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Autocomplacencias…

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Deja en su musgo errar mis dedos, ahí donde brilla el botón de rosa: déjame, entre la hierba clara, beber las gotas de rocío, ahí donde la tierna flor está rociada; para que el placer, amada mía, ilumine tu frente cándida como, al alba, el azul tímido.

 Paul Verlaine

Hoy no quiero saber de nadie.

No quiero saber de hombres, no quiero saber de otras mujeres.

Hoy solo yo y mi cama existimos.

No quiero saber de labios ni de ojos.

Me bastan mis sábanas para acariciarme.

 

Hoy solo existe un yo y solo existe un eso.

 

A un metro del piso, a las puertas del cielo,

en un rectángulo de espuma yazgo, diva y señora.

Todo huele a mí y me excita, me abrazo a mi almohada.

Los dedos bailan en la carne, solo la tela es testigo.

Las paredes recogen los suspiros y se los beben de a una.

 

Hoy nada cuenta más que  mi deseo de mí.

 

El rostro distorsionado en una mueca suplicante.

Los ojos se cierran, encendidos en un fuego que no cesa,

Las piernas contraídas, los músculos tensados.

El centro que palpita con cada bamboleo.

Una explosión tras otra que lo consume todo.

 

Hoy se pueden ir todos al carajo en fila.

 

El rito es preparado y llevado a cabo por mí.

Hoy me venero y me ofrezco pleitesías a mí misma.

Me descubro, me encuentro, me repaso, me siento.

Me tiendo en una bandeja, rociada de mieles y jugos

Para devorarme toda, para comerme viva.


Poema narcisista…

el rapto de las mulatas

Todo lo bueno es de piel morena.

Anónimo?

Mis labios de melao de caña con una pizca de aniz. Mis ojos como avellanas, respingada la nariz.

Mis manos saben el arte y las mañas de acariciar. Mis caderas cadenciosas no pueden dejar de bailar.

Mi aroma de fruta fresca brota intenso de la raiz de mi cabellera rebelde como tuza de maiz.

Mis piernas de amazona se prenden del suelo al andar pero el paso es muy ligero, como gacela al saltar.

Mi cuerpo esconde montañas, riveras y laberintos y en él puedes encontrar tesoros que nunca has visto.

Y guardo una caracola que canta al ritmo del mar. Soy el Caribe. Cuidado! No te debes enamorar!


La insoportable levedad del ser…

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El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores.

Milan Kundera

Se fumó el último cigarrillo antes de subir al bus que lo llevaría a su casa, luego de una larga jornada de trabajo. Se sentó en el último asiento de la derecha, junto a la ventana. Tenía sueño, estaba cansado. No había dormido nada pensando en su humillación de aquella madrugada.

Hacía más de un año que quería follársela pero el tiempo, la distancia y el karma de casanova sin remedio se la ponían difícil. Era un admirador semi-secreto de su trabajo y no se perdía nada de lo que ella hacía. El invierno no era tan helado cuando ella aparecía pero las últimas nieves no habían sido disipadas con su cálido toque esta vez. Debía admitirlo: la extrañaba. Llevaba días pensándola cuando de pronto le entró un mensaje.

“Te espero”, decía. O algo así. Se puso tan frenético que trastocó la hora y el lugar y solo porque ella era un poco bruja y le dejó algunos hilos tendidos logró llegarle a tiempo, con santo y seña incluidos y finalmente coincidieron en espacio y tiempo. Era tarde y a la mañana siguiente trabajaba temprano pero su espíritu exaltado y su ego de viejo cazador le decían que aquella moza de morros rojos no iba a sacarle un susto a él; no aquella noche de aullarle a la luna.

Sin mucho preámbulo ni parafernalia fetichista se le descubrió diosa y señora, azucarada y aguda, como siempre, solo cubierta con unas bragas de rayas jorobadas. Los pezones del color de las moras salvajes, erectos, desafiantes y acusadores, redonditos y tiernos, tan nuevos le dolieron en las pupilas. La melena se le escurría, irreverente y coqueta por los hombros de canela. Los labios entreabiertos le susurraron “tócate” al oído con un vaho dulzón de cerezas que le llegó al alma, lo zarandeó, lo subió a la azotea y lo arrastró por el suelo, a sus pies.

Él se despojó de sus prendas sin dejar de mirarla. ¿Cómo hacerlo? Era como una aparición, un jeroglífico, un volcán en erupción manando delante de sus ojos y el aire era tan denso que no podía respirar sin doblarse. Se sentó a la orilla de la cama y ella se acostó a su lado. Él se escupió la palma de la diestra y se acarició el miembro. Ella subió un brazo por encima de la cabeza y el seno se tensó, redondeándose más. La otra mano llevó un dedo a su boca mientras le guiñaba un ojo. Él intentó agarrarle la pierna con la mano desocupada pero ella la separó, abriéndose como un compás y cerrándolas de nuevo. “A mí no”. Él musitó un “puta” entre dientes y ella gimió.

No podía creer que tuviera a aquella princesa persa, a aquel ángel caído al alcance de un cuerpo y que estuviera pajeándose, tristemente y a sus órdenes pero no pudo detenerse. “Al menos quítate las bragas”, suplicó. Ella dijo no con el dedo ensalivado que sacó de su boca y echó la cabeza hacia atrás, riendo. Los ojos de él se clavaron en el hoyo de su cuello y quiso follarla por allí mismo, entre sus huesudas clavículas, sin piedad. Se mordió los labios y sin moverse de su mustia esquina de la cama sintió el calor de la piel felina en la punta de su glande hinchado. Y así siguió, sobando su pene por cada parte del cuerpo vibrante que se le resistía a pataditas, lubricado con sus propios fluidos seminales que manaban; agonizante.

“Tienes 5 minutos para venirte”, le ordenó la Afrodita de hielo ardiente al otro lado del colchón. “No soy de los que se dejan dar órdenes”, dijo él deteniéndose. “No podemos parar el tiempo ahora y te quiero líquido”, suavizó ella pero sin dejar de presionarle el muslo con los dedos de su pie, la única parte de su cuerpo a la que le daba un mínimo acceso. “Ayúdame”, volvió a suplicar él con ojos de condenado a muerte. Ella le reviró los ojos y le dio una mueca de desdén que le latió en el escroto pero reanudó el masaje. Ya era demasiado tarde para retirarse, ya estaba diluido y las sábanas se manchaban de su sudor vejado.

“Imagina que mi ombligo es mi coño y que te dejo lamerme toda”, dijo ella trayendo sus dedos empapados hasta el vientre. Comenzó a acariciar los bordes y a respirar entrecortadamente. Él se clavó en su bósforo abrupto y bordeado de vellitos erizados con ojos y falo. Se apretó más fuerte y se rastrilló con demencia. Ella siguió masturbando su ombligo con dos dedos y el meneo de sus nalgas en el colchón lo terminó de volver loco de deseos y al primer gemido de ella se le abalanzó al cuello, sin dejar de tocarse. La agarró a mordidas y chupetes y le atrapó la boca, besándole hasta el apellido. Ella lo asió de los hombros y lo apartó suavemente pero con suficiente firmeza como para hacerlo retroceder. “Báñame con tu lluvia de hijos”, le dijo e hincó los codos en la cama, flexionando el abdomen para dejar un camino directo desde el cuello hasta el vientre.

Y no pudo más, se le escapó la vida en dos o tres gatillazos convulsos y rápidos. El primer chorro de semen le bañó el cuello y las tetas. Rasgó su garganta un aullido de lobo estepario y se llevó el prepucio completamente hacia atrás para recoger las últimas gotas acumuladas en la uretra y, aún temblando, dejó caer lo que le quedaba de hombre justo encima del obligo. Se dejó caer, demoledoramente vencido. La gravedad hizo el resto. El ombligo se llenó del semen acuoso y blanquecino.

Ella soltó una carcajada de placer, de placer triunfal. Él la odió más que nunca.

Se bajó del bus y encendió otro cigarrillo. 15 minutos de viaje le habían parecido eternos. Estaba rabioso y marcó el número en el móvil. Del otro lado una voz conocida le dijo que si y en 4 zancadas subió las escaleras, abrió la puerta de un empujón, le arrancó la bata de dormir a aquella mujer de matar calenturas ajenas y la atrincheró contra la espalda del sofá, en un polvo malagradecido y urgente que lo dejó más jodido que antes.

Y se fue, con su rabo de perro viejo entre las piernas, sabiéndose derrotado por un ombligo y aún preguntándose cuál sería el sabor del coño de un súcubo.

Nunca lo sabría.


Dibujo de desnudez…

 Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias.
Hexaedro Rosa V – Rubén Martínez Villena

El arte de tocar…

La piel tersa y sudada, la carne firme, desafiante. El dedo que recorre centímetro a centímetro. Los vellos que se erizan al contacto. El camino…

Mano, brazo, hombro… una pequeña pausa en la clavícula. Luego el esternón, sintiendo cada hueso bajo el sudor. La curvatura, el pezón… temblor… sonrisa. Sigue el abdomen contraído, tropieza y cae en el ombligo… más risas. La pelvis húmeda, la unión entre el pubis y la pierna… el muslo musculoso, la rodilla, la pierna, el tobillo, el empeine.

Ella gira y los dedos siguen por la planta del pie… una patada es el reflejo. Oops! La pantorrila, el huequito detrás de la rodilla, el dorso del muslo… la unión del muslo y el glúteo  Suspiro. La nalga regia… pausa entre ambas, pausa en los hoyuelos. Tamborileo en la región lumbar, subiendo por la espina. Leve masaje en la escápula, presión en la nuca… dedos entre sus cabellos…

Gemido…


Impotencia y vejación…

La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.

 Miguel de Cervantes

Hoy voy a hablar de un tema muy delicado y que, por desgracia, me toca muy de cerca.

Supongo que desde que el hombre es hombre existe el acoso sexual – aunque sin ser penado o siquiera reconocido al principio – pues también desde que el hombre es hombre existen los vicios. Es cierto que el acoso sexual existe sin distinción de géneros y el victimario puede ser tanto un hombre como una mujer pero no podemos negar que es más común que las víctimas seamos las féminas. No sé si por nuestro carácter más dulce, por nuestra apariencia indefensa o por nuestra belleza, a veces tergiversada en objeto sexual.

El caso es que hace muchos años que no había estado en presencia de un caso, desde una vez que yo misma fui acosada, siendo solo una niña. Una persona que estimo mucho fue acosada hoy y fui testigo de una escenas, aparentemente casual y verdaderamente premeditada y asquerosa. Ella caminaba rumbo a su oficina cuando un compañero de trabajo de algún rango se cruzó con ella, para beneplácito de todos, justo en frente de una cámara de seguridad. El tipo – pues no puedo llamarlo de ninguna otra forma humana y no quiero ser grosera, aunque justa – no guardó la distancia que debió y le pasó casi rozando, mientras con su mano, en ademán de tocarle el talle, se deslizó de manera natural y rápidamente por su trasero.

Yo vi la imagen, la vi dos veces para estar segura y a primera vista parecía un simple error, una casualidad, algo sencillo, sin malicia. La segunda vez que la vi sentí odio y me di cuenta se la saña, de la lascivia, de la vejación en toda su magnitud, aunque disfrazada de gesto amable. No hablaré del desenlace, no hablaré de lo que sucedió después, ni siquiera hablaré de mi papel en este turbio asunto. Quiero reflexionar sobre el hecho aislado, sobre el acoso en general, sobre la humillación, sobra la violación en si.

Me pregunto, ¿qué le da el derecho a otra persona a invadir tu privacidad cuando tú, evidentemente, no le has dado señal alguna de que puede acercarse a tu persona? Eso me jode a mi, me jode mucho y sobre todo porque no soy adepta del contacto físico. Soy muy fría, lo confieso, incluso con mis seres queridos… ni qué decir la distancia que mantengo con la gente extraña, con quienes no tengo confianza ni roce alguno. Mi espacio personal es algo sagrado y solamente yo puedo darle permiso a otra persona para acercarse, gradual y únicamente hasta el punto que yo le permita.

Cuando alguien se aprovecha de su superioridad – dígase de género, de fortaleza, de rango, de inteligencia o de lo que sea – para violar el derecho de otra(s) persona(s) de gobernar sobre su anatomía, simplemente creo el mundo es un lugar muy sucio, sobre todo cuando sucede impunemente. Las mujeres hemos sido víctimas desde que el mundo es mundo por ser, desgraciadamente, inferiores físicamente hablando y tener desventaja a la hora de defendernos de los hombres.

El mundo está lleno de caballeros que al saber de estas cosas se indignan y hasta toman la justicia en sus manos para vengar la afrenta pero también está llena de cabrones que se valen de su fuerza para transgredir la puerta que la mayoría de las mujeres mantenemos cerradas para el mundo, hasta que nos sentimos confiadas o impulsadas a abrirla de a poco para aquellos que realmente merecen entrar.

Hoy es un día triste pues hoy se ha violado una regla que habría de ser inviolable y que – es una pena pero es real – nunca verá justicia en todos los casos.


Un cuento para mí…

Un regalo, un cumplido, un cuento… para mi.

Los silencios de Onán.

No conserva registro alguno de la tesitura de su voz, ni siquiera la imagina. Tampoco consta en sus recuerdos memoria referente a los sentidos del gusto, tacto u olfato. Así, no sabe de salivas mezcladas ni fluidos canjeados en el mercado de la carne, ignora las temperaturas que acompañan el proceso de abrirse paso entre humedades y por ende, desconoce el sentido en que se mueven en el espacio las partículas revueltas de las hormonas de ella. No sabe cuánto de fugaz o tercos pueden ser los olores atrapados en un cuarto ni del efecto morning after, ni desayunos o alientos, despedidas o exclamaciones.

Sin embargo posee sus palabras, las exactas, las suficientes, las reveladoras. Palabras que Onán acaricia y moldea, distribuye, posiciona y vuelve a visitar.

Palabras de senos pequeños y aureolas color de las moras salvajes, de nalgas tersas que sustentan las creencias de una nueva religión, discursos reptantes entre zapatos y muslos de diosa meretriz ofrecida y a la vez venerada. Palabras escritas en altares de conchas y entradas al Averno, espetadas, demostradas, innegables. Arengas de estatua impúdica y curvas de regreso al ombligo, palabras con ranuras postradas, rajas, grietas y el mapa estelar, salidas de labios profanos, invitados a ser mancillados. Palabras donde la turgencia es una constante y el verbo, obligadamente, se convierte en latido.

Palabras que profesan Soy el camino, Soy la verdad y esta es la desnudez de mi entrepierna, que no os baste con contemplar mi Capilla Sixtina, levántense y anden. Estos son los pilares que sustentan mi templo, depositen su ofrenda de semillas y mis piernas-puertas siempre estarán abiertas.
Onán el incrédulo, sin el asidero de una fé constante y abrumado por tanta teología, prefiere callar, renegando así del credo y la aparición celestial y en un intento oportunista de salvarse, a medio camino entre cielo e infierno, se condena y purifica derramando en la tierra cada palabra de ella. Sólo después de este acto, Onán el pecador, se levanta en silencio dispuesto a tirar la primera piedra.


Lo que no se lleva el viento…

¡Salid de la memoria evocadora
con vuestro amor, pues tengo frío ahora!
Sabed todos que os llevo de la mano.

Vuestras sombras estallan como un mito
de vez en cuando aquí. Sois lo bendito,
hombres que me servisteis de verano.

Carilda Oliver Labra –
Hombres Que Me Servisteis De Verano

Instantes

2000 – Él, de ojos marrones, cabellos negros y una piel tan blanca y suave a sus escasos 11 años, me dejó sus labios rojos, adornados con una pequeña cicatriz en el superior.

2002 – Cabellos rubios, oro viejo y sucio, mejillas siempre sonrojadas; este me contagió de besos solo revividos en sueños pero esperados en silencio.

2003 – Otro de nariz aguileña, sonrisa burlona, aliento de cigarrillos y amistades peligrosas me convirtió a Villena y su religión, sin siquiera conocerlo; también me mostró que la vida cabe en una gota.

2004 – Quién me iba a decir que el hermanito de 14 años de un compañero de aula me sorprendería con besos y caricias de adultos en aquel banco de un parque; yo tenía 15.

2006 – Tecnológico, un 4to piso, 3er año y él me embriagaba con sus perfumes caros y me sofocaba entre sus brazos fuertes sin siquiera tocarme, susurrando barbaridades a mi oído mientras ambos nos deseábamos en silencio; nunca dimos ni un paso.

2008 – Mégano, ¿cuántas bocas en una misma noche? una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ya no recuerdo. Besos dobles, triples, cuádruples… pero me quedé con los de él y con su “EVIL” tatuado en los nudillos y el grifo del brazo derecho.

2009 – Honda Prelude año ’93, a 90 mph: mano, ingle, labios, dientes, piel, sudor, jadeos, lengua… semen. Pavimento bañado de lo que debieron ser seres humanos, huérfanos de esperanza a golpes de succión.

2010 – Present: Las confesiones duermen en mi y en ti.


Soy y seré más mujer…

Soy mujer.

Lo soy por muchos motivos,

más allá de mis cromosomas,

de mis genitales y mi ADN.

Soy mujer

y no solo por mis cabellos largos,

ni porque me pongo vestido

o porque uso aretes y las uñas largas.

Soy mujer

cuando mis senos duelen por días

y mi útero sangra. Mi cuerpo se queja

y mis hormonas se disparan.

Soy mujer

a la hora de bailar en tacones

de cinco pulgadas, de lucir fresca

y hermosa, femenina y calmada.

Pero seré más mujer

cuando tus manos dibujen mi silueta,

moldeen mis caderas

y tu sueños compartan mi almohada.

Seré más mujer

cuando el silencio no exista,

cuando el tiempo se detenga,

cuando no nos separe nada.