como dije aún mi sexualidad no despertaba y no era de hacer locuras, pero el estar sola y a cargo de mi vida por 21 días me hizo muy bien. De todas mis amigas la única que orgullosamente no se rajó fui yo. Recuerdo que una a una todas fueron cayendo enfermas, lesionadas, cobardes… y se fueron, algunas 15 días antes, 1 semana, 5 días. Yulima se enfermó de la garganta y me dejó sola un fin de semana pero regresó para estar los últimos 3 días.

La pasábamos genial y en las noches nos reuníamos al lado de los baños a hacer cuentos de miedo o a jugar a adivinar la película. Hacíamos campeonatos de este juego masivamente, las hembras contra los varones. Me hice amiga de dos o tres muchachitas y muchachitos de mi aula que me ayudaron a pasar la segunda mitad del curso en paz y aprendí que si podía tener amigos verdaderos en la adolescencia.

Me besé con un muchacho pero solo por besarnos, no sentía mucho, era raro de hecho. Me hice noviecita de otro pero no le besé. Mi papá se enteró y casi me saca a rastras del campamento. La preocupación de mi padre por mi virginidad era tal que a veces pienso que de no haber emigrado a los estados Unidos cuando yo tenía 14, sería virgen aún o me habría desheredado – probablemente la segunda porque nunca lo dejé controlar mi vida sexual, mi sexualidad era mía y por eso bastantes broncas tuvimos -.

La escuela al campo también me dejó heridas de guerra. Recuerdo que la primera semana hizo el frío más crudo que he vivido y la temperatura bajó tanto que aún me duelen los dedos al recordarlo. Estábamos en provincia Habana y allí es donde más frío se siente en mi tierra. La segunda semana la temperatura subió mucho y supongo que el cambio de ambiente fue lo que acabó con muchos de nosotros. Yo perdí la voz completamente por muchos días. Al llegar el primer domingo mi papá quiso llevarme para la Habana porque yo tenía catarro. “¡Que no!” fue mi única respuesta y él se marchó encabronado.

Después fue el esguince doble en mis dedos del medio y anular de la mano derecha. Lo que hacíamos allí era desyerbar boniato y papa y arrancando hierba mala me lastimé ambos dedos. Recuerdo que no podía cerrar esa mano y me dolía muchísimo, mis dedos parecían chorizos. Mi papá quiso entonces llevarme de vuelta porque iba a perder los dedos. “¡Ya te dije que no me voy!”. Otra vez el insulto. La última semana fue lo del noviecito y le dejé bien claro que no me iría hasta el último día. Se fue muy bravo pero me quedé.

Ya de vuelta y cercano al incidente con la profesora de Física, estaba yo un día en el patio interior de la escuela cuando dos muchachos comenzaron a coquetear conmigo y una amiguita del aula – bueno, la salsa era conmigo pero como ella estaba ahí-. Ambos eran el sueño de cualquier adolescente aunque cada uno era hermosamente único e irrepetible.

Leonel era trigueño, fuerte, un año mayor que nosotras pues había repetido un curso; era un sueño pero era un bruto y un rega’o. Alberto era blanco y de cabellos rubios oscuros, ojos azules como el mar revuelto y el porte de caballerito medieval; era muy inteligente y además, hijo de la profesora de Física O.O

Ni sé cómo me enredé con Alberto pero si recuerdo que él me dio mis mejores besos – hasta hoy – y conocí lo que es “mojarse” de excitación. Nos besábamos durante largos minutos, sin separarnos, degustándonos hasta la saciedad. Nos íbamos al patio trasero o por el laboratorio de Química y nos besábamos sin descanso. No pasamos de eso y esa fue la razón de que me dejara por otra chica de otra aula que seguro ya hacía muchas más cosas que yo.

Fue un enamoramiento furtivo y experimental que me dejó los mejores besos de mi vida y el hambre por obtener más. Comenzaron a gustarme otros muchachos pero no llegué a nada con ninguno pues mi papá estaba al irse de Cuba y yo no tenía cabeza para nada de eso. Mi inexperiencia era tal que no sabía como manejar las situaciones.

Unos meses después Leonel me confesó que estaba enamorado de mi y se peleó con Alberto por jugar conmigo y la otra muchacha. Nos hicimos amigos pero nunca pude verlo como pareja, supongo que desde ese tiempo ya iba comprendiendo que no me excitan los hombres brutos, por muy lindos que sean. Una tarde discutimos por alguna bobería y me fui muy molesta de la escuela. Vino el fin de semana y el próximo lunes hubo una marcha, ni me acuerdo por qué. Toda la escuela se fue para el evento y a media caminata una maestra nos informó que Leonel había tenido un accidente la tarde anterior yendo para la casa de su papá que casualmente vivía en el Cotorro. Él  iba en bicicleta y un camión lo chocó. Cayó de cabeza contra el piso y aunque lo llevaron al hospital, no sobrevivió la noche.

No nos dijeron nada porque sabían que nadie iría a la marcha de saberlo; a Leonel todo el mundo lo quería. Yo me pasé días llorando sin consuelo, me sentía tan culpable… La última vez que lo vi vivo discutimos y murió sin saber que lo quería mucho. Me sentí decepcionada de la vida, de la escuela, del engaño que funcionó para que no pudiéramos ir a verlo. Esa fue mi última marcha, mi último “acto revolucionario”. A partir de ahí mandé todo a la mierda y más nunca me dejé usar por el sistema; me habían traicionado bajamente. Con el tiempo superé lo de Leonel aunque nunca me atreví a ir al cementerio. Supongo que aún me siento culpable de haber peleado con él.

Mi papá preparaba su salida del país y me pidió que pasara las vacaciones en su casa y así lo decidí.

Y así se acabó el 8vo grado, dejando atrás mi último gran problema, mi última pelea, mi primer beso húmedo, los primeros amigos, la primera pérdida, el fin de mi niñez y el principio de mi adolescencia.

– FIN –


Ese animal llamado Hombre – IV

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Sir Francis Bacon

Percepción e inteligencia intrapersonal.

– ¡Me vas a volver loco! ¿No quedamos en que íbamos a la casa y cuando regresáramos entraríamos a la farmacia? – me dijo él casi gritando, se sentía mal por el resfriado.

– Está bien, no me di cuenta… – respondí yo con cara de pucheros.

La discusión venía desde que nos montamos en el auto pero se vio interrumpida al entretenerme disociarme con la vista de un recuerdo de mi Cuba querida.

– ¡Mira, mira tuti! ¡Un hombre en una bicicleta con motorcito! ¡Mira como echa humo! – dije emocionada al recordar los riquimbilis de mi patria.

– ¿Dónde?

Ya el hombre doblaba la esquina y lo perdí de vista. Pusieron la luz verde en ese preciso instante y doblamos, divisando al hombre de nuevo, un poco más adelante.

– ¡Ahí, ahí! – señalé yo con el dedo sin dejar de mirarlo. Era un señor maduro – lo que se dice ocambo en Cuba -, vestido de blanco con un chort, un pulover y una gorrita estilo volchevique.

– Ah si – me dijo él al verlo. Todo ocurrió en segundos.

– Míralo como se cambió de senda sin mirar para atrás.

– ¡Pero será comemierda! – un van con claras intenciones de llevarse la roja frenó con todo. El hombre se había cambiado de senda en el preciso instante en que pusieron la roja, supongo que con el objetivo de entrar a la izquierda, como si las bicicletas no se rigieran por las leyes del tránsito.

– !Ay, le va a dar¡ ¡Le va a dar! ¡Le va a dar! – grité yo apuntando a la escena con mis dedos.

– ¡Le dio!

Todo ocurrió en fracciones de segundos, mientras llegábamos al semáforo en rojo. El van frenó en seco y zigzagueó antes de impactar al hombre que cayó al suelo enredado con la bicicleta. Nos detuvimos al lado del incidente pues todo ocurrió en la senda al lado nuestra.

Las dos chicas que iban en el van se bajaron asustadas, el hombre se levantaba sin ayuda, estaba bien. La rueda de atrás de la bicicleta se jorobó pero él no perdió ni la gorrita. Solo tenía un rasponazo en el codo derecho y les hacía señas de que estaba bien, de que no le había pasado nada. Pusieron la verde y al ver que no fue nada grave, proseguimos.

– Tuti tienes unos ojos, por poco matas al hombre – me dijo él.

Yo comencé a llorar.

Y con esta anécdota, fresquecita pues ocurrió ayer 14/3/12, comienzo mi reflexión y/o muela 🙂 sobre la psiquis humana, esta vez sin saber realmente de qué quiero hablar ya que me metí en la wiki a leer sobre algunos fenómenos y salté de tema en tema y ya ni sé por donde iba la cosa, pero bueno, hagamos el intento.

Es sabido que yo soy atea y que no creo en poderes divinos y ese tipo de cosas por lo tanto, queda claro que la clarividencia, las visiones, la telepatía y todas esos cuentos de midiums están descartados; no son “el tema”. Vaya, qué misticismo! jajajaja! Ya en serio…

En mi cabeza no cabe la posibilidad que de ninguna manera mis acciones hayan causado, directa o indirectamente, el accidente del señor pero el suceso me trajo algunas dudas y deseos de analizar la mente humana, como me ocurre de vez en mes. Siempre me ha gustado el psicoanálisis y leyendo hoy, saltando de tema en tema como las pulgas, llegué a una terminología que no conocía de nada pero que aplica a mi personalidad. Nunca había leído o escuchado sobre ella pero tiene que ver conmigo y con mi personalidad: Inteligencia intrapersonal – I.I a partir de ahora para abreviarla (después les hablo más del tema).

Disculpen si me vuelvo incoherente y si no encuentro un punto fijo de atención en este post pero me quedé fundía leyendo, jajajaja! y aún no sé qué quiero expresar. Siempre me he preguntado qué es un deja vú y por qué sucede, así mismo me interesa esa sensación de que “algo va a suceder” que al menos a mi me sobreviene a veces; según la wiki se puede asociarse a la intuición o puede verse como premonición, siendo parte de la percepción extrasensorial.

También me he dado cuenta de que habemos personas más perceptivas e intuitivas que otras – algunas como yo nos damos cuenta y otros, amén de ser de esa manera, apenas conocen este fenómeno – y aunque no sé explicar el por qué, me imagino que ahí es donde entran en el juego la inteligencia interpersonal y la I.I.

La inteligencia (del latín intellegentĭa) es la capacidad de entender, asimilar, elaborar información y utilizarla para resolver problemas. El diccionario de la Real Academia Española de la lengua define la inteligencia, entre otras acepciones como la “capacidad para entender o comprender” y como la “capacidad para resolver problemas”. La inteligencia parece estar ligada a otras funciones mentales como la percepción, o capacidad de recibir información, y la memoria, o capacidad de almacenarla.

La I.I es la capacidad de comprenderse a uno mismo en profundidad pudiendo así dominar los propios sentimientos, dándoles nombre y usándolos para relacionarse con los otros. Así, la capacidad de diferenciar entre un sentimiento y otro, educándose uno mismo y llegando al conocimiento profundo de la propia personalidad. Ufff! ‘Ta complicado y aunque parece sencillo, no es tan así. En aquel post Simplemente yo, algunos de ustedes me comentaron que les era difícil hacer un análisis tan detallado de sí mismos. Leyendo hoy llegué a la respuesta: I.I.

Según Howard Gardner existe la inteligencias múltiple y se separa en 8 tipos pero eso lo leen ustedes si quieren pues no quiero extenderme con la baba. El caso es que todo individuo posee una grado de inteligencia dado y cada una de estas inteligencias por separado nos pertenecen también solo que la magnitud alcanzada va en dependencia de muchos factores como la vocación y los intereses personales.

Volviendo a la I.I, a la percepción, la intuición y los fenómenos que no entienden nuestras mentes y por supuesto, al accidente del señor… a veces me pregunto si esas casualidades en las que uno ve algo o dice que algo sucederá y realmente sucede, tendrán algo de premonitorio. No me refiero a las visiones ni a escuchar voces del más allá que te dicen algo, me refiero meramente a esa sensación de ansiedad, de estar adelantado en el tiempo aunque sea solo un poco, a presentir “algo” que al menos yo no sé qué es.

Lo que sucede como dejà vu podría verse como una sobreactividad del cerebro en ese instante, un desenganche entre este y los sentidos donde él percibe a una velocidad inimaginable, inexplicable en términos de espacio-tiempo pero aún así manda la señal a los sentidos y estos entonces entienden el suceso como algo retardado o simplemente, doble. Oh dios, ya estoy desvariando! jajajaja!

Me vuelvo a explicar para que no piensen que se me frió el cerebro ni nada de eso, jejeje! Lo que sucedió con el señor solo me sirvió para preguntarme ciertas cosas, hasta hoy no me he sentido “vidente” ni nada por el estilo pero se me activó la curiosidad y quise comentarlo con ustedes.

En definitiva, me da la impresión de que el post no tiene ni pie ni cabeza pues a mí misma me ha dejado más lagunas y dudas que antes y probablemente no les resulte interesante a ustedes. Me perdonan pero a mi me apasionan estos temas y me sucede que cuando hablo o escribo sobre algo que no entiendo, cuando lo verbalizo en voz alta o en mi mente, me es más fácil a mí misma el comprenderlo.

Bienvenidas sus opiniones sobre este tema tan “metatrancoso” 🙂

***

Piensa como piensan los sabios, mas habla como habla la gente sencilla.

Aristóteles


Una niñita en La Víbora – VIII

El conflicto entre la necesidad de pertenecer a un grupo y la necesidad de ser visto como único e individual es la lucha dominante de la adolescencia.

Jeanne Elium

Lo malo de 8vo grado.

Esta vez fue Marian quien cayó en la nueva aula conmigo y se suponía que seríamos las mejores amigas… se suponía.

Recuerdo que al comenzar el 8vo grado fue que me afeité las piernas por primera vez, comencé a ir a la peluquería todos los fines de semana a que me hicieran rolos y torniquetes que me dejaran el pelo amoldado e hidratado. Supongo que ahí fue que comencé a ser una señorita, una adolescente, una mujercita. Antes no me había preocupado nunca por cosas como arreglarme las uñas o pintarme los labios pues era una niña y tenía necesidades de niña. Mi padre me siguió llevando a la Feria del Libro y seguí leyendo muchísimo; eso me ayudó a madurar.

 En esta nueva aula de gente rara y hordas de brutos me sentía algo fuera de lugar pero me adapté. Después de pasar por aquel infierno el año anterior, nada podría hacerme sentir mal… o eso pensaba yo. Enseguida Marian se unió a las demás muchachitas del aula y les contó de mi amor por Daniel y una de ellas, la “alpha” del aula, se ofreció a ayudar. Fue ella, de hecho, quien le dio el famoso chismógrafo a Daniel para que lo llenara.

Realmente no recuerdo cómo ni por qué esta muchacha comenzó a hacerme la guerra y no entiendo por qué Marian, siendo una muchacha tan buena, se alió a ella. El caso es que me molestaba a diario y era un infierno, los ataques eran constantes y la envidia a la que estaba sometida no me dejaban en paz. Yo fui muy agresiva en mi niñez más temprana por lo que veía en mi casa pero mi personalidad se había tornado suave, era más diplomática que violenta para esas fechas.

Fuimos a la escuela al campo y recuerdo que ya el chantaje era mucho, me robaban la comida e incluso se la comían en mi cama, dejando la suciedad allí. Mis padres se enteraron de los problemas y fueron a hablar con los de ella; casi se arma en la guagua pues ellos reaccionaron muy mal educadamente y mis padres son de armas tomar también. Al final no pasó nada pues la maestra que estaba al frente de nosotros en el campamento era otra desfachatada, chusma y bandolera como aquel grupito de adolescentes insufribles.

Al regresar la hostilidad empeoró. Hubo un incidente que me ganó la admiración de una buena profesora y hasta un nuevo amor. Les dio a los diablos uniformados de mi aula por echar “flor de peo” en todas partes. Así se le llamaba a la flor de un árbol inmenso que al abrirse olía a flatulencia y para mi el olor era insoportable. Siempre he tenido un olfato delicado y agudo y ese olor me atormentaba. Mi aula era incontrolable y ni los profesores podían ponerle correctivo a los muchachos.

Una vez pusieron estas flores en mi mochila y casi me da una cosa. No sé de quién fue la idea pero ese día me jodieron bastante y no supe quien fue así que no pude resolver el problema. Un día en clase de Física era insoportable el olor y yo no podía parar de quejarme y la profesora, encabronada por todo me dijo que si no me gustaba el olor podía irme. Cuando me dijo eso cogí un insulto y me levanté, salí por la puerta como alma que lleva el diablo, dando un portazo que aún debe resonar en las tardes de 10 de Octubre. Caminé irascible hasta donde vivía mi mamá, como a 15 cuadras de la escuela pero ni me lo sentí; así era la rabia que me consumía.

Al llegar mi mamá dormía pues en ese tiempo hacía guardias de noche, pero al verme llegar roja de ira y de llanto se despertó y escuchó mi historia. Me sentí tan humillada, tan ofendida. Supongo que esa fue la primera vez que fui consciente de la “injusticia” que impera en el mundo. ¿Cómo aquella profesora desgraciada iba a decirme que me fuera del aula a mi, por mucho la mejor estudiante del aula? Simplemente por no tener los pantalones de poner orden. Uffff! Mi mamá se vistió y regresó a la escuela conmigo. Yo esperé fuera mientras ella hablaba con la maestra.

No recuerdo qué le dijo ni qué respondió la profesora, solo sé que mi mamá fue muy lógica y respetuosa, pero no dejó de ponerla en su sitio por eso. Entré al aula y mi mamá se fue. En la próxima clase yo era monitora de Física y la profesora me tomó mucho afecto después de aquello; sin dudas yo era la mejor del aula.

La cosa con Lizzy, la chiquita esta que me molestaba, llegó a su fin un día que ensucié una silla con los pies y resultó que “era su silla”, cosa que no era cierta pero evidentemente ella ya no soportaba más. Me esperó a la salida de la escuela y nos enredamos a los golpes. Me mordió un brazo dejándome una marca que me duró unos años, recordando la rabia que le tenía. La marca desapareció con el tiempo al igual que mi odio por ella.

En la escuela se enteraron de la bronca, llamaron a nuestros padres, a otras niñas del aula que eran “testigos”, intentaron ponerme como la mala pero mi conducta, mis calificaciones y mi manera de proyectarme fueron más que suficientes para probar mi inocencia. Su bajo nivel, su chusmería y sus notas mediocres la dibujaron como la adolescente revoltosa y busca pleitos. Todo quedó ahí y aunque la hostilidad nunca se fue, los problemas si.

Hace 3 años antes de venir para acá, la vi con un muchacho en la cola de Cinecittá, detrás o delante de mi y mis amigos. Sentí deseos de patear su cara por un instante pero recordé que tenía 20 años y que ya no sentía nada.


Una niñita en La Víbora – VII

Siempre he tenido la sensación de que todos estamos más o
menos solos en la vida, sobre todo en la adolescencia.
Robert Cormier

Todos odian a Yesi.

Al terminar la primaria nos ubicaron basándose en nuestras direcciones. Yo vivía en la esquina de Carmen y Saco y en esta última, bajando tres cuadras, estaba la Primaria-Secundaria-Teatro Mariana Grajales. La Enrique José Varona, a donde fue Daniel pues vivía a una escasa cuadra de distancia, quedaba bajando por Carmen a tres cuadras también. Allá me fui con Yulima y Marian, una muchacha que conocí en 4to grado junto a Thais en esa misma escuela y ellas fueron mis “amiguitas” por ese tiempo.

No sé si ya les conté que la Mariana era la secundaria de la high-life y que cada chiquill@ engreíd@ – posteriormente adolescente y joven cretin@ – de La Víbora iba a parar allí. De esta etapa no recuerdo bien los nombres ni el grupo, solo recuerdo detalles desagradables y malos momentos; el cerebro olvida lo que le hace daño, supongo.

Yo siempre he sido diferente y ya hablé de los episodios de “todos odian a Yesi” que me han perseguido desde pequeña. El primero que recuerdo fue en san francisco – 3ro o 4to grado – cuando todas las niñas del aula se pusieron en mi contra y formaron “el grupito de la Chiqui” pues había una niñita muy bajita que era la líder o algo así. Todo fue porque me hice noviecita de un muchachito muy cotizado – noviecitos de nombre nada más – y él quería también con otra muchachita que andaba en ese grupito. El caso es que yo terminé con el chiquito pero me quedaron de enmigas las niñas, qué suerte la mía! Después de eso sucedió lo mismo cuando Daniel aunque la hostilidad allí se practicaba más diplomáticamente.

El tercer suceso y el peor fue en 7mo grado. Recuerdo que en esa aula habían algunos muchachos muy insoportables, detestables, abominables: Alejandro, Dennis y David. Alejandro era chiquitico y feo como el co*o de su madre y rubio pelado a la calabacita pero ya tenía esa expresión en la cara de delincuente juvenil aún proviniendo de una familia apoderada; era todo un déspota. Dennis era muy blanco y de pelo negro, gordito y apingustiante! Un día mis padres fueron a hablarle porque el acoso era constante y descubrimos que lo que tenía era un flechazo conmigo. Di tú! La edad de la peseta puede ser mortal a veces. David era alto, de nariz aguileña, bien parecido, un poco menos inmaduro que los otros pero cuando se unían era una catástrofe.

Recuerdo que les daba por prender alcohol bajo las mesas y lanzar por las ventanas a los carros que pasaban por Santa Catalina, condones llenos de agua u orine y tablas de las mesas que despedazaban. Eran despreciables pero no solo ellos, las muchachas también. Supongo que me chocó el cambio de primara a secundaria, de niña a jovencita. Las niñas del aula de Maritza eran muy coquetas pero eran niñas aún. Estas muchachas de 7mo grado se creían mujeres hechas y derechas y pretendían actuar como tal.

En este grado me odiaron de gratis pues seguía enamorada y soñando con Daniel – cosa que solo Yulima sabía – y no tuve ningún amorío así que no podían odiarme por un muchacho… creo. El caso es que el ambiente era opresivo y ese año no disfruté muchas cosas. Recuerdo que me refugié en los libros, la televisión, la música y los estudios. Siempre estaba leyendo y eso era algo que esa horda de adolescentes maleducados no podían perdonarme. El ser inteligente y hermosa – aún con mi físico de niña ya que vine a usar sostén a los 14 años – era un pecado capital en esa dinastía casi salida de un parvulario.

Este año me hizo más callada y me recluí en mi interior. Comencé a madurar. Pasaba mucho tiempo en la sala de la casa de mi abuelita, rodeada de libros y libretas. Allí comía, allí jugaba, allí estudiaba, solo me iba a la cama a la hora de dormir. Escribía poesías sin parar y escuchaba mucho a Cristian Castro y Mónica Naranjo mientras aún lloraba a Daniel. Dibujaba e inventaba revistas, hacía cuquitas y soñaba que aquella no era mi vida.

También fue una etapa difícil porque estaba sola con mi abuelita. Mi mamá no vivía conmigo y la veía muy poco, su nueva ocupación era su esposo y la dependencia que tenía de él. Mi papá venía a verme entre semana y me llevaba a comer y a las tiendas, me compraba muchas cosas pero estaba muy ocupado cayéndole detrás a mi mamá y no me daba la verdadera “atención” que yo necesitaba. Mi abuelita hizo lo mejor que pudo y me mantuvo a flote, no me dejó caer.

Terminando el 7mo grado fue mi hermano a Cuba por primera y única vez. Mi papá hizo en dos semanas lo que no hizo en mis – hasta ese momento – 13 años. Puso ventanas y puertas de hierro y zinc galvanizado, pintó la casa y les dijo que no se preocuparan que él los iba a mantener los 15 días que estuvieran en Cuba – iban mi hermano con su madre y la otra hija de ella -. Yo estaba en pruebas finales y me recuerdo sentada en la puerta cerrada de mi casa, con mi uniforme y mi mochila al hombro, acabada de llegar sola de La Víbora, leyendo un libro para la prueba del día siguiente mientras esperaba por la familia feliz que no llegaba. Así y todo salí muy bien en las pruebas aunque no hubo química con mi hermano.

Él tenía 18 años y aunque su hermana era apenas unos meses menor que yo y se llevaban de los mejor, entre nosotros no se creó ni el más mínimo vínculo de afecto. Yo era una niña y no entendía por qué mi papá andaba detrás de ellos – se quedaron en casa de unos amigos suyos a dos casas de la de mi papá y mi hermano estaba medio enamorado de la hija de esos vecinos y no quería estar en mi casa – y quería que yo hiciera lo mismo. Yo todos los días iba y alquilaba de 5 a 8 películas y las devoraba frente al televisor. Me volví una adepta del cine y vi todo lo que estaba a mi alcance. El paso de mi hermano por mi vida fue intrascendente y así el 7mo grado se acabó, llevándose todas sus penurias consigo.

Pero vino el 8vo y fue aún peor.