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El poder del “no”…

Toccami
Dai su bruciami la pelle
Toccami
Ancora
Parlami
Una lingua strana
Che solo sia capita
da me.
Toccami – Lara Fabian 

“Tócame”, le dijo a modo de ronroneo mientras le clavaba las pupilas dilatadas. Frunció el seño al decirlo, a modo de queja. Estaba tan mojada que no podía más que quejarse. De repente sentía los latidos de su corazón en los pezones, entre las piernas…

Él sonrió con el brillo de quien recordó un detalle importante y se acercó a su cuello. Le pasó la lengua húmeda por detrás de la oreja y le mordisqueó el lóbulo.

“No”, le susurró y se alejó solo lo justo para ver el fuego en sus ojos.

Ella suspiró y abrió la boca para emitir una queja pero se le atoraron las ganas en la garganta. Musitó una súplica que él no pudo comprender en sonidos pero le que vio estremecer el cuerpo frágil y tembloroso. Entonces se supo en total y absoluto control y se dispuso a ser “malo”, cómo le había escuchado decir que le encantaba que fuera.

“Ves estos dedos?” Le dijo, haciendo movimientos sensuales que le evocaban a ella sensaciones en el medio de su humedad. “Estos dedos podrían estar dentro de tu boca ahora, porque me los quieres chupar, cierto?” No esperó respuesta. “Podrían estar bien mojados de tu saliva ahora mismo pero no te voy a tocar.”

Ella se apartó el pelo de la cara y del cuello. Su piel comenzaba a brillar con una capa tenue de sudor. Tragó en seco sin dejar de mirarlo a los ojos, expectante.

“También podrían estar ahí, bajo tu blusa, apretando ese pezón que puedo ver, duro, ahora mismo.”

Ella gimió suavemente, aferrándose al asiento.

“Podrían mis dedos apartar tu vestido suavemente y caminar por tus muslos, separarlos de un tirón y dejarlos entrar, uno… dos… tres dentro de tu sexo mojado, hasta ver la luz escapar de tus ojos.”

Ella se dejó caer contra su leche, sollozando bajito y dejó su propia mano hurgar entre sus piernas mientras él la abrazaba y le acariciaba el pelo.

“Mi niña no pudo aguantar más? Se va a tocar ella misma? Niña mala. Sabe que está desobediencia le va a costar caro. Mientras más se goce ahora, más tiempo le daré de castigo. Están ricos esos deditos en su clítoris, mi niña loca?” Le susurró, sin dejar de entrelazar los dedos en su melena suelta.

Ella asintió con sutiles interjecciones a cada pregunta sin dejar de mover sus nalgas en el asiento y sus dedos en su clítoris.

“Por qué se esconde, mi niña? Por qué esconde la carita en mi pecho? Le da vergüenza? Sabe que lo que está haciendo está prohibido.”

Comenzó a apretar la boca contra su pecho, mojando su camisa con saliva y acallando los gemidos.

“Niña hermosa, debe terminar ya. Démela ya. No puede hacer esto aquí. No puede hacer esto ahora, mi niña.”

Se abrazó más fuerte a su pecho y le mordió el pectoral, sin hacerle daño, pero lo suficientemente apretado para acallar un grito. Se estremeció varias veces. Él la abrazó con fuerza y la consoló al oído.

“Calma ya, niña mía. Todo está bien.”

Ella levantó la cara de su pecho, sus labios estaban rojos de sangre. Sus ojos llenos de lágrimas. Su frente sudada. Él le miró con ternura y le besó ambos ojos mientras la abrazaba por el cuello. Ella estaba inmóvil y se le había escapado la luz de los ojos.

– final alternativo 1 –

“Está bien mi niña?” Le preguntó, sin dejar de mirarla. Ella asintió con la cabeza. “Ok.” Dijo él y posó los ojos en el camarero que esperaba atento desde que le había hecho seña.

“Traiga un vaso de agua para la señorita, por favor.”

El camarero desapareció entre las mesas, mientras el murmullo intenso del restaurant lleno fluía alrededor de él y su niña satisfecha.

– final alternativo 2 –

Ella sacó la mano de entre sus piernas y le mostró los dedos rojos y viscosos a él antes de ponerlos en su propia boca. Los saboreó con detenimiento y al sacarlos estaban limpios de nuevo. Un poco de sangre había manchado la comisura de su boca. Él la besó con ansias, hasta dejarla limpia.

El camarero le ofreció una copa de vino.

“No, gracias. No quiero arruinar el sabor que me ha quedado en la boca.”


Demonios internos…


“Ella había traído consigo los vientos favorables de un
mundo enorme, y resultaba extrañamente cautivador.”

Yo antes de ti – Jojo Moyes

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VI

Luego de depositarla en la cama, Alex, descalzo pero aún vestido con su pantalón, retrocedió y volvió a su copa de vino. Se dedicó a observar a los hermanos mientras se ahogaba en la bebida. Vio como Richard se acercaba y le susurraba cosas al oído a Dolores mientras tocaba sus labios rojos y señalaba aquí y allá, como explicándole de qué estaban hechos los besos. Dolores temblaba de placer.

Alex tenía cuarenta años ya y, por supuesto, esta no era la primera vez que compartía una mujer aunque sí era la primera vez que sus hermanos estaban inmiscuidos, pero esta no era la parte que lo tenía incómodo. Sus hermanos eran par de niños y no había nada que pudieran enseñarle a estas alturas. ¿O sí?

Frunció el ceño cuando vio a Richard besando a Dolores y usando sus dedos como parte del beso. Evidentemente la estaba volviendo loca. ¿Cómo no había pensado en eso en sus cuarenta años? Tal vez no era tan creativo como pensaba. Se bebió la mitad de la copa de vino de un  solo trago y se sirvió lo que quedaba en la botella. Abrió otra y la dejó respirar, mientras bebía.

Dolores se veía indefensa, reducida y hasta un poco inocente. Cuando la vio desde el otro lado de la habitación, sintió como un llamado ancestral. No podía explicárselo pero era como si necesitara interactuar con aquella alma. Él no era un científico como sus hermanos, la ciencia dura no era su campo, pero sí la psicología. En sus años de militar, había conducido muchas investigaciones y entrevistas a soldados, antes, durante y luego de participar en una batalla, y se había convencido de que la mente humana es algo maravilloso. Comprendía lo que le pasaba con aquella mujer, aunque no sabía el por qué.

Sus padres habían muerto cuando sus hermanos eran muy jóvenes y él, siendo aún un adolescente, tuvo que hacerse cargo de su crianza y educación. Con lo poco que le dejaron sus padres pudo enviar a sus hermanos a estudiar y él se enlistó en el ejército y poco a poco, entre los tres, se hicieron de una fortuna considerable. Se sentía orgulloso de lo que había logrado. Sus hermanos eran ambos hombres de bien, educados y cultos. Él, no se había casado ni tenía hijos porque había dedicado su vida a ellos. Por eso no dijo que no cuando le pidieron visitar la casa de Madame Lafevbvre con él.

Él era el único padre que habían conocido y le tocó a él formarlos como hombres y educarlos para que fueran hombres de bien y siempre trataran a una mujer, cualquier mujer, como a una dama. Nunca se sintió superior por ser hombre. Se podría decir que tenía una mente muy adelantada para su época, aunque era casi imposible saberlo. Alex era un hombre muy reservado, de esos que cuando hablan es para decir las palabras correctas, exactas. Incluso sus hermanos no podían hacerlo hablar a pierna suelta, de ningún tema. Siempre fue muy preciso a la hora de pronunciar palabra y sus hermanos lo atribuían, a falta de más explicaciones, a los traumas vividos en el ejército. Él nunca les admitió ni negó nada. Uno de los beneficios de ser la figura paterna era el respeto que le profesaban ambos hermanos.

Mientras más bebía, más deseos sentía de estar a solas con Dolores, de meterse en su mente y comprender. Solamente sabía de ella que era muy joven y que era viuda e independiente. Sus ojos estaban llenos de dudas, sin embargo, su manera de proyectarse, de conducirse por el mundo, eran los de una dama centenaria en cuanto al dominio de sí misma y la experiencia y control que irradiaba. Le parecía enigmático el haberla conocido en aquel lugar. La admiraba por tomar el control de su vida y buscar lo que deseaba de la vida, sobre todo en una época en la que las mujeres eran meros objetos decorativos, relegadas a tener hijos y hacerse cargo del hogar.

Alex vio como Richard besaba a Dolores en los labios por mucho tiempo. También vio como George se sumó y comenzó a besarla por todo el cuerpo. Dolores gemía y se retorcía, indefensa y plena. Alex sintió envidia. Estaba a unos escasos metros de Dolores y podía simplemente tomarla cuando quisiera, sin embargo, volvió a vaciar la copa de vino en su garganta y siguió observando como la boca de la mujer se perdía en un amasijo de piel.

… continuará.


Anatomía de unos labios…

Labios compartidos
Labios divididos, mi amor
Yo no puedo compartir tus labios.

Labios Compartidos – Maná

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V

Dolores se resignó a la idea de que permanecería con los ojos tapados hasta que los hermanos quisieran y por lo tanto, decidió darle la oportunidad a sus otros sentidos de tomar las riendas.

Poco a poco su oído se fue adaptando a la sutileza de los sonidos y pudo percibir pasos por la habitación y el frufrú de las ropas cayendo al suelo. Por un momento sintió rabia. Nunca había visto a un hombre desnudo en su vida de casada y, ahora, con toda la libertad del mundo, seguía en la misma posición. Como si le leyeran la mente, o tal vez porque le leyeron el lenguaje corporal, una voz justo al lado de su oído le susurró:

– Si os portáis bien, os premiaré, Lola. Venga, no hagáis pucheros con esos morros rojos que os los voy a arrancar a mordidas.

Sintió que le tocaban los labios con dedos firmes aunque delicados. No lograba descifrar cuál de los hermanos era el que la acompañaba ahora. Estaba segura de que la voz no era la de Alex pero no podría adivinar quién era el dueño de los dedos intrusos. Volvió a sentir la oleada cálida en la oreja, junto al roce experto en la mejilla.

– Tenéis los labios más caprichosos que he visto en mi vida, mujer. Esta parte bien mullida de ambos labios es el “bermellón” y es generalmente carnosa en la parte inferior pero vos sois diferente – le dijo, apretando una carnosidad en el centro de su labio superior. – Esta es la membrana mucosa y este pedacito que parece una frambuesa es el tubérculo central pero el nombre es muy feo para ti. El tuyo parece una fruta, por eso hace tu labio superior carnoso e irresistible.

Dolores sintió un poco de humedad ajena entro los labios y un poco de presión que la obligaron a entreabrirlos un poco.

– Esta es la comisura, pero eso debes saberlo ya; el nombre y el área son bien mundanas -, sintió el calor de un beso donde había descrito la voz. Sintió también unos dedos en la nuca, enredándose en su pelo y otros hurgando en su boca, mientras unos labios calientes besaban la esquina de su boca y parte de su mejilla, con ternura. – Pero, ¿sabes que es lo más bonito que tenéis en la boca, Lola?

Ella respondió sacudiendo la cabeza, lentamente. Tan íntima y sensual clase de anatomía la habían dejado anonadada. Sentía un calor intenso entre las piernas y en todos sus labios.

– No tengáis miedo -, sintió un dolor punzante en su labio superior, justo bajo la nariz. Gimió con placer y dolor. La mordida cesó y los dientes fueron reemplazados por los mismos dedos, esta vez untados de saliva fresca, que presionaron el área herida, amainando el dolor. Mientras, los dientes viajaron, estratégicamente a su cuello y comenzaron a mordisquear suavemente la piel suave, revoloteando del hombro a la oreja. – El dolor que sentisteis provino de vuestro Arco de Cupido, Lola. Es exactamente la desembocadura de vuestro filtrum y os prometo que podría quedarme a vivir en ese espacio porsiempre.

Sintió la calidez alejarse de su cuello y sintió también la respiración cálida en su cara, en su nariz y finalmente, en su boca. Se dejó besar profundamente. Se dejó besar mientras seguía siendo explorada por los dedos expertos que no dejaban de buscar sus labios y su lengua. Sintió que se le llenaba la boca de labios, de lenguas y de dedos. Sintió que la besaban más de una boca. Sintió que los dedos se multiplicaban por su cuerpo y se reproducían, rozándola, apretándola, sobándola, pellizcándola. Sintió que sus labios propios se posaban en cuellos, espaldas, pectorales, brazos, hombros. Sintió que se le llenaba la boca de nuevo pero esta vez de algo que no conocía… aún.

… continuará.


La buena esposa…

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Te amo, lo mismo
en el día de hoy que en la eternidad,
en el cuerpo que en el alma,
y en el alma del cuerpo
y en el cuerpo del alma,
lo mismo en el dolor
que en la bienaventuranza,
para siempre.

A mi esposa – Cintio Vitier

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IV

Dolores tenía 17 años cuando conoció a su esposo en el orfanato donde había crecido. Él siempre había sido un benefactor bondadoso, como su padre y el padre de su padre. Un día en que visitaba a la Madre Superiora y hablaban de su soltería, Dolores entró a la oficina, enviada desde la cocina con té y galletas.

– Lo que necesitas es una esposa, Edward. No entiendo cómo no has encontrado mujer aún. Tenemos cientos de huérfanas en esta casa. Mira, Dolores es una muchacha excelente, callada y es capaz de encargarse de una casa como Dios manda -. Dolores bajó la cabeza y se quedó de pie en una esquina porque hablaban de ella. Edward la miró lentamente y con seriedad.

– ¿Tu nombre es Dolores?

– Si señor, pero todos me llaman Lola.

– ¿Te casarías conmigo, Lola? – le preguntó con la misma naturalidad y simpleza con la que le había preguntado su nombre. Dolores se atragantó con sus propias palabras y no pudo responder. La Madre Superiora acudió, pronta, a su rescate.

– Cualquier mujer se sentiría orgullosa de tenerte como esposo, Edward!

– Pues bien, encárguese de preparar la boda, Madre Superiora – dijo y se levantó de la silla, hizo una reverencia a Dolores que seguía petrificada en una esquina, con los ojos muy abiertos y salió por la puerta, con la misma naturalidad con la que le había propuesto matrimonio a Dolores, cinco minutos luego de verla por primera vez en la vida.

La Madre Superiora se encargó de preparar una ceremonia pequeña ya que, ni Dolores ni Edward tenían a nadie más en el mundo con quien compartir su dicha. En un mes estuvieron casados y Dolores se fue a su luna de miel en Paris con su nuevo esposo, del que apenas sabía el nombre. En París estuvieron tres meses y allí fue donde Dolores escuchó hablar de la Casa de Madame Lefebvre por primera vez. Su esposo recibió a unos socios de negocio y Dolores, como buena esposa, se encargó de atenderlos. Cuando regresaba de la cocina con algo de beber para los caballeros, escuchó que hablaban muy animados de una casa en la que se reunían caballeros y damas de la aristocracia a realizar sus más perversas y mundanas fantasías.

– No es un burdel. Tengo entendido que se paga una membresía por acceder al lugar y que todo lo que sucede allí, de allí no sale. El negocio de Madame Lafevbvre son la perversión y la discreción.

Dolores estuvo escuchando detrás de la puerta hasta que cambiaron de tema. Así se le abrieron los ojos a cientos de “perversiones” que jamás había imaginado y se desató su curiosidad, que siempre había sido ávida.

Esa noche Dolores se sentía excitada y esperó a Edward desnuda, debajo de las sábanas. Cuando el esposo se metió en el lecho, con las luces apagadas, Dolores buscó su mano entre las sábanas y le besó los dedos. Le besó los dedos una y otra vez hasta que lo embarró de saliva y entonces llevó la mano del esposo hasta su vientre desnudo, bajo las sábanas. Recordando como ella misma se acariciaba bajo el camisón mientras las demás huérfanas dormían a su lado, situó la mano del esposo entre sus muslos mojados y rozó los labios delicados. Se retorció de placer al sentir los dedos húmedos de él y gimió con los dientes apretados.

Edward se excitó también y rápidamente se situó entre sus piernas y la penetró con firmeza y rapidez, mientras la besaba. Dolores se emocionó pues pensó que, finalmente, podría abrirse con su esposo y podrían experimentar todo lo que ella imaginaba en su fructífera mente, pero no fue así. El encuentro comenzó apasionadamente y así mismo concluyó, en cuestión de segundos. Edward se apartó de ella y salió del cuarto y por mucho que lo esperó, no regresó aquella noche. En la mañana Dolores lo encontró dormido en el sofá de la biblioteca, con un libro en el pecho y decidió con jamás volvería a intentar nada así. Se convenció de que debía ser una buena esposa y simplemente existía para satisfacer a su esposo, cuando y cómo él lo deseara.

Jamás hablaron del tema y tampoco tuvieron encuentros apasionados luego de aquella noche. Edward no era muy aventurero en la alcoba pero era un caballero y desde la primera vez la trató con delicadeza y cariño. Aunque no se sentía particularmente satisfecha, Dolores aprendió a amarlo y respetarlo por el hombre bueno que era. Apenas a un año de matrimonio su esposo cayó gravemente enfermo y se fue deteriorando, poco a poco a través de los dos años siguientes, hasta que murió. Para Dolores fue un golpe desgarrador pues verdaderamente había aprendido a amarlo y era lo único que tenía en el mundo, pero las últimas palabras de Edward en su lecho de muerte le ayudaron a comprender que su destino no era llorarlo eternamente. Las palabras fueron: “sé feliz, no importa cómo”.

… continuará.


Desnuda…

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Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias.

Hexaedro Rosa V – Ruben Martinez Villena

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III

Dolores atrajo hacia sí a Richard, que hasta ese momento había estado arrodillado a sus pies besando sus manos, y le susurró algo al oído, para luego besarlo en la mejilla. Richard se arrodilló de nuevo, muy sonrojado y, metiendo sus manos hábiles por debajo del vestido escarlata, comenzó a quitarle los botines. George se quitó la chaqueta y el chaleco y siguió besando el cuello y los hombros de dolores mientras ella sonreía y gemía de a ratos. Richard la desembarazó de las medias y comenzó a besar sus pies desnudos, centímetro a centímetro.

Alex apretó la copa de vino con fuerza y apretó los dientes, respirando profundo, pero no se movió del lugar desde donde observaba. Dolores clavó sus ojos negros en los de él mientras George comenzaba a desatar los botones a la espalda de su vestido. Richard seguía besándola toda: los dedos delicados, el empeine, los tobillos, las pantorrillas esbeltas.

George volvió a tomar la iniciativa y la ayudó a levantarse, ofreciéndole su mano. Richard se levantó también y se quedó en mangas de camisa. Dolores estaba ahora de pie, de frente a George que la besó en los labios. Richard siguió desnudándola, pieza por pieza. Primero el vestido rojo, luego el corsé de seda y finalmente el camizón. En este punto, Dolores los detuvo a ambos y caminó hasta Alex, que seguía observando y bebiendo vino. Se detuvo frente a él y con un movimiento preciso aunque delicado, desató las enaguas que cayeron por sus piernas hasta el piso, quedando completamente desnuda delante del hermano mayor.

Alex mantuvo sus ojos en los de ella y sonrió con un poco de amargura. Puso la copa de vino en la cómoda, buscó la mano de Dolores sin bajar la vista y le depositó un beso suave. Al mismo tiempo, ponía la mano en su bolsillo y sacaba un pañuelo de seda. Con un pase rápido la hizo darse la vuelta y le puso el pañuelo en los ojos y se lo amarró en la nuca. Sin hacer pausa la tomó por la espalda y debajo de los muslos y la levantó en vilo. Dolores sintió que se movía en el aire y dejó escapar un gritico. Por un momento perdió el control de la situación y luchó pero el abrazo de Alex era demasiado firme como para poder desembarazarse.

– Tranquila, Lola. No va a pasaros nada que no queráis. ¿Confiáis en mí? – Alex le susurró al oído y le besó el pelo. Ella se abrazó a su cuello y se dejó llevar.

Alex la depositó en el lecho blanco, con delicadeza. Dolores intentó destaparse los ojos pero Alex se lo prohibió con su mano. La atrajo hacia sí y situó las manos delicadas de la mujer en su solapa, indicándole, instintivamente, que comenzara a desvestirlo. Dolores no titubeó. Su esposo era un ángel, como ella les había confesado, pero no les dijo que en materias de sexo era muy conservador. En 3 años de matrimonio, nunca se vieron desnudos. Lo más audaz que pudo hacer fue desvestirlo en total oscuridad, palpando cada parte de su cuerpo. Ella nunca había estado desnuda en presencia de ningún hombre hasta ese momento.

Alex se dedicó a contemplar el cuerpo desnudo de la mujer mientras ella quitaba cada pieza con habilidad y destreza. Tenía el cabello abundante y frondoso y olía a frutas. Su cuello era delicado y desembocaba en los brazos delicados y femeninos. Su cintura era estrecha y sus caderas amplias, los muslos torneados, las nalgas redondas. Sus senos eran perfectos. Se detuvo un poco en las aureolas trigueñas y memorizó la curva provocativa del pezón a la costilla. No pudo resistir rozarla con el dedo. Ella se sobresaltó, no lo esperaba. Se mordió el labio y prosiguió abriendo los botones de la blanca camisa.

El ombligo marcaba el comienzo de su área más privada y justo allí comenzaba un surco de vellos delicados que bajaban y se perdían en el monte de venus negro, tupido y suave, donde se formaba un triángulo perfecto, divino. Era una mujer exquisita de pies a cabeza.

… continuará.


The Lady in Red…

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I’ve never seen you looking so gorgeous as you did tonight
I’ve never seen you shine so bright, you were amazing
I’ve never seen so many people want to be there by your side
And when you turned to me and smiled, it took my breath away (…)

The Lady in Red – Chris De Burgh

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II

Era evidente que George era un casanova y esta no era la primera vez que se encontraba en esta situación. Los ojos de Richard brillaban y Dolores comprendió que, tal vez teniendo menos experiencia que sus hermanos, su imaginación no tenía límites, además, su gran conocimiento de la anatomía humana lo ayudaba a no estar en desventaja junto a sus hermanos.

Alex era un misterio. Su formación militar lo hacía parecer indescifrable. Dolores intuía que no había nada que aquel hombre no hubiese experimentado ya en su vida. Sus ojos reflejaban los incontables horrores que había presenciado pero también una agudeza increíble para comprender los azares de la vida. La incertidumbre la hacía sentirse aún más intrigada.

– Ricardo – le dijo, haciéndole una seña con la mano para que se acercara. – Todos me llaman Lola, ¿os gusta? – se quitó los guantes y acarició la mejilla del muchacho que tragó en seco.

– Mucho, mi señora – dijo él y besó el la palma de su mano.

– Lola, me encantaría veros sin la máscara – dijo George, evidentemente más atrevido y sin un  ápice de vergüenza. Ella asintió y le brindó su otra mano a Richard que continuó besándoselas con ternura. George se situó a su espalda y comenzó a desatar las cintas de seda que mantenían la máscara en su sitio. Cuando hubo terminado, tomó la delicada pieza con sus manos y dejó el rostro de Dolores al descubierto.

Era incluso más bella de lo que habían imaginado. Sus ojos almendrados brillaban, serenos e inteligentes. Sus cejas negras y tupidas complementaban la frente amplia. La nariz respingona y desafiante terminaba en un huequito adorable sobre su labio superior.

Alex se sirvió una copa de vino mientras los observaba, recostado a la cómoda. Su mirada se volvió más seria y atenta cuando George comenzó a deshacer los bucles y el cabello de Dolores comenzó a caer en cascada sobre sus hombros. Alex vio como las pupilas de ella se dilataron cuando George apartó la cabellera y depositó un beso suave en su cuello y sus propios ojos brillaron cuando a ella se le escapó un gemido suave.

… continuará.


Masquerade…

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I swear I always try to stop the game
When it’s goodness I play
I get check-mate

Mademoiselle Hyde – Lara Fabian

I

Era un salón amplio y en forma de óvalo. Las ventanas iban de suelo hasta el techo, adornadas con regias cortinas de Damasco amarillo. En el centro de la habitación había un piano de cola vacío. Al lado un  chelista y un violinista tocaban mientras varias parejas danzaban a su alrededor. A lo largo de las dos paredes laterales se situaban sillas y sofás de terciopelo, en los cuales descansaban varias damas. Algunos caballeros les hacían compañía y conversaban, entre carcajadas y griticos. Dos puertas, una a cada extremo de la habitación, daban paso a corredores llenos de cuartos privados.

La imponente puerta de dos hojas se abrió y en lo alto de la escalera apareció ella. Vestía de rojo desde los botines de tacón hasta la máscara que cubría los ojos negros. Llevaba un vestido de satín, con los hombros y parte de la espalda al descubierto y el cabello recogido en bucles altos, aunque algún mechón majadero le rodaba por los hombros desnudos. Sus manos estaban enfundadas en guantes de encaje, a juego con su máscara de plumas y perlas. Sus ojos eran negrísimos, como sus cabellos y los labios escarlata resaltaban bajo la máscara. Un lunar en la barbilla, a la izquierda de su boca, culminaba el disfraz de bailaora flamenca.

Él, que la vio desde el otro extremo del salón de baile, se apresuró y se posicionó al pie de la escalera, extendiendo su mano enguantada en negro. Ella, se apoyó con gracia y se dejó llevar hasta el centro de la habitación, a tiempo para comenzar el siguiente baile.

– ¿Sabe el propósito de este baile, señora? – le preguntó en español con acento inglés, dando una vuelta alrededor de ella.

– ¡Por supuesto! – respondió ella con acento español, batiendo su vestido, desafiante, improvisando un poco. Los bailes ingleses siempre le parecieron tan desabridos. Él la siguió, haciendo uso de algunos pasos que aprendió en sus viajes por España.

Las demás parejas no pudieron dejar de admirarlos y aplaudir. Continuaron bailando hasta que concluyó esa pieza y al terminar, él le brindó su brazo nuevamente pero ella hizo una pausa antes de aceptarla.

– ¿Ha venido solo? – le dijo mientras saludaba a su público que vitoreaba luego de tan apasionante baile y abrió un abanico con el cual refrescarse un poco.

– Mis hermanos me acompañan, señora.

– Invítelos pues.

Él sonrió y sacudió la cabeza, divertido.

– Por supuesto -, dijo y, haciendo una reverencia, se dio vuelta y desapareció por un momento en la multitud. Al cabo de unos minutos volvió con dos jóvenes altos y delgados como él.

El primero tenía el cabello muy negro como el de ella y lucía muy joven, pero asintió con la cabeza y se dejó tomar del brazo por él. El segundo, con maneras de hombre de mundo, sonrío ampliamente al verla y la tomó del otro brazo. El primero y mayor de los hermanos, con el que había bailado anteriormente, tenía el cabello cano y los ojos grises, abundantes en experiencia y su porte y andar eran de un militar curtido. Éste tomó el frente y se dirigieron a uno de los corredores laterales. Caminaron en silencio todo el tiempo, hasta llegar la última habitación.

El hermano mayor sacó una llave dorada de su bolsillo y abrió la puerta. Ella entró de primera y admiró la delicada decoración. Las paredes y cortinas eran blancas, como las sabanas y el dosel. A los pies de la cama había un sofá, donde se sentó.

– Mi nombre es Ana Dolores y soy viuda. No tengo intenciones de casarme y convertirme en la posesión de ningún hombre. Mi difunto esposo era un ángel pero ya no está y la fortuna que poseo me da la libertad de poder ser independiente. He venido a este baile por la misma razón que vosotros. Madame Lefebvre ofrece un servicio que muchos ansiamos y la disciplina y discreción con que lleva su negocio nos hace venir de todos los confines del mundo a satisfacer nuestras fantasías. Ahora, ¿cómo he de llamarles?

– Mi nombre es Alex y soy el mayor de mis hermanos. George es ingeniero químico y ha viajado el mundo entero intentando convertir piedras en oro. – George sonrió nuevamente y besó la mano de Dolores.

– Alquimista y bohemio. Interesante – respondió ella.

– Richard es el menor y es cirujano.

– ¿Me temes, Ricardo? – dijo ella al notar que el muchacho se sonrojaba.

– Para nada, mi señora. Solamente me impacta vuestra increíble belleza – dijo el jovenzuelo, con los labios y mejillas aún más rojos. Ella sonrió, divertida.

– Mi inglés es fatal. Gracias a Dios vosotros habláis español. Os llamaré Alejandro, Jorge y Ricardo si no os es molestia.

– Como queráis, mi señora. Estamos aquí para serviros – respondió Alex.

… continuará.


Crímen…

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“¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió lentamente las piernas. La vista resultaba encantadora.”
Mathilde – Anäis Nin
Poderosas imágenes rondaban su cabeza. Se sorprendía a cada rato, perdido en ellas.
Las pupilas, dilatadas, los ojos sin pestañear. Las manos que no tiemblan, suaves al tacto siempre. Los dientecitos, deliciosamente dolorosos en la piel y los labios carnosos alrededor de estos. La saliva líquida en el pequeño hematoma. No dejaba de pensar en la calidez y el sabor de aquella saliva en su piel. El abrazo tierno, la negativa, el recuerdo de una bragas muy mojadas y él soñando con el olor de esa miel. Los besos tenues y húmedos en el cuello de gacela. El temblor de su voz y los jadeos, gemidos que querían decir “no”. La silueta semidesnuda al sol. Las caderas como olas, la cintura estrecha, los muslos de diosa. Las nalgas de potra y las piernas fuertes de andar en tacones. El pelo en los ojos, los labios rojos, el aroma a mujer.
Toda ella era símbolo de tortura. Cada palabra le dolía en las sienes. Cada roce le dolía en la ingle. Solamente podría deshacerse del suplicio si le quitaba la vida y así lo hizo.
Un día, ya loco de furia, la tomó del brazo y la apretó con fuerza. La retuvo con sus brazos de titán y la subyugó hasta que no pudo moverse. Así, reducida a nada, apretó sus labios a los de ella y la besó por primera y última vez, mientras cerraba sus dedos largos en torno al cuello de cervatillo. Ella se retorció con todas sus fuerzas y él le clavó los dientes en los labios hasta hacerla sangrar. Los gritos se fueron sofocando y convirtiendo en jadeos guturales, hasta que el sonido de huesos rompiéndose y el peso de ella en sus brazos le confirmaron que estaba muerta.
Cuando la depositó en el suelo se dio cuenta de que había eyaculado pero aún estaba muy excitado. Le rompió el vestido y hurgó entre sus muslos, aún calientes. Estaba húmeda. La penetró con furia hasta que no pudo más y tuvo otro orgasmo. Dejó caer el peso de su cuerpo sobre el cadáver de la mujer que amaba y acababa de asesinar. Comenzó a sollozar como un niño y por fin entendió que hay amores que mueren y hay amores que matan.