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Una niñita en La Víbora – IV

Al primer amor se le quiere más, a los otros se les quiere mejor.
Antoine de Saint-Exupery

El primer amor: Daniel – I

Nunca he dejado de recordar a Daniel ni lo haré pues fue mi primer amor, si, el primer muchacho a quien amé en mi vida. No recuerdo cómo comenzamos a relacionarnos ni cómo nos hicimos novios pero si recuerdo esa etapa llena de alegrías. Había un muchachito en el aula, Raúl, que hacía de mensajero y celestina, lo recuerdo con mucho cariño; está viviendo en Nueva York, tan cerca y tan lejos a la vez.

Daniel y yo nos escribíamos carticas de amor con una letra de niños de sexto grado y en hojas arrancadas de nuestras libretas; mi abuela conserva algunas, amarillas y con la letra gastada. Más que novios Daniel y yo fuimos muy buenos amigos. Jugábamos juntos a los yaquis, a la suiza y a los escondidos en los pasillos de granito beige de la escuela. Era increíble lo unidos que éramos y caminábamos tomados de las manos, él era un caballerito.

A veces él andaba despeinado y yo intentaba ordenar su cabello negro y hermoso. Su piel era muy blanca y sus ojos oscuros como el pelo. Los labios eran muy rojos y uno de ellos ostenta una sexy cicatriz (que se hizo corriendo en una iglesia cuando pequeño, al caer y golpearse con un banco) que me ha quedado como fetiche del cual no me puedo librar. Sus manos eran bellas, delicadas y grandes, de dedos largos, muy flexibles, increíblemente flexibles; a veces me asustaba con lo mucho que podía virar sus dedos sin la más mínima muestra de dolor.

Recuerdo que él se sentaba detrás o delante de mi y me extendía la mano y yo lo acariciaba mientras transcurrían las clases, ¡era tan tierno todo! Nos besábamos mucho en las mejillas, nos sentábamos uno frente al otro y nos tomábamos de las manos, mirándonos, nos acariciábamos las rodillas, todos gestos tiernos e infantiles pero lo hacíamos con mucho amor (al menos yo lo hacía con mucho amor). La relación era muy fraternal pues yo no tenía la madurez ni la edad suficiente como para ir más allá. Él necesitaba más.

Un día decidimos encontrarnos en el Parque de los Chivos para dar un paseo y jugar un poco. Este es un parque bello, de esos que solo existen en Diez de Octubre, lleno de árboles ancianos y sugerentes, bancos, caminos. En ese lugar hay una famosa discoteca de La Víbora, el Túnel. Encima hay un pequeño parquecito y en un nivel superior hay una especie de terraza – en ruinas – con un bar y espacio suficiente para hacer una gran fiesta. Todo el lugar está destruido desde aquella época pero para jugar es perfecto. Yo invité a Yulima para que me hiciera compañía ya que ambas vivíamos bajando la loma de Saco (el parque queda a la esquina de Saco y Patrocinio, esta última donde vivía Daniel como a 4 cuadras de ahí) y en nuestro romance fuimos a parar allí arriba.

 … continuará.


Una niñita en La Víbora – III

La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda.
Mario Benedetti

6to – 36, un aula “interesante”.

El grupo 34, ahora de sexto grado, fue dividido y los alumnos fuimos distribuidos por los tres restantes grupos, 33, 35 y 36. El aula 33 era la de la profe Maritza, el aula de las niñas más bonitas, desarrolladas y ‘pícaras’ de 6to grado. Para allá fueron Thais y Paola: la primera vivía al doblar de mi casa y nos conocimos en una de mis temporadas en la Víbora por allá por 4to grado, la segunda era la chica más popular del 5to – 34, quien siguió siendo popular y se unió al club de las bellas-pícaras.  Emilia era la profesora del 35 y para allá se fue Yulima (la muchacha de facebook) que no la pasó tan mal pues allí estaba Olga, una antigua amiguita de años anteriores. El 36 era el peor grupo, el más rezagado, el de los alumnos menos “convencionales”; allí caí yo O.O

Recuerdo que por 5to grado yo tuve mi primer enamoramiento furtivo y lo confieso, fue con el chico más popular de la escuela. Abdel Ávila Castillo no era nada del otro mundo, analizándolo ahora. Era más bajito que yo, su nariz era horrible y su voz me daba dolor de cabeza pero, yo nunca me había enamorado y supongo que su personalidad de precoz casanova me llamó la atención. Recuerdo que me mandó a decir “si o no” – popular manera de pedir noviazgo que se usaba en mi época, no sé si habrá cambiado – y le dije que si, emocionada. El muy perro me hizo pasar una pena a los 20 minutos, vociferando desde la puerta del aula un “ya no quiero estar más contigo” y se hizo noviecito de Paola; ella si besaba.

No crean que cuento esto con rencor, de hecho me estoy riendo porque las cosas de los niños son tan graciosas y hermosas. Paola era una de esas niñas encantadoras por su personalidad revoltosa aunque no era bonita. Tenía el pelo muy largo y lacio y era muy delgada, la menos desarrollada de todas nosotras pero era coqueta y siempre sobresalía; su rasgo característico: unos labios prominentes pero muy prominentes. Las demás niñas y los varones que no sucumbían a sus encantos nos referíamos a “la bemba de Paola” con desdén, envidia y hasta roña, jajaja! Ella se quedó con Abdel y se corrieron rumores de los besos que se daban y yo… yo lo superé.

En mi nueva aula estaba sola en materia de ‘amiguitas’ y allí conocí a Yaima, una santiaguera que había estado en la escuela años antes y conocía a todo el mundo – menos a mi que estaba allí desde 5to, el año en que ella estuvo por stgo – y era muy sociable y muy buena muchachita. Solo pasaron conmigo algunos varones del aula, casi parecía una broma del destino todo aquello.

El 6to – 36 era un aula interesante, como les dije, por sus alumnos. Además de ser los más brutos de todo sexto, estaban los varones más revoltosos y barulleros y otro grupito de hembras-estrellas aunque eras subordinadas de las del aula de Maritza. Además de todo esto, en mi nueva aula habían varios jimaguas pero no eran jimaguas comunes y corrientes, era jimaguas “interesantes”. Había dos muchachas, una pequeñita y la otra muy alta que eran igualitas, solo con la diferencia de la sustancial desproporción en tamaño de todo; recuerdo que tenían algún problema con la dentadura pues una de ellas (o ambas, no recuerdo bien) usaba una especie de corrector que más bien parecía un bozal mezclado con casco, que le hacía fuerza en los dientes superiores. Eran muy buenas pero eran raras, eso si. Otro par eran los dos negritos del aula y con ellos se repetía la ecuación: uno muy alto y el otro pequeñito y cabezón. Estos dos no eran igualitos y el pequeño era el cerebro ya que el grande apenas hablaba, tenía alguna especie de retraso. Y finalmente, mis dos jimaguas preferidos: Daniel y Danilo Castro González.

Danilo era el típico jimagua revoltoso, descuidado, pendenciero – y no es que Daniel fuera muy bueno, ambos eran la candela, pero Danilo iba más allá de todo – y más desorganizado. No se parecían tanto y Danilo tenía un diente partido que lo diferenciaba por completo de su hermano, de dientes perfectos y hermosos. Ellos dos eran la llama y la pólvora, juntos armaban una revolución en aquella aula.

Recuerdo que un día en el receso una de mis amiguitas (no recuerdo quien pues nos reuníamos las que habíamos sido separadas a merendar juntas) me preguntó quién era el varón que me gustaba y yo respondí que ninguno; era cierto. Todas se confesaron y no aceptaron un “no” por respuesta así que dije que pensaba que el jimagua era lindo, recuerdo que ni siquiera sabía su nombre por aquel entonces. Como todo, el rumor llegó a oídos de Daniel quien, súbitamente, se interesó en mí.


Una niñita en La Víbora – II

El buen maestro hace que el mal estudiante se convierta en bueno y el buen estudiante en superior.
Maruja Torres

El profesor ‘Yosvany’.

En quinto grado todo fue muy tranquilo, supongo que ese cambio tuvo mucho que ver con mi profesor preferido: Iovanny García Enrique. Él era un joven alto – altísimo para nosotros, parvulitos de quinto grado que no llegábamos al metro 50 -, delgado, de cara y maneras dulces, muy afable, muy “profesor”. Cursaba su último año de la carrera y nosotros fuimos sus “prácticas docentes”. Era profesor – maestro primario pero lo llamo profesor porque se lo merece más que todos los que han pasado por mi vida – de ciencias y nos impartía matemáticas, ciencias naturales, geografía y educación laboral.

Recuerdo que todas las niñas del aula morían de amor por él pero yo les confieso desde lo más profundo de mi alma que jamás sentí nada así. Mi relación con el profesor “Yosvany”, como le decían todos – incapaces de pronunciar bien su nombre correctamente,  así somos los cubanos -, era muy sana. Él era muy dulce y muy comprensivo y supongo que me sentí confiada y en buenas manos. Era la mejor niña del aula y además, pasé por una época sensible de mi vida; era muy tímida y lloraba por lo más mínimo, me daba vergüenza defraudar al profesor. Él fue como el hermano mayor que nunca tuve, una guía en aquellos tiempos difíciles en los que solo contaba con mi abuelita, quien me criaba.

Una vez sucedió algo muy simpático pero en ese momento para mi fue la vergüenza más grande de mi vida. En la primaria las clases son de 8 am a 12.45 pm y en el turno de matemática el profesor puso unos ejercicios del libro a realizar por tiempo y a modo de competencia emulativa. Dijo que a los tres primeros alumnos que terminaran, resolviendo los ejercicios de modo correcto, los llevaría a tomar helado en la tarde a una heladería que hay en la Calzada de Diez de Octubre. Más por el reto que por el helado y sobre todo, para enorgullecer a mi profesor, terminé de primera y todos los ejercicios estuvieron correctos. Como recuerdan, era una niña brillante así que aquello no me fue para nada difícil, incluso ayudé a otras amiguitas, solapada y discretamente, aconsejando métodos de solución y razonamientos para que entendieran cómo resolver los problemas.

El profesor me felicitó y cuando salíamos del aula me dijo “Yesi, recuerda que vamos a la heladería, nos vemos por la tarde”; craso error! jajaja! lo recuerdo y no puedo parar de reír, aunque ese día lloré como nunca. Yo me despedí, agarré mis cositas y me fui; recuerdo que desde la acera se veía el edificio pasando un gran patio interior y nuestras aulas en el cuarto piso. Mis compañeros de aula se formaban delante del aula de la profesora Emilia que impartía letras, incluso les dije adiós. Llegué a la casa y mi abuelita me abrió los ojos así O.O

¿Qué pasó? “¿Qué haces aquí tan temprano Yesita?” me preguntó, jejejeje! Bueno, eran como las 11 de la mañana y por supuesto, tenía clases con la profesora Emilia hasta las 12.45 pm. Supongo que la felicidad de haber ganado, el helado prometido y la despedida del profesor me jugaron una mala pasada y supuse que era la hora de irse. Se imaginarán el llanto que armé a esa hora: “yo no puedo regresar! el profesor me va a regañar! yo no me fugué!” 😦

Bueno, después de mucha psicoterapia y muchas lágrimas mi abuela me llevó a la escuela y supongo que habló antes con el profesor pues yo entré al aula con la cabeza baja y él solo sonrió y me puso su mano en la cabeza. ¡Qué vergüenza tan grande! Pero bueno, como todo cuando uno es niño, al ratico no me acordaba de nada y me fui a la casa de nuevo, a la hora correcta y regresé en la tarde y tomamos helado de vainilla. Fue muy bonito.

Pero el quinto grado terminó y con él mi felicidad. El profesor ‘Yosvany’ se graduó y lo enviaron a Ciudad Libertad. En el acto de fin de curso reunió al grupo y nos lo confesó bajito. Recuerdo que comencé a llorar y lo abracé mientras anunciaban, sorpresivamente para mi,  al alumno ganador del Beso de la Patria del 5to – 34: Yesi Lugo Zamora.


Una niñita en La Víbora – I

Casa de la Cultura de Diez de Octubre

Los niños comienzan por amar a los padres. Cuando ya han crecido,
los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan.
Oscar Wilde

Época dura.

Hace unos días me llegó en facebook  una solicitud de una amiguita de la infancia y la acepté con alegría. Fuimos lo que se llama “mejores amigas de la infancia” durante 2 o 3 años y ahora que casi cumplo 23 me doy cuenta de que realmente no fuimos amigas pues ninguna de las dos sabía por aquel entonces lo que son los amigos de verdad.

He contado algo sobre mi infancia en San Francisco de Paula pero no recuerdo haber contado que no solo viví allí. Nací en el hospital Hijas de Galicia, en el municipio 10 de Octubre porque es el que le tocaba a mi parte de San Miguel del Padrón, creo. La relación de mis padres era tormentosa e inestable y como vivíamos en casa de mi papá, cada vez que se peleaban mi mamá recogía con sus trapos y conmigo y nos íbamos a la casa de mi abuelita que vivió con nosotros algunos años hasta que le dieron una casa por trabajar en una micro-brigada de construcción.

Viví en La Víbora cortas temporadas de segundo y cuarto grado, cuando conocí a Yulima – la de la solicitud de facebook –  y a otras niñas que entraron en mi vida. Regresé a San Fco y volví definitivamente (o eso pensaba) en quinto. Déjenme explicar algunas cosas antes de seguir con la historia.

Ya dije que la relación entre mis padres era caótica, pues esto hizo estragos en mi personalidad que ayudaron a formar a la persona que hoy soy, pero cuando era una niñita, pasé por etapas difíciles. Primero que todo, mis padres eran muy violentos en sus altercados, físicos y verbales. Recuerdo que en mi Historia Clínica (un libro que recoge la historia médica de cada persona en Cuba y donde los doctores dejan sus comentarios sobre diagnósticos y padecimientos) había notas de psicólogos fechadas entre el 94 y 95, si mal no recuerdo, reflejando mis problemas más íntimos. Como yo era una niña no estaba consciente de aquel oprobio pero al crecer y tener acceso a la HC leí y me avergoncé de mi vida y de mis padres.

Se clasificaba a mi papá de “alcohólico” y a mi mamá de “abusada”, yo era una niña “nerviosa y agresiva” y todo era verdad, pero en palabras tan impersonales y técnicas sonaba aún peor. Recuerdo vagamente – y sobre todo porque mis padres me lo refrescan cuando pregunto – que desarrollé lo que llamaron una “tos nerviosa”; no dejaba de toser, pero obviamente era una tos forzada pues no tenía catarro, alergias ni nada por el estilo, era simplemente una respuesta defensiva y compulsiva de mi cerebro ante tanto problema. Me refugiaba en mi propia tos. Estuve así algún tiempo hasta que se me quitó como mismo apareció, súbitamente.

En mi expediente estudiantil también dejaban sus impresiones mis maestros – ¿a quién se le habrá ocurrido documentar todo en Cuba? ya esa práctica no debe existir -. “Es una niña muy inteligente y buena pero es muy conversadora”, “es excelente pero no deja que los demás niños se concentren”, “es brillante pero muy agresiva”, “rápido aprendizaje pero sus relaciones con los demás niños no es buena” y así, mil elogios acompañados de un pequeño comentario que reflejaba “problemas de personalidad”. Todo cierto también. Era buena pero muy intranquila, supongo que la dinámica del aula era muy lenta para la velocidad con que vivía en mi hogar y no sabía qué hacer con el tiempo.

En San Fco tuve mi primer episodio de “todos odian a Yesi”, jajaja! No sé por qué esa circunstancia me persigue incluso hoy día, claro, en menor medida pero aún tengo ‘imán’ para caer mal – supongo que quedaron secuelas o.O -. En La Víbora sucedió muchas más veces, comenzando en sexto grado. Déjenme llevarlos ahí pero primero conozcan a alguien muy especial.


Esa Boca – Mario Benedetti

Todos ríen al ver mi cara pintada sin llegar a comprender que mi vida es desgraciada y si lanzo una carcajada no comprendo suerte mía que mientras más riendo estoy es un paso más que doy en pos de mi tumba fría

Comentario en Acuarela de Palabras

Esa Boca – Mario Benedetti

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más dificil soportar su curiosidad.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: « ¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo? » A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: «No quiero que veas a los trapecistas. » En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. « ¿Y si me fuera cuando empieza ese número? » « Bueno », contestó el padre, « así, sí».

La madre compró dos entradas y lo llevó el sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron -ahora sí- los payasos.

Su interés llegó a la máxima tensión. Eran cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre de Carlos.

Y como después venían los trapecistas, de acuerdo a lo convenidó la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. «¿Es por los trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?»

Ya era demasiado. A él no le interesaban los trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los payasos no le hacían reír.

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Les dejé este cuento pues me quedó gravado en la mente desde que lo leí en un libro de Lectura de 3ro o 4to grado.


De ríos encantados y piedras preciosas – 2

Se habrán dado cuenta de que solo hablé sobre las piedras preciosas antes; me faltó contarles sobre el río encantado que teníamos en la cuadra. Como les dije, pocas veces me dejaba mi mamá salir del patio pero eventualmente fui creciendo y tuvo que acceder a que dejara mi feliz confinamiento.

La cuadra mía es laaaaaarga, ya lo saben y mi casa queda casi a mediación. Llegando a la esquina de abajo – justo en mi senda y frente al placer que por ese entonces era yermo y hoy día es una mini finquita que un vecino sembró de aguacates y guayabas -, atraviesa la cuadra un río. No crean que lo que pasa por mi cuadra es un delicado y puro manantial ni nada por el estilo. En Cuba también se le dice río a los surquitos de aguas albañales y pútridas que guardan todo tipo de alimañas y transportan cualquier desperdicio arrojado por los inconscientes vecinos desde las ventanas de sus cocinas. Es decir, una fosa, pero todo el mundo le dice “El Río” y corre por todo San Francisco de Paula, desde el reparto “La Prosperidad” atravesando la Calzada de Güines y hasta “Revoredo” (supongo pues nunca seguimos el río más allá de nuestra cuadra).

En aquel momento, ninguno de nosotros compredía lo que era una fosa y como todo el mundo le llamaba “El Río” nosotros lo hacíamos también. Recuerdo que a cada extremo de la calle hay un pedazo grande de prefabricado de concreto que hace las veces de mirador. Allí jugábamos todos y competíamos en saltos y carreras e incluso intentábamos bordear el río. Este venía de la calzada, pasando por al lado del placer y allí nos metíamos los muchachos, entre los chivos de los vecinos que pastaban plácidamente y sorteábamos el eterno yerbazal y los tanques cortados a la mitad, por donde nos colábamos, pretendiendo que todos aquellos impedimentos se sumaban a nuestros juegos y nos la ponían difícil para probar nuestra audacia de mocosos entrometidos.

Recuerdo que muchas veces alguno de nosotros cayó en el ‘río’ – y estamos vivos y sanos de milagro, dicho sea de paso -, seguidos de la inevitable zurra de nuestros padres por “ESTAR METIDOS EN EL CONDENA’ O RIO COCHINO ESE, CHICO!!!!!!!”, jajajaja! Y esto me lleva a otra mini anécdota dentro de esta.

Mis mejores amiguitos de la cuadra eran Yenisleidy y Yenier Alvarez Valladares, dos hermanitos que se criaron conmigo. Ella nació en Septiembre del 1987 y él es – bueno era, porque ya es todo un hombrón -, más chiquito; nació en enero del 90 (si no recuerdo mal). Estábamos jugando al trompo un día y no se por qué Yenier y yo nos prendimos de los pelos, faja’os! ustedes saben como son los muchachos. Resulta que Yenier me mordió un brazo y todo se quedó ahí pero mi mamá – todos sabemos como son las madres cubanas o.o -, me dice “OYE, LO MUERDES TAMBIEN!” y al final terminé haciendo las paces con Yenier y atrayéndolo a mi patio para morderlo yo. Así sucedió y su abuela que es una vieja zorra y mala le dijo que me tirara al río. Alguien del barrio le dijo a mi mamá que Julita – la vieja -, andaba atrás de Yenier todo el día porque iban a tirarme al río y mi mamá entonces montó guardia detrás de mi también.

Al fin, una tarde en que mi mamá estaba probablemente cocinando y no cuidándome las espaldas, la vieja que estaba por ahí le gritá a Yenier que me empujara. Estábamos parados sobre uno de los bloques de prefabricado y el pobre niño hizo lo que le ordenó la abuela pero en uno de esas premoniciones que tiene uno a veces, yo reaccioné a prisa y me quité del camino de Yenier y él, con el impulso, cayó de cabeza en la fosa.

Me da risa pero también me da lástima porque con el mismo impulso llegó el papá de Yenier, que no sabía nada del ardid fallido de la vieja, y con un trozo de manguera sacó a Yenier del río y se lo llevó a manguerazo limpio. Pero bueno, enseguida hicimos las paces de nuevo y seguimos tan amigos como siempre y su abuela y mi mamá no llegaron a cortarse la cabeza ni nada aunque nunca se tragaron después de eso, jejeje!

Pero aun así, seguimos juguetando en la fosa e intentando bordearla y llegar hasta el ‘final’. EL río hacía una curva en cierto punto y no veíamos lo que se escondía tras los yerbajos y las piedras mohozas. Cada día, prendidos de las improvisadas cercas, intentábamos seguir camino y descubrir el ansiado lugar escondido y encantado. Así fuimos perfeccionando nuestra estrategia, caminando un poquito más cada día, cayéndonos aun de vez en cuando dentro de la fosa y recibiendo palos de nuestros padres, hasta que al fin, un día inesperado – me imagino que como no dejábamos de crecer nuestra audacia y agilidad creció junto con nosotros -, logramos llegar al ‘final’ del camino encantado.

Creo que ese día el río perdió su atractivo pues descubrimos que aquel lugar encantado que tanto deseamos, no era más que la entrada a un pequeño túnel que pasaba por debajo de la calle y el río simplemente seguía su camino interminable, cosa que no haríamos nosotros para descubrir sus sobre-valorados secretos.

Nunca más jugamos en el río y los niñitos que nos siguieron, las nuevas generaciones, nunca tuvieron interés en aquel hechizante lugar que consumió tanto tiempo de nuestra hermosa niñez. Supongo que al crecer olvidamos pasarle nuestras memorias y secretos a los más chicos – con vergüenza admito -, borrando así un poco el legado que debió ser de ellos también.

Creo que ese día abandonamos un poco la niñez.


De ríos encantados y piedras preciosas – 1

Cuando yo era chiquitica y del Mamey, jejejeje! Bueno, esta vez vengo con más historias de mi niñez en San Francisco de Paula.

Anoche, cuando llegó mi esposo del trabajo (él llega a eso de las 11 pm), después de bañarnos y casi antes de quedarnos dormidos, se filtró una anécdota de cuando era pequeña. Se la conté y de una fui brincando a otra y casi se me acaban los cuentos, que le hice muy reducidos pues sus párpados se caían y yo comenzaba a hablar catibía de tanto sueño. Pero me quedé con esas historias en la cabeza y me sentí privilegiada de haber tenido una niñez tan bonita y poder conservar tantas historias para cuando nazcan mis niños.

Ya les conté sobre mi patio pero no les dije que en ese espacio grande y lleno de árboles frutales pasé casi toda mi niñez, jugando, mataperreando y haciendo de las mías con los demás niños del barrio pues mi mamá es medio neurótica y pocas veces accedía a dejarme salir a jugar en la calle – amén de que mi cuadra es casi imposible de transitar por vehículos motores por el lamentado estado de su ‘afalto’ -. Entonces, ella prefería tener 10 o 15 muchachos metidos en su propiedad y velar por todos a que yo saliera a jugar bolas al frente de la casa.

Como es lógico, tengo muchas anécdotas de los juegos que inventábamos mis amigos y yo; de los personajes y de las maravillas que creíamos encontrar en aquel patio hechizado – gracias a nuestra fértil imaginación de niños nacidos por los 80 -. Yo creo que mi generación fue la última que jugó en la calle a los ‘cogidos’, las bolas, el ‘comefango’, la pelota ‘a la mano’, a la pañoleta, a las carriolas, a los pistoleros, a las princesas y un sin fin de juegos que mis congéneres y yo – y los que fueron niños antes que nosotros -, disfrutamos tanto y ya se han perdido.

Digo esto pues mis primos, que son como 3 años menores que yo, perecieron a la peste de las pcs y los juegos de videos. Cuando yo era chiquita me compraron un ‘atari’ que era como se conocían por aquel entonces, un “Family Game” – esa era la marca si no recuerdo mal -, que tenía solo 2 cassttes: uno con 900,000 juegos (creo y este era el que tenía yo), con el siempre entretenido Tetris, Come-Come, el Contra y Mario; el otro, tenía otro número raro de juegos (digo raro pues eran como 7 juegos nada más pero se repetían hasta el cansancio) y tenía las Tortugas Ninja y el Futbol aquel en japonés, recuerdan? También estaban los Nintendos pero no recuerdo más pues seguí prefiriendo los juegos ‘humanoides’ a las novedosas ‘máquinas’. Mis primos no saben bailar un trompo, saltar una suiza, jugar a los yaquis y mucho menos a la pelota. Son unos ratones de laboratorio y para colmo, vinieron para este país y aquí acabaron de joderse. Uno tiene como 19 años y nunca ha tenido una jeva y el otro tiene como 17 y va por el mismo caminito. Qué lamentable, eh? No es que sean gays ni nada, es que simplemente tienen el cerebro tan atrofiado que uno de ellos quiere ser diseñador de juegos – eso no es malo, para nada -, pero probablemente termine diseñándose una novia virtual pues como están las cosas… o.o  Bueno, sigo con mi historia que las pcs y mis primos zonzos  no eran el tema.

En mi patio, ya les conté, había todo tipo de materiales de construcción para construir el palacio – fantasma -, que jamás se llevó a término. Al lado izquierdo de la casa, había una loma de piedras para fundir y esas cosas. Esta loma se levantaba a la altura más o menos de la ventana, haciendo que el techo fuera accesible sin mucho esfuerzo. Recuerdo que un día andaba yo de bandolera, trepada en el techo haciendo no recuerdo que y al querer bajarme, rodé por la loma de piedras para abajo y estuve una semana a base de duralginas – inyectadas y en píldoras -, para el dolor pues al parecer hice un mal gesto y se me clavó un aire entre el pecho y la espalda y cada vez que respiraba era como si me apuñalaran en las entrañas. Yo era buena, no crean, pero ese día tuve un ‘pequeño’ accidente. Qué niño no los tuvo? ;p

Ayer conversando con Arian le dije que eran piedras como de cuarzo – yo especulando pues no tenía ni idea de qué diantres eran las piedras pues no se nada de piedras, jajaja! -, pero hoy buscando en Google puse “piedras de cuarzo” y me salieron muchas imágenes similares a la que encabeza este post y les juro que mis piedras eran muy parecidas a estas, así que supongo que entre todas había algunas de cuarzo. Pues estas piedras de cuarzo, cuando yo era chiquitica y del mamey – y sabía mucho menos de piedras que ahora que soy toda una experta… piedras de cuarzo, ptss! 🙂 -, fueron bautizadas por mi y la horda de chiquillos piojosos y descalzos que me visitaban en mi reino de 16 x 20 metros cuadrados, como “las Piedras Preciosas” y casi suena como el título de unas aventuras, jejeje!

Nos dedicábamos a coleccionarlas y a hacer competencias sobre quién tenía las más bonitas y no crean que me aprovechaba de ser la niña de la casa, yo las compartía con todos mis amiguitos y ellos podían colarse en el patio a descubrir tesoros cuando quisieran – y a robar mangos, by the way o.O -. Así conocimos el trading market, con solo 5 o 6 años… las cambiábamos entre nosotros mismos y les dábamos valor en dependencia de sus colores y el brillo de los cristales. Recuerdo que las colectaba y luego las lavaba bien y las ponía a secar en el alero de la ventana. Al otro día las recogía y se las enseñaba a mi abuelita que siempre me alentó a ser creativa e imaginativa. Cuando le decía que eran “Piedras Preciosas” nunca me aclaró que fueran burdas piedras de cuarzo para levantar columnas o hacer zapatas, siempre me dejó creer que era rica en piedras valiosísimas y muy raras; en aquel entonces dudo que alguien más las tuviera en todo el mundo, jajaja! Qué bello es ser niño!

continuará…


Cuando yo era chiquitica y del mamey – II

Mi abuelita es de un pueblo llamado Amancio Rodríguez, que en el año 40, cuando ella nació, era parte de Camagüey pero con la nueva División Político Administrativa luego pasó a ser Las Tunas – consejo para el que conozca a mi abuela, jamás decirle que ella es Tunera; ella es CAMAGÜEYANA y de ahí no hay quien la saque! y no es por nada, simplemente ella nació en Camagüey, o no? -. Es la cuarta hija de un matrimonio de 5 hijos (2 varones y 3 hembras). Su papá se divorció de su mamá cuando era chiquitica – y del mamey 🙂 -, y se casó de nuevo, dándole 5 hermanitos más. Su mamá los crió prácticamente sola, no porque su padre no se ocupara de ellos, simplemente por la época y la pobreza. Cada uno de los 5 primeros niños (incluida mi abuelita) se crió en un lugar distinto; solo la menor, mi tía Masi, se quedó con mi abuelita Celia (mi bisabuela).

Mi abuela creció siendo pobre pero decente y cuando triunfó la revolución tenía 19 años. Alfabetizó y se hizo maestra: se convirtió en una revolucionaria y lo ha sido hasta el día de hoy, cercana a cumplir sus 71 años. Un off Topic, les tengo buenas historias sobre mi abuela – mi persona favorita en el mundo -, que les haré uno de estos días; prometido! seguimos… Maestra al fin, tiene mucha metodología; actualmente, cuando se monta en una guagua y ve a un niño majadero, llorando o armando perretas, comienza a hablarle y termina, prodigiosamente, calmándolo. Pero bueno, sigamos con mi historia que me desvirtúo.

Ya dije que era muy majadera para comer cuando pequeña y que mi abuela tiene mucha metodología. Yo soy de San Francisco de Paula en San Miguel del Padrón. Para los turistas en Ciudad Habana – si porque hay quien solo conoce de la Habana, el Vedado y Playa o.O -, para su cultura general, SMP, como se le conoce por sus siglas, queda casi en el medio del territorio que ocupa CH, colindando por el Oeste con 10 de Octubre, por el Este con Guanabacoa y al sur con el Cotorro.  Es decir, que donde yo vivía, caminabas y poco más pa’trás y se te acababa CH, jejeje!

Allí me crié, aunque no conozco más que lo básico de San Fco que es donde vivía, el Diezmero y algo del Cotorro. En mi reparto las cuadras se caracterizan por ser muy largas y como es medio campo, todas tienen su tendencia a la lomita (o lomota, dependiendo del caso y del lugar). Yo vivía por el medio de la cuadra y desde el portal de mi casa se veía a lo lejos, una casa o escuela (esa historia si se las debo) que se quemó una vez y tenía aspecto tenebroso. No se si es esa la razón u otra, pero a ese lugar le llaman “El Castillito” y hay historias de miedo acerca de él.

Pero como bien recuerdan, mi historia no era de miedo, era sobre los personajes que se inventó mi abuelita para que yo me comiera la comida. Recuerdo que en ese tiempo los Muñes comenzaban a las 6 pm y a esa hora me empezaba ella a ‘intentar’ dar la comida y comenzando el Noticiero a las 8 pm, aun seguía enfrascada en lo mismo sin muchos resultados. Entonces, por esa época mi papá me había comprado un columpio hecho de cabillas, que se usaba mucho en ese tiempo y lo cementó al piso del portal. Mi abuelita comenzó a sentase conmigo en el columpio, día tras día a darme la ‘papa’ mientras me contaba una historia.

Pues para interesarme en la comida mi abue me contó que en el Castillito vivían dos gigantes – claro, no eran monstruos, la intención no era asustarme -, uno llamado “Traga Metales” y el otro “Barril Sin Fondo”. Este último comía de todo y nunca se sentía satisfecho, el primero, comía todo lo que fuera metálico pero le gustaban mucho las monedas. Entonces yo le preguntaba a mi abuela si Traga metales se comería mi columpio y Barril sin fondo la comida de la casa. Ella me decía que si, pero que si yo comía mi comida, ella los convencería de ser buenos. Claro, yo era una niña muy inteligente y al final siempre dejaba un poquito, alegando “esta parte es para Barril Sin Fondo, para que no pase hambre”.

Es tan lindo recordar aquello. Ya cuando crecí un poquito más, con 8 o 9 años, comencé a comer sin problemas y sola; no escuché más las historias de mis gigantes, pero jamás los olvidé. Fueron parte de mi niñez, de mi casa y de mi San Fco de Paula, aunque solo mi abuela y yo lo sepamos.

… a mi abuelita Agueda, tan linda.