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Fonética…

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar.

Me gusta cuando habla y como habla. Me encantan los sonidos que producen sus cuerdas vocales. Me derrito escuchando su timbre suave, delicioso, con esa cadencia ni de aquí ni de allá, pero llena de ritmo.

Me gusta escuchar sus “emes”, sus “enes”, sus “eres” y sus “eses” e imaginar cómo se posicionan sus labios al pronunciarlas. Memorizar el tenue movimiento de su lengua entre sus labios y sus dientes.

Me erizo toda. Me eriza toda.


Definición de miedo…

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Atea, diabólica o católica.
No importa todas gritan igual como sinfónica.

Suave – Calle 13

 

La pregunta que más miedo me provoca:
“¿Quieres que te la saque?”


The Lady in Red…

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I’ve never seen you looking so gorgeous as you did tonight
I’ve never seen you shine so bright, you were amazing
I’ve never seen so many people want to be there by your side
And when you turned to me and smiled, it took my breath away (…)

The Lady in Red – Chris De Burgh

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II

Era evidente que George era un casanova y esta no era la primera vez que se encontraba en esta situación. Los ojos de Richard brillaban y Dolores comprendió que, tal vez teniendo menos experiencia que sus hermanos, su imaginación no tenía límites, además, su gran conocimiento de la anatomía humana lo ayudaba a no estar en desventaja junto a sus hermanos.

Alex era un misterio. Su formación militar lo hacía parecer indescifrable. Dolores intuía que no había nada que aquel hombre no hubiese experimentado ya en su vida. Sus ojos reflejaban los incontables horrores que había presenciado pero también una agudeza increíble para comprender los azares de la vida. La incertidumbre la hacía sentirse aún más intrigada.

– Ricardo – le dijo, haciéndole una seña con la mano para que se acercara. – Todos me llaman Lola, ¿os gusta? – se quitó los guantes y acarició la mejilla del muchacho que tragó en seco.

– Mucho, mi señora – dijo él y besó el la palma de su mano.

– Lola, me encantaría veros sin la máscara – dijo George, evidentemente más atrevido y sin un  ápice de vergüenza. Ella asintió y le brindó su otra mano a Richard que continuó besándoselas con ternura. George se situó a su espalda y comenzó a desatar las cintas de seda que mantenían la máscara en su sitio. Cuando hubo terminado, tomó la delicada pieza con sus manos y dejó el rostro de Dolores al descubierto.

Era incluso más bella de lo que habían imaginado. Sus ojos almendrados brillaban, serenos e inteligentes. Sus cejas negras y tupidas complementaban la frente amplia. La nariz respingona y desafiante terminaba en un huequito adorable sobre su labio superior.

Alex se sirvió una copa de vino mientras los observaba, recostado a la cómoda. Su mirada se volvió más seria y atenta cuando George comenzó a deshacer los bucles y el cabello de Dolores comenzó a caer en cascada sobre sus hombros. Alex vio como las pupilas de ella se dilataron cuando George apartó la cabellera y depositó un beso suave en su cuello y sus propios ojos brillaron cuando a ella se le escapó un gemido suave.

… continuará.


Provocar lo prohibido…

Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia. 
Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso! 
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue, 
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

Poema 1 – Pablo Neruda

Cuando la conoció le pareció una mujercita normal, medio aniñada, nada del otro mundo. Su hermano le había comentado lo muy enamorado que estaba y lo inteligente que era ella. No habían hablado mucho. Él solo estaba parando en la casa de ellos por una temporada, luego de su divorcio había quedado mal parado y tenía que arreglar algunas cosas antes de irse a vivir solo nuevamente.

Ella lo acogió como si fuera su hermano propio de hecho, lo mimaba bastante. Cocinaba lo que le gustaba, le llevaba el desayuno a la cama, le tenía siempre la ropa limpia y planchada. Su hermano llegó incluso a decirle en broma que le estaba robando la mujer. Todos rieron a carcajadas. Nada cambió, ¿o si?

Una noche llegó del trabajo y la casa estaba desierta, o eso pensó él. Se sirvió una copa de vino y se sentó a ver la televisión por un rato. Bebió varias, hasta que se mareó un poco y se dispuso a ir a la cama. Se sentía nostálgico, extrañaba a su mujer. Odiaba a la muy puta pero igual la extrañaba. Tenía deseos de agarrarla del pelo y cogerla de pie contra una pared como a la zorra que era.

Tal vez fue el vino o sus pensamientos que se hicieron muy reales pero sintió un sonido, una sonrisa, un gemido. Se exaltó un poco. Para él, la casa estaba vacía. Caminó por el pasillo que daba a su cuarto y vio la puerta del final entreabierta. Una tenue luz de velas alumbraba en el fondo.

Estando cuerdo jamás habría entrado en el cuarto de su hermano pero estaba medio borracho y realmente aún no sabe por qué lo hizo. Sigilosamente abrió la puerta, sin ruido. Caminó de puntillas y vio que no había nadie. La luz venía del baño. Escuchó gorgoteos y chapoleteos de agua. En ese momento fue consciente de que su cuñada estaba en casa, probablemente dándose un baño en la tina.

Se detuvo y dudó por un momento. ¿Qué estaba haciendo? Aquella era la mujer de su hermano. ¿Qué buscaba encontrar si se asomaba a la puerta del baño? Dio un paso atrás y otro. Al tercer paso ella gimió, más alto, más lento, más provocativamente. Él volvió a acercarse.

El baño solamente estaba iluminado por dos o tres velas puestas en la bañera. Su ropa estaba regada por el suelo, la tanga blanca justo al lado, evidencia lo último que se quitó antes de entrar al agua.

Y allí yacía ella, desnuda como diosa del amor. El pelo suelto y mojado le chorreaba por la frente sudada y los hombros. El agua no tenía espuma y le daba por la cintura. Sus senos redondos y erguidos se notaban recios, erectos y temblorosos. Una pierna musculosa y contraída caía por el lado de la bañera y sus dos manos se perdían entre sus muslos. Se acariciaba el sexo y convulsionaba de placer ante sus ojos atónitos.

Las mujeres son muy cabronas para dejarse ver mientras se masturban. A su esposa nunca la había visto, a pesar de haber convivido juntos por años.

Se dedicó a vacilar la escena, degustando cada movimiento de sus caderas, cada contracción de sus brazos al meterse sabe dios cuántos dedos en su maldita vagina de reina. Disfrutó de su boca, entreabierta por ratos y cerrada con fuerza a veces. Su lengua roja y brillante humectando los labios carnosos, pecadores, prohibidos.

La respiración se le hizo convulsa, nerviosa, trabajosa y llegó al orgasmo con un adorable desorden de agua y cabellos y sudor por doquier. Las mejillas se le tornaron rojas y esbozó una sonrisa de hembra complacida que hacía mucho tiempo que no veía. Echó la cabeza hacia atrás, se mesó las tetas y metió la pierna en el agua, suspirando y recuperando el aliento.

Él estaba mudo, detenido en el tiempo, envuelto en el aroma de las sales y el perfume de ella que manaba, salvaje por la habitación. Sentía su erección formidable apretada en el pantalón y la cabeza aún le daba un poco de vueltas por el vino.

Quería ir hacia ella, levantarla de los brazos, estrechar su cuerpo perfecto y mojado contra su miembro duro, dolorido y frotarse contra ella hasta explotar de placer y llenarla de su semen caliente. Quería besarle esos labios de putica y mordérselos hasta oírla lloriquear de dolor y placer. Sintió una necesidad imperiosa, instintiva y animal de reproducirse con aquella bestia hermosa que yacía a unos escasos metros de él y su gran deseo de follarla. Gruñó.

Al volver de sus ensoñaciones, los ojos negros y penetrantes de ella estaban clavados en él, no con miedo ni con susto, no con pudor. Lo miraba con un descaro impertinente, morboso. Su boca no decía nada pero sus ojos sonreían con saña. Él se sobresaltó, dio la vuelta en el lugar y salió corriendo para encerrarse en su cuarto.

Entró en el cuarto y cerró la puerta detrás de si. Maldijo, se sintió estúpido. No era como si lo persiguiera un demonio y pudiera esconderse debajo de la cama. La puerta la protegía a ella de él y sus ganas de poseerla. ¿¡Pero qué mierda estaba pensando!? Esa era la mujer de su hermano, lo había visto espiándola como un sucio criminal mientras ella… mientras se masturbaba de la forma más deliciosa que había visto en su vida. ¡Concéntrate, carajo! ¡¿Qué has hecho?!

Se mesó los cabellos como loco. Caminó de un lado al otro de la habitación por un rato, cavilando si era pertinente ir a disculparse. Podría inventarle una historia, decirle que sintió un ruido y entró por error. Podía decirle que no vio nada, pedir perdón. Pero ella lo vio, lo miró con aquellos ojos de gata. No sabía quién acechaba a quien. ¡Qué mujercita, mierda, mierda!

Se quitó la ropa y entró a la ducha. Abrió el agua, fría. Gritó al contacto helado. Aún conservaba la erección. Le dolían el cerebro y el pene. Le dolía la moral. Qué iría a pensar ella. Seguro estaba asqueada. Se sentía despreciables, bajo. El vino, seguro que fue el vino. Y claro, el tiempo que hacía que había tenido sexo por última vez. Fue con su ex mujer y fue una porquería. Fue lo mismo de siempre.

La despertó en medio de la noche, ella gruñó. Él se mojó el glande con saliva y la invistió sin aviso, sin pasión. Fue simplemente un polvo de desesperación para soltar un poco de leche y nada más. Ella no se movió, no protestó siquiera. Al terminar se echó bocabajo, se tapó la cabeza con las sabanas y lo ignoró como a un perro. Él se quedó más vacío que antes de hacerlo y sintió asco de su propia vida. A la semana estaban divorciándose.

Luego de aquello no había tenido sesos para seducir a ninguna mujer. Había salido a bares con compañeros del trabajo pero era como si sus años de matrimonio mal llevado le hubieran roto la capacidad de socializar con mujeres. No había logrado pasar de comprarle un trago a alguna chica que no le decía que no por lástima. Se lo veía en los ojos a todas. Tenía 39 años, estaba recién divorciado, no tenía hijos, casa, ni siquiera un perro y no sabía ligar. No podía estar más jodido.

Y entonces aparecía este súcubo maldito con sus piernas abiertas y su vagina llena de dedos y se le había volcado el mundo en un instante. Pero bueno, la vas a culpar ahora. Tampoco es que te llamó para que la vieras tocarse. Tú entraste en su cuarto a espiarla, borracho de mierda. Pero ella sabe que la viste y no tuvo la decencia de taparse al menos. Es como si hubiera disfrutado que la miraras. Es como si te estuviera llamando con los ojos. Como si deseara que la hicieras tuya allí, en la bañera. Te desea…

El agua seguía congelada pero su erección no se iba. Se sintió abochornado cuando decidió masturbarse pensando en la mujer de su hermano. Se apoyó en la pared con un brazo, recostó la cabeza y se llenó la mano de saliva. Se frotó el glande con firmeza, mientras intentaba pensar en cualquier sex symbol de revista. Se apretó con más fuerza y en su mente aparecieron los pezones turgentes de ella. Se le llenó la boca de saliva al imaginar el sabor de sus tetas. Moras salvajes y chocolate negro. Se mojó más la mano y arremetió con fuerza.

Se estuvo masturbando por lo que parecieron horas bajo el agua fría. Se arrodilló y cerró los ojos, imaginándosela en todas las posiciones. Rememoró su aroma caribeño y maldito. La asió de las crines en su fantasía y la cabalgó con furia hasta que ya no pudo más y eyaculó. No tuvo un orgasmo. Es como si dios lo castigara por ser tan vil. Se quedó sin fuerzas pero con más ganas que antes de tocarse.

Se acostó llorando.


Sueños de adolescentes…

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La adolescencia representa una conmoción emocional interna , una lucha entre el deseo humano eterno a aferrarse al pasado y el igualmente poderoso deseo de seguir adelante con el futuro.

Louise J. Kaplan

Yo conocí a mi primer novio cuando éramos niños. Él era un rubito muy lindo de esos que todas las niñas aman en secreto. Vivía al doblar de mi casa y lo veía ir para la escuela todos los días. Nos hicimos novios cuando cumplí 15 años y duramos juntos hasta mis 20. La relación nunca fue nada gratificante pero supongo que cuando uno no conoce nada más cree que tiene lo mejor. Él siguió siendo un muchacho bonitillo pero por la personalidad estaba frito. Era muy penoso e introvertido además de ser muy complejista y encartonado. Del padre aprendió el machismo y de la madre la sumisión.

A pesar de todo eso me gustaba. Tenía los labios carnosos y olía a sol de mediodía. Su piel era de color caramelo y sus mejillas se sonrojaban al más mínimo esfuerzo. Tenía los brazos fuertes y firmes, las manos duras, el aliento fresco. Tenía el pene más bello que he visto en mi vida (o tal vez es solo la memoria emotiva pues ni siquiera fue el mejor sexo de mi vida, solo el primer sexo) y aunque no era muy open minded ni vanguardista en temas de cama, lo disfruté bastante mientras lo tuve.

El noviazgo lo pasamos mientras yo estudiaba el Técnico medio y muchas veces me vi tentada a serle infiel. Había en mi aula un muchacho aún más bonito que mi novio, trigueño, alto, con unos labios de Barbie que me derretían. Había otro muchacho, un tercero, también alto pero este era fuerte, un hombrón para sus 16 años, metrosexual pero machote. Era una cosa indefinible de sexy el condenado. Al primero lo llamaremos J y al segundo F pues no quiero divulgar sus nombres.

J era el niño lindo del aula, ya les dije que era bello. También era galante, simpático, con una dentadura y sonrisa perfectas. A mi me gustaba mucho y flirteaba a diario con él. Recuerdo que un día en segundo año, en una tarde lluviosa de laboratorio a alguien se le ocurrió poner un hentai en una de las computadoras (oh! ya recuerdo cuando choqué con el hentai por primera vez) y mientras casi todas las chicas del aula pusieron el grito en el cielo entre protestas y niñerías, mis dos amigas y yo nos plantamos delante del monitor a disfrutar del más fino porno que existe – en mi humilde opinión.

No sé si fue el hentai o el flirteo constante que se vivía en ese tiempo de adolescencia y hormonas pero comencé la jodedera con J y supongo que me calenté. Me calenté tanto que lo tomé suavemente de la nuca y lo miré con los ojos llenos de sexo, me acercé a su oreja y casi le maullé un “me gustas mucho” que jamás he dicho de nuevo con tanta sensualidad. Él se tornó todo rojo, se quedó atónito porque, aunque no lo dije, expresé tal madurez, tanta disposición a hacer lo que fuera con aquellas tres palabras que él no fue capaz de asimilar. Mucho menos fue capaz de reaccionar y sus palabras se le atragantaron en la garganta.

No fue hasta tercer año, en otra tarde lluviosa en que terminaron las clases y el tecnológico completo estaba varado en aquel edificio bajo un aguacero de perros en el fin de mundo donde estudiábamos, inundados, con frío y obligados a amontonarnos en los pasillos, esperando a que la lluvia cejara para podernos marchar a casa cuando J se me acercó y me dijo algo como que nunca había olvidado aquello que le dije y que yo también le gustaba a él. Fue muy simpático y tierno pero me imagino que su demora olímpica me hizo perder el interés y lo rechacé con mucho tacto, dándole un abrazo amistoso para que pudiera apretar mi cintura, oler mi pelo y sentir mis tetas en su pecho. No encontré otra manera para reparar su ego herido que dándole alguna imagen para sus noches de auto-complacencias.

Con F era diferente. Amén de ser un seductor empedernido yo simplemente no lo soportaba. En primer año le hice pasar una gran vergüenza delante de toda el aula y creo que decidió intentar agradarme antes que seguir una guerra que no podía vencer contra una vagina con cerebro. Muchos años más tarde me confesó que estaba muerto conmigo y que se pasó cuatro años haciendo de todo por encajar en mi grupo de amistadas solo para pasar tiempo conmigo pero como yo era tan malvada y cínica nunca se atrevió a hacer nada para conquistarme.

Es cierto que yo era muy mala pero solo con él pues es el tipo de persona que me saca la leche rápido, simplemente tiene esa propiedad para molestarme con lo más mínimo. Supongo que por eso me gustaba tanto; me suponía un reto el estar cerca de él y no abofetearlo.

Ya por tercer año éramos lo más cercano a dos amigos que íbamos a ser nunca y él, siempre liado en problemas de faldas, venía a mí a pedir consejo. Yo le decía en voz alta lo que tenía que hacer mientras rezaba porque me estrechara entre sus enormes brazos de titán de 18 años y me apresara contra aquel puto muro del balcón del cuarto piso y me mordiera los labios y metiera su lengua hasta mi garganta. Jamás lo hizo. Solo amagaba con darme un beso de vez en cuando y yo amagaba con quitarme o con golpearlo pero en esos breves instantes gozábamos de la proximidad, de la clandestinidad que suponía tocarnos de refilón. Me gustaba tanto su olor y la manera en la que me miraba y el notarlo erecto en cualquier momento, sonrojado pero como si nada estuviera sucediendo. Él me describía en atuendos sexys y me decía cochinadas cada vez que le daba la gana y yo lo llamaba estúpido con ganas de irle arriba y destrozarlo.

Pero el tiempo pasó y mi primer novio se quedó en el camino, también J y F quedaron atrás. Yo dejé de ser una adolescente para convertirme en una joven adulta. Puse mar de por medio con ellos e incluso cuando J cruzó el charco y lo vi, no sentí la fiebre de antaño. Ellos dejaron de ser personas reales para mi pues el recuerdo, la fantasía que suponen todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida, son más gratos que la realidad.


Se me ha perdido un hombre…

¿Dónde está?
¿Intenta ser mi sombra el desvalido?
¿Se me ha vuelto invisible entre gusanos?

 Carilda Oliver Labra

Se me ha perdido un hombre

casanova

y lo busco cuando me vuelvo gata, en las noches, de ventana en ventana.

Me lo encuentro montando a cualquier pelandruja entre sábanas blancas.

O tal vez perdido y bebiendo vino en un bar cada madrugada.

Aparece entre humo de cigarrillos y llamas.

 

escalpeloSe me ha perdido un hombre

y salgo a buscarlo cada mañana entre risas y bochornos de sauna.

Entonces me lo tropiezo, tan sonrosado y púber, blandiendo un escalpelo con alas .

Él juega a ser el próximo Hipócrates, Finlay, Pasteur o Fleming y no descansa

Y me susurra al oído con voz de niño bueno algo sobre dientes y pezones y nalgas.

 

descarga (1)Se me ha perdido un hombre

y sé que vive del cuento y aunque lo amordacen o sellen, este nunca se calla.

Y así se me antoja lechoso y abitongado, como que no tuvo suficiente de nada

Pues quisiera alimentarlo con un pincel antiquísimo que dibuje ideas claras

con trazos orientales de sabor amargo como cerveza helada.