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El hombre perfecto I…

El hombre perfecto te dice que no. Te dice que no mientras ruegas, lloras y pataleas. Te dice que no mientras enloqueces y te hablas el pelo.

El hombre perfecto espera a que dejes de pedirlo, a que te resignes a que “no es no”, a que aprendas quién manda y a quien debes respetar por encima de todo. Entonces, solo entonces…

… te lo da.

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Fonética…

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar.

Me gusta cuando habla y como habla. Me encantan los sonidos que producen sus cuerdas vocales. Me derrito escuchando su timbre suave, delicioso, con esa cadencia ni de aquí ni de allá, pero llena de ritmo.

Me gusta escuchar sus “emes”, sus “enes”, sus “eres” y sus “eses” e imaginar cómo se posicionan sus labios al pronunciarlas. Memorizar el tenue movimiento de su lengua entre sus labios y sus dientes.

Me erizo toda. Me eriza toda.


Un mar de hombres para mí…

Fingers Cave
Sutil llama arde en tu corazón,
y aniquilas con el roce de otro cuerpos,
inertes portadores de infortunios.
No prolongues tu naufragio en mudas bocas;
unge tu alma con la savia de tu sangre.
Es el ave y no medusa tu amuleto.

Cecila Solis

Anoche tuve un sueño. Soñé que caminaba entre hombres. Había hombres altos, delgados, atléticos. Había hombres blancos, hombres morenos, hombres azules. Algunos tenía la piel blanca y perfecta, como de cera. Otros tenían labios rojos, como las mujeres. Había par de ellos con ojos grises como gatos y mirada indescifrable. Abundaban los ojos marrones y las cejas tupidas. No faltaban los que tenían el cabello como el trigo o las zanahorias.

Eran cientos y yo deambulaba entre todos ellos. Me escondía detrás de este, correteaba frente a aquel, le susurraba algo al oído a algún otro. Todos me seguían con la mirada, todos, con sus pupilas dilatadas. Y todos eran diferentes pero iguales. Ninguno llevaba ropa. Yo tampoco.

Y era como si yo fuera la maestra de ceremonias de una orquesta perfecta. Yo levantaba las manos y ondeaba el pelo y ellos me seguían con sus falos. Sus instrumentos todos apuntaban a mis senos, a mis nalgas, a mi pubis. Y yo daba volteretas, bailaba al compás de la melodía que tejían sus jadeos. Y todos, ellos, yo, sudábamos. Y yo reía, reía a carcajadas, como loca, mientras ellos me comían toda…


Lo. Li. Ta…

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Frases del libro “Lolita” de Vladimir Nabokov

•    Cambiante, malhumorada, alegre y torpe, con la acre gracia de su niñez retozona, dolorosamente desable de la cabeza a los pies…

•   Hay dos clases de memoria visual: con una, recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos; con la otra, evocamos instantáneamente con los ojos cerrados, en la oscura intimidad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales.

•    Nos enamoramos simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante.

•    Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo para reconocer de inmediato, por signos inefables al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y allí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder.

•    Nos queríamos con amor prematuro, con la violencia que a menudo destruye vidas adultas.

•    En este mundo hecho de hierro forjado, de causas y efectos entrecruzados, ¿podría ocurrir que el oculto latido que les robé no afectara su futuro? Yo la había poseído, y ella nunca lo supo.

•    «Hay otro hombre en mi vida». En verdad, ésas son palabras feas para los oídos de un marido.

•    Bajo el sol de medianoche los sueños tienden a ser de vivos colores.

•    Ella llevaba una camisa a cuadros, blue jeans, zapatillas de goma. Cada movimiento que hacía en las salpicaduras de sol punzaba la cuerda más secreta y sensible de mi cuerpo abyecto.

•    ¡Oh, si fuera yo una escritora que pudiera hacerla posar bajo una luz desnuda!

•    Una niña moderna, una ávida lectora de revistas cinematográficas, una experta en primeros planos soñadores…

•    Y allí está ella, perdida entre todos, royendo un lápiz, detestada por los maestros, con los ojos de todos los muchachos fijos en su pelo y en su cuello, mi Lolita.

•    Ya todo estaba listo. Los nervios del placer estaban al descubierto. El menor placer bastaría para poner en libertad todo paraíso.

•    Que vuelva pronto, rogué, dirigiéndome a un Dios prestado.

•    Ningún hombre logra jamás el crimen perfecto; el azar, sin embargo, puede lograrlo.

•    …el cuarto se volvería «la guarida de un escritor»

•    Oh, Lolita, tú eres mi niña, así como Virginia fue la de Poe y Beatriz la de Dante.

•    Para que sepas, he sido asquerosamente traidora contigo. Pero no importa un comino, porque de todos modos tú dejaste de preocuparte por mí.

•    Imagíname: no puedo existir si no me imaginas.

•    …aplicar mis labios voraces a su corazón desconocido.

•    ¿Cuánto pides por tus pensamientos?

•    Mi niña, se sabía observada, que gozaba con la lujuria de esa mirada y hacía alarde de risas y jugueteos.

•    Era amor a primera vista, a última vista, a cualquier vista.

•    La miré y la miré, y supe con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada imaginado o visto en la tierra, más que a nada anhelado en este mundo.
•    «Él me destrozó el corazón. Tú apenas me destruiste la vida».

•    Bueno, algún día, si quieres venirte a vivir conmigo… Crearé un nuevo Dios y le agradeceré con gritos desgarradores si me das una esperanza microscópica.


Tango…

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De ser posible, leer mientras se escucha la música 

En una habitación oscura hay una mesa pequeña y dos sillas. Una luz potente y blanca justo encima de la mesa, se balancea lentamente. Tú, estás de pie detrás de una de las sillas. Vistes un traje gris, zapatos Oxford de dos tonos, pañuelo azul en la solapa, corbata gris, camisa blanca y un sombrero de paño a juego. Yo estoy sentada en la otra silla con las piernas largas y perfectas, enfundadas en medias negras, cruzadas. Llevo el pelo suelto en bucles frondosos, los ojos delineados, los labios rojísimos. Mi vestido es negro, ajustado en el talle, de escote bondadoso al frente, de escote peligroso en la espalda. La falda me cae hasta los tobillos pero se abre en uno de mis muslos, donde la pierna se vuelve cadera. Llevo zapatos de tacón alto y fino, también negros.

En la mesa yace una partida de ajedrez muy reñida, casi tablas. Me echo hacia atrás en la silla, zoqueta y maliciosa y te muestro los dientes en una sonrisa burlona. Me miras de arriba a abajo y ladeas la cabeza. Al fondo suena un bandoneón triste.

– Es evidente que ninguno de los dos va a ganar esta partida, como no hemos ganado ninguna de las anteriores – dices mientras desabotonas tu saco y lo acomodas, prolijamente en el espaldar de la silla. Te acomodas los tirantes, te arremangas la camisa hasta los codos y te encajas el sombrero hasta las cejas, extendiéndome una mano suave, blanca, delgada, como de pianista.

Yo asiento, descruzo las piernas peligrosamente, tomo la mano y me levanto con gracia. Tu me halas con firmeza hacia tu cuerpo y me abrazas por la cintura, bien apretada. Me cuelgo de tu cuello mientras con la mano libre doblas mi rodilla y me sirves de apoyo para levantarme en peso. Giramos.

La música nos penetra y sigues dando vueltas mientras te desplazas por la habitación vacía. La luz nos sigue solo a nosotros. Solo existimos tú y yo, entrelazados en un abrazo estrecho. Mis senos a la altura de tus labios, mi olor inundándote. Te detienes y es como si detuviera el tiempo. Me dejas resbalar por tu cuerpo, mi pelvis por tu abdomen, tu mano en mi muslo. Me frenas nuevamente cuando es mi boca la que descansa frente a la tuya. Jadeas. Yo suspiro.

Me depositas en el suelo y jugamos con las piernas, dibujando figuras abstractas e imposibles. Rozas mis brazos sensualmente, yo acaricio tu cuello con mis dedos. Tus ojos se clavan en los míos, desafiantes. Me alejo de ti, me atrapas por los brazos, te me pegas a la espalda, me abrazas de nuevo. Besas mi cuello a la par de tus dedos acariciando mis pezones duros por encima del vestido. Giro la cabeza y gimo en tu oído.

Me tomas de los hombros y me giras. Apoyo la rodilla en tu muslo y salto. Tú me sujetas por el brazo y la espalda. Mi pierna libre revolotea en el aire. Me empujas por las caderas y ahora mis dos piernas se alzan. Caigo frente a ti en un split perfecto. Me recoges de un tirón y seguimos recorriendo el piso en una batalla de piernas y ojos.

Me levantas, me lanzas, me recoges, me alzas. Me regodeo para ti, coqueta, desafiante. Me buscas, me encuentras, me aprietas, me atraes… me haces tuya en el baile. Te siento rígido en mi vientre cuando me abrazas contra tu pecho. Me sientes húmeda en los muslos cuando me levantas en vilo. Sudamos, jadeamos, perdemos el aliento en una batalla que ninguno de los dos parece poder ganar.

La música sube y se acerca el desenlace. Mi cara roza la tuya, muerdo tu cuello. Me aprietas el culo, yo me vuelvo y lo pego a tu ingle. Caminas detrás mío, me agarras de la cintura, giramos de nuevo en una figura indescriptible y al fin me sueltas.

Caigo en la silla, cansada. Tu también te sientas con la camisa desencajada y el pelo sudado. Te miro con la misma burla de antes, soplo un beso rojo y mojado en tu dirección y te susurro:

– Ni modo, tendremos que seguir jugando.


Lenguaje de adultos…

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Tú sabes que tienes veneno entre las piernas
Y estas loca por hacerme mierda
Estas loca por hacerme comer hierba

 Se vale to-to – Calle 13

No me digas más “mi amor” ni me beses en la frente. No me tomes de la mano ni me hables con dulzura. Quítate el disfraz de caballero y ensucia la armadura. Cambia tu lenguaje rosa por una jerga diferente.

Hoy te quiero bellaco, perro, duro. Hoy tu me amasas las tetas y me muerdes el culo.

 

Esta noche hay que comerme cruda, en escabeche. Adobarme con limón, de adentro para afuera. Cuando acabes el banquete de carne de primera vas a chuparte los dedos y pedirme leche.

Las nalgas se me tensan y el vientre me palpita. Hoy me pintas los muslos de color azul mordida.

 

Hoy decimos cuchinadas. Hoy te cojo arrinconado. Va a ver nalgas moreteadas y peladuras internas. Hoy tú te descargas como un buque entre mis piernas y te vienes como maremoto en mi golfo salado.

Cuando termine contigo no vas a querer ponerte la corbata ni hacerte la raya al medio.

 


Esa lengua de fuego…

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(…) y entre tus muslos de marmórea piedra,
entretejí con besos una hiedra
que fue subiendo al capitel sombrío.”
Soneto – Rubén Martínez Villena

Allí donde nacen los suspiros, donde se cosechan los mejores estertores de amor… allí llega esa lengua de fuego a quemar entrañas, a revolver sensaciones.

Los labios estaban dormidos, callados, pero la lengua de fuego armó una fiesta de maullidos. No quedó ojo cerrado y terminé viendo constelaciones que nadie ha descubierto cuando tu lengua me sirvió de catalejo.

Pero la lengua de fuego no viene sola al encuentro. Se trae a sus amigos los malvados dientes y los labios suaves y hasta a diez dedos revoltosos que no respetan fronteras ni puertas cerradas.

Y comienzan a bailar los labios… los seis, entre todos. Se suma la lengua de fuego para alentar y calentar el ambiente. Un dedo se suma, entra el segundo en el “círculo cerrado” de amigos… un tercero. Y se escucha un grito que no puede ser otro que G que se ha emocionado.

Y se tensan el abdomen, los muslos. Se cierran las nalgas, se aprietan los dedos de pies y manos. Todo comienza a temblar, a estallar.

Y los labios se embriagan, los dedos se ahogan en jugos, la lengua se consume en la erupción que ha provocado.

Pero la fiesta no se acaba, solo está comenzando…


A veces…

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Y lloro sin que sepas que el llanto mio
Tiene lagrimas negras
Tiene lagrimas negras como mi vida.

Lágrimas negras – Miguel Matamoros

A veces quiero hacerle daño a alguien pero enseguida se me pasa pues matar a un hijoeputa no va a erradicar todo el mal que hay en el mundo.

A veces quiero correr hasta que se me cansen los pies y me caiga y me revuelque por el sueño, vencida, cansada, porque a veces siento que no puedo más.

A veces no me levanto de la cama, solo cierro los ojos y miro entre mis sienes y la busco a ella para que me lleve a volar entre sueños diurnos y mariposas.

A veces me despierto linda, lindísima y solo quiero mirarme al espejo hasta que ya no me sienta linda más, hasta que me sienta fea fea y no me pueda mirar más,

A veces me sube el fuego por las piernas o me baja por el cuello y me quema cuando hace contacto en mi ombligo y se me mojan los labios y se me erizan los vellos.

A veces río a carcajadas hasta que lloro o hasta que me orino, otras, sonrío con los ojos o con los dientes porque soy feliz como los niños chiquitos.

Pero a veces, solo a veces y cuando nadie me ve, ni me escucha ni me siente, cuando ni siquiera me saben viva… lloro.