A salvo dentro de mí…

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De todas las aberraciones sexuales, quizá la mas peculiar sea la castidad.  

Remy de Gourmont

Ella tiene una mente pródiga, encerrada en las mazmorras de sus sienes. No puede salir de allí, se auto-confina en las barracas de sus sueños. Solo entre las paredes mullidas del pensamiento se permite aquello que muchos asocian con el azul del cielo y llaman libertad. 

Allí dentro puede permitirse licencias que nadie comprende pero ella añora. Entre cortinas de ideas puede maquinar un mundo a su favor donde nunca es día o de noche y el clima bochornoso. Allí todo huele dulce como las frutas a punto de explotar de maduras, casi fermentadas de calor. Allí las superficies se sobran pero son inciertas; no hay camas ni mesetas, no hay hierva o grava. Todo está diseñado para dejar brotar el libre albedrío, todo es acción y reacción.

De vez en cuando se permite invitados con la única condición de dejar sus miedos en el umbral de la puerta. Pueden disfrutar de la algarabía de su hábitat por unos instantes, saborear el vino amargo que regurgita en sus gargantas sedientas. Y entonces les arma fiestas, les dedica todo su encanto de anfitriona centenaria y se llena de mañas para satisfacer caprichos escondidos y fantasías que distorsiona con el opio de sus besos.

Y aquel cae a sus pies, seducido por su boca que no se deja robar y queda embelesado con cada movimiento. El otro no sacia sus deseos reprimidos y se va a los bosques y ríos a violar ninfas y náyades con el único objetivo de descubrir en sus mágicas carnes el sabor que ella esconde detrás de tantas millas náuticas. Y esa, la de los ojos marinos viene a veces de visita y aunque no dice nada, aprieta sus dedos crispados para no agarrarse de sus senos a saciar su hambre de dudas. 

En su mente todos somos sexuales y libidinosos. En el interior de su fuerte no entran los prejuicios ni se permiten celos. Dentro de ella hay habitaciones suficientes para albergar a un regimiento de soldados abstinentes y siempre habrá suficiente amor para todo el menesteroso que venga a pedir. No se hacen concesiones, todos se merecen la misma pasión. No hay tratos especiales y no se aceptan pagas pero si orgasmos regalados. Los gemidos suenan a jazz embotellado y hacen eco cuando se logran escapar. 

En ese selecto club se celebran orgías y se reciben amantes solitarios pero también se cierran sus puertas y solo ella disfruta de sí misma. Entonces se le ve callada pero sus ojos reflejan el clímax de un interior satisfecho y palpitante. Aunque luego de cada etapa de egoísmo se queda con ganas de más y vuelve a recibir al que quiera entrar. Y los fornica sin bulla y sin prisa, de uno en uno, de dos en dos. Se transforma en súcubo e íncubo y destruye mitos a cabalgatas y en su interior se ahogan fuegos y tormentas sin las complicaciones del quedar enamorados. 

Allí no hay sentimientos, solo sensaciones y por eso no hay lágrimas ni bostezos.

Allí se nace, se vive y se muere en una fruición sin fin. 

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