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Desnuda…

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Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias.

Hexaedro Rosa V – Ruben Martinez Villena

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III

Dolores atrajo hacia sí a Richard, que hasta ese momento había estado arrodillado a sus pies besando sus manos, y le susurró algo al oído, para luego besarlo en la mejilla. Richard se arrodilló de nuevo, muy sonrojado y, metiendo sus manos hábiles por debajo del vestido escarlata, comenzó a quitarle los botines. George se quitó la chaqueta y el chaleco y siguió besando el cuello y los hombros de dolores mientras ella sonreía y gemía de a ratos. Richard la desembarazó de las medias y comenzó a besar sus pies desnudos, centímetro a centímetro.

Alex apretó la copa de vino con fuerza y apretó los dientes, respirando profundo, pero no se movió del lugar desde donde observaba. Dolores clavó sus ojos negros en los de él mientras George comenzaba a desatar los botones a la espalda de su vestido. Richard seguía besándola toda: los dedos delicados, el empeine, los tobillos, las pantorrillas esbeltas.

George volvió a tomar la iniciativa y la ayudó a levantarse, ofreciéndole su mano. Richard se levantó también y se quedó en mangas de camisa. Dolores estaba ahora de pie, de frente a George que la besó en los labios. Richard siguió desnudándola, pieza por pieza. Primero el vestido rojo, luego el corsé de seda y finalmente el camizón. En este punto, Dolores los detuvo a ambos y caminó hasta Alex, que seguía observando y bebiendo vino. Se detuvo frente a él y con un movimiento preciso aunque delicado, desató las enaguas que cayeron por sus piernas hasta el piso, quedando completamente desnuda delante del hermano mayor.

Alex mantuvo sus ojos en los de ella y sonrió con un poco de amargura. Puso la copa de vino en la cómoda, buscó la mano de Dolores sin bajar la vista y le depositó un beso suave. Al mismo tiempo, ponía la mano en su bolsillo y sacaba un pañuelo de seda. Con un pase rápido la hizo darse la vuelta y le puso el pañuelo en los ojos y se lo amarró en la nuca. Sin hacer pausa la tomó por la espalda y debajo de los muslos y la levantó en vilo. Dolores sintió que se movía en el aire y dejó escapar un gritico. Por un momento perdió el control de la situación y luchó pero el abrazo de Alex era demasiado firme como para poder desembarazarse.

– Tranquila, Lola. No va a pasaros nada que no queráis. ¿Confiáis en mí? – Alex le susurró al oído y le besó el pelo. Ella se abrazó a su cuello y se dejó llevar.

Alex la depositó en el lecho blanco, con delicadeza. Dolores intentó destaparse los ojos pero Alex se lo prohibió con su mano. La atrajo hacia sí y situó las manos delicadas de la mujer en su solapa, indicándole, instintivamente, que comenzara a desvestirlo. Dolores no titubeó. Su esposo era un ángel, como ella les había confesado, pero no les dijo que en materias de sexo era muy conservador. En 3 años de matrimonio, nunca se vieron desnudos. Lo más audaz que pudo hacer fue desvestirlo en total oscuridad, palpando cada parte de su cuerpo. Ella nunca había estado desnuda en presencia de ningún hombre hasta ese momento.

Alex se dedicó a contemplar el cuerpo desnudo de la mujer mientras ella quitaba cada pieza con habilidad y destreza. Tenía el cabello abundante y frondoso y olía a frutas. Su cuello era delicado y desembocaba en los brazos delicados y femeninos. Su cintura era estrecha y sus caderas amplias, los muslos torneados, las nalgas redondas. Sus senos eran perfectos. Se detuvo un poco en las aureolas trigueñas y memorizó la curva provocativa del pezón a la costilla. No pudo resistir rozarla con el dedo. Ella se sobresaltó, no lo esperaba. Se mordió el labio y prosiguió abriendo los botones de la blanca camisa.

El ombligo marcaba el comienzo de su área más privada y justo allí comenzaba un surco de vellos delicados que bajaban y se perdían en el monte de venus negro, tupido y suave, donde se formaba un triángulo perfecto, divino. Era una mujer exquisita de pies a cabeza.

… continuará.

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The Lady in Red…

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I’ve never seen you looking so gorgeous as you did tonight
I’ve never seen you shine so bright, you were amazing
I’ve never seen so many people want to be there by your side
And when you turned to me and smiled, it took my breath away (…)

The Lady in Red – Chris De Burgh

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II

Era evidente que George era un casanova y esta no era la primera vez que se encontraba en esta situación. Los ojos de Richard brillaban y Dolores comprendió que, tal vez teniendo menos experiencia que sus hermanos, su imaginación no tenía límites, además, su gran conocimiento de la anatomía humana lo ayudaba a no estar en desventaja junto a sus hermanos.

Alex era un misterio. Su formación militar lo hacía parecer indescifrable. Dolores intuía que no había nada que aquel hombre no hubiese experimentado ya en su vida. Sus ojos reflejaban los incontables horrores que había presenciado pero también una agudeza increíble para comprender los azares de la vida. La incertidumbre la hacía sentirse aún más intrigada.

– Ricardo – le dijo, haciéndole una seña con la mano para que se acercara. – Todos me llaman Lola, ¿os gusta? – se quitó los guantes y acarició la mejilla del muchacho que tragó en seco.

– Mucho, mi señora – dijo él y besó el la palma de su mano.

– Lola, me encantaría veros sin la máscara – dijo George, evidentemente más atrevido y sin un  ápice de vergüenza. Ella asintió y le brindó su otra mano a Richard que continuó besándoselas con ternura. George se situó a su espalda y comenzó a desatar las cintas de seda que mantenían la máscara en su sitio. Cuando hubo terminado, tomó la delicada pieza con sus manos y dejó el rostro de Dolores al descubierto.

Era incluso más bella de lo que habían imaginado. Sus ojos almendrados brillaban, serenos e inteligentes. Sus cejas negras y tupidas complementaban la frente amplia. La nariz respingona y desafiante terminaba en un huequito adorable sobre su labio superior.

Alex se sirvió una copa de vino mientras los observaba, recostado a la cómoda. Su mirada se volvió más seria y atenta cuando George comenzó a deshacer los bucles y el cabello de Dolores comenzó a caer en cascada sobre sus hombros. Alex vio como las pupilas de ella se dilataron cuando George apartó la cabellera y depositó un beso suave en su cuello y sus propios ojos brillaron cuando a ella se le escapó un gemido suave.

… continuará.


Crímen…

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“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora.”
Mathilde – Anäis Nin
Poderosas imágenes rondaban su cabeza. Se sorprendía a cada rato, perdido en ellas.
Las pupilas, dilatadas, los ojos sin pestañear. Las manos que no tiemblan, suaves al tacto siempre. Los dientecitos, deliciosamente dolorosos en la piel y los labios carnosos alrededor de estos. La saliva líquida en el pequeño hematoma. No dejaba de pensar en la calidez y el sabor de aquella saliva en su piel. El abrazo tierno, la negativa, el recuerdo de una bragas muy mojadas y él soñando con el olor de esa miel. Los besos tenues y húmedos en el cuello de gacela. El temblor de su voz y los jadeos, gemidos que querían decir “no”. La silueta semidesnuda al sol. Las caderas como olas, la cintura estrecha, los muslos de diosa. Las nalgas de potra y las piernas fuertes de andar en tacones. El pelo en los ojos, los labios rojos, el aroma a mujer.
Toda ella era símbolo de tortura. Cada palabra le dolía en las sienes. Cada roce le dolía en la ingle. Solamente podría deshacerse del suplicio si le quitaba la vida y así lo hizo.
Un día, ya loco de furia, la tomó del brazo y la apretó con fuerza. La retuvo con sus brazos de titán y la subyugó hasta que no pudo moverse. Así, reducida a nada, apretó sus labios a los de ella y la besó por primera y última vez, mientras cerraba sus dedos largos en torno al cuello de cervatillo. Ella se retorció con todas sus fuerzas y él le clavó los dientes en los labios hasta hacerla sangrar. Los gritos se fueron sofocando y convirtiendo en jadeos guturales, hasta que el sonido de huesos rompiéndose y el peso de ella en sus brazos le confirmaron que estaba muerta.
Cuando la depositó en el suelo se dio cuenta de que había eyaculado pero aún estaba muy excitado. Le rompió el vestido y hurgó entre sus muslos, aún calientes. Estaba húmeda. La penetró con furia hasta que no pudo más y tuvo otro orgasmo. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre el cadáver de la mujer que amaba y acababa de asesinar. Comenzó a sollozar como un niño y por fin entendió que hay amores que mueren y hay amores que matan.

“Puta”

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Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo continuar espiando
dia y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan tan pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisiera yo morirme sin tener
algo contigo.

Algo contigo – Chico Novarro

– “Puta”, le dijo al oído y le metió la lengua. Ella frunció en ceño un poco. “¿No te gusta que te diga puta?” Ella sonrió y siguió moviendo las caderas contra los muslos de él.

Siempre las ponía en cuatro y a todas las llamaba “puta” mientras las penetraba profundamente. Las respuestas eran disímiles, coloridas. Todo dependía de la mujer en cuestión. Algunas se ofendían y se revelaban, entonces tenía que amordazarlas y decirles “eres puta y bien, muévete!” Otras reían maliciosamente. Alguna se volvía loca con la palabra y él lo disfrutaba.

Lo que ninguna sabía era que “puta” era el nombre de la mujer a la que en su mente se devoraba cada noche en la piel de aquellas que recibían las cuatro letras zoquetas, pronunciadas con saña y rencor.

“Puta” era la que no podía poseer y se volvió un ritual el tenerla en la carne de todas las demás. “Puta” era la que le viraba el mundo al revés con palabras cínicas e hirientes, pero lúcidas. “Puta” era la que le provocaba erecciones sorpresivas e incontrolables con su aroma de frutas. “Puta” era la que adivinaba todo lo que estaba pensando y se lo recitaba para restregarle en la cara que era dueña de su mente y no podría sacarla ni aunque quisiera.

Y mientras él asía unos cabellos rubios y susurraba el “puta” de siempre, Ella sorbía un café y se leía un libro en la tranquilidad de su cuarto, sin apenas sospechar que un hombre, en alguna lugar del mundo, la volvía eterna con una palabra.


Provocar lo prohibido…

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia. 
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso! 
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, 
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

Poema 1 – Pablo Neruda

Cuando la conoció le pareció una mujercita normal, medio aniñada, nada del otro mundo. Su hermano le había comentado lo muy enamorado que estaba y lo inteligente que era ella. No habían hablado mucho. Él solo estaba parando en la casa de ellos por una temporada, luego de su divorcio había quedado mal parado y tenía que arreglar algunas cosas antes de irse a vivir solo nuevamente.

Ella lo acogió como si fuera su hermano propio de hecho, lo mimaba bastante. Cocinaba lo que le gustaba, le llevaba el desayuno a la cama, le tenía siempre la ropa limpia y planchada. Su hermano llegó incluso a decirle en broma que le estaba robando la mujer. Todos rieron a carcajadas. Nada cambió, ¿o si?

Una noche llegó del trabajo y la casa estaba desierta, o eso pensó él. Se sirvió una copa de vino y se sentó a ver la televisión por un rato. Bebió varias, hasta que se mareó un poco y se dispuso a ir a la cama. Se sentía nostálgico, extrañaba a su mujer. Odiaba a la muy puta pero igual la extrañaba. Tenía deseos de agarrarla del pelo y cogerla de pie contra una pared como a la zorra que era.

Tal vez fue el vino o sus pensamientos que se hicieron muy reales pero sintió un sonido, una sonrisa, un gemido. Se exaltó un poco. Para él, la casa estaba vacía. Caminó por el pasillo que daba a su cuarto y vio la puerta del final entreabierta. Una tenue luz de velas alumbraba en el fondo.

Estando cuerdo jamás habría entrado en el cuarto de su hermano pero estaba medio borracho y realmente aún no sabe por qué lo hizo. Sigilosamente abrió la puerta, sin ruido. Caminó de puntillas y vio que no había nadie. La luz venía del baño. Escuchó gorgoteos y chapoleteos de agua. En ese momento fue consciente de que su cuñada estaba en casa, probablemente dándose un baño en la tina.

Se detuvo y dudó por un momento. ¿Qué estaba haciendo? Aquella era la mujer de su hermano. ¿Qué buscaba encontrar si se asomaba a la puerta del baño? Dio un paso atrás y otro. Al tercer paso ella gimió, más alto, más lento, más provocativamente. Él volvió a acercarse.

El baño solamente estaba iluminado por dos o tres velas puestas en la bañera. Su ropa estaba regada por el suelo, la tanga blanca justo al lado, evidencia lo último que se quitó antes de entrar al agua.

Y allí yacía ella, desnuda como diosa del amor. El pelo suelto y mojado le chorreaba por la frente sudada y los hombros. El agua no tenía espuma y le daba por la cintura. Sus senos redondos y erguidos se notaban recios, erectos y temblorosos. Una pierna musculosa y contraída caía por el lado de la bañera y sus dos manos se perdían entre sus muslos. Se acariciaba el sexo y convulsionaba de placer ante sus ojos atónitos.

Las mujeres son muy cabronas para dejarse ver mientras se masturban. A su esposa nunca la había visto, a pesar de haber convivido juntos por años.

Se dedicó a vacilar la escena, degustando cada movimiento de sus caderas, cada contracción de sus brazos al meterse sabe dios cuántos dedos en su maldita vagina de reina. Disfrutó de su boca, entreabierta por ratos y cerrada con fuerza a veces. Su lengua roja y brillante humectando los labios carnosos, pecadores, prohibidos.

La respiración se le hizo convulsa, nerviosa, trabajosa y llegó al orgasmo con un adorable desorden de agua y cabellos y sudor por doquier. Las mejillas se le tornaron rojas y esbozó una sonrisa de hembra complacida que hacía mucho tiempo que no veía. Echó la cabeza hacia atrás, se mesó las tetas y metió la pierna en el agua, suspirando y recuperando el aliento.

Él estaba mudo, detenido en el tiempo, envuelto en el aroma de las sales y el perfume de ella que manaba, salvaje por la habitación. Sentía su erección formidable apretada en el pantalón y la cabeza aún le daba un poco de vueltas por el vino.

Quería ir hacia ella, levantarla de los brazos, estrechar su cuerpo perfecto y mojado contra su miembro duro, dolorido y frotarse contra ella hasta explotar de placer y llenarla de su semen caliente. Quería besarle esos labios de putica y mordérselos hasta oírla lloriquear de dolor y placer. Sintió una necesidad imperiosa, instintiva y animal de reproducirse con aquella bestia hermosa que yacía a unos escasos metros de él y su gran deseo de follarla. Gruñó.

Al volver de sus ensoñaciones, los ojos negros y penetrantes de ella estaban clavados en él, no con miedo ni con susto, no con pudor. Lo miraba con un descaro impertinente, morboso. Su boca no decía nada pero sus ojos sonreían con saña. Él se sobresaltó, dio la vuelta en el lugar y salió corriendo para encerrarse en su cuarto.

Entró en el cuarto y cerró la puerta detrás de si. Maldijo, se sintió estúpido. No era como si lo persiguiera un demonio y pudiera esconderse debajo de la cama. La puerta la protegía a ella de él y sus ganas de poseerla. ¿¡Pero qué mierda estaba pensando!? Esa era la mujer de su hermano, lo había visto espiándola como un sucio criminal mientras ella… mientras se masturbaba de la forma más deliciosa que había visto en su vida. ¡Concéntrate, carajo! ¡¿Qué has hecho?!

Se mesó los cabellos como loco. Caminó de un lado al otro de la habitación por un rato, cavilando si era pertinente ir a disculparse. Podría inventarle una historia, decirle que sintió un ruido y entró por error. Podía decirle que no vio nada, pedir perdón. Pero ella lo vio, lo miró con aquellos ojos de gata. No sabía quién acechaba a quien. ¡Qué mujercita, mierda, mierda!

Se quitó la ropa y entró a la ducha. Abrió el agua, fría. Gritó al contacto helado. Aún conservaba la erección. Le dolían el cerebro y el pene. Le dolía la moral. Qué iría a pensar ella. Seguro estaba asqueada. Se sentía despreciables, bajo. El vino, seguro que fue el vino. Y claro, el tiempo que hacía que había tenido sexo por última vez. Fue con su ex mujer y fue una porquería. Fue lo mismo de siempre.

La despertó en medio de la noche, ella gruñó. Él se mojó el glande con saliva y la invistió sin aviso, sin pasión. Fue simplemente un polvo de desesperación para soltar un poco de leche y nada más. Ella no se movió, no protestó siquiera. Al terminar se echó bocabajo, se tapó la cabeza con las sabanas y lo ignoró como a un perro. Él se quedó más vacío que antes de hacerlo y sintió asco de su propia vida. A la semana estaban divorciándose.

Luego de aquello no había tenido sesos para seducir a ninguna mujer. Había salido a bares con compañeros del trabajo pero era como si sus años de matrimonio mal llevado le hubieran roto la capacidad de socializar con mujeres. No había logrado pasar de comprarle un trago a alguna chica que no le decía que no por lástima. Se lo veía en los ojos a todas. Tenía 39 años, estaba recién divorciado, no tenía hijos, casa, ni siquiera un perro y no sabía ligar. No podía estar más jodido.

Y entonces aparecía este súcubo maldito con sus piernas abiertas y su vagina llena de dedos y se le había volcado el mundo en un instante. Pero bueno, la vas a culpar ahora. Tampoco es que te llamó para que la vieras tocarse. Tú entraste en su cuarto a espiarla, borracho de mierda. Pero ella sabe que la viste y no tuvo la decencia de taparse al menos. Es como si hubiera disfrutado que la miraras. Es como si te estuviera llamando con los ojos. Como si deseara que la hicieras tuya allí, en la bañera. Te desea…

El agua seguía congelada pero su erección no se iba. Se sintió abochornado cuando decidió masturbarse pensando en la mujer de su hermano. Se apoyó en la pared con un brazo, recostó la cabeza y se llenó la mano de saliva. Se frotó el glande con firmeza, mientras intentaba pensar en cualquier sex symbol de revista. Se apretó con más fuerza y en su mente aparecieron los pezones turgentes de ella. Se le llenó la boca de saliva al imaginar el sabor de sus tetas. Moras salvajes y chocolate negro. Se mojó más la mano y arremetió con fuerza.

Se estuvo masturbando por lo que parecieron horas bajo el agua fría. Se arrodilló y cerró los ojos, imaginándosela en todas las posiciones. Rememoró su aroma caribeño y maldito. La asió de las crines en su fantasía y la cabalgó con furia hasta que ya no pudo más y eyaculó. No tuvo un orgasmo. Es como si dios lo castigara por ser tan vil. Se quedó sin fuerzas pero con más ganas que antes de tocarse.

Se acostó llorando.


Violonchelo…

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Tu sexo me sabe a naranja
a campo
a miel

Me sabe a volcán que se alza
a leyenda
a raíz que se prende a su ser
a puño cerrado
a patria
a ti

Tu sexo me sabe a mujer.

Tus sabores – Rosa Maria Roffiel

Violonchelo…

Llegó el verano. La temperatura es alta; el aire está muy denso, caliente. “Es molesto ensayar así”, piensa Isabela mientras se escurre las gotas de sudor de su frente mojada y prosigue en su apasionada lucha de notas arremolinadas. La música triste que sale por la ventana se escucha por todo el vecindario. Desde el patio, Laura la observa, sentada en la hamaca del naranjo. Sus piececitos desnudos no llegan al suelo, es pequeña para su edad. Se balancea suavemente mientras chupa una naranja. Sus labios rojos se oscurecen por la presión en la fruta, ya casi seca.

Laura tiene 16 años. Es rubia natural y su piel es rosada, parece una muñeca. Isabela es morena, su piel es blanca, pero el cabello es muy negro. El contraste llega a ser chocante a veces. Ahora sus mejillas están sonrojadas por el calor sofocante y el esfuerzo de su lírica vespertina. Su cabellera le cae por los hombros sudados, se le pega en la frente y el cuello. No se puede concentrar, hace demasiado calor. Deja el chelo a un lado por un momento y con una peineta recoge todo su cabello en un amasijo, bien alto en su cabeza. Quedan al desnudo sus hombros y cuello; desliza su mano recogiendo el sudor, que limpia en el vestido y vuelve a la carga, no se rinde. “Esta pieza es fácil, pronto la dominaré”, se dice mientras esgrime el arco sobre las cuerdas adoloridas del violonchelo, que llora su lamento al contacto.

Laura deja la hamaca, camina descalza sobre el sendero de grava. Sus pies acostumbrados a él no se quejan de la aridez de la piedra caliente. No soporta ponerse zapatos, siempre anda descalza, con el cabello revuelto. “Es una niña salvaje”, dice su madre cada vez que la ve trepada en el naranjo. Se acerca despacio a la ventana, sin hacer ruido; lánguida, ausente, mirando a Isabela interpretar ese “réquiem en re menor” de Mozart, que la tiene sumida desde la mañana. Isabela está sentada en su banqueta, con el chelo entre las piernas, el vestido remangado, descalza también.

Laura se apoya en el alféizar de la ventana, mientras lame sus dedos pegoteados por el jugo seco de la naranja. No deja de mirar a Isabela, que contorsiona su cuerpo al ritmo de la música. Mira su nuca esbelta, llena de pequeños vellos, que bajan por su espalda en una delgada línea, hasta perderse en el escote del vestido. Ahora sus ojos recorren sus caderas, y sus piernas desnudas y abiertas, su espalda arqueada, el suave vaivén de sus nalgas en el asiento. Sigue degustando sus deditos aunque ya están limpios. Una mano traviesa recorre su muslo sobre la falda, despacio, despreocupadamente. Del muslo sube al vientre, pasa por el abdomen, luego a las costillas, hasta llegar a los pequeños senos. Sus dedos dibujan círculos por sobre la fina tela, alrededor del pezón.

Isabela juega con las cuerdas y el arco, sus dedos desandan el brazo del chelo. Con los ojos cerrados escucha sus propias notas, se acerca el preludio del fin. La interpretación se vuelve delirante, convulsa, desenfrenada. Su movimiento se vuelve febril, su cuerpo es la música. La peineta que recoge sus bucles se afloja con el paroxismo de expresión corporal y sus cabellos caen por el rostro y la espalda, en cascada.

Laura apoya las manitas en el alféizar y salta suavemente, subiendo para cruzar la ventana. Se sienta y cruza las piernas hacia dentro de la habitación. Todo esto lo hace despacio, en silencio, para no interrumpir el arte de Isabela. Pone sus pies en el mármol frío del suelo, camina lentamente, sonriente, hacia la banqueta. Isabela danza con su música, su cabello revuelto perfuma la habitación, su olor de hembra sudada flota en el aire.

Laura camina hasta estar parada tras ella, y la observa, excitada, con una sonrisa en los labios y los ojos perdidos, pero no deja de mirarla sin ver. La música llega al desenlace, entre convulsiones y alaridos, cesa. Isabela queda exhausta, sus dedos adoloridos, su cuerpo cansado, su frente sudada. Laura levanta sus brazos y la abraza por la espalda, poniendo sus manitas sobre los senos redondos de Isabela.  Ella se queda inmóvil, solo respira y se deja abrazar, deja que los deditos comiencen a moverse por sobre la suave tela que cubre su busto. Laura le besa el cuello, huele sus cabellos y roza sus pezones erectos, suavemente, con la espalda sudada de la otra.

Isabela suelta el chelo y toma las manitos pequeñas con las suyas y despacio, las separa de sí. Se levanta de la banqueta y mira a Laura a los ojos, seria, insondable, distante. La contempla por un rato y la atrae hacia sí, para abrazarla contra su pecho. Isabela tiene 20 años, es alta, esbelta, es una mujer, con cuerpo de mujer. Laura en sus brazos parece una niña, pues es menuda, lánguida, pequeña.

“Quiero jugar Bella”, dice Laura, con su rostro apoyado en los senos de Isabela, así le dice de cariño. La morena toma su rostro entre sus blancas manos y la mira a los ojos directamente, escrutando, muy seria aun. Sus pupilas dilatas y perdidas, su respiración algo alterada. En sus labios rojos se dibuja una sonrisa maliciosa pero fría, su lengua recorre sus propios labios; gesto sensual y peligroso. Se acerca despacio a la carita de Laura, respirando el aliento cítrico de la jovencita. Su nariz roza la mejilla, sus labios besan la comisura de la otra boca. Se separa de nuevo, lentamente, mirando de nuevo en la profundidad de los ojos azules. Laura transpira y tiembla. Isabela vuelve a acercarse, hasta acariciar los labios con los propios, pero solo los roza, en un juego macabro, que acelera la respiración de Laura. Isabela deja salir su lengua y recorre lentamente los labios de Laura que se deja hacer, tranquila, inerte. Los entreabre y deja que la lengua de Isabela los saboree.

Isabela ejerce presión en las mejillas de Laura y esta abre más la boca. Al fin se besan, en un reguero de labios, lenguas, saliva y gemidos. Las lenguas salen de las bocas y se relamen y acarician, mientras se miran a los ojos. Isabela se detiene, mira a su alrededor y se sienta en la banqueta, atrayendo hacia sí a Laura, que ya está perdida, insana. La hace sentarse a horcajadas sobre sí, remangando el vestido y dejando al desnudo las piernas de niña. Deja que las mangas del vestido corran por los hombros, dejando al descubierto los senos pequeños y puntiagudos de la pequeña, que le quedan a la altura de la cara. Se sumerge en la piel de Laura, la olfatea, la roza, la toca, la lame, la saborea. Sus manos recorren los bracitos diminutos, los hombros desnudos, mientras su boca juguetea con los senos pequeños y excitados. Degusta los diminutos pezones, los engulle, los muerde, sacando un lamento adolorido de los labios de Laura.

Isabela deja los suyos al desnudo también. ¡Qué contraste! Los senos de Laura son pequeños, de pezones rozados, los de Isabela son grandes, redondos, los pezones marcados y carmelitas. Se pega a Laura y restriega sus senos con los de ella, los agarra con sus manos y los une, disfrutando la sensación de seda que la enloquece. Ahora es Laura la que se encorva y saca su lengua temblorosa y recorre la redondez de las bellas tetas de Isabela. Chupa por todos lados, dejando un rastro de saliva a su paso, mientras los amasa con sus manitas nerviosas.

Una mano de Isabela se desliza por su vientre y va a dar a su propio sexo, que palpita a centímetros de distancia del de Laura. Lo acaricia, por encima de la ropa interior húmeda, “mhh”, gime. Ese roce en su pubis y la boca de Laura en sus pezones la excitan sobremanera. Del suyo pasa al de Laurita, que se retuerce cuando los dedos apartan el blúmer e irrumpen en su vagina mojada ya. Se queda quieta, su lengua ya no se mueve, ni sus manos, apenas respira. Solo disfruta del esfuerzo que hacen los dedos virtuosos por entrar; su vagina se resiste un poco, pero al fin, cede. Su cuerpo se tensa completo, pero poco a poco se deja llevar y comienza a moverse, poco a poco. Sus nalgas buscan acomodarse de manera que la penetración sea absoluta y profunda. Isabela la mira mientras se menea sobre sus muslos y sonríe, con la misma sonrisa cínica y macabra. Disfruta subyugar a Laurita ante su poder, lo disfruta tanto que arremete con sus dedos, con fuerza, una y otra vez en la vagina de la joven. Laura gime desesperada, se contorsiona.

Isabela saca sus dedos embarrados de fluidos y los ofrece a Laura, que los saborea, ávida, desquiciada. Se levantan de la silla y Laura se tiende en el suelo, Isabela entre sus piernas, levanta el vestido y se deshace de la prenda interior mojada, la lanza a un rincón y aprieta sus senos contra el pubis de Laurita, que cierra los ojos al contacto. Se acomoda y vuelve a tocarla, esta vez despacio, por fuera, acaricia con sus dedos la vagina suave y mojada de Laura. La huele, la observa con detenimiento, como quien mira un tesoro. Se acerca y deja que su nariz se hunda entre los labios, que la reciben con un saltico que da Laura. Separa los labios con los dedos y saca su lengua, y recorre toda la vagina, de abajo a arriba. Laura se retuerce de nuevo, agarra el vestido entre sus manos, apretando, con los ojos cerrados y mordiendo sus labios. Isabela sigue recorriendo con su lengua, y chupando por todas partes. Abre la boca y trata de abarcar todo en un beso, pues esto es lo que hace realmente, besar la vagina mojada y palpitante de Laura, que ya está ausente. Isabela chupa, lame, succiona, muerde los labios de Laurita. Introduce un dedo sin parar su labor y baja su otra mano a su sexo, y comienza a acariciarse, en la piel viva, haciendo círculos sobre su diminuto botón.

Sigue lamiendo y moviendo el dedo dentro de Laura, deja que el segundo entre también y sigue el movimiento. No deja de tocarse ni de lamer, sigue besando todo y tocándose a sí misma. Las dos gimen, se mueven al compás de sus sexos; tiemblan, sofocan gritos. Cada vez es más rápido el ritmo, cada vez entran más profundos los dedos en la vagina penetrada, cada vez más rápido el movimiento de los dedos en el clítoris erecto, cada vez más intenso el beso de los labios sobre los labios. Se acerca el preludio del fin, y es tan convulso o más que la interpretación de la pieza en el chelo. Las carnes son las protagonistas de este concierto que se acerca al final, que entre notas agudas y repetidas está llegando a su cúspide gloriosa. Laurita es la primera que sucumbe, y se muerde la palma de la mano mientras su cuerpo intenta desprenderse de las ataduras de su carne; ella vuela, dentro de sí, vuela en una descarga eléctrica que le recorre todo el cuerpo, y su cuerpo no resiste tanto placer. Estalla.

Isabela sigue en su afán, sin darse cuenta de que ya Laura no siente, no piensa, solo yace inerte y al borde de la enajenación absoluta. Sigue tocándose, acariciándose, entre gemidos y sudor, también su pieza se acerca al fin, y acelera el roce de sus dedos en su pubis febril. Sus senos desnudos saltan, abre más las piernas, se encorva y se retuerce, ya no hay vuelta atrás. Un gemido rasga el silencio de la habitación con una acústica digna de conservatorio. Su cuerpo se tensa completo y solo se siguen moviendo sus dedos en su sexo. Convulsiona una y otra vez, primero con furia y más despacio ya, dejándose llevar solo por el impulso de sus vaivenes. Sobreviene la paz.

Ambas yacen en el suelo de mármol frío, una junto a la otra, con las ropas a medio quitar, los cabellos revueltos y las mejillas sonrojadas. Respiran suavemente, con los ojos cerrados, disfrutando del descanso, bien merecido. Así transcurren unos minutos hasta que Isabela se levanta, arregla sus ropas y toma de la mano a Laurita. Las dos se miran, ya vestidas otra vez, se besan tiernamente, se miran. Isabela toma el chelo y se sienta en la banqueta, Laura se para en la ventana, las notas tristes vuelven a fluir.

Isabela interpreta “Réquiem en re menor” de Mozart mientras Laura la mira desde la ventana y ríe, primero entre dientes, luego en voz alta, hasta que rompe en carcajadas. Se abre la puerta de la habitación y entra la madre de Laura. “Niña, deja a tu hermana practicar en paz”, le dice, mientras Laura sigue riendo como una obsesa e Isabela interpreta su melodía como los mismísimos dioses.


La insoportable levedad del ser…

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El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores.

Milan Kundera

Se fumó el último cigarrillo antes de subir al bus que lo llevaría a su casa, luego de una larga jornada de trabajo. Se sentó en el último asiento de la derecha, junto a la ventana. Tenía sueño, estaba cansado. No había dormido nada pensando en su humillación de aquella madrugada.

Hacía más de un año que quería follársela pero el tiempo, la distancia y el karma de casanova sin remedio se la ponían difícil. Era un admirador semi-secreto de su trabajo y no se perdía nada de lo que ella hacía. El invierno no era tan helado cuando ella aparecía pero las últimas nieves no habían sido disipadas con su cálido toque esta vez. Debía admitirlo: la extrañaba. Llevaba días pensándola cuando de pronto le entró un mensaje.

“Te espero”, decía. O algo así. Se puso tan frenético que trastocó la hora y el lugar y solo porque ella era un poco bruja y le dejó algunos hilos tendidos logró llegarle a tiempo, con santo y seña incluidos y finalmente coincidieron en espacio y tiempo. Era tarde y a la mañana siguiente trabajaba temprano pero su espíritu exaltado y su ego de viejo cazador le decían que aquella moza de morros rojos no iba a sacarle un susto a él; no aquella noche de aullarle a la luna.

Sin mucho preámbulo ni parafernalia fetichista se le descubrió diosa y señora, azucarada y aguda, como siempre, solo cubierta con unas bragas de rayas jorobadas. Los pezones del color de las moras salvajes, erectos, desafiantes y acusadores, redonditos y tiernos, tan nuevos le dolieron en las pupilas. La melena se le escurría, irreverente y coqueta por los hombros de canela. Los labios entreabiertos le susurraron “tócate” al oído con un vaho dulzón de cerezas que le llegó al alma, lo zarandeó, lo subió a la azotea y lo arrastró por el suelo, a sus pies.

Él se despojó de sus prendas sin dejar de mirarla. ¿Cómo hacerlo? Era como una aparición, un jeroglífico, un volcán en erupción manando delante de sus ojos y el aire era tan denso que no podía respirar sin doblarse. Se sentó a la orilla de la cama y ella se acostó a su lado. Él se escupió la palma de la diestra y se acarició el miembro. Ella subió un brazo por encima de la cabeza y el seno se tensó, redondeándose más. La otra mano llevó un dedo a su boca mientras le guiñaba un ojo. Él intentó agarrarle la pierna con la mano desocupada pero ella la separó, abriéndose como un compás y cerrándolas de nuevo. “A mí no”. Él musitó un “puta” entre dientes y ella gimió.

No podía creer que tuviera a aquella princesa persa, a aquel ángel caído al alcance de un cuerpo y que estuviera pajeándose, tristemente y a sus órdenes pero no pudo detenerse. “Al menos quítate las bragas”, suplicó. Ella dijo no con el dedo ensalivado que sacó de su boca y echó la cabeza hacia atrás, riendo. Los ojos de él se clavaron en el hoyo de su cuello y quiso follarla por allí mismo, entre sus huesudas clavículas, sin piedad. Se mordió los labios y sin moverse de su mustia esquina de la cama sintió el calor de la piel felina en la punta de su glande hinchado. Y así siguió, sobando su pene por cada parte del cuerpo vibrante que se le resistía a pataditas, lubricado con sus propios fluidos seminales que manaban; agonizante.

“Tienes 5 minutos para venirte”, le ordenó la Afrodita de hielo ardiente al otro lado del colchón. “No soy de los que se dejan dar órdenes”, dijo él deteniéndose. “No podemos parar el tiempo ahora y te quiero líquido”, suavizó ella pero sin dejar de presionarle el muslo con los dedos de su pie, la única parte de su cuerpo a la que le daba un mínimo acceso. “Ayúdame”, volvió a suplicar él con ojos de condenado a muerte. Ella le reviró los ojos y le dio una mueca de desdén que le latió en el escroto pero reanudó el masaje. Ya era demasiado tarde para retirarse, ya estaba diluido y las sábanas se manchaban de su sudor vejado.

“Imagina que mi ombligo es mi coño y que te dejo lamerme toda”, dijo ella trayendo sus dedos empapados hasta el vientre. Comenzó a acariciar los bordes y a respirar entrecortadamente. Él se clavó en su bósforo abrupto y bordeado de vellitos erizados con ojos y falo. Se apretó más fuerte y se rastrilló con demencia. Ella siguió masturbando su ombligo con dos dedos y el meneo de sus nalgas en el colchón lo terminó de volver loco de deseos y al primer gemido de ella se le abalanzó al cuello, sin dejar de tocarse. La agarró a mordidas y chupetes y le atrapó la boca, besándole hasta el apellido. Ella lo asió de los hombros y lo apartó suavemente pero con suficiente firmeza como para hacerlo retroceder. “Báñame con tu lluvia de hijos”, le dijo e hincó los codos en la cama, flexionando el abdomen para dejar un camino directo desde el cuello hasta el vientre.

Y no pudo más, se le escapó la vida en dos o tres gatillazos convulsos y rápidos. El primer chorro de semen le bañó el cuello y las tetas. Rasgó su garganta un aullido de lobo estepario y se llevó el prepucio completamente hacia atrás para recoger las últimas gotas acumuladas en la uretra y, aún temblando, dejó caer lo que le quedaba de hombre justo encima del obligo. Se dejó caer, demoledoramente vencido. La gravedad hizo el resto. El ombligo se llenó del semen acuoso y blanquecino.

Ella soltó una carcajada de placer, de placer triunfal. Él la odió más que nunca.

Se bajó del bus y encendió otro cigarrillo. 15 minutos de viaje le habían parecido eternos. Estaba rabioso y marcó el número en el móvil. Del otro lado una voz conocida le dijo que si y en 4 zancadas subió las escaleras, abrió la puerta de un empujón, le arrancó la bata de dormir a aquella mujer de matar calenturas ajenas y la atrincheró contra la espalda del sofá, en un polvo malagradecido y urgente que lo dejó más jodido que antes.

Y se fue, con su rabo de perro viejo entre las piernas, sabiéndose derrotado por un ombligo y aún preguntándose cuál sería el sabor del coño de un súcubo.

Nunca lo sabría.


Un cuento para mí…

Un regalo, un cumplido, un cuento… para mi.

Los silencios de Onán.

No conserva registro alguno de la tesitura de su voz, ni siquiera la imagina. Tampoco consta en sus recuerdos memoria referente a los sentidos del gusto, tacto u olfato. Así, no sabe de salivas mezcladas ni fluidos canjeados en el mercado de la carne, ignora las temperaturas que acompañan el proceso de abrirse paso entre humedades y por ende, desconoce el sentido en que se mueven en el espacio las partículas revueltas de las hormonas de ella. No sabe cuánto de fugaz o tercos pueden ser los olores atrapados en un cuarto ni del efecto morning after, ni desayunos o alientos, despedidas o exclamaciones.

Sin embargo posee sus palabras, las exactas, las suficientes, las reveladoras. Palabras que Onán acaricia y moldea, distribuye, posiciona y vuelve a visitar.

Palabras de senos pequeños y aureolas color de las moras salvajes, de nalgas tersas que sustentan las creencias de una nueva religión, discursos reptantes entre zapatos y muslos de diosa meretriz ofrecida y a la vez venerada. Palabras escritas en altares de conchas y entradas al Averno, espetadas, demostradas, innegables. Arengas de estatua impúdica y curvas de regreso al ombligo, palabras con ranuras postradas, rajas, grietas y el mapa estelar, salidas de labios profanos, invitados a ser mancillados. Palabras donde la turgencia es una constante y el verbo, obligadamente, se convierte en latido.

Palabras que profesan Soy el camino, Soy la verdad y esta es la desnudez de mi entrepierna, que no os baste con contemplar mi Capilla Sixtina, levántense y anden. Estos son los pilares que sustentan mi templo, depositen su ofrenda de semillas y mis piernas-puertas siempre estarán abiertas.
Onán el incrédulo, sin el asidero de una fé constante y abrumado por tanta teología, prefiere callar, renegando así del credo y la aparición celestial y en un intento oportunista de salvarse, a medio camino entre cielo e infierno, se condena y purifica derramando en la tierra cada palabra de ella. Sólo después de este acto, Onán el pecador, se levanta en silencio dispuesto a tirar la primera piedra.