Archivo de la categoría: Anécdota

Una niñita en La Víbora – VI

La magia del primer amor consiste en nuestra ignorancia de que pueda tener fin.
Benjamin Disraeli

El primer amor: Daniel – III (final)

Fuimos a secundarias diferentes como dije y nunca más lo vi (durante séptimo grado) hasta que por cosas que contaré más adelante, me cambiaron de escuela y fui a hacer el octavo grado en la otra secundaria de la zona, donde estudiaba él. Por avatares del destino y la naturaleza que es sabia aunque cruel, caí precisamente en su aula. Esa era la peor aula de octavo, nuevamente y ahora me pregunto si él siempre era perseguido por grupos malos o era yo la de la maldición. Al verme después de un año, crecida, desarrollada, bella, esbelta, toda una mujercita, supe que aún sentía cosas por mí; yo también las sentía.

En mi infancia se usaba mucho una especie de juego llamado “chismógrafo” que sconsistía en una libreta donde se ponían preguntas e todo tipo, sobre todo sobre gustos, preferencias y novi@s. Yo siempre tuve y al llegar al aula y reconocer los sentimientos aún tangibles en mi amado de 12 años, le mandé el chismógrafo que llenó completamente hablando de mí; yo era la muchacha de la que estaba enamorado y a quien quería y todo tenía que ver conmigo. La felicidad me duró poco, al otro día Daniel me pidió la libreta para corregir algo y se la di y esa misma noche se apareció en mi casa y e dejó el chismógrafo con una mirada de tristeza y un beso en la mejilla: Daniel tenía novia.

Todo estaba tachado y donde figuró felizmente por un día mi nombre, ahora aparecía un “Yanet” que no me sonaba de nada y me dolía a la vez. Con Yulima precisamente me enteré de que era “la Yanet del aula de Emilia”, “la gordita?”, “esa misma” O.O Supe entonces que ella vivía justo en frente de él y que se hicieron novios en séptimo grado y que la relación era bien opresiva. Pasaron muchas cosas que no contaré porque no son mías, son de ellos y aunque yo y muchos las supimos, no me corresponde a mí divulgarlas al mundo. El caso es que ella ejercía mucho poder sobre él y aunque siempre vi en sus ojos que los sentimientos estaban ahí, nunca luchó.

Recuerdo que pasé otro curso escolar muy difícil, me perseguían los problemas y las personas problemáticas. Hice muy buenos amigos que me ayudaron a pasar por ese proceso. Y así, en enero, nos fuimos a la escuela al campo; esa fue mi primera y única escuela al campo y me la pasé genial. Después de mucho dolor y mucho sufrimiento, sobre todo al ver que Daniel y Yanet convivían a diario y eran la “pareja ideal” -que en realidad era todo menos eso pero así lucían -, un día desperté y vi a Daniel junto a Yanet por la ventana. Él le afeitaba las piernas a ella pero en mis ojos el gesto que puede llegar a convertirse en una práctica tan sensual e íntima, resultó tan vulgar y humillante que no lo resistí. Solo vi que Daniel era una triste marioneta de Yanet, que lo usaba y jugaba con él; en ese momento dejé de amar a Daniel.

Ese fue el fin de nuestra historia de amor pero mi hipocampo no olvida.

nota aclaratoria 1:

a los 16 años vi a los jimaguas de nuevo, una noche que estaba dando una vuelta por el barrio con Yulima – recuerden que me fui a los 14 a vivir a san francisco – y estaban muy cambiados. En aquel momento Daniel estaba pelado al rape, tenía algunos piercings corporales y varios tatuajes. Supongo  que estaban pasando su etapa roquera o algo así. En ese momento no vi sentimientos en sus ojos, tampoco los había en los míos.

nota aclaratoria 2: 

el años pasado encontré a los jimaguas en facebook y conversé un poco con Daniel. El rock (el atuendo de roquero) fue solo una etapa y ahora se encuentra estudiando en la Universidad de la Habana, completamente reivindicado y tiene una novia rubia y bella. Se sorprendió cuando le conté todo lo que recordaba pues él también tenía esos lindos recuerdos en su memoria. Su aspecto cambió, ahora tiene ese pelo bello y negro suyo, más largo y parece un emo pero sin tendencia al suicidio. Sigue siendo adorable.

***

ok, seguimos con la historia de mi infancia en la Víbora, no se me enamoren de Daniel (me pongo celosa 😉 )


Una niñita en La Víbora – V

El primer amor es una pequeña locura y una gran curiosidad.
George Bernard Shaw

El primer amor: Daniel – II

Daniel comenzó a querer que le diera un beso y yo aterrada pues a aquel chico, Abdel, le había dado un beso en una apuesta loca y sentí tanto asco que me quedé traumatizada. Yulima me embullaba para que lo hiciera y Daniel intentaba persuadirme con sus ojitos degatico de Shrek. Estuvimos en eso toda la tarde pero no cedí, en ese tiempo aún tenía la voluntad de decir que no, supongo que era el miedo a lo desconocido que podía ser más fuerte que otros sentimientos que no conocía hasta ese momento. El beso nunca sucedió. Recuerdo que tiempo después Yulima me contó que un día que yo no fui a la escuela, ella y Daniel se besaron jugando a la botellita (ya él y yo no éramos novios). No sé si fue cierto o si ella me lo dijo para martirizarme pero si sé que lloré muchísimo, sin que ella lo supiera y me sentí arrepentida, derrotada, traicionada.

La profesora Maritza – siempre inventiva y arrolladora – comenzó a organizar un vals para nuestra fiesta de graduación de la primaria y empezó a montar una coreografía muy linda con “Tiempo de vals” de Chayanne: Daniel y yo éramos pareja. El tiempo seguía pasando y él siguió siendo un chico muy cotizado en el mercado estudiantil. Un día Daniel terminó conmigo, solo recuerdo que fue muy dulce y lo hizo como un caballero. Luego me enteré de que era novio de Mayara, una de las bellas del aula de Maritza; pequeñita pero con unas piernas y senos espectaculares, muy linda.

Había que ir a la fiesta de traje los varones y de vestido largo las niñas. Anduve la habana entera con mi mamá buscando un vestido negro y me hicieron unos choronguitos más cómicos – que en ese momento eran la bomba 🙂 -. Con zapatos de tancón por primera vez en la vida, esbelta, regia, luciendo como una mujercita y ya sin ser la novia de Daniel, fui al baile. El se quedó anonadado, sé que me veía muy linda y me lo dijo. Bailamos el vals, nos divertimos muchísimo y posamos para muchas fotos. Existe una donde estamos algunas niñas de mi aula, mis amiguitas y yo de pie al fondo y algunos varones agachados delante de nosotras; es el único recuerdo gráfico que me queda de aquella época y allí estaba mi Daniel, siempre bello.

En mi aula se hizo una colecta monetaria para encargar una comida para todos los niños y esta actividad se hizo al finalizar el acto en la casa de Rocío, en mi cuadra. Allí comimos y conversamos por última vez, todos juntos. Yo estaba feliz y triste a la vez y decidí marcharme. Recuerdo que en la reja, saliendo de la casa de Rocío, Daniel me alcanzó y me dijo que estaba muy linda, que volviéramos a ser novios, que seguía enamorado de mí. Cuento esto y se me aprieta el corazón. Hace muchos años dejé de sentir por él pero siempre va a ser especial y ese momento tomé una decisión como si fuera una adulta. Le expliqué que iríamos a secundarias diferentes, que casi no nos veríamos, que no duraría nuestro amor de aquella manera y que era mejor así. El intentó decir algo pero calló, respetó mi decisión y más tarde lo odié por dejarme decidir. Lo odié por no luchar, por no hacerme luchar; lo odié pero no tanto como lo amé.

 … continuará.


Una niñita en La Víbora – IV

Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor.
Antoine de Saint-Exupery

El primer amor: Daniel – I

Nunca he dejado de recordar a Daniel ni lo haré pues fue mi primer amor, si, el primer muchacho a quien amé en mi vida. No recuerdo cómo comenzamos a relacionarnos ni cómo nos hicimos novios pero si recuerdo esa etapa llena de alegrías. Había un muchachito en el aula, Raúl, que hacía de mensajero y celestina, lo recuerdo con mucho cariño; está viviendo en Nueva York, tan cerca y tan lejos a la vez.

Daniel y yo nos escribíamos carticas de amor con una letra de niños de sexto grado y en hojas arrancadas de nuestras libretas; mi abuela conserva algunas, amarillas y con la letra gastada. Más que novios Daniel y yo fuimos muy buenos amigos. Jugábamos juntos a los yaquis, a la suiza y a los escondidos en los pasillos de granito beige de la escuela. Era increíble lo unidos que éramos y caminábamos tomados de las manos, él era un caballerito.

A veces él andaba despeinado y yo intentaba ordenar su cabello negro y hermoso. Su piel era muy blanca y sus ojos oscuros como el pelo. Los labios eran muy rojos y uno de ellos ostenta una sexy cicatriz (que se hizo corriendo en una iglesia cuando pequeño, al caer y golpearse con un banco) que me ha quedado como fetiche del cual no me puedo librar. Sus manos eran bellas, delicadas y grandes, de dedos largos, muy flexibles, increíblemente flexibles; a veces me asustaba con lo mucho que podía virar sus dedos sin la más mínima muestra de dolor.

Recuerdo que él se sentaba detrás o delante de mi y me extendía la mano y yo lo acariciaba mientras transcurrían las clases, ¡era tan tierno todo! Nos besábamos mucho en las mejillas, nos sentábamos uno frente al otro y nos tomábamos de las manos, mirándonos, nos acariciábamos las rodillas, todos gestos tiernos e infantiles pero lo hacíamos con mucho amor (al menos yo lo hacía con mucho amor). La relación era muy fraternal pues yo no tenía la madurez ni la edad suficiente como para ir más allá. Él necesitaba más.

Un día decidimos encontrarnos en el Parque de los Chivos para dar un paseo y jugar un poco. Este es un parque bello, de esos que solo existen en Diez de Octubre, lleno de árboles ancianos y sugerentes, bancos, caminos. En ese lugar hay una famosa discoteca de La Víbora, el Túnel. Encima hay un pequeño parquecito y en un nivel superior hay una especie de terraza – en ruinas – con un bar y espacio suficiente para hacer una gran fiesta. Todo el lugar está destruido desde aquella época pero para jugar es perfecto. Yo invité a Yulima para que me hiciera compañía ya que ambas vivíamos bajando la loma de Saco (el parque queda a la esquina de Saco y Patrocinio, esta última donde vivía Daniel como a 4 cuadras de ahí) y en nuestro romance fuimos a parar allí arriba.

 … continuará.


Una niñita en La Víbora – III

La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.
Mario Benedetti

6to – 36, un aula “interesante”.

El grupo 34, ahora de sexto grado, fue dividido y los alumnos fuimos distribuidos por los tres restantes grupos, 33, 35 y 36. El aula 33 era la de la profe Maritza, el aula de las niñas más bonitas, desarrolladas y ‘pícaras’ de 6to grado. Para allá fueron Thais y Paola: la primera vivía al doblar de mi casa y nos conocimos en una de mis temporadas en la Víbora por allá por 4to grado, la segunda era la chica más popular del 5to – 34, quien siguió siendo popular y se unió al club de las bellas-pícaras.  Emilia era la profesora del 35 y para allá se fue Yulima (la muchacha de facebook) que no la pasó tan mal pues allí estaba Olga, una antigua amiguita de años anteriores. El 36 era el peor grupo, el más rezagado, el de los alumnos menos “convencionales”; allí caí yo O.O

Recuerdo que por 5to grado yo tuve mi primer enamoramiento furtivo y lo confieso, fue con el chico más popular de la escuela. Abdel Ávila Castillo no era nada del otro mundo, analizándolo ahora. Era más bajito que yo, su nariz era horrible y su voz me daba dolor de cabeza pero, yo nunca me había enamorado y supongo que su personalidad de precoz casanova me llamó la atención. Recuerdo que me mandó a decir “si o no” – popular manera de pedir noviazgo que se usaba en mi época, no sé si habrá cambiado – y le dije que si, emocionada. El muy perro me hizo pasar una pena a los 20 minutos, vociferando desde la puerta del aula un “ya no quiero estar más contigo” y se hizo noviecito de Paola; ella si besaba.

No crean que cuento esto con rencor, de hecho me estoy riendo porque las cosas de los niños son tan graciosas y hermosas. Paola era una de esas niñas encantadoras por su personalidad revoltosa aunque no era bonita. Tenía el pelo muy largo y lacio y era muy delgada, la menos desarrollada de todas nosotras pero era coqueta y siempre sobresalía; su rasgo característico: unos labios prominentes pero muy prominentes. Las demás niñas y los varones que no sucumbían a sus encantos nos referíamos a “la bemba de Paola” con desdén, envidia y hasta roña, jajaja! Ella se quedó con Abdel y se corrieron rumores de los besos que se daban y yo… yo lo superé.

En mi nueva aula estaba sola en materia de ‘amiguitas’ y allí conocí a Yaima, una santiaguera que había estado en la escuela años antes y conocía a todo el mundo – menos a mi que estaba allí desde 5to, el año en que ella estuvo por stgo – y era muy sociable y muy buena muchachita. Solo pasaron conmigo algunos varones del aula, casi parecía una broma del destino todo aquello.

El 6to – 36 era un aula interesante, como les dije, por sus alumnos. Además de ser los más brutos de todo sexto, estaban los varones más revoltosos y barulleros y otro grupito de hembras-estrellas aunque eras subordinadas de las del aula de Maritza. Además de todo esto, en mi nueva aula habían varios jimaguas pero no eran jimaguas comunes y corrientes, era jimaguas “interesantes”. Había dos muchachas, una pequeñita y la otra muy alta que eran igualitas, solo con la diferencia de la sustancial desproporción en tamaño de todo; recuerdo que tenían algún problema con la dentadura pues una de ellas (o ambas, no recuerdo bien) usaba una especie de corrector que más bien parecía un bozal mezclado con casco, que le hacía fuerza en los dientes superiores. Eran muy buenas pero eran raras, eso si. Otro par eran los dos negritos del aula y con ellos se repetía la ecuación: uno muy alto y el otro pequeñito y cabezón. Estos dos no eran igualitos y el pequeño era el cerebro ya que el grande apenas hablaba, tenía alguna especie de retraso. Y finalmente, mis dos jimaguas preferidos: Daniel y Danilo Castro González.

Danilo era el típico jimagua revoltoso, descuidado, pendenciero – y no es que Daniel fuera muy bueno, ambos eran la candela, pero Danilo iba más allá de todo – y más desorganizado. No se parecían tanto y Danilo tenía un diente partido que lo diferenciaba por completo de su hermano, de dientes perfectos y hermosos. Ellos dos eran la llama y la pólvora, juntos armaban una revolución en aquella aula.

Recuerdo que un día en el receso una de mis amiguitas (no recuerdo quien pues nos reuníamos las que habíamos sido separadas a merendar juntas) me preguntó quién era el varón que me gustaba y yo respondí que ninguno; era cierto. Todas se confesaron y no aceptaron un “no” por respuesta así que dije que pensaba que el jimagua era lindo, recuerdo que ni siquiera sabía su nombre por aquel entonces. Como todo, el rumor llegó a oídos de Daniel quien, súbitamente, se interesó en mí.


Una niñita en La Víbora – II

El buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior.
Maruja Torres

El profesor ‘Yosvany’.

En quinto grado todo fue muy tranquilo, supongo que ese cambio tuvo mucho que ver con mi profesor preferido: Iovanny García Enrique. Él era un joven alto – altísimo para nosotros, parvulitos de quinto grado que no llegábamos al metro 50 -, delgado, de cara y maneras dulces, muy afable, muy “profesor”. Cursaba su último año de la carrera y nosotros fuimos sus “prácticas docentes”. Era profesor – maestro primario pero lo llamo profesor porque se lo merece más que todos los que han pasado por mi vida – de ciencias y nos impartía matemáticas, ciencias naturales, geografía y educación laboral.

Recuerdo que todas las niñas del aula morían de amor por él pero yo les confieso desde lo más profundo de mi alma que jamás sentí nada así. Mi relación con el profesor “Yosvany”, como le decían todos – incapaces de pronunciar bien su nombre correctamente,  así somos los cubanos -, era muy sana. Él era muy dulce y muy comprensivo y supongo que me sentí confiada y en buenas manos. Era la mejor niña del aula y además, pasé por una época sensible de mi vida; era muy tímida y lloraba por lo más mínimo, me daba vergüenza defraudar al profesor. Él fue como el hermano mayor que nunca tuve, una guía en aquellos tiempos difíciles en los que solo contaba con mi abuelita, quien me criaba.

Una vez sucedió algo muy simpático pero en ese momento para mi fue la vergüenza más grande de mi vida. En la primaria las clases son de 8 am a 12.45 pm y en el turno de matemática el profesor puso unos ejercicios del libro a realizar por tiempo y a modo de competencia emulativa. Dijo que a los tres primeros alumnos que terminaran, resolviendo los ejercicios de modo correcto, los llevaría a tomar helado en la tarde a una heladería que hay en la Calzada de Diez de Octubre. Más por el reto que por el helado y sobre todo, para enorgullecer a mi profesor, terminé de primera y todos los ejercicios estuvieron correctos. Como recuerdan, era una niña brillante así que aquello no me fue para nada difícil, incluso ayudé a otras amiguitas, solapada y discretamente, aconsejando métodos de solución y razonamientos para que entendieran cómo resolver los problemas.

El profesor me felicitó y cuando salíamos del aula me dijo “Yesi, recuerda que vamos a la heladería, nos vemos por la tarde”; craso error! jajaja! lo recuerdo y no puedo parar de reír, aunque ese día lloré como nunca. Yo me despedí, agarré mis cositas y me fui; recuerdo que desde la acera se veía el edificio pasando un gran patio interior y nuestras aulas en el cuarto piso. Mis compañeros de aula se formaban delante del aula de la profesora Emilia que impartía letras, incluso les dije adiós. Llegué a la casa y mi abuelita me abrió los ojos así O.O

¿Qué pasó? “¿Qué haces aquí tan temprano Yesita?” me preguntó, jejejeje! Bueno, eran como las 11 de la mañana y por supuesto, tenía clases con la profesora Emilia hasta las 12.45 pm. Supongo que la felicidad de haber ganado, el helado prometido y la despedida del profesor me jugaron una mala pasada y supuse que era la hora de irse. Se imaginarán el llanto que armé a esa hora: “yo no puedo regresar! el profesor me va a regañar! yo no me fugué!” 😦

Bueno, después de mucha psicoterapia y muchas lágrimas mi abuela me llevó a la escuela y supongo que habló antes con el profesor pues yo entré al aula con la cabeza baja y él solo sonrió y me puso su mano en la cabeza. ¡Qué vergüenza tan grande! Pero bueno, como todo cuando uno es niño, al ratico no me acordaba de nada y me fui a la casa de nuevo, a la hora correcta y regresé en la tarde y tomamos helado de vainilla. Fue muy bonito.

Pero el quinto grado terminó y con él mi felicidad. El profesor ‘Yosvany’ se graduó y lo enviaron a Ciudad Libertad. En el acto de fin de curso reunió al grupo y nos lo confesó bajito. Recuerdo que comencé a llorar y lo abracé mientras anunciaban, sorpresivamente para mi,  al alumno ganador del Beso de la Patria del 5to – 34: Yesi Lugo Zamora.


Una niñita en La Víbora – I

Casa de la Cultura de Diez de Octubre

Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido,
los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.
Oscar Wilde

Época dura.

Hace unos días me llegó en facebook  una solicitud de una amiguita de la infancia y la acepté con alegría. Fuimos lo que se llama “mejores amigas de la infancia” durante 2 o 3 años y ahora que casi cumplo 23 me doy cuenta de que realmente no fuimos amigas pues ninguna de las dos sabía por aquel entonces lo que son los amigos de verdad.

He contado algo sobre mi infancia en San Francisco de Paula pero no recuerdo haber contado que no solo viví allí. Nací en el hospital Hijas de Galicia, en el municipio 10 de Octubre porque es el que le tocaba a mi parte de San Miguel del Padrón, creo. La relación de mis padres era tormentosa e inestable y como vivíamos en casa de mi papá, cada vez que se peleaban mi mamá recogía con sus trapos y conmigo y nos íbamos a la casa de mi abuelita que vivió con nosotros algunos años hasta que le dieron una casa por trabajar en una micro-brigada de construcción.

Viví en La Víbora cortas temporadas de segundo y cuarto grado, cuando conocí a Yulima – la de la solicitud de facebook –  y a otras niñas que entraron en mi vida. Regresé a San Fco y volví definitivamente (o eso pensaba) en quinto. Déjenme explicar algunas cosas antes de seguir con la historia.

Ya dije que la relación entre mis padres era caótica, pues esto hizo estragos en mi personalidad que ayudaron a formar a la persona que hoy soy, pero cuando era una niñita, pasé por etapas difíciles. Primero que todo, mis padres eran muy violentos en sus altercados, físicos y verbales. Recuerdo que en mi Historia Clínica (un libro que recoge la historia médica de cada persona en Cuba y donde los doctores dejan sus comentarios sobre diagnósticos y padecimientos) había notas de psicólogos fechadas entre el 94 y 95, si mal no recuerdo, reflejando mis problemas más íntimos. Como yo era una niña no estaba consciente de aquel oprobio pero al crecer y tener acceso a la HC leí y me avergoncé de mi vida y de mis padres.

Se clasificaba a mi papá de “alcohólico” y a mi mamá de “abusada”, yo era una niña “nerviosa y agresiva” y todo era verdad, pero en palabras tan impersonales y técnicas sonaba aún peor. Recuerdo vagamente – y sobre todo porque mis padres me lo refrescan cuando pregunto – que desarrollé lo que llamaron una “tos nerviosa”; no dejaba de toser, pero obviamente era una tos forzada pues no tenía catarro, alergias ni nada por el estilo, era simplemente una respuesta defensiva y compulsiva de mi cerebro ante tanto problema. Me refugiaba en mi propia tos. Estuve así algún tiempo hasta que se me quitó como mismo apareció, súbitamente.

En mi expediente estudiantil también dejaban sus impresiones mis maestros – ¿a quién se le habrá ocurrido documentar todo en Cuba? ya esa práctica no debe existir -. “Es una niña muy inteligente y buena pero es muy conversadora”, “es excelente pero no deja que los demás niños se concentren”, “es brillante pero muy agresiva”, “rápido aprendizaje pero sus relaciones con los demás niños no es buena” y así, mil elogios acompañados de un pequeño comentario que reflejaba “problemas de personalidad”. Todo cierto también. Era buena pero muy intranquila, supongo que la dinámica del aula era muy lenta para la velocidad con que vivía en mi hogar y no sabía qué hacer con el tiempo.

En San Fco tuve mi primer episodio de “todos odian a Yesi”, jajaja! No sé por qué esa circunstancia me persigue incluso hoy día, claro, en menor medida pero aún tengo ‘imán’ para caer mal – supongo que quedaron secuelas o.O -. En La Víbora sucedió muchas más veces, comenzando en sexto grado. Déjenme llevarlos ahí pero primero conozcan a alguien muy especial.


Una ramita de pino…

Entré al comedor a las 12:59 pm. Al abrir la puerta me recibió un aroma delicioso. Aunque es el comedor, el aroma no hacía relevancia en lo absoluto a algún comestible, o eso creí.

Fue un olor frutal, fresco. Olía como a hierbas frescas o frutas. Olfateé despacio, recopilando todo el olor que pudiera procesar mi cerebro. Peras? Piñas? No… mangos? si, el olor era como a mango o eso me pareció pues lo dije en voz alta. Quienes estaban almorzando me miraron como que O.O y se miraron entre ellos. Sentí un poco de oculta vergüenza. Jamás había respirado aquella fragancia.

En mi despiste no reparé en que dos muchachos del almacén sacaban un arbolito de la malla protectora en que viene envuelto. Medía más de 7 pies y era muy verde, hermoso. Esa fue la primera vez que vi un arbolito de verdad, no de plástico. Su forma era perfecta. No se si todos son perfectos o solo los que clasifican y escogen para vender, no tengo ni idea.

Una muchacha del trabajo me estuvo comentando que ha estado trabajando a medio tiempo en un lugar donde venden arbolitos aquí en Miami llamado “Frirefighters Christmas Trees Lot”. Hizo varias anécdotas sobre familias que fueron este fin de semana, entre ellas una que destacaba por sus interesantes sombreros. Dice que eran una madre con 4 muchachitos pero lo más gracioso es que cada uno tenía un sombrero de animalito. Se fijó en que la mamá llevaba uno de venado y los niños de ardillitas, castores y mapaches.

De vuelta en el comedor, anonadada con el olor tan suave y apacible, decidí sacar unas papitas de la máquina de snacks y vi en el piso una de las ramas del arbolito. La recogí y me dio por olerla.

Wow! De ahí provenía el olor!

Conversando sobre el tema comprendí que ese es el objetivo de tener arbolitos reales, de pino. Huelen tan bien que ambientan la habitación y por eso es que los prefieren los americanos. Jamás había olido un pino, ni siquiera se si en Cuba tenemos esta variedad aunque no lo creo, pues he visto coníferas en las regiones más occidentales del país pero no esta en específico. Solo se que el olor es increíble y me ha llenado la tarde de paz. Sip, no hay ambientador, vela o incienso que rescate ese olor tan suave y delicado, aunque tan perenne. Es un olor a vida, a viento, a nieve, a paz.

Antes de que terminara de almorzar, barrieron todo el comedor, recogiendo todas las ramitas y hojitas. Ya cuando me iba, arranqué una ramita y me llevé un pedacito de verde, un pedacito de vida en el bolsillo. Nunca había robado nada, he hecho no lo hice, pero me sentí bien al apropiarme de una ramita de pino   🙂


De ríos encantados y piedras preciosas – 2

Se habrán dado cuenta de que solo hablé sobre las piedras preciosas antes; me faltó contarles sobre el río encantado que teníamos en la cuadra. Como les dije, pocas veces me dejaba mi mamá salir del patio pero eventualmente fui creciendo y tuvo que acceder a que dejara mi feliz confinamiento.

La cuadra mía es laaaaaarga, ya lo saben y mi casa queda casi a mediación. Llegando a la esquina de abajo – justo en mi senda y frente al placer que por ese entonces era yermo y hoy día es una mini finquita que un vecino sembró de aguacates y guayabas -, atraviesa la cuadra un río. No crean que lo que pasa por mi cuadra es un delicado y puro manantial ni nada por el estilo. En Cuba también se le dice río a los surquitos de aguas albañales y pútridas que guardan todo tipo de alimañas y transportan cualquier desperdicio arrojado por los inconscientes vecinos desde las ventanas de sus cocinas. Es decir, una fosa, pero todo el mundo le dice “El Río” y corre por todo San Francisco de Paula, desde el reparto “La Prosperidad” atravesando la Calzada de Güines y hasta “Revoredo” (supongo pues nunca seguimos el río más allá de nuestra cuadra).

En aquel momento, ninguno de nosotros compredía lo que era una fosa y como todo el mundo le llamaba “El Río” nosotros lo hacíamos también. Recuerdo que a cada extremo de la calle hay un pedazo grande de prefabricado de concreto que hace las veces de mirador. Allí jugábamos todos y competíamos en saltos y carreras e incluso intentábamos bordear el río. Este venía de la calzada, pasando por al lado del placer y allí nos metíamos los muchachos, entre los chivos de los vecinos que pastaban plácidamente y sorteábamos el eterno yerbazal y los tanques cortados a la mitad, por donde nos colábamos, pretendiendo que todos aquellos impedimentos se sumaban a nuestros juegos y nos la ponían difícil para probar nuestra audacia de mocosos entrometidos.

Recuerdo que muchas veces alguno de nosotros cayó en el ‘río’ – y estamos vivos y sanos de milagro, dicho sea de paso -, seguidos de la inevitable zurra de nuestros padres por “ESTAR METIDOS EN EL CONDENA’ O RIO COCHINO ESE, CHICO!!!!!!!”, jajajaja! Y esto me lleva a otra mini anécdota dentro de esta.

Mis mejores amiguitos de la cuadra eran Yenisleidy y Yenier Alvarez Valladares, dos hermanitos que se criaron conmigo. Ella nació en Septiembre del 1987 y él es – bueno era, porque ya es todo un hombrón -, más chiquito; nació en enero del 90 (si no recuerdo mal). Estábamos jugando al trompo un día y no se por qué Yenier y yo nos prendimos de los pelos, faja’os! ustedes saben como son los muchachos. Resulta que Yenier me mordió un brazo y todo se quedó ahí pero mi mamá – todos sabemos como son las madres cubanas o.o -, me dice “OYE, LO MUERDES TAMBIEN!” y al final terminé haciendo las paces con Yenier y atrayéndolo a mi patio para morderlo yo. Así sucedió y su abuela que es una vieja zorra y mala le dijo que me tirara al río. Alguien del barrio le dijo a mi mamá que Julita – la vieja -, andaba atrás de Yenier todo el día porque iban a tirarme al río y mi mamá entonces montó guardia detrás de mi también.

Al fin, una tarde en que mi mamá estaba probablemente cocinando y no cuidándome las espaldas, la vieja que estaba por ahí le gritá a Yenier que me empujara. Estábamos parados sobre uno de los bloques de prefabricado y el pobre niño hizo lo que le ordenó la abuela pero en uno de esas premoniciones que tiene uno a veces, yo reaccioné a prisa y me quité del camino de Yenier y él, con el impulso, cayó de cabeza en la fosa.

Me da risa pero también me da lástima porque con el mismo impulso llegó el papá de Yenier, que no sabía nada del ardid fallido de la vieja, y con un trozo de manguera sacó a Yenier del río y se lo llevó a manguerazo limpio. Pero bueno, enseguida hicimos las paces de nuevo y seguimos tan amigos como siempre y su abuela y mi mamá no llegaron a cortarse la cabeza ni nada aunque nunca se tragaron después de eso, jejeje!

Pero aun así, seguimos juguetando en la fosa e intentando bordearla y llegar hasta el ‘final’. EL río hacía una curva en cierto punto y no veíamos lo que se escondía tras los yerbajos y las piedras mohozas. Cada día, prendidos de las improvisadas cercas, intentábamos seguir camino y descubrir el ansiado lugar escondido y encantado. Así fuimos perfeccionando nuestra estrategia, caminando un poquito más cada día, cayéndonos aun de vez en cuando dentro de la fosa y recibiendo palos de nuestros padres, hasta que al fin, un día inesperado – me imagino que como no dejábamos de crecer nuestra audacia y agilidad creció junto con nosotros -, logramos llegar al ‘final’ del camino encantado.

Creo que ese día el río perdió su atractivo pues descubrimos que aquel lugar encantado que tanto deseamos, no era más que la entrada a un pequeño túnel que pasaba por debajo de la calle y el río simplemente seguía su camino interminable, cosa que no haríamos nosotros para descubrir sus sobre-valorados secretos.

Nunca más jugamos en el río y los niñitos que nos siguieron, las nuevas generaciones, nunca tuvieron interés en aquel hechizante lugar que consumió tanto tiempo de nuestra hermosa niñez. Supongo que al crecer olvidamos pasarle nuestras memorias y secretos a los más chicos – con vergüenza admito -, borrando así un poco el legado que debió ser de ellos también.

Creo que ese día abandonamos un poco la niñez.