Archivo de la categoría: Mío

Pídemelo…


She laid, limbs lifeless, beneath sheets, soaked
Inviting death just one more time
Come!

La Petite Mort – Nicole L.

Pídemelo…

Me dijo: Dámela, dámela toda. Grita. Muerde. Aprieta. 

Y me vino a buscar la pequeña muerte y me  tomó de la mano y me fui gustosa con ella, dejándole a él un hueco en el pecho que solo podría llenar con mis gemidos. 


Qué quieres tú conmigo…


¿Qué quieres tú conmigo?

Tú que no has sentido mariposas en la panza

Ni fabricas aleteos de gorriones con tu boca

Tú que congelas todo lo que tocas 

Aunque derrites todo lo que abrazas

¿Qué quieres tú conmigo?

Tú, que no regalarías ni flores ni versos

Y todas mis lágrimas se te hacen insípidas 

Aunque las causes con la ausencia tus besos 

Y con ese existir, todo distante y sin prisas

¿Qué quieres tú conmigo?

Si sabes que mi alma te desea con apuro

Pero se te hace imposible proponer la tregua

Cuando llevo el pecho abierto y sin escudo

A expensas del filo peligroso de tu lengua 

¿Qué quieres tú conmigo?

Cuando nunca has sostenido entre tus manos 

Un corazón sincero y vulnerable 

¿Qué quieres, si le llamas no haber amado

A tu ancestral miedo a enamorarte?


Puertas…


(…) cuando uno conoce a alguien sabe si hay una puerta al enamoramiento. Algunas personas tienen esa puerta y otras no. Uno escoge si cruza el umbral o no. Yo sabía desde que te conocí que había una puerta muy obvia, muy incitadora al enamoramiento contigo y jugué mucho y me acerqué y miré por una rendija y olfateé el aroma que venía de adentro y agucé el oído para escuchar la música de tu amor, pero me contuve por muchos años y nunca la crucé. Nunca la crucé hasta que me sorprendí del otro lado un día, de visita en un mundo nuevo y maravilloso. Cada persona tiene un mundo detrás de esa puerta y no es el mismo mundo ni la misma puerta para todo el mundo. Es decir, yo tengo muchas puertas y muchos mundos dentro de mí y cada una le pertenece a alguien sin nombre. Supongo que habrá quien ni siquiera aparezca nunca a reclamar su puerta y algunos mundos se extingan o se desvanezcan en el tiempo por falta de visitantes. Pero tú tienes tus propias puertas y tus propios mundos y cada uno es distinto de los demás. Tu puerta y tú mundo, los que visité, no se parecen a ningún otro porque ese mundo se ve afectado y modificado solamente por mi sola existencia. Nadie más existe dentro de esa puerta ni en ese mundo; sólo yo. Y cuando crucé la puerta, ese mundo de amor por mí, que había sido de una manera antes de que yo, finalmente, entrara, porque me amabas sin razones, comenzó a cambiar. Tu mundo estaba basado y diseñado a la imagen y semejanza de la idea que tenías de mí. Al cruzar el umbral, tu mundo comenzó a tomar los colores de mi verdadera personalidad, los aromas de mi piel, las curvas de mi cuerpo. Ese mundo siempre fue real pero al yo entrar, tu mundo se alimentó de mí y se hizo tan mío como tuyo. Entonces mis colores se mezclaron con los tuyos y el mundo se pintó con nuestros matices, únicos. Lo mismo sucedió con los olores y sabores y sonidos. Todo pasó de ser tuyo a ser mío, y luego nuestro. Y entonces ese mundo al que entré, dentro de ti, tomó vida propia, alimentándose de ambos. Lo mismo pasó dentro de mí cuando cruzaste el umbral de mi puerta y te adueñaste de mi mundo. 


Un mar de hombres para mí…

Fingers Cave
Sutil llama arde en tu corazón,
y aniquilas con el roce de otro cuerpos,
inertes portadores de infortunios.
No prolongues tu naufragio en mudas bocas;
unge tu alma con la savia de tu sangre.
Es el ave y no medusa tu amuleto.

Cecila Solis

Anoche tuve un sueño. Soñé que caminaba entre hombres. Había hombres altos, delgados, atléticos. Había hombres blancos, hombres morenos, hombres azules. Algunos tenía la piel blanca y perfecta, como de cera. Otros tenían labios rojos, como las mujeres. Había par de ellos con ojos grises como gatos y mirada indescifrable. Abundaban los ojos marrones y las cejas tupidas. No faltaban los que tenían el cabello como el trigo o las zanahorias.

Eran cientos y yo deambulaba entre todos ellos. Me escondía detrás de este, correteaba frente a aquel, le susurraba algo al oído a algún otro. Todos me seguían con la mirada, todos, con sus pupilas dilatadas. Y todos eran diferentes pero iguales. Ninguno llevaba ropa. Yo tampoco.

Y era como si yo fuera la maestra de ceremonias de una orquesta perfecta. Yo levantaba las manos y ondeaba el pelo y ellos me seguían con sus falos. Sus instrumentos todos apuntaban a mis senos, a mis nalgas, a mi pubis. Y yo daba volteretas, bailaba al compás de la melodía que tejían sus jadeos. Y todos, ellos, yo, sudábamos. Y yo reía, reía a carcajadas, como loca, mientras ellos me comían toda…


Definición de miedo…

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Atea, diabólica o católica.
No importa todas gritan igual como sinfónica.

Suave – Calle 13

 

La pregunta que más miedo me provoca:
“¿Quieres que te la saque?”


Demonios internos…


“Ella había traído consigo los vientos favorables de un
mundo enorme, y resultaba extrañamente cautivador.”

Yo antes de ti – Jojo Moyes

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VI

Luego de depositarla en la cama, Alex, descalzo pero aún vestido con su pantalón, retrocedió y volvió a su copa de vino. Se dedicó a observar a los hermanos mientras se ahogaba en la bebida. Vio como Richard se acercaba y le susurraba cosas al oído a Dolores mientras tocaba sus labios rojos y señalaba aquí y allá, como explicándole de qué estaban hechos los besos. Dolores temblaba de placer.

Alex tenía cuarenta años ya y, por supuesto, esta no era la primera vez que compartía una mujer aunque sí era la primera vez que sus hermanos estaban inmiscuidos, pero esta no era la parte que lo tenía incómodo. Sus hermanos eran par de niños y no había nada que pudieran enseñarle a estas alturas. ¿O sí?

Frunció el ceño cuando vio a Richard besando a Dolores y usando sus dedos como parte del beso. Evidentemente la estaba volviendo loca. ¿Cómo no había pensado en eso en sus cuarenta años? Tal vez no era tan creativo como pensaba. Se bebió la mitad de la copa de vino de un  solo trago y se sirvió lo que quedaba en la botella. Abrió otra y la dejó respirar, mientras bebía.

Dolores se veía indefensa, reducida y hasta un poco inocente. Cuando la vio desde el otro lado de la habitación, sintió como un llamado ancestral. No podía explicárselo pero era como si necesitara interactuar con aquella alma. Él no era un científico como sus hermanos, la ciencia dura no era su campo, pero sí la psicología. En sus años de militar, había conducido muchas investigaciones y entrevistas a soldados, antes, durante y luego de participar en una batalla, y se había convencido de que la mente humana es algo maravilloso. Comprendía lo que le pasaba con aquella mujer, aunque no sabía el por qué.

Sus padres habían muerto cuando sus hermanos eran muy jóvenes y él, siendo aún un adolescente, tuvo que hacerse cargo de su crianza y educación. Con lo poco que le dejaron sus padres pudo enviar a sus hermanos a estudiar y él se enlistó en el ejército y poco a poco, entre los tres, se hicieron de una fortuna considerable. Se sentía orgulloso de lo que había logrado. Sus hermanos eran ambos hombres de bien, educados y cultos. Él, no se había casado ni tenía hijos porque había dedicado su vida a ellos. Por eso no dijo que no cuando le pidieron visitar la casa de Madame Lafevbvre con él.

Él era el único padre que habían conocido y le tocó a él formarlos como hombres y educarlos para que fueran hombres de bien y siempre trataran a una mujer, cualquier mujer, como a una dama. Nunca se sintió superior por ser hombre. Se podría decir que tenía una mente muy adelantada para su época, aunque era casi imposible saberlo. Alex era un hombre muy reservado, de esos que cuando hablan es para decir las palabras correctas, exactas. Incluso sus hermanos no podían hacerlo hablar a pierna suelta, de ningún tema. Siempre fue muy preciso a la hora de pronunciar palabra y sus hermanos lo atribuían, a falta de más explicaciones, a los traumas vividos en el ejército. Él nunca les admitió ni negó nada. Uno de los beneficios de ser la figura paterna era el respeto que le profesaban ambos hermanos.

Mientras más bebía, más deseos sentía de estar a solas con Dolores, de meterse en su mente y comprender. Solamente sabía de ella que era muy joven y que era viuda e independiente. Sus ojos estaban llenos de dudas, sin embargo, su manera de proyectarse, de conducirse por el mundo, eran los de una dama centenaria en cuanto al dominio de sí misma y la experiencia y control que irradiaba. Le parecía enigmático el haberla conocido en aquel lugar. La admiraba por tomar el control de su vida y buscar lo que deseaba de la vida, sobre todo en una época en la que las mujeres eran meros objetos decorativos, relegadas a tener hijos y hacerse cargo del hogar.

Alex vio como Richard besaba a Dolores en los labios por mucho tiempo. También vio como George se sumó y comenzó a besarla por todo el cuerpo. Dolores gemía y se retorcía, indefensa y plena. Alex sintió envidia. Estaba a unos escasos metros de Dolores y podía simplemente tomarla cuando quisiera, sin embargo, volvió a vaciar la copa de vino en su garganta y siguió observando como la boca de la mujer se perdía en un amasijo de piel.

… continuará.


Anatomía de unos labios…

Labios compartidos
Labios divididos, mi amor
Yo no puedo compartir tus labios.

Labios Compartidos – Maná

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V

Dolores se resignó a la idea de que permanecería con los ojos tapados hasta que los hermanos quisieran y por lo tanto, decidió darle la oportunidad a sus otros sentidos de tomar las riendas.

Poco a poco su oído se fue adaptando a la sutileza de los sonidos y pudo percibir pasos por la habitación y el frufrú de las ropas cayendo al suelo. Por un momento sintió rabia. Nunca había visto a un hombre desnudo en su vida de casada y, ahora, con toda la libertad del mundo, seguía en la misma posición. Como si le leyeran la mente, o tal vez porque le leyeron el lenguaje corporal, una voz justo al lado de su oído le susurró:

– Si os portáis bien, os premiaré, Lola. Venga, no hagáis pucheros con esos morros rojos que os los voy a arrancar a mordidas.

Sintió que le tocaban los labios con dedos firmes aunque delicados. No lograba descifrar cuál de los hermanos era el que la acompañaba ahora. Estaba segura de que la voz no era la de Alex pero no podría adivinar quién era el dueño de los dedos intrusos. Volvió a sentir la oleada cálida en la oreja, junto al roce experto en la mejilla.

– Tenéis los labios más caprichosos que he visto en mi vida, mujer. Esta parte bien mullida de ambos labios es el “bermellón” y es generalmente carnosa en la parte inferior pero vos sois diferente – le dijo, apretando una carnosidad en el centro de su labio superior. – Esta es la membrana mucosa y este pedacito que parece una frambuesa es el tubérculo central pero el nombre es muy feo para ti. El tuyo parece una fruta, por eso hace tu labio superior carnoso e irresistible.

Dolores sintió un poco de humedad ajena entro los labios y un poco de presión que la obligaron a entreabrirlos un poco.

– Esta es la comisura, pero eso debes saberlo ya; el nombre y el área son bien mundanas -, sintió el calor de un beso donde había descrito la voz. Sintió también unos dedos en la nuca, enredándose en su pelo y otros hurgando en su boca, mientras unos labios calientes besaban la esquina de su boca y parte de su mejilla, con ternura. – Pero, ¿sabes que es lo más bonito que tenéis en la boca, Lola?

Ella respondió sacudiendo la cabeza, lentamente. Tan íntima y sensual clase de anatomía la habían dejado anonadada. Sentía un calor intenso entre las piernas y en todos sus labios.

– No tengáis miedo -, sintió un dolor punzante en su labio superior, justo bajo la nariz. Gimió con placer y dolor. La mordida cesó y los dientes fueron reemplazados por los mismos dedos, esta vez untados de saliva fresca, que presionaron el área herida, amainando el dolor. Mientras, los dientes viajaron, estratégicamente a su cuello y comenzaron a mordisquear suavemente la piel suave, revoloteando del hombro a la oreja. – El dolor que sentisteis provino de vuestro Arco de Cupido, Lola. Es exactamente la desembocadura de vuestro filtrum y os prometo que podría quedarme a vivir en ese espacio porsiempre.

Sintió la calidez alejarse de su cuello y sintió también la respiración cálida en su cara, en su nariz y finalmente, en su boca. Se dejó besar profundamente. Se dejó besar mientras seguía siendo explorada por los dedos expertos que no dejaban de buscar sus labios y su lengua. Sintió que se le llenaba la boca de labios, de lenguas y de dedos. Sintió que la besaban más de una boca. Sintió que los dedos se multiplicaban por su cuerpo y se reproducían, rozándola, apretándola, sobándola, pellizcándola. Sintió que sus labios propios se posaban en cuellos, espaldas, pectorales, brazos, hombros. Sintió que se le llenaba la boca de nuevo pero esta vez de algo que no conocía… aún.

… continuará.


La buena esposa…

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Te amo, lo mismo
en el día de hoy que en la eternidad,
en el cuerpo que en el alma,
y en el alma del cuerpo
y en el cuerpo del alma,
lo mismo en el dolor
que en la bienaventuranza,
para siempre.

A mi esposa – Cintio Vitier

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IV

Dolores tenía 17 años cuando conoció a su esposo en el orfanato donde había crecido. Él siempre había sido un benefactor bondadoso, como su padre y el padre de su padre. Un día en que visitaba a la Madre Superiora y hablaban de su soltería, Dolores entró a la oficina, enviada desde la cocina con té y galletas.

– Lo que necesitas es una esposa, Edward. No entiendo cómo no has encontrado mujer aún. Tenemos cientos de huérfanas en esta casa. Mira, Dolores es una muchacha excelente, callada y es capaz de encargarse de una casa como Dios manda -. Dolores bajó la cabeza y se quedó de pie en una esquina porque hablaban de ella. Edward la miró lentamente y con seriedad.

– ¿Tu nombre es Dolores?

– Si señor, pero todos me llaman Lola.

– ¿Te casarías conmigo, Lola? – le preguntó con la misma naturalidad y simpleza con la que le había preguntado su nombre. Dolores se atragantó con sus propias palabras y no pudo responder. La Madre Superiora acudió, pronta, a su rescate.

– Cualquier mujer se sentiría orgullosa de tenerte como esposo, Edward!

– Pues bien, encárguese de preparar la boda, Madre Superiora – dijo y se levantó de la silla, hizo una reverencia a Dolores que seguía petrificada en una esquina, con los ojos muy abiertos y salió por la puerta, con la misma naturalidad con la que le había propuesto matrimonio a Dolores, cinco minutos luego de verla por primera vez en la vida.

La Madre Superiora se encargó de preparar una ceremonia pequeña ya que, ni Dolores ni Edward tenían a nadie más en el mundo con quien compartir su dicha. En un mes estuvieron casados y Dolores se fue a su luna de miel en Paris con su nuevo esposo, del que apenas sabía el nombre. En París estuvieron tres meses y allí fue donde Dolores escuchó hablar de la Casa de Madame Lefebvre por primera vez. Su esposo recibió a unos socios de negocio y Dolores, como buena esposa, se encargó de atenderlos. Cuando regresaba de la cocina con algo de beber para los caballeros, escuchó que hablaban muy animados de una casa en la que se reunían caballeros y damas de la aristocracia a realizar sus más perversas y mundanas fantasías.

– No es un burdel. Tengo entendido que se paga una membresía por acceder al lugar y que todo lo que sucede allí, de allí no sale. El negocio de Madame Lafevbvre son la perversión y la discreción.

Dolores estuvo escuchando detrás de la puerta hasta que cambiaron de tema. Así se le abrieron los ojos a cientos de “perversiones” que jamás había imaginado y se desató su curiosidad, que siempre había sido ávida.

Esa noche Dolores se sentía excitada y esperó a Edward desnuda, debajo de las sábanas. Cuando el esposo se metió en el lecho, con las luces apagadas, Dolores buscó su mano entre las sábanas y le besó los dedos. Le besó los dedos una y otra vez hasta que lo embarró de saliva y entonces llevó la mano del esposo hasta su vientre desnudo, bajo las sábanas. Recordando como ella misma se acariciaba bajo el camisón mientras las demás huérfanas dormían a su lado, situó la mano del esposo entre sus muslos mojados y rozó los labios delicados. Se retorció de placer al sentir los dedos húmedos de él y gimió con los dientes apretados.

Edward se excitó también y rápidamente se situó entre sus piernas y la penetró con firmeza y rapidez, mientras la besaba. Dolores se emocionó pues pensó que, finalmente, podría abrirse con su esposo y podrían experimentar todo lo que ella imaginaba en su fructífera mente, pero no fue así. El encuentro comenzó apasionadamente y así mismo concluyó, en cuestión de segundos. Edward se apartó de ella y salió del cuarto y por mucho que lo esperó, no regresó aquella noche. En la mañana Dolores lo encontró dormido en el sofá de la biblioteca, con un libro en el pecho y decidió con jamás volvería a intentar nada así. Se convenció de que debía ser una buena esposa y simplemente existía para satisfacer a su esposo, cuando y cómo él lo deseara.

Jamás hablaron del tema y tampoco tuvieron encuentros apasionados luego de aquella noche. Edward no era muy aventurero en la alcoba pero era un caballero y desde la primera vez la trató con delicadeza y cariño. Aunque no se sentía particularmente satisfecha, Dolores aprendió a amarlo y respetarlo por el hombre bueno que era. Apenas a un año de matrimonio su esposo cayó gravemente enfermo y se fue deteriorando, poco a poco a través de los dos años siguientes, hasta que murió. Para Dolores fue un golpe desgarrador pues verdaderamente había aprendido a amarlo y era lo único que tenía en el mundo, pero las últimas palabras de Edward en su lecho de muerte le ayudaron a comprender que su destino no era llorarlo eternamente. Las palabras fueron: “sé feliz, no importa cómo”.

… continuará.