Archivo de la etiqueta: Escenas

Un mar de hombres para mí…

Fingers Cave
Sutil llama arde en tu corazón,
y aniquilas con el roce de otro cuerpos,
inertes portadores de infortunios.
No prolongues tu naufragio en mudas bocas;
unge tu alma con la savia de tu sangre.
Es el ave y no medusa tu amuleto.

Cecila Solis

Anoche tuve un sueño. Soñé que caminaba entre hombres. Había hombres altos, delgados, atléticos. Había hombres blancos, hombres morenos, hombres azules. Algunos tenía la piel blanca y perfecta, como de cera. Otros tenían labios rojos, como las mujeres. Había par de ellos con ojos grises como gatos y mirada indescifrable. Abundaban los ojos marrones y las cejas tupidas. No faltaban los que tenían el cabello como el trigo o las zanahorias.

Eran cientos y yo deambulaba entre todos ellos. Me escondía detrás de este, correteaba frente a aquel, le susurraba algo al oído a algún otro. Todos me seguían con la mirada, todos, con sus pupilas dilatadas. Y todos eran diferentes pero iguales. Ninguno llevaba ropa. Yo tampoco.

Y era como si yo fuera la maestra de ceremonias de una orquesta perfecta. Yo levantaba las manos y ondeaba el pelo y ellos me seguían con sus falos. Sus instrumentos todos apuntaban a mis senos, a mis nalgas, a mi pubis. Y yo daba volteretas, bailaba al compás de la melodía que tejían sus jadeos. Y todos, ellos, yo, sudábamos. Y yo reía, reía a carcajadas, como loca, mientras ellos me comían toda…


Demonios internos…


“Ella había traído consigo los vientos favorables de un
mundo enorme, y resultaba extrañamente cautivador.”

Yo antes de ti – Jojo Moyes

Leer entradas anteriores

VI

Luego de depositarla en la cama, Alex, descalzo pero aún vestido con su pantalón, retrocedió y volvió a su copa de vino. Se dedicó a observar a los hermanos mientras se ahogaba en la bebida. Vio como Richard se acercaba y le susurraba cosas al oído a Dolores mientras tocaba sus labios rojos y señalaba aquí y allá, como explicándole de qué estaban hechos los besos. Dolores temblaba de placer.

Alex tenía cuarenta años ya y, por supuesto, esta no era la primera vez que compartía una mujer aunque sí era la primera vez que sus hermanos estaban inmiscuidos, pero esta no era la parte que lo tenía incómodo. Sus hermanos eran par de niños y no había nada que pudieran enseñarle a estas alturas. ¿O sí?

Frunció el ceño cuando vio a Richard besando a Dolores y usando sus dedos como parte del beso. Evidentemente la estaba volviendo loca. ¿Cómo no había pensado en eso en sus cuarenta años? Tal vez no era tan creativo como pensaba. Se bebió la mitad de la copa de vino de un  solo trago y se sirvió lo que quedaba en la botella. Abrió otra y la dejó respirar, mientras bebía.

Dolores se veía indefensa, reducida y hasta un poco inocente. Cuando la vio desde el otro lado de la habitación, sintió como un llamado ancestral. No podía explicárselo pero era como si necesitara interactuar con aquella alma. Él no era un científico como sus hermanos, la ciencia dura no era su campo, pero sí la psicología. En sus años de militar, había conducido muchas investigaciones y entrevistas a soldados, antes, durante y luego de participar en una batalla, y se había convencido de que la mente humana es algo maravilloso. Comprendía lo que le pasaba con aquella mujer, aunque no sabía el por qué.

Sus padres habían muerto cuando sus hermanos eran muy jóvenes y él, siendo aún un adolescente, tuvo que hacerse cargo de su crianza y educación. Con lo poco que le dejaron sus padres pudo enviar a sus hermanos a estudiar y él se enlistó en el ejército y poco a poco, entre los tres, se hicieron de una fortuna considerable. Se sentía orgulloso de lo que había logrado. Sus hermanos eran ambos hombres de bien, educados y cultos. Él, no se había casado ni tenía hijos porque había dedicado su vida a ellos. Por eso no dijo que no cuando le pidieron visitar la casa de Madame Lafevbvre con él.

Él era el único padre que habían conocido y le tocó a él formarlos como hombres y educarlos para que fueran hombres de bien y siempre trataran a una mujer, cualquier mujer, como a una dama. Nunca se sintió superior por ser hombre. Se podría decir que tenía una mente muy adelantada para su época, aunque era casi imposible saberlo. Alex era un hombre muy reservado, de esos que cuando hablan es para decir las palabras correctas, exactas. Incluso sus hermanos no podían hacerlo hablar a pierna suelta, de ningún tema. Siempre fue muy preciso a la hora de pronunciar palabra y sus hermanos lo atribuían, a falta de más explicaciones, a los traumas vividos en el ejército. Él nunca les admitió ni negó nada. Uno de los beneficios de ser la figura paterna era el respeto que le profesaban ambos hermanos.

Mientras más bebía, más deseos sentía de estar a solas con Dolores, de meterse en su mente y comprender. Solamente sabía de ella que era muy joven y que era viuda e independiente. Sus ojos estaban llenos de dudas, sin embargo, su manera de proyectarse, de conducirse por el mundo, eran los de una dama centenaria en cuanto al dominio de sí misma y la experiencia y control que irradiaba. Le parecía enigmático el haberla conocido en aquel lugar. La admiraba por tomar el control de su vida y buscar lo que deseaba de la vida, sobre todo en una época en la que las mujeres eran meros objetos decorativos, relegadas a tener hijos y hacerse cargo del hogar.

Alex vio como Richard besaba a Dolores en los labios por mucho tiempo. También vio como George se sumó y comenzó a besarla por todo el cuerpo. Dolores gemía y se retorcía, indefensa y plena. Alex sintió envidia. Estaba a unos escasos metros de Dolores y podía simplemente tomarla cuando quisiera, sin embargo, volvió a vaciar la copa de vino en su garganta y siguió observando como la boca de la mujer se perdía en un amasijo de piel.

… continuará.


Anatomía de unos labios…

Labios compartidos
Labios divididos, mi amor
Yo no puedo compartir tus labios.

Labios Compartidos – Maná

Leer entradas anteriores

V

Dolores se resignó a la idea de que permanecería con los ojos tapados hasta que los hermanos quisieran y por lo tanto, decidió darle la oportunidad a sus otros sentidos de tomar las riendas.

Poco a poco su oído se fue adaptando a la sutileza de los sonidos y pudo percibir pasos por la habitación y el frufrú de las ropas cayendo al suelo. Por un momento sintió rabia. Nunca había visto a un hombre desnudo en su vida de casada y, ahora, con toda la libertad del mundo, seguía en la misma posición. Como si le leyeran la mente, o tal vez porque le leyeron el lenguaje corporal, una voz justo al lado de su oído le susurró:

– Si os portáis bien, os premiaré, Lola. Venga, no hagáis pucheros con esos morros rojos que os los voy a arrancar a mordidas.

Sintió que le tocaban los labios con dedos firmes aunque delicados. No lograba descifrar cuál de los hermanos era el que la acompañaba ahora. Estaba segura de que la voz no era la de Alex pero no podría adivinar quién era el dueño de los dedos intrusos. Volvió a sentir la oleada cálida en la oreja, junto al roce experto en la mejilla.

– Tenéis los labios más caprichosos que he visto en mi vida, mujer. Esta parte bien mullida de ambos labios es el “bermellón” y es generalmente carnosa en la parte inferior pero vos sois diferente – le dijo, apretando una carnosidad en el centro de su labio superior. – Esta es la membrana mucosa y este pedacito que parece una frambuesa es el tubérculo central pero el nombre es muy feo para ti. El tuyo parece una fruta, por eso hace tu labio superior carnoso e irresistible.

Dolores sintió un poco de humedad ajena entro los labios y un poco de presión que la obligaron a entreabrirlos un poco.

– Esta es la comisura, pero eso debes saberlo ya; el nombre y el área son bien mundanas -, sintió el calor de un beso donde había descrito la voz. Sintió también unos dedos en la nuca, enredándose en su pelo y otros hurgando en su boca, mientras unos labios calientes besaban la esquina de su boca y parte de su mejilla, con ternura. – Pero, ¿sabes que es lo más bonito que tenéis en la boca, Lola?

Ella respondió sacudiendo la cabeza, lentamente. Tan íntima y sensual clase de anatomía la habían dejado anonadada. Sentía un calor intenso entre las piernas y en todos sus labios.

– No tengáis miedo -, sintió un dolor punzante en su labio superior, justo bajo la nariz. Gimió con placer y dolor. La mordida cesó y los dientes fueron reemplazados por los mismos dedos, esta vez untados de saliva fresca, que presionaron el área herida, amainando el dolor. Mientras, los dientes viajaron, estratégicamente a su cuello y comenzaron a mordisquear suavemente la piel suave, revoloteando del hombro a la oreja. – El dolor que sentisteis provino de vuestro Arco de Cupido, Lola. Es exactamente la desembocadura de vuestro filtrum y os prometo que podría quedarme a vivir en ese espacio porsiempre.

Sintió la calidez alejarse de su cuello y sintió también la respiración cálida en su cara, en su nariz y finalmente, en su boca. Se dejó besar profundamente. Se dejó besar mientras seguía siendo explorada por los dedos expertos que no dejaban de buscar sus labios y su lengua. Sintió que se le llenaba la boca de labios, de lenguas y de dedos. Sintió que la besaban más de una boca. Sintió que los dedos se multiplicaban por su cuerpo y se reproducían, rozándola, apretándola, sobándola, pellizcándola. Sintió que sus labios propios se posaban en cuellos, espaldas, pectorales, brazos, hombros. Sintió que se le llenaba la boca de nuevo pero esta vez de algo que no conocía… aún.

… continuará.


Desnuda…

img_1819
Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias.

Hexaedro Rosa V – Ruben Martinez Villena

Leer entradas anteriores

III

Dolores atrajo hacia sí a Richard, que hasta ese momento había estado arrodillado a sus pies besando sus manos, y le susurró algo al oído, para luego besarlo en la mejilla. Richard se arrodilló de nuevo, muy sonrojado y, metiendo sus manos hábiles por debajo del vestido escarlata, comenzó a quitarle los botines. George se quitó la chaqueta y el chaleco y siguió besando el cuello y los hombros de dolores mientras ella sonreía y gemía de a ratos. Richard la desembarazó de las medias y comenzó a besar sus pies desnudos, centímetro a centímetro.

Alex apretó la copa de vino con fuerza y apretó los dientes, respirando profundo, pero no se movió del lugar desde donde observaba. Dolores clavó sus ojos negros en los de él mientras George comenzaba a desatar los botones a la espalda de su vestido. Richard seguía besándola toda: los dedos delicados, el empeine, los tobillos, las pantorrillas esbeltas.

George volvió a tomar la iniciativa y la ayudó a levantarse, ofreciéndole su mano. Richard se levantó también y se quedó en mangas de camisa. Dolores estaba ahora de pie, de frente a George que la besó en los labios. Richard siguió desnudándola, pieza por pieza. Primero el vestido rojo, luego el corsé de seda y finalmente el camizón. En este punto, Dolores los detuvo a ambos y caminó hasta Alex, que seguía observando y bebiendo vino. Se detuvo frente a él y con un movimiento preciso aunque delicado, desató las enaguas que cayeron por sus piernas hasta el piso, quedando completamente desnuda delante del hermano mayor.

Alex mantuvo sus ojos en los de ella y sonrió con un poco de amargura. Puso la copa de vino en la cómoda, buscó la mano de Dolores sin bajar la vista y le depositó un beso suave. Al mismo tiempo, ponía la mano en su bolsillo y sacaba un pañuelo de seda. Con un pase rápido la hizo darse la vuelta y le puso el pañuelo en los ojos y se lo amarró en la nuca. Sin hacer pausa la tomó por la espalda y debajo de los muslos y la levantó en vilo. Dolores sintió que se movía en el aire y dejó escapar un gritico. Por un momento perdió el control de la situación y luchó pero el abrazo de Alex era demasiado firme como para poder desembarazarse.

– Tranquila, Lola. No va a pasaros nada que no queráis. ¿Confiáis en mí? – Alex le susurró al oído y le besó el pelo. Ella se abrazó a su cuello y se dejó llevar.

Alex la depositó en el lecho blanco, con delicadeza. Dolores intentó destaparse los ojos pero Alex se lo prohibió con su mano. La atrajo hacia sí y situó las manos delicadas de la mujer en su solapa, indicándole, instintivamente, que comenzara a desvestirlo. Dolores no titubeó. Su esposo era un ángel, como ella les había confesado, pero no les dijo que en materias de sexo era muy conservador. En 3 años de matrimonio, nunca se vieron desnudos. Lo más audaz que pudo hacer fue desvestirlo en total oscuridad, palpando cada parte de su cuerpo. Ella nunca había estado desnuda en presencia de ningún hombre hasta ese momento.

Alex se dedicó a contemplar el cuerpo desnudo de la mujer mientras ella quitaba cada pieza con habilidad y destreza. Tenía el cabello abundante y frondoso y olía a frutas. Su cuello era delicado y desembocaba en los brazos delicados y femeninos. Su cintura era estrecha y sus caderas amplias, los muslos torneados, las nalgas redondas. Sus senos eran perfectos. Se detuvo un poco en las aureolas trigueñas y memorizó la curva provocativa del pezón a la costilla. No pudo resistir rozarla con el dedo. Ella se sobresaltó, no lo esperaba. Se mordió el labio y prosiguió abriendo los botones de la blanca camisa.

El ombligo marcaba el comienzo de su área más privada y justo allí comenzaba un surco de vellos delicados que bajaban y se perdían en el monte de venus negro, tupido y suave, donde se formaba un triángulo perfecto, divino. Era una mujer exquisita de pies a cabeza.

… continuará.


Lenguaje de adultos…

tumblr_ls9t43vxj71qajemdo1_500

Tú sabes que tienes veneno entre las piernas
Y estas loca por hacerme mierda
Estas loca por hacerme comer hierba

 Se vale to-to – Calle 13

No me digas más “mi amor” ni me beses en la frente. No me tomes de la mano ni me hables con dulzura. Quítate el disfraz de caballero y ensucia la armadura. Cambia tu lenguaje rosa por una jerga diferente.

Hoy te quiero bellaco, perro, duro. Hoy tu me amasas las tetas y me muerdes el culo.

 

Esta noche hay que comerme cruda, en escabeche. Adobarme con limón, de adentro para afuera. Cuando acabes el banquete de carne de primera vas a chuparte los dedos y pedirme leche.

Las nalgas se me tensan y el vientre me palpita. Hoy me pintas los muslos de color azul mordida.

 

Hoy decimos cuchinadas. Hoy te cojo arrinconado. Va a ver nalgas moreteadas y peladuras internas. Hoy tú te descargas como un buque entre mis piernas y te vienes como maremoto en mi golfo salado.

Cuando termine contigo no vas a querer ponerte la corbata ni hacerte la raya al medio.

 


El lugar oscuro…

20140527-110303-39783155.jpg
Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Anoche – Carilda Oliver Labra

Me siento lista, estoy lista. Ese lugar oscuro me reclama. Quiero irme allí donde me tocas y se me eriza la piel que estaba adormecida. El lugar oscuro me llama y me preparo para no ver. Allí todo se manifiesta en sonidos, caricias y aromas. Al lugar oscuro voy ciega pues no hay nada que ver, sólo se siente.

En medio de esa oscuridad tus labios sólo existen en los míos y si dejas de besarme se tornan nada. En ese lugar oscuro todo huele a ti y a mi y todo suena a nuestras risas que rebotan en las paredes acolchadas. En el negro de ese abismo somos tu y yo y nuestros roces y sólo existe nuestra unión.

Estoy ansiosa por abrir las puertas y que la luz se consuma y quedar ciega por fin. Ya los ojos no nos harán falta. Solo las manos, los dedos y la carne serán protagonistas de una fiesta en medio de la nada. Tu voz hará de lazarillo para mis oídos y te encontraré con la boca abierta en flor para tragarte… como la oscuridad nos traga.

La luz no es necesaria. Cuando los sentidos andan alertas y voraces con sólo dos cuerpos basta.


La insoportable levedad del ser…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores.

Milan Kundera

Se fumó el último cigarrillo antes de subir al bus que lo llevaría a su casa, luego de una larga jornada de trabajo. Se sentó en el último asiento de la derecha, junto a la ventana. Tenía sueño, estaba cansado. No había dormido nada pensando en su humillación de aquella madrugada.

Hacía más de un año que quería follársela pero el tiempo, la distancia y el karma de casanova sin remedio se la ponían difícil. Era un admirador semi-secreto de su trabajo y no se perdía nada de lo que ella hacía. El invierno no era tan helado cuando ella aparecía pero las últimas nieves no habían sido disipadas con su cálido toque esta vez. Debía admitirlo: la extrañaba. Llevaba días pensándola cuando de pronto le entró un mensaje.

“Te espero”, decía. O algo así. Se puso tan frenético que trastocó la hora y el lugar y solo porque ella era un poco bruja y le dejó algunos hilos tendidos logró llegarle a tiempo, con santo y seña incluidos y finalmente coincidieron en espacio y tiempo. Era tarde y a la mañana siguiente trabajaba temprano pero su espíritu exaltado y su ego de viejo cazador le decían que aquella moza de morros rojos no iba a sacarle un susto a él; no aquella noche de aullarle a la luna.

Sin mucho preámbulo ni parafernalia fetichista se le descubrió diosa y señora, azucarada y aguda, como siempre, solo cubierta con unas bragas de rayas jorobadas. Los pezones del color de las moras salvajes, erectos, desafiantes y acusadores, redonditos y tiernos, tan nuevos le dolieron en las pupilas. La melena se le escurría, irreverente y coqueta por los hombros de canela. Los labios entreabiertos le susurraron “tócate” al oído con un vaho dulzón de cerezas que le llegó al alma, lo zarandeó, lo subió a la azotea y lo arrastró por el suelo, a sus pies.

Él se despojó de sus prendas sin dejar de mirarla. ¿Cómo hacerlo? Era como una aparición, un jeroglífico, un volcán en erupción manando delante de sus ojos y el aire era tan denso que no podía respirar sin doblarse. Se sentó a la orilla de la cama y ella se acostó a su lado. Él se escupió la palma de la diestra y se acarició el miembro. Ella subió un brazo por encima de la cabeza y el seno se tensó, redondeándose más. La otra mano llevó un dedo a su boca mientras le guiñaba un ojo. Él intentó agarrarle la pierna con la mano desocupada pero ella la separó, abriéndose como un compás y cerrándolas de nuevo. “A mí no”. Él musitó un “puta” entre dientes y ella gimió.

No podía creer que tuviera a aquella princesa persa, a aquel ángel caído al alcance de un cuerpo y que estuviera pajeándose, tristemente y a sus órdenes pero no pudo detenerse. “Al menos quítate las bragas”, suplicó. Ella dijo no con el dedo ensalivado que sacó de su boca y echó la cabeza hacia atrás, riendo. Los ojos de él se clavaron en el hoyo de su cuello y quiso follarla por allí mismo, entre sus huesudas clavículas, sin piedad. Se mordió los labios y sin moverse de su mustia esquina de la cama sintió el calor de la piel felina en la punta de su glande hinchado. Y así siguió, sobando su pene por cada parte del cuerpo vibrante que se le resistía a pataditas, lubricado con sus propios fluidos seminales que manaban; agonizante.

“Tienes 5 minutos para venirte”, le ordenó la Afrodita de hiedo ardiente al otro lado del colchón. “No soy de los que se dejan dar órdenes”, dijo él deteniéndose. “No podemos parar el tiempo ahora y te quiero líquido”, suavizó ella pero sin dejar de presionarle el muslo con los dedos de su pie, la única parte de su cuerpo a la que le daba un mínimo acceso. “Ayúdame”, volvió a suplicar él con ojos de condenado a muerte. Ella le reviró los ojos y le dio una mueca de desdén que le latió en el escroto pero reanudó el masaje. Ya era demasiado tarde para retirarse, ya estaba diluido y las sábanas se manchaban de su sudor vejado.

“Imagina que mi ombligo es mi coño y que te dejo lamerme toda”, dijo ella trayendo sus dedos empapados hasta el vientre. Comenzó a acariciar los bordes y a respirar entrecortadamente. Él se clavó en su bósforo abrupto y bordeado de vellitos erizados con ojos y falo. Se apretó más fuerte y se rastrilló con demencia. Ella siguió masturbando su ombligo con dos dedos y el meneo de sus nalgas en el colchón lo terminó de volver loco de deseos y al primer gemido de ella se le abalanzó al cuello, sin dejar de tocarse. La agarró a mordidas y chupetes y le atrapó la boca, besándole hasta el apellido. Ella lo asió de los hombros y lo apartó suavemente pero con suficiente firmeza como para hacerlo retroceder. “Báñame con tu lluvia de hijos”, le dijo e hincó los codos en la cama, flexionando el abdomen para dejar un camino directo desde el cuello hasta el vientre.

Y no pudo más, se le escapó la vida en dos o tres gatillazos convulsos y rápidos. El primer chorro de semen le bañó el cuello y las tetas. Rasgó su garganta un aullido de lobo estepario y se llevó el prepucio completamente hacia atrás para recoger las últimas gotas acumuladas en la uretra y, aún temblando, dejó caer lo que le quedaba de hombre justo encima del obligo. Se dejó caer, demoledoramente vencido. La gravedad hizo el resto. El ombligo se llenó del semen acuoso y blanquecino.

Ella soltó una carcajada de placer, de placer triunfal. Él la odió más que nunca.

Se bajó del bus y encendió otro cigarrillo. 15 minutos de viaje le habían parecido eternos. Estaba rabioso y marcó el número en el móvil. Del otro lado una voz conocida le dijo que si y en 4 zancadas subió las escaleras, abrió la puerta de un empujón, le arrancó la bata de dormir a aquella mujer de matar calenturas ajenas y la atrincheró contra la espalda del sofá, en un polvo malagradecido y urgente que lo dejó más jodido que antes.

Y se fue, con su rabo de perro viejo entre las piernas, sabiéndose derrotado por un ombligo y aún preguntándose cuál sería el sabor del coño de un súcubo.

Nunca lo sabría.


Dibujo de desnudez…

 Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias.
Hexaedro Rosa V – Rubén Martínez Villena

El arte de tocar…

La piel tersa y sudada, la carne firme, desafiante. El dedo que recorre centímetro a centímetro. Los vellos que se erizan al contacto. El camino…

Mano, brazo, hombro… una pequeña pausa en la clavícula. Luego el esternón, sintiendo cada hueso bajo el sudor. La curvatura, el pezón… temblor… sonrisa. Sigue el abdomen contraído, tropieza y cae en el ombligo… más risas. La pelvis húmeda, la unión entre el pubis y la pierna… el muslo musculoso, la rodilla, la pierna, el tobillo, el empeine.

Ella gira y los dedos siguen por la planta del pie… una patada es el reflejo. Oops! La pantorrila, el huequito detrás de la rodilla, el dorso del muslo… la unión del muslo y el glúteo  Suspiro. La nalga regia… pausa entre ambas, pausa en los hoyuelos. Tamborileo en la región lumbar, subiendo por la espina. Leve masaje en la escápula, presión en la nuca… dedos entre sus cabellos…

Gemido…