Archivo de la etiqueta: Ellas

Interrogantes…

Mujer Abastracta.

En todo momento de mi vida hay una mujer que me lleva de la mano en las tinieblas de una realidad que las mujeres conocen mejor que los hombres y en las cuales se orientan mejor con menos luces.

Gabriel García Márquez (el Maestro)

Quién dijo que el ser mujer me minimiza? Qué eso de que soy el sexo débil? Por qué el resto del mundo me ha juzgado de antemano sin dejarme intentarlo, alegando que soy menos? Por qué razón el tener el pelo y las uñas largas es algo obligado para verme bien? Qué razones los llevan a pensar que vengo con un gen que me hace idónea para la limpieza, el lavado, la cocina, el fregado y todo tipo de actividades domésticas? Quién ha dicho que está escrito en piedra que mi objetivo en la vida es casarme y tener hijos? Por qué el tener una vagina me vuelve víctima de abusos de todo tipo? Qué les da el derecho de decirme a qué hora debo enamorarme, casarme, qué debo estudiar y en qué debo trabajar? Quién y por qué razón se atreve a prohibirme pensar?

Ser mujer es lo mismo que ser hombre. Es ser humano. Ser mujer es fortaleza, sabiduría; es bendición.

Soy mujer y soy igual a ti que eres hombre y a la vez soy diferente como también soy diferente de otra mujer. Todos somos únicos y valiosos.

Respétame!

 


Violonchelo…

violonchello

Tu sexo me sabe a naranja
a campo
a miel

Me sabe a volcán que se alza
a leyenda
a raíz que se prende a su ser
a puño cerrado
a patria
a ti

Tu sexo me sabe a mujer.

Tus sabores – Rosa Maria Roffiel

Violonchelo…

Llegó el verano. La temperatura es alta; el aire está muy denso, caliente. “Es molesto ensayar así”, piensa Isabela mientras se escurre las gotas de sudor de su frente mojada y prosigue en su apasionada lucha de notas arremolinadas. La música triste que sale por la ventana se escucha por todo el vecindario. Desde el patio, Laura la observa, sentada en la hamaca del naranjo. Sus piececitos desnudos no llegan al suelo, es pequeña para su edad. Se balancea suavemente mientras chupa una naranja. Sus labios rojos se oscurecen por la presión en la fruta, ya casi seca.

Laura tiene 16 años. Es rubia natural y su piel es rosada, parece una muñeca. Isabela es morena, su piel es blanca, pero el cabello es muy negro. El contraste llega a ser chocante a veces. Ahora sus mejillas están sonrojadas por el calor sofocante y el esfuerzo de su lírica vespertina. Su cabellera le cae por los hombros sudados, se le pega en la frente y el cuello. No se puede concentrar, hace demasiado calor. Deja el chelo a un lado por un momento y con una peineta recoge todo su cabello en un amasijo, bien alto en su cabeza. Quedan al desnudo sus hombros y cuello; desliza su mano recogiendo el sudor, que limpia en el vestido y vuelve a la carga, no se rinde. “Esta pieza es fácil, pronto la dominaré”, se dice mientras esgrime el arco sobre las cuerdas adoloridas del violonchelo, que llora su lamento al contacto.

Laura deja la hamaca, camina descalza sobre el sendero de grava. Sus pies acostumbrados a él no se quejan de la aridez de la piedra caliente. No soporta ponerse zapatos, siempre anda descalza, con el cabello revuelto. “Es una niña salvaje”, dice su madre cada vez que la ve trepada en el naranjo. Se acerca despacio a la ventana, sin hacer ruido; lánguida, ausente, mirando a Isabela interpretar ese “réquiem en re menor” de Mozart, que la tiene sumida desde la mañana. Isabela está sentada en su banqueta, con el chelo entre las piernas, el vestido remangado, descalza también.

Laura se apoya en el alféizar de la ventana, mientras lame sus dedos pegoteados por el jugo seco de la naranja. No deja de mirar a Isabela, que contorsiona su cuerpo al ritmo de la música. Mira su nuca esbelta, llena de pequeños vellos, que bajan por su espalda en una delgada línea, hasta perderse en el escote del vestido. Ahora sus ojos recorren sus caderas, y sus piernas desnudas y abiertas, su espalda arqueada, el suave vaivén de sus nalgas en el asiento. Sigue degustando sus deditos aunque ya están limpios. Una mano traviesa recorre su muslo sobre la falda, despacio, despreocupadamente. Del muslo sube al vientre, pasa por el abdomen, luego a las costillas, hasta llegar a los pequeños senos. Sus dedos dibujan círculos por sobre la fina tela, alrededor del pezón.

Isabela juega con las cuerdas y el arco, sus dedos desandan el brazo del chelo. Con los ojos cerrados escucha sus propias notas, se acerca el preludio del fin. La interpretación se vuelve delirante, convulsa, desenfrenada. Su movimiento se vuelve febril, su cuerpo es la música. La peineta que recoge sus bucles se afloja con el paroxismo de expresión corporal y sus cabellos caen por el rostro y la espalda, en cascada.

Laura apoya las manitas en el alféizar y salta suavemente, subiendo para cruzar la ventana. Se sienta y cruza las piernas hacia dentro de la habitación. Todo esto lo hace despacio, en silencio, para no interrumpir el arte de Isabela. Pone sus pies en el mármol frío del suelo, camina lentamente, sonriente, hacia la banqueta. Isabela danza con su música, su cabello revuelto perfuma la habitación, su olor de hembra sudada flota en el aire.

Laura camina hasta estar parada tras ella, y la observa, excitada, con una sonrisa en los labios y los ojos perdidos, pero no deja de mirarla sin ver. La música llega al desenlace, entre convulsiones y alaridos, cesa. Isabela queda exhausta, sus dedos adoloridos, su cuerpo cansado, su frente sudada. Laura levanta sus brazos y la abraza por la espalda, poniendo sus manitas sobre los senos redondos de Isabela.  Ella se queda inmóvil, solo respira y se deja abrazar, deja que los deditos comiencen a moverse por sobre la suave tela que cubre su busto. Laura le besa el cuello, huele sus cabellos y roza sus pezones erectos, suavemente, con la espalda sudada de la otra.

Isabela suelta el chelo y toma las manitos pequeñas con las suyas y despacio, las separa de sí. Se levanta de la banqueta y mira a Laura a los ojos, seria, insondable, distante. La contempla por un rato y la atrae hacia sí, para abrazarla contra su pecho. Isabela tiene 20 años, es alta, esbelta, es una mujer, con cuerpo de mujer. Laura en sus brazos parece una niña, pues es menuda, lánguida, pequeña.

“Quiero jugar Bella”, dice Laura, con su rostro apoyado en los senos de Isabela, así le dice de cariño. La morena toma su rostro entre sus blancas manos y la mira a los ojos directamente, escrutando, muy seria aun. Sus pupilas dilatas y perdidas, su respiración algo alterada. En sus labios rojos se dibuja una sonrisa maliciosa pero fría, su lengua recorre sus propios labios; gesto sensual y peligroso. Se acerca despacio a la carita de Laura, respirando el aliento cítrico de la jovencita. Su nariz roza la mejilla, sus labios besan la comisura de la otra boca. Se separa de nuevo, lentamente, mirando de nuevo en la profundidad de los ojos azules. Laura transpira y tiembla. Isabela vuelve a acercarse, hasta acariciar los labios con los propios, pero solo los roza, en un juego macabro, que acelera la respiración de Laura. Isabela deja salir su lengua y recorre lentamente los labios de Laura que se deja hacer, tranquila, inerte. Los entreabre y deja que la lengua de Isabela los saboree.

Isabela ejerce presión en las mejillas de Laura y esta abre más la boca. Al fin se besan, en un reguero de labios, lenguas, saliva y gemidos. Las lenguas salen de las bocas y se relamen y acarician, mientras se miran a los ojos. Isabela se detiene, mira a su alrededor y se sienta en la banqueta, atrayendo hacia sí a Laura, que ya está perdida, insana. La hace sentarse a horcajadas sobre sí, remangando el vestido y dejando al desnudo las piernas de niña. Deja que las mangas del vestido corran por los hombros, dejando al descubierto los senos pequeños y puntiagudos de la pequeña, que le quedan a la altura de la cara. Se sumerge en la piel de Laura, la olfatea, la roza, la toca, la lame, la saborea. Sus manos recorren los bracitos diminutos, los hombros desnudos, mientras su boca juguetea con los senos pequeños y excitados. Degusta los diminutos pezones, los engulle, los muerde, sacando un lamento adolorido de los labios de Laura.

Isabela deja los suyos al desnudo también. ¡Qué contraste! Los senos de Laura son pequeños, de pezones rozados, los de Isabela son grandes, redondos, los pezones marcados y carmelitas. Se pega a Laura y restriega sus senos con los de ella, los agarra con sus manos y los une, disfrutando la sensación de seda que la enloquece. Ahora es Laura la que se encorva y saca su lengua temblorosa y recorre la redondez de las bellas tetas de Isabela. Chupa por todos lados, dejando un rastro de saliva a su paso, mientras los amasa con sus manitas nerviosas.

Una mano de Isabela se desliza por su vientre y va a dar a su propio sexo, que palpita a centímetros de distancia del de Laura. Lo acaricia, por encima de la ropa interior húmeda, “mhh”, gime. Ese roce en su pubis y la boca de Laura en sus pezones la excitan sobremanera. Del suyo pasa al de Laurita, que se retuerce cuando los dedos apartan el blúmer e irrumpen en su vagina mojada ya. Se queda quieta, su lengua ya no se mueve, ni sus manos, apenas respira. Solo disfruta del esfuerzo que hacen los dedos virtuosos por entrar; su vagina se resiste un poco, pero al fin, cede. Su cuerpo se tensa completo, pero poco a poco se deja llevar y comienza a moverse, poco a poco. Sus nalgas buscan acomodarse de manera que la penetración sea absoluta y profunda. Isabela la mira mientras se menea sobre sus muslos y sonríe, con la misma sonrisa cínica y macabra. Disfruta subyugar a Laurita ante su poder, lo disfruta tanto que arremete con sus dedos, con fuerza, una y otra vez en la vagina de la joven. Laura gime desesperada, se contorsiona.

Isabela saca sus dedos embarrados de fluidos y los ofrece a Laura, que los saborea, ávida, desquiciada. Se levantan de la silla y Laura se tiende en el suelo, Isabela entre sus piernas, levanta el vestido y se deshace de la prenda interior mojada, la lanza a un rincón y aprieta sus senos contra el pubis de Laurita, que cierra los ojos al contacto. Se acomoda y vuelve a tocarla, esta vez despacio, por fuera, acaricia con sus dedos la vagina suave y mojada de Laura. La huele, la observa con detenimiento, como quien mira un tesoro. Se acerca y deja que su nariz se hunda entre los labios, que la reciben con un saltico que da Laura. Separa los labios con los dedos y saca su lengua, y recorre toda la vagina, de abajo a arriba. Laura se retuerce de nuevo, agarra el vestido entre sus manos, apretando, con los ojos cerrados y mordiendo sus labios. Isabela sigue recorriendo con su lengua, y chupando por todas partes. Abre la boca y trata de abarcar todo en un beso, pues esto es lo que hace realmente, besar la vagina mojada y palpitante de Laura, que ya está ausente. Isabela chupa, lame, succiona, muerde los labios de Laurita. Introduce un dedo sin parar su labor y baja su otra mano a su sexo, y comienza a acariciarse, en la piel viva, haciendo círculos sobre su diminuto botón.

Sigue lamiendo y moviendo el dedo dentro de Laura, deja que el segundo entre también y sigue el movimiento. No deja de tocarse ni de lamer, sigue besando todo y tocándose a sí misma. Las dos gimen, se mueven al compás de sus sexos; tiemblan, sofocan gritos. Cada vez es más rápido el ritmo, cada vez entran más profundos los dedos en la vagina penetrada, cada vez más rápido el movimiento de los dedos en el clítoris erecto, cada vez más intenso el beso de los labios sobre los labios. Se acerca el preludio del fin, y es tan convulso o más que la interpretación de la pieza en el chelo. Las carnes son las protagonistas de este concierto que se acerca al final, que entre notas agudas y repetidas está llegando a su cúspide gloriosa. Laurita es la primera que sucumbe, y se muerde la palma de la mano mientras su cuerpo intenta desprenderse de las ataduras de su carne; ella vuela, dentro de sí, vuela en una descarga eléctrica que le recorre todo el cuerpo, y su cuerpo no resiste tanto placer. Estalla.

Isabela sigue en su afán, sin darse cuenta de que ya Laura no siente, no piensa, solo yace inerte y al borde de la enajenación absoluta. Sigue tocándose, acariciándose, entre gemidos y sudor, también su pieza se acerca al fin, y acelera el roce de sus dedos en su pubis febril. Sus senos desnudos saltan, abre más las piernas, se encorva y se retuerce, ya no hay vuelta atrás. Un gemido rasga el silencio de la habitación con una acústica digna de conservatorio. Su cuerpo se tensa completo y solo se siguen moviendo sus dedos en su sexo. Convulsiona una y otra vez, primero con furia y más despacio ya, dejándose llevar solo por el impulso de sus vaivenes. Sobreviene la paz.

Ambas yacen en el suelo de mármol frío, una junto a la otra, con las ropas a medio quitar, los cabellos revueltos y las mejillas sonrojadas. Respiran suavemente, con los ojos cerrados, disfrutando del descanso, bien merecido. Así transcurren unos minutos hasta que Isabela se levanta, arregla sus ropas y toma de la mano a Laurita. Las dos se miran, ya vestidas otra vez, se besan tiernamente, se miran. Isabela toma el chelo y se sienta en la banqueta, Laura se para en la ventana, las notas tristes vuelven a fluir.

Isabela interpreta “Réquiem en re menor” de Mozart mientras Laura la mira desde la ventana y ríe, primero entre dientes, luego en voz alta, hasta que rompe en carcajadas. Se abre la puerta de la habitación y entra la madre de Laura. “Niña, deja a tu hermana practicar en paz”, le dice, mientras Laura sigue riendo como una obsesa e Isabela interpreta su melodía como los mismísimos dioses.


De torres y maniquíes…

“¡He aquí una de mis víctimas! En su muerte se consuma mi ansia de venganza y se cierra el cielo de mi mísera existencia.”

Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary Shelley

El sastre.

Este era un poblado recóndito de Francia y la historia que les contaré aconteció en la Edad Media. Amén de no ser un poblado rico ni de tener una población extensa, los ciudadanos de la burguesía ostentaban la costumbre de hacer bailes y galas dignas de un Rey y su corte. Para sustentar la tradición de los recurrentes bailes de máscaras y los disfraces increíbles, el abuelo del Señor Feudal había hecho traer de París a una familia de sastres muy importantes, dándole a cambio todos los beneficios de los que no gozaban en la gran ciudad por la agotadora competencia.

El Señor Feudal del poblado era un hombre fuerte y enérgico, de unos 50 años y hacía poco había desposado a su quinta esposa, de 17 . Era la muchacha más bella de la región y él la había exigido a sus padres, pobres aunque nobles y no pudieron negarse a tal pedido; el Señor Feudal podía ser muy persuasivo cuando lo deseaba. Transcurría una época de buen clima, sin guerras que azotaran, de buenas cosechas y por tanto, mucha abundancia que el Señor Feudal festejaba a diestra y siniestra. También aprovechaba la buena racha para agasajar a su joven esposa que lo detestaba en silencio aunque permanecía a su lado, fiel y callada.

***

– Ana, mi bella Ana. ¡Ya no aguanto esta ausencia, no resisto veros en otros brazos que no sean los míos! – dijo el amante mesando los cabellos de la señora entre sus brazos.

– Oh mi amor, no desesperes, pronto estaremos juntos – respondió ella y se prendió de su cuello. El amante la arrinconó contra la pared, levantando su pierna entre lienzos y encajes. Le acarició el muslo, bajando suavemente la media de seda. Ella le besó en los labios. El amante siguió su camino entre las interminables ropas de la joven señora y no sin mucho trabajo, la penetró al fin con dos ágiles dedos. Ella se apretó más aún al otro cuello y así vestidos, intentando ser silenciosos, arrinconados contra una pared, desataron sus deseos y disfrutaron de aquel placer clandestino que compartían hacía un par de meses.

– ¡Oh, tus dedos, son mágicos! – susurró al oído de su amante, llegando al orgasmo.

La señora se acomodó los ropajes, acicaló sus cabellos y empolvó su nariz sudada. Se compuso de pies a cabeza y salió del pequeño cuartico donde desató sus más bajas pasiones. Se sentó en la salita diminuta y esperó. Un joven gallardo y hermoso apareció en breve y la saludó. Mientras una muchachita como de su misma edad pero que lucía más joven por ser soltera le sirvió un poco de té. Ana le sonrió y la joven salió de la habitación.

– Señora Ana, un gusto verla, cada día más hermosa.

– Oh Pierre, usted siempre tan galante – dijo ella, ruborizándose.

– Su vestido aún no está listo, le pido disculpas. He tenido poco tiempo por estos días pero si regresa mañana le podremos hacer los últimos ajustes – dijo él con pesar.

– Le creo, usted tiene dedos mágicos y nada ni nadie se le resiste, ¿no es cierto? – dijo ella y le guiñó un ojo.

– Como usted diga mi señora, solo perdóneme por la tardanza – respondió él nervioso, alisando su hermoso cabello negro.

– No hay problemas querido Pierre, de todas formas el paseo por el pueblo me hace mucho bien. Al menos puedo salir de casa – dijo ella, más para si misma que para su interlocutor. Él guardó silencio por unos instantes, apenado.

– Vuelva mañana a la misma hora, le prometo que estará listo.

– Gracias.

Ana dejó el lugar sin prisas, bajando de la alta torre donde Pierre cosía y descosía sin parar, dándole a los ricos de la zona los más bellos atuendos jamás vistos. Siempre sentía una insoportable sensación de vértigo al subir o bajar aquella escalera interminable en forma de caracol y el olor a humedad de las estrechas paredes casi la hacía desfallecer de fatiga y asco. Ya desde la calle se detuvo a contemplar la decrépita edificación de aceras adornadas con elegantes maniquíes. Un suspiro salió de lo más profundo de su alma. Siguió camino.

***

Ana despertó exaltada por los gritos de los empleados y cubriéndose con una manta salió al corredor.

– ¿Qué sucede Antoine? – preguntó a uno de los criados que apareció corriendo.

– ¡Una desgracia señora! ¡Una desgracia! – dijo el hombre llevándose las manos a la cabeza y huyendo sin más. Ana se apresuró y bajó las escaleras hasta llegar al gran salón, donde la esperaba una escena grotesca y espantosa.

Sentado frente a la chimenea en su silla de siempre la esperaba su esposo, vestido con su mejor traje y ostentando un elegante sombrero de plumas moradas. Ana se acercó despacio, tenía miedo. Fue rodeando lentamente el asiento, sus pasos descalzos no se sentían sobre la alfombra. Al quedar frente a su cónyuge se arrodilló despaciol, murmurando palabras amorosas.

– ¿Querido, qué sucede, por qué estás aquí a estas horas? – pero no recibió respuesta alguna. Se acercó más y lentamente descubrió el rostro del marido, quitándole el sombrero. Un grito de horror surcó la mañana y Ana cayó desmayada frente a la chimenea.

La razón de todo fue la imagen horrenda que quedó ante sus ojos al descubrir la cabeza de su esposo… muerto. La muerte en sí no fue lo que la impresionó ya que ella no amaba a su esposo pero las circunstancias de esta y el estado del cadáver eran impactantes, sobre todo para una muchacha de 17 años.

Parte de la piel de su cara había sido removida y en su lugar estaban cosidos trozos de telas preciosas y de colores luminosos. De las cuencas de sus ojos, que habían sido removidos, sobresalían dos piedras preciosas que apenas cabían por lo grandes y grotescas. Faltaban ambas manos y en su lugar, de alguna manera sádica, habían sido empatadas manos de maniquíes que parecían garras ensangrentadas.

Ana fue llevaba a su habitación y su dama de compañía se encargó de aplicarle compresas de agua fría. Debido a la impresión la azotaron una fiebres y vómitos que asustaron a todos pues pensaban que la señora había sido envenenada por el mismo asesino de su esposo. Tres días estuvo Ana en cama sin fuerzas para comer o hablar, tres días la visitó el doctor del pueblo, quien no pudo diagnosticar su mal, solo quedó claro que envenenada no estaba. Al tercer día mejoró y al cuarto se levantó de la cama al fin.

Ordenó recoger todas sus pertenencia y estas fueron llevadas al hostal del pueblo; Ana no podía permanecer en aquella casa. Mientras ella padecía de su rara enfermedad llegó un investigador de Paris y con él un forense. Examinaron el cadáver y la autopsia trajo nuevos detalles a la investigación.

El señor feudal había sido envenenado con arsénico y esa fue la causa real de su muerte. El barbarismo cometido con su cuerpo fue un sacrilegio perpetrado por una mente enferma. Otro de los detalles extraños y grotescos que Ana no notó al desmayarse fue que su esposo no estaba vestido si no, que las ropas estaban cosidas al igual que los pedazos de telas en su cara. El cuerpo había sido desollado y mutilado. También los órganos habían sido removidos, siendo rellenado el torso con cintas de colores y retazos de telas. Las condiciones de la muerte del señor feudal parecían una burla de mal gusto.

El caso estaba resuelto de todas maneras ya que se encontró una carta amenazando al señor feudal si no dejaba ir a su esposa. Todo señaló a un crimen pasional y el asesino había sido, según indicaba todo, Pierre el sastre. Ana se enteró de todo esto por su dama de compañía que le comentó todo. En la carta amenazante, el sastre ponía que él siempre había amado a Ana aunque ella no sabía nada pero que debía dejarla ir o acabaría con la vida de su esposo. Ana no podía creer lo que escuchaba y enseguida se dirigió a la estación de policía, donde mantenían encerrado a Pierre.

– ¡Exijo ver a Pierre de Lafouret antes de que se tome decisión alguna, estoy segura de que este hombre es inocente! – dijo Ana y logró que la dejaran verlo.

Pierre estaba tirado en una esquina de la asquerosa celda, cubiertas de fango sus ropas y el hermoso cabello negro suelto y desordenado. Ana se acercó a él; no tenían supervisión.

– ¿Amor mío, pero qué has hecho?

– Yo no he sido amada mía, nada he tenido que ver con su muerte – respondió el hombre, desesperado.

– ¿Entonces quién? Debemos sacarte de aquí – dijo ella besándolo en los labios.

– Nadie sabía lo nuestro, solo mi hermana – dijo él y se abrazó al regazo de la bella Ana.

– No temas, lo resolveremos, te sacaremos de aquí – dijo ella y se quedaron un rato abrazados mientras ella lo consolaba y acariciaba. Más tarde Ana se marchó.

***

 Pierre fue ahorcado un mes después al comprobarse su culpabilidad dadas las pruebas contundentes pero ese mismo día en la mañana recibió una carta de Ana que decía.

Querido Pierre:

Te perdono por lo que hiciste y no te guardo rencor. Mi amado esposo descansa en el cielo y espera por mi, pacientemente. Me encuentro en París y no regresaré al pueblo jamás. Como nos criamos juntos y tu hermana quedó desamparada después de tu horrendo crimen, decidió venirse conmigo siendo yo lo único que le queda en este cruel mundo. Vivimos juntas ahora y espero encontrarle un buen esposo que sea rico y tierno con ella. Es una mujer hermosa y tiene tus mismas manos, tus mismos labios, tus mismos dedos y heredó tu pasión por la costura pero ha decidido no dedicarse a lo mismo que tú. Sus dedos mágicos serán usados más sabiamente de ahora en adelante al igual que sus labios y su cuerpo. Será una buena esposa. 

Ambas te amamos y te agradecemos lo que has hecho, sin ti no estaríamos juntas ahora. Ve con Dios.

Pierre encendió de ira al leer las palabras de su amante y comenzó a gritar “traidora” y “maldita prostituta” cegado por el odio. Así lo llevaron a la horca y nadie lo escuchó, solo se ganó algunos golpes en las costillas para calmarlo un poco. Murió solo y dando batalla.

***

En París Ana despertó temprano, esta vez sin ruidos, sin sobresaltos pues ya no tenía sirvientes. Había despedido a su antigua dama de compañía y para todo París la hermana de Pierre era la sirvienta de la señora viuda. Se desperezó lentamente y descubrió su cuerpo desnudo y hermosamente blanco. Siguió halando las sábanas y a su lado, otro cuerpo hermoso y rosado de cabellos largos y rubios quedó descubierto también.

Ana se acercó, rozando sus senos abundantes en la espalda femenina, besando su cuello y murmurando “buenos días preciosa” en la oreja nacarada. La otra fue despertando poco a poco mientras sonreía.

Ana se sintió dichosa y besó los labios femeninos. Mientras, en su mente, tejía puntadas ensangrentadas, uniendo la piel asquerosa de aquel hombre a un pedazo de delicada seda.